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Noviembre del 2009


A tientas

(Mt 4,18-22): En aquel tiempo, caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.

 

Hoy celebramos la fiesta de San Andrés, uno de los primeros en seguir a Jesús, junto con Pedro, de quien era hermano. No esperaron a recoger las cosas ni a hacer las maletas, sino que, dejándolo todo, le siguieron. Como los otros a los que llama Jesús. Como a nosotros nos llama a ser pescadores de hombres. Pescar no es coaccionar, es ayudar a otros, es ponerse a disposición de los demás, es ofrecer nuestra persona como servicio.

 

Es una respuesta generosa la que ellos dan, es también así la que se nos pide. Pero para ello hace falta confiar y apreciar a la persona que nos reclama, sintonizar con su proyecto de fraternidad para todos y todas. Estar preparados para escuchar esa palabra que llama, para seguirla, para tener esa confianza, exige entre otras cosas romper con la comodidad y salir de la rutina. No siempre, hay que reconocerlo, estamos dispuestos a ello. Pero es a lo que se nos llama.

 

 

“El que cree en él, no quedará confundido”, nos dice la Palabra. Es lo que está en el trasfondo del seguimiento a toda persona, a toda causa, a todo mensaje. Creer, confiar… en el que llama, en el que viene, en el que nace cada día cuando esa respuesta florece en nuestros corazones.

 

Y creer en El, como dice el poema, es andar a tientas:

 

 

 

A tientas

 

Creer,

cuando uno se adentra en la madurez de la vida

o lleva años afirmando y regando

el jardín de sus flores y seguridades

no consiste en soñar,

ni en volar,

ni en adentrarse en un mundo de ilusiones,

ni en quitar las hierbas malas,

ni en dar respuesta a todos los interrogantes,

ni en tener una estructura lógica y razonable

en la que apoyarse.

 

Creer hoy, Señor.

es andar a tientas.

tanto de día como de noche,

entre sombras y luces,

bullicios y silencios,

-que velan, desvelan, confunden y alertan-

e intentar, con los sentidos cansados,

olerte, oírte, verte, tocarte y besarte

en tus mediaciones.

Y alegrarse de estar aquí así,

a tientas.

 

 

Del libro: AL VIENTO DEL ESPIRITU

 (Plegarias para nuestro tiempo)

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Noviembre, 2009, 11:02, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Estén siempre despiertos

(Lc 21,25-28.34-36): En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.

»Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

 

 

ESTAD SIEMPRE DESPIERTOS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 25/11/09.- www.eclesalia.net

 Los discursos apocalípticos recogidos en los evangelios reflejan los miedos y la incertidumbre de aquellas primeras comunidades cristianas, frágiles y vulnerables, que vivían en medio del vasto Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús, su amado Señor.

También las exhortaciones de esos discursos representan, en buena parte, las exhortaciones que se hacían unos a otros aquellos cristianos recordando el mensaje de Jesús. Esa llamada a vivir despiertos cuidando la oración y la confianza son un rasgo original y característico de su Evangelio y de su oración.

Por eso, las palabras que escuchamos hoy, después de muchos siglos, no están dirigidas a otros destinatarios. Son llamadas que hemos de escuchar los que vivimos ahora en la Iglesia de Jesús en medio de las dificultades e incertidumbres de estos tiempos.

La Iglesia actual marcha a veces como una anciana "encorvada" por el peso de los siglos, las luchas y trabajos del pasado. "Con la cabeza baja", consciente de sus errores y pecados, sin poder mostrar con orgullo la gloria y el poder de otros tiempos.

Es el momento de escuchar la llamada que Jesús nos hace a todos.

«Levantaos», animaos unos a otros. «Alzad la cabeza» con confianza. No miréis al futuro solo desde vuestros cálculos y previsiones. « Se acerca vuestra liberación». Un día ya no viviréis encorvados, oprimidos ni tentados por el desaliento. Jesucristo es vuestro Liberador.

Pero hay maneras de vivir que impiden a muchos caminar con la cabeza levantada confiando en esa liberación definitiva. Por eso, «tened cuidado de que no se os embote la mente». No os acostumbréis a vivir con un corazón insensible y endurecido, buscando llenar vuestra vida de bienestar y placer, de espaldas al Padre del Cielo y a sus hijos que sufren en la tierra. Ese estilo de vida os hará cada vez menos humanos.

«Estad siempre despiertos». Despertad la fe en vuestras comunidades. Estad más atentos a mi Evangelio. Cuidad mejor mi presencia en medio de vosotros. No seáis comunidades dormidas. Vivid «pidiendo fuerza». ¿Cómo seguiremos los pasos de Jesús si el Padre no nos sostiene? ¿Cómo podremos « mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre»?

