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Marzo del 2009


Cuando sea levantado hacia lo alto

(Jn 8,21-30):  En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos:«Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir». Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?». El les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados».

Entonces le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él». Al hablar así, muchos creyeron en Él.

 

Cuando me hayan levantado, comprenderán quien soy. Cristo, levantado, con los brazos abiertos, erguido, en cruz, abrazando a la humanidad desde el centro de su corazón muestra quien es, para qué ha venido, y el amor de Dios. La cruz es uno de los grandes distintivos del creyente y del caminar cristiano. Su perpendicular hacia lo alto baja lo divino a lo terreno, mezclándolo y haciéndolo accesible a todo ser humano, al tiempo que nos eleva desde nuestro interior a la divinidad, sumergiéndonos en la misma.

 

En un acto que no es solo individual, de Dios a cada uno de nosotros y de cada uno de nosotros a Dios, sino que también es comunitario, social, pues la cruz desde su brazo horizontal, con el Maestro en el centro, extiende sus lazos a toda la humanidad, abrazándola en torno suyo. La cruz, gran signo del encuentro nuestro con Dios y con la humanidad, pues para que ello sea posible cada día tenemos también no que renunciar a nosotros mismos y olvidarnos de nosotros, pero sí que negar nuestro egoísmo e individualismo. Por eso, la cruz lleva consigo también un simbolismo de esfuerzo, de lucha, de superación para hacer lo que agrada a Dios.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 31 de Marzo, 2009, 10:00, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Atraidos por el Crucificado

(Jn 12,20-33):   En aquel tiempo, había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Éstos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Él les respondió: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.

»Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre». Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré». La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel». Jesús respondió: «No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí». Decía esto para significar de qué muerte iba a morir».

 

Atraidos por el crucificado

José Antonio Pagola

http://www.redescristianas.net/2009/03/26/domingo-29-de-marzo-5%c2%ba-de-cuaresma-atraidos-por-el-crucificadojose-antonio-pagola/


Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.

Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la semana santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.

Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor».
Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.

Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.
¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Marzo, 2009, 10:23, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Una opción personal

(Jn 7,40-53):   En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?».

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos».

Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?». Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta». Y se volvieron cada uno a su casa.

 

Jamás un hombre ha hablado como este hombre. ¿De Galilea puede salir algo bueno? Por un lado se reconoce lo positivo de su mensaje y de su persona, por otro los prejuicios y estereotipos catapultan la aceptación del mismo. Solo una mente abierta, un espíritu buscador podrá discernir en su interior.

 

Por otro lado, el Maestro aparece como signo de contradicción. Unos le aplauden, otros le vituperan. Unos le valoran, otros le rechazan. Unos le siguen, otros le condenan. Unos ven como sus obras hablan por el mismo, otros ven en sus obras su propia condena de lo que no son capaces de hacer o pensar.

 

Dicen que la mentira mas común es aquella con la que uno se engaña a si mismo. Probablemente sea también la actitud de aquellos que lo rechazan, probablemente pueda ser también nuestra propia actitud interior cuando no buceamos dentro de nosotros mismos con la verdad y la sinceridad por delante.

 

En otro sitio se nos dirá o con El o contra El. No caben posturas intermedias. Nos quedamos en evidencia con nosotros mismos, cuando en el fondo estamos admitiendo las medias tintas. Ocurría antes, sigue ocurriendo ahora. Es cuestión de preguntarnos: ¿de parte de quién estamos? ¿ es la opinión común, lo que piensa la mayoría sumida en el confort la que prevalece? ¿ o somos capaces de pensar y hablar desde nosotros mismos? Es, lo ha sido siempre, una opción personal.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Marzo, 2009, 12:59, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Por el don de la palabra

Hoy que el texto evangélico diario nos recuerda que ( Jn 7,1-2.10.14.25-30):  En aquel tiempo, Jesús estaba en Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito.

Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar…”, damos gracias a Dios, en vísperas de la Pascua, por el don de la palabra que nos ha dado, la Palabra con mayúscula que nos ha sido regalada y la otra palabra con la que podemos compartir con los demás nuestro ser interior.

 

 

POR EL DON DE LA PALABRA

 

Bendito seas Señor

por el don de la palabra que nos has dado.

