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Abril del 2009


Yo soy

(Jn 6,35-40):   En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día».

 

Hoy como pan, otras veces como luz, en alguna como el buen pastor, o como la misma vida. Alguien que siempre está para dar, para entregarse. Bien como alimento, bien como guía, bien orientando, bien motivando.

 

Es la luz, la fuerza creadora que anima nuestro interior y también el cambio social, pues ha venido a hacer presente un Reino, el de Dios, con unos valores concretos que se traducen fundamentalmente en fraternidad.

 

Quien le sigue habla su voz y se convierte de alguna forma en portador de sus mismos valores, de tal forma que también cada uno de nosotros, como imagen suya, podremos decir “yo soy la luz”, en la medida que vamos iluminando, motivando, orientando, alimentando el hambre y calmando la sed. Hemos surgido de esa misma corriente espiritual suya, el Bautismo nos introdujo en esa dinámica. Hechos a la imagen y semejanza de Dios, somos instrumentos suyos en la realidad de nuestro entorno.

 

Su Palabra es recogida en nuestros corazones y al tiempo la extendemos hacia el exterior de nosotros mismos.

 

Que esa fuerza espiritual que nos ha dado nos haga conscientes de que El no pierde nada de lo que se le ha dado. Por eso andamos en el buen camino y podemos y debemos ser también paz, luz, vida para los demás

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Abril, 2009, 11:42, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Es un mensaje diferente

(Jn 6,22-29):   Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos le vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

 

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado».

 

Lo importante no son las acciones espectaculares, sino el trabajo y la voluntad puesta en el quehacer diario y hecha con buena intención, desde el interior: La obra de Dios es que crean en quien el ha enviado. Sin esa disposición que es lo central nos quedaremos en lo caduco, en lo superfluo, en lo que hoy aparece y mañana no.

 

Le estaban buscando digamos que como estómagos agradecidos que ven en El remedio y solución a sus problemas. En el fondo le confunden con una especie de Mesías político y social. Y aunque su mensaje tiene consecuencias sociales y de creación de nuevas estructuras de justicia y libertad en nuestro mundo, parte y se enfoca desde una actitud interior de vida nueva que busca el bien de la humanidad. Lo suyo es formar un nuevo pueblo que sea capaz de sentarse en torno a una misma mesa y compartir desde lo que se vive, posee y se disfruta. La gente se fijaba solo en los panes que habían sobrado. El espectáculo social es lo que les estaba motivando, y el Maestro les llama su atención. Por eso durante un tiempo no se deja ver por ellos mientras le siguen buscando. Pues la actitud de búsqueda es la que nos dará la respuesta para encontrarle donde debemos hallarle.

 

Solo les faltó amotinarse. Como nosotros, que tantas veces confundimos el cristianismo y la búsqueda de lo espiritual con una agencia de seguros, como si fuera una póliza firmada, yo pago las primas tú me indemnizas en el accidente. Como nosotros que en ocasiones buscamos el provecho propio en la amistad con los demás. Son las tentaciones de siempre, que siempre hemos de superar con el trabajo interior de cada día

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Abril, 2009, 9:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Creer por experiencia propia

(Lc 24,35-48):   En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

 

 

Creer por experiencia propia

José Antonio Pagola

www.eclesalia.net

 

 

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que sólo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.

Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.

Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.

El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».

Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi sólo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?

Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».

Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Abril, 2009, 9:34, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Compartiendo

(Jn 6,1-15):  En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

 

Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.

 

Estaban como agobiados ante la gran necesidad o situación crítica en que se encontraba la multitud de gente que se agolpaba para escuchar al Maestro. Pero ante situaciones así no hay que estar pasivo: pone a los discípulos a trabajar y a buscar soluciones y se encuentran con la generosidad de aquel joven que simboliza la solidaridad de todos los presentes que en aquel momento tenían algo que compartir. Las dificultades que hoy vivimos parecen presagiar para muchos que solo un milagro desde lo alto podría solucionar el problema; sin embargo, pensar así sería escondernos pasivamente. Si hay problemas pequeños, al alcance de nuestra mano, que pueden solucionarse con la actitud del compartir, también los problemas grandes requerirían la misma solución, pero compartir con todos, no tanto con los que más tienen o más han ganado sino con los que menos tienen y más han perdido.

 

Los que sufrían el problema mantenían la frente alta, no se achicaban, pues lo que buscaban fundamentalmente era una motivación para vivir, y escuchaban al Maestro. Pero El les pone en camino, todos podemos hacer algo. Su Palabra cuando la escuchamos nos moviliza. Hoy mas que nunca, no solo por opción creyente, sino por ética, es oportuno y necesario pensar en los demás.