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Noviembre, 2009, 9:25, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Que no se nos embote la mente

(Lc 21,34-36): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

 

José María Castillo en http://www.somosiglesiaandalucia.net/spip/spip.php?article1254

 

1. Lo último que Jesús les dice a sus discípulos y a quienes creen en lo que él dijo, es que cuiden, con vigilancia y oración, para que no se les “embote la mente”. Propiamente, lo que dice Jesús es que no dejen que se les opriman o se les sobrecarguen (“barethôsin”, de baréo, “abrumar”, “oprimir”) los corazones (“kardíai”). Todos, en efecto, tenemos el peligro de pasar por situaciones o, lo que es peor, orientar nuestra vida de forma que el corazón se embote. Y cuando el corazón se embota, con ello la mente se incapacita para ver lo que realmente nos ocurre. Nada influye tanto en la mente como los afectos y sentimientos que ocupan y cargan el corazón.

2. Pero Jesús dice más. Lo que embota el corazón y la mente es la postura, la opción fundamental, del que sólo piensa en sí, en su propio bienestar y disfrute de la vida, de los placeres y del dinero que los puede costear. De sobra sabemos que eso nos incapacita para ver nos por dentro. Y para ver lo que realmente nos conviene. De eso es de lo que Jesús nos previene. Porque un individuo que va así por la vida es un peligro para sí mismo y para todo el que se roce con él.

3. Si Jesús dice esto, no es para amargarnos la vida. Ni para reprimir lo que nos hace felices. El problema está en distinguir con cuidado que una cosa es la diversión y otra cosa es la fiesta. En la fiesta compartimos la felicidad. En la diversión alimentamos el burdo egoísmo del que sólo piensa en sí. Y eso lo que embota el corazón y la mente. Y lo que nos impide ver la realidad.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Noviembre, 2009, 11:26, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Lleno de vida

(Lc 21,29-33): En aquel tiempo, Jesús puso a sus discípulos esta comparación: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

 

“Jesús vivía todos los años la primavera como un signo de la cercanía del Reino de Dios. En alguna ocasión les propuso esta comparación: "Mirad la higuera ... Cuando ya brotan sus hojas, comprendéis que el verano está cerca. De la misma manera, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está ya cerca"

Para Jesús el Reino de Dios es como la primavera cuando comienza a llenarlo todo de vida. En primavera todavía no hay frutos. Nadie sale a cosechar, pero la vida empieza a despertar.

¿Sabes mirar así la vida ? Descubre los signos de Dios “ (José Antonio Pagola)

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Noviembre, 2009, 11:14, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sean constantes

(Lc 21,12-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

 

Es como si nos dijera que no hay rosas sin espinas, como si nos advirtiera de que el camino es cuesta arriba, demasiado empedrado y sujeto a resbalones, o más bien a tirones y zancadillas. A El le pasó, le pasará también a sus seguidores. Por eso, nos habla de la perseverancia, de la constancia, en definitiva de no rendirnos ante las dificultades que serán unas cuantas, unas cuantas mas de las que esperábamos, por lo que se deduce del mensaje evangélico, por lo que se concluye de la propia experiencia del Nazareno.

 

Y esto lo hará no solo los contrarios a nuestras ideas o maneras de sentir, sino que podrá venir también de los nuestros: la familia, los amigos, compañeros, quienes pudieran tener incluso motivo para estar agradecidos. ¿Razones? Pueden ser muchas, pero que siempre sea nuestro modo de obrar en la honradez, sensatez, espíritu fraterno. Pero la realidad, y lo sabemos también los que hemos madurado, es que esa experiencia de persecución y de contrariedad la encontraremos.

 

Unas veces será el rechazo, otras la burla. Nuestra suerte no será mejor que la de Jesús, en todos los sentidos. A veces dentro de la misma Iglesia o de las personas más queridas. En esos momentos no podemos tirar la toalla, sabemos que El nos dará palabras y actitudes de sabiduría, porque estará siempre junto a nosotros. De ahí su insistencia en que permanezcamos firmes

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Noviembre, 2009, 10:04, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Compartiendo

(Lc 21,1-4): En aquel tiempo, alzando la mirada, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir».

 

Se trata fundamentalmente de compartir. Es la lección que hoy nos da Jesús para todos los órdenes de la vida y en todos los ambientes. Compartir lo que somos y lo que tenemos.

 

Es, por otra parte, el valor de las cosas pequeñas. Un sin fin de cosas a las que no damos importancia en nuestra vida de cada día y que son esenciales para la construcción de otro mundo mejor que se parezca más al Reino de Dios. Desde la sonrisa y el “buenos días” al vecino que nos encontramos en la escalera, hasta el no poner zancadillas al compañero de trabajo.

 

Nos fijamos siempre en lo espectacular como en aquellos ricos que llenaban el cofre de la viuda pero luego seguían una vida de desplantes a los demás, porque les sobraba el dinero para todo.

 

Por otra parte, Jesús ni menciona las monedas de cobre. Y es que es algo más que dinero lo que estamos llamados a compartir: compañía, comprensión, justicia, amor. Estar atentos a los hambrientos de amistad, de ayuda, de cultura, y saber compartir lo que en cada momento necesitan y nosotros tenemos. Por alguna razón este colectivo de personas, los más pobres, fueron los compañeros de camino de Jesús, incluyendo a sus discípulos, a quienes eligió no por su currículo de estudios y poder, sino por sus actitudes y disponibilidad.

 

¿Hasta dónde llega nuestra generosidad? ¿Nos contentamos con dar solo de lo que nos sobra?

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Noviembre, 2009, 9:03, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Examen ante el testigo de la verdad

(Jn 18,33-37): En aquel tiempo, Pilato dijo a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

 

EXAMEN ANTE EL TESTIGO DE LA VERDAD

JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA). www.eclesalia.net

ECLESALIA, 18/11/09.- Dentro del proceso en el que se va a decidir la ejecución de Jesús, el evangelio de Juan ofrece un sorprendente diálogo privado entre Pilato, representante del imperio más poderoso de la Tierra y Jesús, un reo maniatado que se presenta como testigo de la verdad.

Precisamente, Pilato quiere, al parecer, saber la verdad que se encierra en aquel extraño personaje que tiene ante su trono: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús va a responder exponiendo su verdad en dos afirmaciones fundamentales, muy queridas al evangelista Juan.

«Mi reino no es de este mundo». Jesús no es rey al estilo que Pilato puede imaginar. No pretende ocupar el trono de Israel ni disputar a Tiberio su poder imperial. Jesús no pertenece a ese sistema en el que se mueve el prefecto de Roma, sostenido por la injusticia y la mentira. No se apoya en la fuerza de las armas. Tiene un fundamento completamente diferente. Su realeza proviene del amor de Dios al mundo.

Pero añade a continuación algo muy importante: «Soy rey... y he venido al mundo para ser testigo de la verdad». Es en este mundo donde quiere ejercer su realeza, pero de una forma sorprendente. No viene a gobernar como Tiberio sino a ser «testigo de la verdad» introduciendo el amor y la justicia de Dios en la historia humana.

Esta verdad que Jesús trae consigo no es una doctrina teórica. Es una llamada que puede transformar la vida de las personas. Lo había dicho Jesús: «Si os mantenéis fieles a mi Palabra... conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Ser fieles al Evangelio de Jesús es una experiencia única pues lleva a conocer una verdad liberadora, capaz de hacer nuestra vida más humana.

Jesucristo es la única verdad de la que nos está permitido vivir a los cristianos. ¿No necesitamos en la Iglesia de Jesús hacer un examen de conciencia colectivo ante el "Testigo de la Verdad" ¿Atrevernos a discernir con humildad qué hay de verdad y qué hay de mentira en nuestro seguimiento a Jesús? ¿Dónde hay verdad liberadora y dónde mentira que nos esclaviza? ¿No necesitamos dar pasos hacia mayores niveles de verdad humana y evangélica en nuestras vidas, nuestras comunidades y nuestras instituciones?

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Noviembre, 2009, 9:45, Categoría: Comentarios al Evangelio
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NO es un Dios de muertos, sino de vivos

(Lc 20,27-40): En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven».

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada. "

Comentario: Rev. D. Ramon CORTS i Blay (Barcelona, España)

HOY la Palabra de Dios nos habla del tema capital de la resurrección de los muertos. Curiosamente, como los saduceos, también nosotros no nos cansamos de formular preguntas inútiles y fuera de lugar. Queremos solucionar las cosas del más allá con los criterios de aquí abajo, cuando en el mundo que está por venir todo será diferente: «Los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido» (Lc 20,35). Partiendo de criterios equivocados llegamos a conclusiones erróneas.

Si nos amáramos más y mejor, no se nos antojaría extraño que en el cielo no haya el exclusivismo del amor que vivimos en la tierra, totalmente comprensible a causa de nuestra limitación, que nos dificulta el poder salir de nuestros círculos más próximos. Pero en el cielo nos amaremos todos y con un corazón puro, sin envidias ni recelos, y no solamente al esposo o a la esposa, a los hijos o a los de nuestra sangre, sino a todo el mundo, sin excepciones ni discriminaciones de lengua, nación, raza o cultura, ya que el «amor verdadero alcanza una gran fuerza» (San Paulino de Nola).