 

Dice la sabiduría oriental que “El espíritu pertenece al cielo (tiene naturaleza celestial); huesos y carne (el cuerpo) pertenecen a la tierra (tienen naturaleza terrenal). Lo que pertenece al cielo es limpio y fluido, lo que pertenece a la tierra, sucio y compacto. Cuando el espíritu abandona la forma (el cuerpo), cada uno regresa a su ser propio. Por eso El espíritu entra en su morada, el cuerpo retorna a su raíz. ¿Qué puede ya quedar de mí?”. En nuestro caso lo que queda de nosotros mismos es nuestra muerte al ego y nuestra vida nueva en el amor que en cada momento concreto de la historia tiene sus concreciones diferentes, que cada cual y en cada pueblo y comunidad tendrá que buscar.

En España la crisis económica esta afectando de manera mas cruel a las familias humildes y sobre todo a los inmigrantes. Ya hay miles de personas sin sueldo y sin casa.Muchas personas buscando en la basura para comer y durmiendo en su auto, si les quedo, sino en la calle. Las ayudas oficiales tardan y muchas veces ignoran a los “ilegales”, a los “sin papeles” por que para ellos no existen. Tenemos que actuar rápido, todos. En Manresa, Cataluña, las comunidades cristianas han puesto en marcha iniciativas solidarias. Entre ellas el próximo sábado 25 de abril de 18 a 20 horas en el Paseo de Pedro III de Manresa, frente al cine Atlántida, pondrán una mesa de recogida de alimentos no perecederos. (Datos recogidos de redescristianas.net). Todo ello independientemente a lo que desde las bases sociales podamos exigir a los que rigen nuestros países.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Abril, 2009, 10:22, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Con la mirada en el horizonte

(Jn 3,31-36):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él».

 

 

Inspirarnos más allá de la realidad inmediata. Buscar las cosas de arriba. Ampliar las perspectivas de nuestro horizonte. No todo se acaba donde terminan nuestros análisis. El que cree tiene vida eterna. La vida no se reduce a cenizas. No podemos complacernos en nosotros mismos. Hemos de buscar la “locura” (para muchos) de la trascendencia. No importan las solemnidades del momento, es necesario vivir más intensamente, con el interior pleno. Menos vacío, más encuentro que nos llene con los demás y el misterio. El silencio queda vencido. Porque aquel a quien Dios ha enviado, da el Espíritu sin medida. La vida que se nos ha dado no ha hecho más que comenzar. No somos simplemente de la tierra. Hemos de seguir viviendo en ella, hablando de ella y transformándola, pero con horizontes amplios de vida para siempre, de espíritu vital para toda la humanidad. Y eso que vivimos y hablamos manifiesta lo que somos y lo que queremos. Atentos, pues, a lo que sale de nuestro interior.

 

Viviremos con valentía, sin caer en el silencio de los cobardes. Hablaremos danto aliento y creando a nuestro lado la ilusión de vivir y seguir trabajando. Nos olvidaremos del pesimismo y ya no lo contagiaremos. Crearemos diálogo, buscaremos los puntos de acuerdo, sabremos reconciliar, nos olvidaremos de las ofensas, trabajaremos por la paz. Es fruto del corazón, de lo que sale de dentro, pero tiene que salir y expandirse. Para acabar con las cenizas que se esfuman en una mirada terrena que solo llega a una distancia que puede medirse. Seremos más bien eco de la vida eterna.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Abril, 2009, 9:29, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para salvar al mundo, no para condenarlo

 (Jn 3,16-21):   Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.

 

Hemos hecho uso muchas veces de la palabra condena, y de la de castigo así como la de juicio. El temor de Dios lo hemos entendido no como respeto cargado de confianza sino como miedo. El “ten cuidado, que Dios te castiga” o “Dios castiga sin palos ni piedras” todavía se escucha en nuestra sociedad y familias, sobre todo a los más pequeños. Y vino desde hace siglos el Maestro a decirnos que su tarea no es condenar, ni juzgar, sino salvar al mundo. No solo a las personas, sino tambien a los grupos, a las instituciones, a las organizaciones, a las estructuras, a la tierra. Al mundo. Y nos lo recuerda el evangelio del día hoy precisamente que celebramos el Día Mundial de la Tierra, y los datos escalofriantes de las Naciones Unidas nos indican que 5.000 es el número de los muertos por sed en Africa cada día. Un número que significa personas. Un número que significa un mundo mal organizado. Y El ha venido no para condenarnos, ya tenemos una estructura que nos lo hace, sino para salvarnos de esa situación. Eso sí no lo hará con un milagro, sino a través de las obras de la luz y de la verdad, que podrán y deberán ser realizadas por los hombres y mujeres de todos los tiempos, también de este, no importa su creencia y condición. En una tarea así, salvar al mundo y no condenarlo, no debemos dejar el proyecto de Dios en una quimera o utopía, sino ponernos todos manos a la obra. Para que así quede de manifiesto que nuestras obras están hechas según Dios.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Abril, 2009, 12:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Nacer de nuevo

(Jn 3,1-8):   Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él». Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios». Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?». Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

 

 

Va de noche a encontrarse con Jesús. No se le apetecía que le vieran sus compañeros. Era todo una autoridad. No estaba bien visto relacionarse con el Maestro. Puede que tampoco hoy sea un motivo como para quedar bien. Suele verse raro que personas con cultura, con formación, con autoridad o poder social o político frecuenten su trato.  Como si les faltara algo por descubrir. Y seguimos yendo de noche.

 

Por otra parte el magistrado no entiende que haya que nacer de nuevo. Hay un ser espiritual por reconstruir, y que tiene que edificarse sobre lo material que ya existe en nosotros. Será una tarea interminable. Habrá que vestirse, como advierte Pablo, de “ternura entrañable, de agrado, de humilde, sencillez, tolerancia, perdón y amor mutuo”, hasta que podamos decir aquello de “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Como un artista que, con el modelo delante, va dando golpe tras golpe, buscando lograr un parecido. Eso sí, con la fuerza transformadora que nos viene de su Espíritu que nos ayudará a ser hombres y mujeres nuevos. Tolstoi, hablando de su conversión decía: “¡Cómo ha cambiado mi vida! Todo lo veo de distinta manera. Lo que antes me parecía sin importancia, ahora me apasiona, y lo que antes me apasionaba fuertemente, ahora me deja indiferente”. Repasemos, pues, cada uno nuestra experiencia en esta materia, hemos de seguir puliendo ese ser nuevo en cada uno de nosotros. Porque hay que seguir naciendo de lo alto, es decir naciendo del Espíritu

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Abril, 2009, 8:58, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La incredulidad de Tomás

(Jn 20,19-31):  Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

 

 

 La incredulidad del apóstol Tomás

 

http://www.redescristianas.net/2009/04/15/domingo-19-de-abril-de-2009-2%c2%ba-domingo-de-pascua/#more-15574


Tras la muerte de Jesús, la comunidad se siente con miedo, insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía.

Se encuentra en una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto cuando los israelitas eran perseguidos por las tropas del faraón (Éx 14,10); y, como lo estuvo aquel pueblo, los discípulos están también en la noche (ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1). El mensaje de María Magdalena, sin embargo, no los ha liberado del temor. No basta tener noticia del sepulcro vacío; sólo la presencia de Jesús puede darles seguridad en medio de un mundo hostil.

Pero todo cambia desde el momento en que Jesús –que es el centro de la comunidad- aparece en medio, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad.

Su saludo les devuelve la paz que habían perdido. Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles “los judíos”, ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida

Con su presencia Jesús les comunica su Espíritu que les da la fuerza para enfrentarse con el mundo y liberar a hombres y mujeres del pecado, de la injusticia, del desamor y de la muerte. Para esto los envía al mundo, a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18). La misión de la comunidad no será otra sino la de perdonar los pecados para dar vida, o lo que es igual, poner fin a todo lo que oprime, reprime o suprime la vida, que es el efecto que produce el pecado en la sociedad.

Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, el mismo que se mostró pronto a acompañar a Jesús en la muerte (Jn 11,16), que ahora se resiste a creer el testimonio de los discípulos y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.

Necesitará para creer unas palabras de Jesús: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel». Tomás, que no llega a tocar a Jesús, pronuncia la más sublime confesión evangélica de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”. Con esta doble expresión alude al maestro a quien llamaban Señor, siempre dispuesto a lavar los pies a sus discípulos y al proyecto de Dios, realizado ahora en Jesús, de hacer llegar al ser humano a la cumbre de la divinidad realizado ahora en Jesús (Dios mío)..

Pero su actitud incrédula le merece un reproche de parte de Jesús, que pronuncia una última bienaventuranza para todos los que ya no podrán ni verlo ni tocarlo y tendrán, por ello, que descubrirlo en la comunidad y notar en ella su presencia siempre viva. De ahora en adelante la realidad de Jesús vivo no se percibe con elucubraciones ni buscando experiencias individuales y aisladas, sino que se manifiesta en la vida y conducta de una comunidad que es expresión de amor, de vida y de alegría. Una comunidad, cuya utopía de vida refleja el libro de los Hechos (4,32-35): comunidad de pensamientos y sentimientos comunes, de puesta en común de los bienes y de reparto igualitario de los mismos como expresión de su fe en Jesús resucitado, una comunidad de amor como defiende la primera carta de Juan (1 Jn 5,1-5).