Nos hace un gran bien escuchar estas palabras de la Escritura que salen de los labios de Jesús. Nos hace bien, porque nos podría ocurrir que, agitados por tantas cosas que no nos dejan ni tiempo para pensar e influidos por una cultura ambiental que parece negar la vida eterna, llegáramos a estar tocados por la duda respecto a la resurrección de los muertos. Sí, nos hace un gran bien que el Señor mismo sea el que nos diga que hay un futuro más allá de la destrucción de nuestro cuerpo y de este mundo que pasa: «Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (Lc 20,37-38).

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Noviembre, 2009, 9:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Convicciones cristianas

(Mc 13,24-32): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En aquellos días, después de la tribulación aquella, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y los astros estarán cayendo del cielo, y las fuerzas que hay en los cielos serán sacudidas. Entonces, verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles, y congregará a sus elegidos de los cuatro vientos, desde la extremidad de la tierra hasta la extremidad del cielo.

»De la higuera aprended la semejanza: cuando ya sus ramas se ponen tiernas, y brotan las hojas, conocéis que el verano está cerca; así también, cuando veáis suceder todo esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. En verdad, os digo, la generación ésta no pasará sin que todas estas cosas se hayan efectuado. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas en cuanto al día y la hora, nadie sabe, ni los mismos ángeles del cielo, ni el Hijo, sino el Padre».

 

CONVICCIONES CRISTIANAS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

www.eclesalia.net

ECLESALIA, 11/11/09.- Poco a poco iban muriendo los discípulos que habían conocido a Jesús. Los que quedaban, creían en él sin haberlo visto. Celebraban su presencia invisible en las eucaristías, pero ¿cuándo verían su rostro lleno de vida? ¿cuándo se cumpliría su deseo de encontrarse con él para siempre?

Seguían recordando con amor y con fe las palabras de Jesús. Eran su alimento en aquellos tiempos difíciles de persecución. Pero, ¿cuándo podrían comprobar la verdad que encerraban? ¿No se irían olvidando poco a poco? Pasaban los años y no llegaba el Día Final tan esperado, ¿qué podían pensar?

El discurso apocalíptico que encontramos en Marcos quiere ofrecer algunas convicciones que han de alimentar su esperanza. No lo hemos de entender en sentido literal, sino tratando de descubrir la fe contenida en esas imágenes y símbolos que hoy nos resultan tan extraños.

Primera convicción. La historia apasionante de la Humanidad llegará un día a su fin. El «sol» que señala la sucesión de los años se apagará. La «luna» que marca el ritmo de los meses ya no brillará. No habrá días y noches, no habrá tiempo. Además, «las estrellas caerán del cielo», la distancia entre el cielo y la tierra se borrará, ya no habrá espacio. Esta vida no es para siempre. Un día llegará la Vida definitiva, sin espacio ni tiempo. Viviremos en el Misterio de Dios.

Segunda convicción. Jesús volverá y sus seguidores podrán ver por fin su rostro deseado: «verán venir al Hijo del Hombre». El sol, la luna y los astros se apagarán, pero el mundo no se quedará sin luz. Será Jesús quien lo iluminará para siempre poniendo verdad, justicia y paz en la historia humana tan esclava hoy de abusos, injusticias y mentiras.

Tercera convicción. Jesús traerá consigo la salvación de Dios. Llega con el poder grande y salvador del Padre. No se presenta con aspecto amenazador. El evangelista evita hablar aquí de juicios y condenas. Jesús viene a «reunir a sus elegidos», los que esperan con fe su salvación.

Cuarta convicción. Las palabras de Jesús «no pasarán». No perderán su fuerza salvadora. Han de de seguir alimentando la esperanza de sus seguidores y el aliento de los pobres. No caminamos hacia la nada y el vacío. Nos espera el abrazo con Dios

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Noviembre, 2009, 9:56, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Acerca de la oración

Lc 18, 1-8

“En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”. Y el señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esa fe en la tierra?”

José María Castillo en http://www.somosiglesiaandalucia.net/spip/spip.php?article1240

1. Jesús insiste en que los discípulos han de orar. Y han de orar siempre, sin cansarse jamás. Con esto, Jesús destaca la importancia de la oración en la vida. Porque todos en la vida, de una manera o de otra, por un motivo o por otro, nos vemos en la situación de la viuda que reclama justicia. Lo que ocurre es que, con demasiada frecuencia, no tenemos esa experiencia de seres necesitados, indigentes. Nuestra autosuficiencia nos incapacita para la oración. Porque ni sentimos lo necesaria que es.