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Abril, 2009, 9:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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A toda la creación

Mc 16,9-15):  Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».

 

 

Hoy nos aparece como un resumen de las constantes de estos días pascuales. El Maestro que se hace presente ante sus amigos y discípulos, predominando su mensaje a las mujeres. Unos que no lo creen mientras no lo vean, todos que van a comunicarlo a los demás bien por encargo del mismo Jesús bien por decisión propia. Pero de todas las maneras se convierten en testigos suyos, a pesar de tener una fe bastante débil. No es obstáculo para testificarlo, con sus palabras y maneras de actuar. Es lo que El mismo les dice al final, que vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. A toda la creación, no solo a las personas sean cuales fueran, sino también a todo lo que se mueve en la tierra, organizado o no, estructuras, ambientes, instituciones, maneras de planificación. A toda la creación. Es algo más que personal el ser testigos, exige también trabajar por el cambio social y ambiental.

 

Es también hoy una invitación a reconocer nuestras debilidades en la tarea que hemos emprendido. Más de una ocasión suman las veces que nos hemos despistados, que la comodidad o el egoísmo nos han vencido, y que, como sus primeros amigos, si no lo vemos no lo creemos, como si necesitáramos pruebas más contundentes. Reconocerlo es bueno, pero no para estancarnos, sino como primer paso que hemos de dar cada día para seguir avanzando, además hemos de ser cada uno los que tomemos esa decisión pues nadie va a tomarla por nosotros. Siempre tendremos la fuerza y la ayuda que nos viene de lo Alto, pero el camino lo ha de hacer cada uno

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Abril, 2009, 11:53, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Con la misma naturalidad de siempre

(Jn 21,1-14):   En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

 

 

“Voy a pescar”, “vamos contigo”, y mientras estaban trabajando y buscando su subsistencia diario el Maestro, siempre vivo, se hace presente entre ellos. Lo hace con la naturalidad de siempre, como si estuviera también pescando –“echen la red a la derecha de la barca”. Con la misma naturalidad como para demostrar su presencia a través de los tiempos y circunstancias, cuando llegan a tierra ven que había preparado unas brasas para asar pescado. Con la misma naturalidad antes les había asesorado de la mejor manera de realizar su práctica laboral –“echen la red a la derecha de la barca”.

 

Se sigue comportando tal como es, sin fingimientos, sin alharacas, sin estrepitosidades que sirvan como para rendirle homenaje. De la misma forma que un día elogió a Natanael diciendo del mismo que era un verdadero israelita en quien no había doblez, así se sigue manifestando el Maestro. No busca que le aplaudan ni tampoco lucirse. Con esa misma naturalidad hemos de comportarnos nosotros en los ambientes en que nos movemos, haciéndolo siempre en la honradez de vida y buena conducta.

 

Por eso en nuestro mundo occidental y en el latino la vida y presencia del Maestro Jesús sigue formando parte de la vida de muchas personas y colectividades. Por eso siguen repicando las campanas en las ciudades, en el campo y en muchas aldeas convocando a las comunidades de sus seguidores. De El y sus enseñanzas se han escrito muchos libros y existen incluso hasta teorías contradictorias. Y con la misma naturalidad, en la vida de cada día y en su nombre muchísimas personas trabajan para ayudar a los demás, para socorrer a los que lo necesitas, para estar al lado de los que enfermos.

 

Cierto que entre sus seguidores y en la misma comunidad ha habido en la historia y siguen existiendo contradicciones prácticas y vitales con su mensaje y lo central de su enseñanza, pero el que muchos sigan sintiendo a los demás como sus hermanos, y lo hagan con naturalidad, es prueba de que, a pesar de los contratiempos e infidelidades, el Maestro sigue vivo, haciéndose presente en nuestro quehacer de cada día.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Abril, 2009, 9:16, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Vivir de su presencia

(Lc 24,35-48):  En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

 

VIVIR DE SU PRESENCIA

José Antonio Pagola

www.eclesalia.net

 

Sólo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, el grupo de discípulos se transforma. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma misión que él había recibido del Padre.

La crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen su origen a un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y predicada, que una experiencia vivida.

Cristo resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arraigada en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no nutre de ordinario nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo, Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido como lo fue por sus discípulos y discípulas.

Se nota enseguida cuando un grupo o una comunidad cristiana se siente como habitada por esa presencia invisible, pero real y activa de Cristo resucitado. No se contentan con seguir rutinariamente las directrices que regulan la vida eclesial. Poseen una sensibilidad especial para escuchar, buscar, recordar y aplicar el Evangelio de Jesús. Son los espacios más sanos y vivos de la Iglesia.

Nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesitamos para enfrentarnos a una crisis sin precedentes, como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no saldremos de nuestra pasividad casi innata, continuaremos con las puertas cerradas al mundo moderno, seguiremos haciendo «lo mandado», sin alegría ni convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza que necesitamos para recrear y reformar la Iglesia?

Hemos de reaccionar. Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia viva, recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar constantemente su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él nos puede transmitir más luz y más fuerza que nadie. Él está en medio de nosotros comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Abril, 2009, 10:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como los de Emaús

(Lc 24,13-35)

El ser humano, mientras va avanzando por los caminos de
la existencia, atraviesa etapas diferenciadas que van per-
filando su personalidad y escribiendo su biografía en la
pequeña historia cotidiana. Es un itinarario a través de
un paisaje que cada persona comtempla desde distintos pun-
tos de observación y,a medida que se va acercando a la cum-
bre,la panorámica se dilata y los horizontes se abren
más y más.
Como los discipulos de Emaús con frecuencia caminamos
desonrientados o vemos sólo algún aspecto de la reali-
dad y no acertamos a comprender.Todos necesitamos apre-
nder de todos. Todos debemos aportar para enriquecer a
los demás.
Descálzate (entrar en la presencia del Señor.Aceptar
la misión. Contar siempre con ÉL)
Vida Ascendente
Feliz Pascua
Gracias, Mariluz- Grupo frases y textos de Google

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Abril, 2009, 10:19, Categoría: Reflexiones creyentes
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Buscándole

Jn 20,11-18):   En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras

 

 

Siempre lo ha seguido, lo hizo en vida y continúa después de muerto. Ha estado y permanecido buscándolo en todo momento. “Se lo han llevado y no sé donde lo han puesto”. Esa actitud de búsqueda le honra. Y se presenta hoy ante nosotros como un espejo donde mirarnos: ¿Le hemos buscado y estamos buscando así? ¿Nos seguimos haciendo preguntas sobre El?. Es la lealtad, que no la perfección. Es el seguimiento, con sus deficiencias y marchas atrás.

 

Así es reconocida por el Maestro que le llama por su nombre. En el silencio de nuestro corazón –es bueno hacer un rato de silencio, aunque pequeño, a lo largo del día- intentemos escuchar nuestro nombre. El lo conoce y lo sabe. Suele repetirlo a menudo. La cuestión es saberlo escuchar. Sigue vivo e interesado por nuestras cosas, por las de este mundo y por las de toda la gente. Por eso “fue a donde estaban los discípulos y les dijo que había visto al Señor”.

 

Por supuesto, podemos buscarle, y debemos hacerlo, en los demás, más allá de nuestro egoísmo. De hecho a María Magdalena se le presenta como un jardinero. Hoy a nosotros de muchas y variadas maneras, profesiones o sin labores. Siempre se deja ver a través de los demás, donde hay un camino de búsqueda.

 

Eso sí, la experiencia nos dice también que si no nos paramos de vez en cuando para buscarle en silencio, en nuestro interior, escuchándole, dialogando con El, aunque sea intentándolo –y así reconstruir nuestro ser interior- , es mas complejo y difícil encontrarlo en el que está al lado. Y si lo hacemos será más fácil buscarlo y hallarlo en el dolor, en los problemas propios y ajenos, en ese email inesperado.

 

Lo bueno de todo es que todos tenemos la experiencia interna de haberlo encontrado en algún momento de nuestro momento. Que no lo perdamos de vista.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Abril, 2009, 9:07, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¡Señor, resucítanos!

(Mt 28,8-15):  En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

 

¡SEÑOR, RESUCÍTANOS!

CARMEN ILABACA H., ccbilabaca@hotmail.com

www.eclesalia.net

 

 

ECLESALIA, 13/04/09.- La presencia de las mujeres en el seguimiento a Jesús fue hasta la Cruz como algunos de sus discípulos... pero siguieron más allá y también se hicieron presentes en la resurrección...

Los textos de estos días deben resonar muy fuertemente en las mujeres, pues nos hacen sentir partícipe de la misión del Resucitado y su Causa: Reino de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz.

Y, yo... soy Mujer.

El camino al Gólgota de hoy pide a las mujeres que siguen a Jesús la misma fuerza y tenacidad ante el sufrimiento y la humillación por los Pilatos y Judas de esta época.