2. La oración es eficaz cuando pedimos lo que, de verdad y en todo caso, es de “justicia”. La viuda no pedía caprichos, ni intereses, ni ganancias. La mujer, desamparada y sola (eso era lo que simbolizaba la”viuda” en aquella cultura), no pedía nada caprichoso ni superfluo. Pedía justicia, que le hicieran justicia, que se le concediera lo más fundamental que necesita todo ser humano. Es decisivo tener la convicción, la seguridad, de que, por más injusto que pueda ser este mundo, la oración nos consigue lo que de verdad necesitamos en la vida.

3. En definitiva, el problema es asunto de fe: la convicción de que nosotros no nos bastamos a nosotros mismos, es decir, la convicción de que más allá de los límites de la vida, hay una realidad última que es la que da sentido a nuestras vidas.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Noviembre, 2009, 11:32, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Está dentro de nosotros

(Lc 17,20-25): En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús cuándo llegaría el Reino de Dios. Él les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Vedlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros».

Dijo a sus discípulos: «Días vendrán en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: ‘Vedlo aquí, vedlo allá’. No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero, antes, le es preciso padecer mucho y ser reprobado por esta generación

 

Buscamos encontrar cosas grandiosas en situaciones espectaculares o fuera de serie. También así pensamos muchas veces del Reino de Dios y de las cosas suyas. Pero llega Jesús y nos dice algo más cercano y sencillo: que su Reino está escondido en nuestro interior.

 

Siglos más tarde todos los escritores de pensamiento positivo nos conducen al mismo camino. No busquemos la felicidad más allá de nosotros mismos, porque está en lo más profundo de nuestro corazón, nos vienen a decir.

 

Hasta sus mismos amigos dudan del tema, y pensando en los milagros y cosas grandiosas, le preguntan si es ahora cuando va a hacerlo. E insiste en que está dentro de nosotros, en la verdad de una vida honrada y fiel, en el silencio de la entrega diaria de un vivir sencillo, en el sacrificio o generosidad íntima llevada a cabo por el amor a los demás. Un Reino que hacemos nosotros, cada uno, día a día, en la lucha interior contra nuestros impulsos egoístas, y no quedándonos en nosotros mismos pues el Reino de Dios crece y fortalece allí donde los pobres son atendidos, donde se mitiga el hambre, donde se cura al enfermo, donde, en definitiva, se vive el amor,

 

Lo importante, pues, no será lo que ocurra y cuando el último día, sino la tarea diaria, esa es la pista que nos da el Maestro para llegar con éxito al final: el día a día, y en nuestro corazón y desde nuestro corazón. Todo lo que va saliendo de dentro hacia fuera. Como nos recuerda Pagola: “Está ya dentro de aquellos que acogen el mensaje de Jesús. Está entre los que le siguen y viven como El. Está allí donde los pobres reciben buenas noticias, donde se cura a los que sufren, donde se defiende a los últimos, donde se acoge a los pecadores. Donde hay amor, liberación, perdón, acogida y crecimiento de esperanza, allí está llegando Dios. ¡Observa su acción!".

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Noviembre, 2009, 8:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No pasamos cuentas

(Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

 

 

 

Nuestra relación con Dios es de amistad, de amor. Porque no somos ni sus siervos ni sus esclavos, sino hijos de Dios, templos suyos, comentábamos ayer. Somos, pues, hijos que sabemos lo que debemos a nuestro padre, y no pensamos jamás en el salario que pudieran merecer nuestros esfuerzos. En nuestro quehacer por las tareas del Reino no llevamos un libro de contabilidad, ni hacemos balance de presupuestos. Gratis lo hemos recibido, gratis lo damos y seguimos dando. Es una contabilidad diferente a las financieras que nos rodean, pues en este caso cuanto mas damos, más tenemos.

 

Lo tenemos claro. El nos ha llamado y nos ha elegido amigos. Y los amigos no pasamos cuentas. Sabemos que nuestras pequeñas acciones son como una gota en el océano. Pero cada gota es imprescindible, pues muchas gotas son las que hacen posible el océano de la vida.