En pleno siglo XXI debemos las mujeres afirmarnos en la fe y con fuerza y coraje enfrentar esta “dejada de lado” en cargos y responsabilidades eclesiales.

Tenemos tanto que dar las mujeres en la iglesia católica, tal como lo hicimos en el seguimiento a Jesús hace ya dos mil años. Pero, hoy aún existen Judas y Pilatos que se lavan las manos dejando de lado la participación de la mujer en esta iglesia universal.

¿Qué nos diría Jesús en el camino al calvario este año? “Resistan y lleguen hasta donde quieren llegar”. Yo no pretendo ser sacerdote, sino que exijo respeto a mi condición de mujer creyente. Además, en los tiempos de Jesús no había sacerdotes, sino un pueblo: una comunidad.

En el Nuevo Testamento se usa la palabra “sacerdote” cuando se refiere a Él y al pueblo en su conjunto, nunca lo hizo a hombres en forma individual. Dicen los textos que a partir del siglo IV esta palabra se hizo común en el pueblo cristiano.

Entonces, yo entiendo que Jesús dejó discípulos y apóstoles formando una gran comunidad donde había –obviamente- mujeres en que juntos servían a los demás.

Hoy, Señor Resucitado... nosotras las mujeres te sentimos vivo en nuestro corazón, tú ya nos reivindicaste. Jesús tenía razón. Dios está de parte de Jesús, Dios ha respaldado la Causa del Crucificado y las crucificadas de hoy. Jesús ha resucitado... ¡Vive! ¡Dios! ¡Padre/Madre!: ¡Resucítanos hoy también a nosotras en esta iglesia que Tú nos regalaste estando aún despojado de todo en la cruz... nos seguiste dando... nos diste a tu madre!

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Abril, 2009, 8:54, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Vayan a Galilea: allí lo verán

 

Marcos 16, 1-7
Pasando el día festivo, María Magdalena, Marta la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para embalsamar el cuerpo de Jesús. Y el primer día de la semana, muy temprano, a la salida del sol, se dirigieron al sepulcro. Iban preguntándose unas a otras:
- ¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?

Pero al llegar se encontraron con que la piedra había sido removida. Y era una piedra enorme. Al entrar en el sepulcro, vieron, sentado al lado derecho, a un joven vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero el joven les dijo:
- No os asustéis. Estáis buscando a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. H
a resucitado; no está aquí. Ved el lugar donde fue puesto. Ahora marchaos y anunciad a sus discípulos, y también a Pedro,, que Jesús va delante de vosotros camino de Galilea. Allí le veréis, tal y como él os dijo.

VAYAN A GALILEA. ALLÍ LO VERAN

http://www.redescristianas.net/2009/04/10/12-de-abril-de-2009-domingo-de-pascua-b-id-a-galilea-alli-lo-vereisjose-antonio-pagola/
José Antonio Pagola


El relato evangélico que se lee en la noche pascual es de una importancia excepcional. No sólo se anuncia la gran noticia de que el crucificado ha sido resucitado por Dios. Se nos indica, además, el camino que hemos de recorrer para verlo y encontrarnos con él.

Marcos habla de tres mujeres admirables que no pueden olvidar a Jesús. Son María de Magdala, María la de Santiago y Salomé. En sus corazones se ha despertado un proyecto absurdo que sólo puede nacer de su amor apasionado: «comprar aromas para ir al sepulcro a embalsamar su cadáver».
Lo sorprendente es que, al llegar al sepulcro, observan que está abierto. Cuando se acercan más, ven a un «joven vestido de blanco» que las tranquiliza de su sobresalto y les anuncia algo que jamás hubieran sospechado.

«¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado?». Es un error buscarlo en el mundo de los muertos. «No está aquí». Jesús no es un difunto más. No es el momento de llorarlo y rendirle homenajes. «Ha resucitado». Está vivo para siempre. Nunca podrá ser encontrado en el mundo de lo muerto, lo extinguido, lo acabado.

Pero, si no está en el sepulcro, ¿dónde se le puede ver?, ¿dónde nos podemos encontrar con él? El joven les recuerda a las mujeres algo que ya les había dicho Jesús: «Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Para «ver» al resucitado hay que volver a Galilea. ¿Por qué? ¿Para qué?
Al resucitado no se le puede «ver» sin hacer su propio recorrido. Para experimentarlo lleno de vida en medio de nosotros, hay que volver al punto de partida y hacer la experiencia de lo que ha sido esa vida que ha llevado a Jesús a la crucifixión y resurrección. Si no es así, la «Resurrección» será para nosotros una doctrina sublime, un dogma sagrado, pero no experimentaremos a Jesús vivo en nosotros.

Galilea ha sido el escenario principal de su actuación. Allí le han visto sus discípulos curar, perdonar, liberar, acoger, despertar en todos una esperanza nueva. Ahora sus seguidores hemos de hacer lo mismo. No estamos solos. El resucitado va delante de nosotros. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos. Lo más decisivo para experimentar al «resucitado» no es el estudio de la teología ni la celebración litúrgica sino el seguimiento fiel a Jesús.

Vayamos a Galilea. Allí lo veremos. Pásalo

http://buscandolaluz.zoomblog.com   12 04 09

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Abril, 2009, 9:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Más allá del dolor: es Viernes Santo

Más Allá Del Dolor 
 
Muere la muerte. 
Tu Pasión abre el cielo. 
Nace la Vida. Es tu obediencia, 
tu humano sacrificio, 
la libertad.  
 
Dolor, dolor, 
latigazos, espinas, 
traición ingrata. Sabor a tierra 
en tus labios proféticos. 
Sed de infinito.  
 
Sangrante, víctima, 
abandonado, solo, 
clamas al Padre. Tu cuerpo es llaga, 
agua, sangre, pan, vino, 
eternidad.  
 
Es tu estertor 
el consumatum est. 
Amor sin límites. Se rompe el velo 
del templo silencioso. 
Triunfa la Voz. 
 
 
Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 10 de Abril, 2009, 12:16, Categoría: Textos
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Jueves Santo

Jn 13,1-15):   Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos».

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

 

Jueves Santo

http://www.redescristianas.net/2009/04/07/9-de-abril-jueves-santojose-maria-castillo-teologo/

Jose María Castillo

1. Hay en este relato algo tan sencillo y ejemplar como incomprensible y escandaloso. Lo sencillo es el ejemplo de humildad, servicio y amor que Jesús dio a sus discípulos al lavarles los pies. Lo incomprensible y escandaloso es lo que se oculta detrás de ese servicio de amor. Y es capital entender esto último. Si esto no se entiende, todo el relato se queda en un gesto piadoso, un buen ejemplo, como tantos otros de tantas otras gentes. ¿De qué se trata?

2. Jesús le dice a Pedro: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora”. Y luego les dijo a todos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Está claro que, a juicio de Jesús, lo que allí pasó resultaba difícil de entender. A Pedro no le cabía en su cabeza. Y era algo tan importante que Jesús le dijo: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. La cosa era tan seria, que allí se jugaba el ser o no ser de lo que Jesús quería.

3. Jesús afirma que él es “el Maestro y el Señor”, el que (según aquella cultura) tiene el control, el dominio sobre los demás, y la autoridad para decidir. El Señor designaba al dueño y señor de sirvientes y esclavos, al emperador y, en definitiva, a Dios. Pues bien, lo incomprensible y escandaloso es que Jesús, al hacer lo que hizo aquella noche, en realidad lo que dijo fue esto: “si el Señor se pone a vuestros pies, con esto quiero decir que por encima del hombre, ¡Ni Dios!. Porque Dios, en Jesús, se ha fundido con el ser humano. Cambia Dios, cambia la religión. El Dios de Jesús y la religión de Jesús es el servicio al ser humano, a todo lo humano.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 9 de Abril, 2009, 9:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sintiendo estos días con María

Son días, los de la Semana Santa, en que de manera especial intentamos actualizar la Pascua del Señor. Su paso por la vida, sabiéndola dar, también con el dolor, la cruz y el sufrimiento. Pero una testigo silenciosa le acompañaba y estaba con El. Sigue estando con nosotros en estos tiempos. Y a Ella queremos recordar y sentir en estas vísperas de la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo con este poema que adjuntamos:

Madre del crucificado
por Miguel Ortega Riquelme
Madre del Crucificado,
María del Cordero llevado al matadero,
del Inocente condenado entre bandidos,
del Señor de tan largo Viernes Santo,
del Varón de sufrimientos y dolores,
te bendecimos y te alabamos
por tu Hijo fiel y generoso,
tu consuelo, tu apoyo, tu alegría.
María, tú lo animas con tu presencia
en la montaña del dolor.
Tú lo acompañas en el Calvario
y sufres con su sacrificio y su agonía.
Tú lo fortaleces en la aflicción
y lo alientas en la hora del abandono.
María, tú lo llenas de valor y de energía
cuando debe asumir la soledad y el sufrimiento.
Nuestras cruces, Madre muy querida,
pesan demasiado sobre nuestros hombros.
No queremos negarlas ni evadirlas,
sino cargarlas con valor todos los días.
Sólo en el dolor de Jesús,
podemos vivir nuestro dolor.
Sólo en la cruz de Jesús,
podemos llevar nuestras cruces.
Te pedimos, Madre buena,
que tú estés de pie junto a nosotros
y que nos animes con tu cariño y tu presencia.
María del sufrimiento,
Madre del Viernes Santo,
acompáñanos hasta la madrugada del Domingo.
Amén.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 8 de Abril, 2009, 9:54, Categoría: Reflexiones creyentes
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Negaciones y traiciones

Jn 13,21-33.36-38):  En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche.