 

En lo que cada uno hace no hacemos más que lo debido, lo correcto. No cabe el orgullo ni la arrogancia, ni el tener más puntos que el otro. Vamos creciendo en la verdad, porque crecemos en la humildad. Pues eso: siervos inútiles somos, hemos hecho lo que debíamos hacer.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 10 de Noviembre, 2009, 9:03, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Somos templos de Dios

(Jn 2,13-22): Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

 

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

 

 

 

NO es un mero pacifista que pone paños de agua caliente para curar una herida y dejar abierto un paréntesis. Su acción por la paz va unida a la justicia. Y en aquel pórtico del templo lo que lucían eran los negocios e intereses de los que tenían poder que para nada favorecían y primaban las necesidades e intereses de los más pobres. Habían convertido en un mercadeo la casa del Padre, y el mensaje revelado. Ese sistema no vale, y Jesús pone en su lugar su propia persona, su mensaje, su cruz, su muerte y resurrección.

 

 

Por otro lado si bien nos recuerda la necesidad de espacios donde reunirnos para recordar su Nombre, de ahí la construcción de los templos antes y ahora, nos pone de manifiesto de forma sublime cómo Dios y su presencia no puede ser constreñido entre unas paredes, por muy rica o pobre, por muy bonita o simple que fuese. Dios es más grande que cualquier templo, porque el templo donde El se hospeda son las personas y sus problemas, con todas sus cosas buenas y también con sus defectos y deficiencias. Y el verdadero y mayor templo es el propio Jesucristo, por eso advierte que pueden destruirlo pero en tres días lo levantará, y seguirá vivo. Bien que se acordaron sus discípulos de estas palabras cuando sucedió todo. Y Pablo nos insistirá en que el Templo de Dios es santo y ese templo somos nosotros. Somos sus piedras vivas que no podemos dejarnos guiar por el viento de la injusticia, el interés o el egoísmo. Eso gastará la piedra y la convertirá en arena que se lleva el viento. La práctica del amor, al contrario, y de la entrega generosa y espíritu de servicio la fortalecerá y se hará una piedra que pueda ser cimiento en la construcción de cualquier obra buena

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 9 de Noviembre, 2009, 11:48, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Contraste

 (Mc 12,38-44): En aquel tiempo, dijo Jesús a las gentes en su predicación: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa».

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».

CONTRASTE
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 04/11/09.- www.eclesalia.net

El contraste entre las dos escenas es total. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los escribas del templo. Su religión es falsa: la utilizan para buscar su propia gloria y explotar a los más débiles. No hay que admirarlos ni seguir su ejemplo. En la segunda, Jesús observa el gesto de una pobre viuda y llama a sus discípulos. De esta mujer pueden aprender algo que nunca les enseñarán los escribas: una fe total en Dios y una generosidad sin límites.

La crítica de Jesús a los escribas es dura. En vez de orientar al pueblo hacia Dios buscando su gloria, atraen la atención de la gente hacia sí mismos buscando su propio honor. Les gusta «pasearse con amplios ropajes» buscando saludos y reverencias de la gente. En la liturgia de las sinagogas y en los banquetes buscan «los asientos de honor» y «los primeros puestos ».

Pero hay algo que, sin duda, le duele a Jesús más que este comportamiento fatuo y pueril de ser contemplados, saludados y reverenciados. Mientras aparentan una piedad profunda en sus «largos rezos » en público, se aprovechan de su prestigio religioso para vivir a costa de las viudas, los seres más débiles e indefensos de Israel según la tradición bíblica.

Precisamente, una de estas viudas va a poner en evidencia la religión corrupta de estos dirigentes religiosos. Su gesto ha pasado desapercibido a todos, pero no a Jesús. La pobre mujer solo ha echado en el arca de las ofrendas dos pequeñas monedas, pero Jesús llama enseguida a sus discípulos pues difícilmente encontrarán en el ambiente del templo un corazón más religioso y más solidario con los necesitados.

Esta viuda no anda buscando honores ni prestigio alguno; actúa de manera callada y humilde. No piensa en explotar a nadie; al contrario, da todo lo que tiene porque otros lo pueden necesitar. Según Jesús, ha dado más que nadie, pues no da lo que le sobra, sino «todo lo que tiene para vivir».

No nos equivoquemos. Estas personas sencillas, pero de corazón grande y generoso, que saben amar sin reservas, son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Ellas son las que hacen el mundo más humano, las que creen de verdad en Dios, las que mantienen vivo el Espíritu de Jesús en medio de otras actitudes religiosas falsas e interesadas. De estas personas hemos de aprender a seguir a Jesús. Son las que más se le parecen.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 8 de Noviembre, 2009, 9:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Buenos administradores

(Lc 16,1-8): En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda; le llamó y le dijo: ‘¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando’. Se dijo a sí mismo el administrador: ‘¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza’. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas.

 

»Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. Respondió: ‘Cien medidas de aceite’. Él le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’. Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Dícele: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’.

 

»El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz».

 

No nos suena a algo de otro mundo el ejemplo que leemos en el Evangelio del día. Cada día cualquier medio de comunicación en casi todas las partes del mundo nos traen ejemplos de cosas similares. Es lo que llamamos corrupción, sobre todo en el mundo de la política y de la economía. Pagar prebendas para obtener favores mayores que puedan dar pingues beneficios. Algo que todos condenamos y que aborrecemos, pero que en muchos sitios se sigue haciendo.

 

¿Nos están invitando desde el Evangelio a que hagamos este tipo de injusticias? No lo parece. Es algo contrario a su espíritu. Mas bien a que actuemos con la misma sagacidad o habilidad para realizar el bien, para practicar la justicia, para fomentar la libertad y la igualdad entre personas y pueblos. Se trata de que pongamos el máximo interés en esta causa que Jesús nos propone. Que si lo hacen otros para el mal, lo hagamos nosotros para el bien. Aquellos lo hacen porque allí, en la corrupción y en el egoísmo de la avaricia, han puesto su corazón. ¿Dónde tenemos el nuestro? Ya se nos ha dicho que donde tengamos nuestro corazón, allí tendremos nuestro tesoro.

 

Y es que a menudo planeamos y discurrimos mejor para sacar adelante lo material que para profundizar y reflexionar sobre el seguimiento al Nazareno. Pues eso, que administradores somos todos. Cada uno tiene sus riquezas y hemos de saber valorarlas. A veces ni somos conscientes de nuestros valores, ni sabemos ni soñamos ni valoramos lo que tenemos y somos. Pero como al administrador del evangelio también se nos pide cuenta. Y hemos de darla. Y nos toca saber sacar de ello lo mejor. Pensemos en nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestra fuerza física o moral, nuestra capacidad de entusiasmo, el amor de nuestro corazón, todo aquello que podemos administrar y hacer fructificar. Si hay algunos que son capaces de hacerlo para lo malo, por qué no nosotros para lo bueno.

 

El mismo Pablo nos lo recuerda: “Por mi parte, hermanos, estoy convencido de que ustedes están llenos de buenas disposiciones y colmados del don de la ciencia, y también de que son capaces de aconsejarse mutuamente.” Conocemos nuestras debilidades, pero también sabemos de nuestra nobleza y aquello de “amor con amor se paga”

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 6 de Noviembre, 2009, 9:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sale a nuestro encuentro

 

 

 

 

 

(Lc 15,1-10): En aquel tiempo, todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

»O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

 

 

Cada persona tiene su valor. No son los números, ser más en cantidad o menos, tener muchos o pocos estudios. Había una perdida y se le buscó. El nos ama y nos quiere no tanto porque nosotros seamos buenos, sino porque El lo es. Volviendo, pues, la frase al revés podríamos decir que somos buenos porque Dios nos ama. En cualquier momento o situación o etapa de nuestra vida cada uno de nosotros hemos sido esa oveja o dracma perdida, y es bueno ser consciente de que en ese momento Alguien andaba buscándonos y haciéndose el encontradizo.

 

Lo mismo pasa en nuestra relación con los demás, hemos de buscar al que posiblemente se sienta perdido, bien por razones morales, bien por la situación de crisis, bien por estar en una situación de exclusión. A nadie podemos dar por perdido y por oportunidad fracasada. Porque Dios a nadie le da por perdido.

 

No es la oveja quien pone los medios para volver al redil. Es el pastor quien la busca y además de poner su esfuerzo su alegría es grande al encontrarla. Una imagen de Dios como para que se nos grabe en la retina y en nuestra memoria. Por eso decimos que es Amor. Ante cualquier dificultad que tengamos ahora mismo en nuestra vida y que nos haga atragantarnos bueno es pensar que Dios anda en nuestra búsqueda, es la mejor medicina.

 

Somos frágiles y limitados, podemos caer y recaer cientos de veces,  pero nuestra esperanza ha de ser grande. Tenemos motivos sobrados para ello.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 5 de Noviembre, 2009, 9:56, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Palabras duras y difíciles

(Lc 14,25-33):” En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

 

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.”

 

Algo duras y difíciles de entender en principio las primeras palabras de Jesús en este texto. ¿Odiar a la familia propia? Lo entiende como la cruz de cada uno, como el ejemplo de lo que tiene uno que cargar. Y que a su vez es el cimiento del edificio donde construir su mensaje. Igual, prácticamente seguro, no es al pie de la letra como debamos entender esta relación con la familia. Sino que en el fondo lo que nos viene a decir que lo primero, lo fundamental, lo absoluto, lo que ocupa el primer puesto en la jerarquía de valores es la palabra de Dios, nuestra fe y adhesión personal. Y en caso de contradicción entre una cosa y otra debemos tenerlo claro. Por eso hay que actuar con decisión sí, pero también con prudencia, con la prudencia y paciencia del que construye una torre que sabe hay que poner no solo los medios adecuados sino también el tiempo que ello conlleva.