 

Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».

 

Uno de ustedes me traicionará. Miraban unos para otros sin saber de quien hablaba. Miremos hoy a nuestro lado, echemos un vistazo a nuestro alrededor, cercano y lejano, ambos próximos, y preguntemosnos si sabemos dónde están las traiciones. Veremos que todo lo que suene a ambición, a cálculo desmedido, a defensa de los intereses de los más poderosos, a condenas sin límites, a juicios desmesurados, a calumnias y difamaciones, a un largo etcétera suficientemente conocido por nosotros, suena a traición. A traición al mensaje y los valores de la sabiduría evangélica, que es lo mismo que traición al Maestro. Besos de Judas, haberlos los sigue habiendo. Todos, mas tarde o más temprano, hemos mojado el bocado y lo seguimos mojando. La cuestión hoy es analizarnos nosotros mismos, descubrir nuestras propias traiciones, y colaborar así a desenmascarar lo que hay también cercano, próximo o lejano. Las nuestras con el cambio interior. Las otras con la advertencia cariñosa cuando se pueda, con la denuncia ante la injusticia en todo momento. A pesar de ello, después de un Judas viene un Pedro. Y ese Pedro anda también en nuestras calles y en nuestras casas. Queremos seguirle, ir detrás suyo, y lo hacemos, cayéndonos y volviéndonos a levantar. Eso es lo importante, reparar que nos podemos levantar, hacerlo y no volver la vista atrás. Olvidar la negación y seguir afirmando.

 

Lo importante es no volver la espalda al Mensaje y pretender caminar sustentado solo en nuestra fuerza. Ninguna cruz es posible llevar así. Por la confianza que el Maestro tenía en lo que le llegaba desde lo Alto, contemplamos esta semana cómo supo afrontar lo que le tocó sufrir. Lo hemos comentado estos días. La cruz es una perpendicular que sube al cielo y una horizontal que se extiende en la tierra, y en el centro el corazón del Maestro empujándonos, animándonos, abrazándonos, dándonos su aliento.

 

Mientras uno le vende y el otro le niega, Jesús ofrece su comprensión y misericordia. Dos valores en desuso hoy. Y a uno de ellos le ofrecerá su confianza total dándole una gran responsabilidad, pues sobre esa piedra edificará su comunidad de creyentes.

 

Utilizaciones de los demás y traiciones a otros, dejemoslas atrás, y en la soledad del Maestro, aún en medio de una comida, aprendamos a seguir avanzando, aunque en el camino nos tropecemos con más de una cruz. Siempre habrá Alguien en quien confiar, alguien que nos estará apoyando, y seguro que más de Uno, habrán también dos, diez y unos cuantos mas.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 7 de Abril, 2009, 9:01, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Gusta de la amistad

(Jn 12,1-11):   Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa.

Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».

Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

Es una de las cosas que ha venido a dar, y es consiguientemente algo que valora y le gusta gozar y vivir: la amistad, la cercanía con sus amigos. Se siente a gusto con ellos, compartiendo, lo mismo da que recibe el cariño de los suyos. Eso le pasaba en la casa de esta familia, con quien le unía unos lazos especiales.

Hoy diríamos que esta familia está comprometida con el Evangelio, porque su amistad con Jesús le enfrenta a otras ideologías que quieren dominar el ambiente. Su amistad, su capacidad de entrega, el gozo de Jesús en sentirse acogido contrasta enormemente con la avaricia y la ambición de Judas. Pero es la misma vida, es la realidad con la que nos tropezamos en cada momento. Y somos cada uno de nosotros los que hemos de escoger. La opción está en nuestras manos.

Días más tranquilos de sosiego los que nos esperan esta semana, sin tantos coches en la calle, sin tanto ruido. Días que recordamos la ofrenda del Maestro por la humanidad. Días también para recordar y vivenciar nuestras amistades. Días para repensar también en nuestras opciones vitales. Días para asumir todo lo que hay a nuestro lado y con lo que nos topamos. Y frente a ello, días para renovar opciones. Para eso está también la Pascua: pasa Jesús de nuevo por nuestra historia.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 6 de Abril, 2009, 10:03, Categoría: Comentarios al Evangelio
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