 

“El amor es la plenitud de la ley” nos insiste también el mensaje bíblico. Todos recordamos aquel episodio de Francisco de Asís quien despojándose de sus trajes y entregándoselos a su padre le comentó que por encima de su familia en la tierra tenía un Padre que estaba en los cielos a quien se lo debía todo. Esa entrega incondicional que lleva consigo una renuncia a tantas cosas nos parece hoy inalcanzable. Igual solo es cuestión de poner el acento día a día no tanto en lo que tengo que dejar, sino en lo que he de vivir que es todo lo que conlleva el contenido del Reino de Dios.

 

La vida, la forma de organizarnos en la sociedad, nos ha llevado a ser individualistas y de la misma forma que antes de salir de casa nos aseguramos de dejar bien cerradas puertas y ventanas por temor a posibles ladrones, así también vamos por la vida, con la puerta interior cerrada, con los ojos vendados, con los oídos taponados. Abrir las puertas personales es señal de confianza para el otro. Y una forma de criticar con coherencia los muros que en nuestro mundo siguen levantándose y dividiendo a las personas entre más y menos afortunadas, más y menos pobres. Si cerramos nuestra puerta interior estamos impidiendo que los otros entren y dejándolos fuera de nuestras vidas. Abrir las puertas de nuestro corazón puede ser la señal de que comenzamos a sentir que tenemos una familia más grande que la de sangre, y no nos exigirá renunciar a ésta sino, al contrario, vivirla con más intensidad.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 4 de Noviembre, 2009, 9:46, Categoría: Comentarios al Evangelio
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En el día de los difuntos

Jn 5, 24-29

“En aquel tiempo, respondió Jesús a los judíos: “En verdad os digo, que el que me oye mi palabra y cree en aquel que me envió, tiene vida eterna y no viene a juicio, sino que pasó de muerte a vida. En verdad os digo, que viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren, vivirán. Porque así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también dio al Hijo el tener vida en sí mismo, y le dio poder de hacer juicio porque es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto, porque viene la hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hicieron bien, irán a resurrección de vida, mas los que hicieron mal a resurrección de juicio”.

José María Castillo en http://www.somosiglesiaandalucia.net/spip/spip.php?article1226

1. En el día de los difuntos, es lógico, es natural, es inevitable que recordemos a los que murieron, especialmente a quienes, por el motivo que sea, representan para nosotros algo importante en la vida. Sin embargo, lo que más importa, en este día, no es mirar al tiempo pasado, sino fijarnos en la eternidad, que trasciende el espacio y el tiempo. Y nos sitúa en otro orden de existencia para siempre.

2. Pero cuando los cristianos hablamos de la muerte, es importante tener en cuenta que el ser humano no es un compuesto de dos elementos, el cuerpo y el alma, que se separan en el momento de morir y se volverán a juntar al final de los tiempos, cuando todos seamos convocados al llamado juicio final. Esta antropología corresponde al dualismo del pensamiento helenista, que influyó en el pensamiento de la Iglesia antigua y ha marcado la cultura de Occidente. Por el contrario, el pensamiento bíblico no es dualista, sino unitario. El ser humano implica esencialmente corporalidad, es decir, se constituye por un “cuerpo” animado por un “espíritu”, fundidos en una unidad tan perfecta, que (al menos, hasta el día de hoy) resulta imposible establecer dónde y cómo se sitúa el punto de sutura de lo corporal con lo espiritual en cada ser humano.

3. La muerte no es una separación del cuerpo y el alma, sino una transformación del ser humano en su totalidad. De forma que el momento de la muerte es también el momento de la resurrección. Se trata de la transformación del ser humano temporal en el ser que trasciende el espacio y el tiempo, de forma que entra en una condición nueva de existencia. Por eso se puede decir que el cadáver es el último despojo que dejamos en este mundo. En el cementerio ya no está nuestro cuerpo. Sólo está nuestro recuerdo. La plenitud de nuestro ser transformado está para siempre con el Señor de la gloria.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 2 de Noviembre, 2009, 11:04, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Creer en el cielo

(Mt 5,1-12a): En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

 

CREER EN EL CIELO

José Antonio Pagola

www.eclesalia.net

En esta fiesta cristiana de Todos los Santos, quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un "Dios oculto", del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 1 de Noviembre, 2009, 9:15, Categoría: Comentarios al Evangelio
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