Gracias a él podemos comunicarnos,

dialogar y participar,

preguntar y responder,

expresar nuestros sentimientos,

susurrar y gritar,

salir de nosotros,

abrirnos al mundo.

a los hermanos,

y a Ti.

 

Bendito seas, Señor,

por el don de la palabra que nos has dado

para que sabios y pensadores,

revelen nuevos caminos a todos;

para que poetas y cantantes

nos alegren con sus poemas y voces;

para que los más pobres y débiles 

tengan siempre gratis voz

para expresar sus necesidades

y profetizar en tu nombre.

 

Bendito seas, Señor,

por el silencio que nos ofreces

para que podamos escuchar

el eco de las palabras que esperamos;

para que podamos tener tiempo

de pensar y controlar nuestras ideas:

para que podamos balbucir palabras llanas

que influyan y revelen tu misterio

 

Bendito seas, Señor,

por haberte  hecho Palabra encarnada,

palabra que nosotros podemos concebir,

y asi poder conocer y saborear.

 

Bendito seas, Señor,

porque eres palabra entendible,

palabra de nuestra historia,

palabra viva,

palabra implicativa,

palabra de buena noticia,

siempre nueva y abierta.

 

Fl.Ulibarri

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Marzo, 2009, 11:51, Categoría: Reflexiones creyentes
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Otro da testimonio de mí

(Jn 5,31-47):   En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

 

No tienen buena intención y hacen una interpretación torcida de las Escrituras. Difícilmente podrán entender y aceptar al Maestro. Es necesario para comprender su mensaje un cambio de mentalidad, dejar de vivir para si mismo. No vivir como un amo o dueño, sino como un servidor. Es necesario tener abierto el interior de cada cual.

 

Sea cual fuere el momento histórico, la opción ideológica que podamos tener, la cultura que vivamos, el mensaje del Maestro lleva siempre una incomodidad, pues habrá que deshacernos de otros mensajes superficiales que nos vienen del exterior, del consumo, de las ideas, de la propaganda. Su mensaje no nos va a permitir andar sin trabas y con comodidades. Negar el propio egoísmo no siempre es sencillo. Por eso las obras de Jesús son las que mejor hablan de si mismo. ¿Podemos nosotros decir lo mismo en cuanto a nuestras acciones?

 

“Otro da testimonio de mí”. Son otros también los que nos han de reconocer. Los que andan con nosotros, aquellos incluso que comulgan con nuestro sentir, ¿nos reconocen como tales, como discípulos? ¿Podríamos decir que por tal nos reconocen nuestros hermanos?

 

De ahí que sea necesario en nosotros la renovación interior, y ello como actitud permanente en nuestras vidas. Nuestra vida ilumina aquello que creemos, y esto mismo ilumina al tiempo nuestras vidas. Es como una simbiosis, donde todo nuestro ser está integrado. Iluminación mutua entre vida y creencia, entre vida y motivaciones interiores.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Marzo, 2009, 10:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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María: disponibilidad para el crecimiento interior

(Lc 1,26-38):   Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Se fija en una sencilla mujer de una ciudad de Galilea. Una de sus cualidades más importantes era su disponibilidad a los proyectos divinos en su vida. Por eso halla gracia delante de Dios y, disipada sus dudas o respondida sus preguntas –independientemente a su gusto personal en una u otra respuesta- su actitud es la misma, la de siempre: disponibilidad al proyecto de Dios, en aquel famoso “hágase en mí según tu palabra”. A pesar de su temor, a pesar de sus aparentes miedos –cosa lógica en cualquiera de nosotros ante una misión que se nos encomienda- Dios se vale siempre de lo débil para confundir a los fuertes. En este caso, María, una figura siempre admirada, pero también controvertida por muchos.

 

Es ella, una sencilla mujer de pueblo, la primera a quien se le comunica el próximo advenimiento de Jesús, el Maestro. Es también a nosotros, no a los poderosos de turnos, a quienes se nos sigue dando a conocer los designios de Dios, más allá de estrategias políticas o económicas de turno. Somos nosotros hoy, los débiles que habremos de confundir a los fuertes, como antaño María.

 

Con esta sencillez y con esta disponibilidad, con un “hágase tu voluntad”, Dios se incorpora a la historia de la humanidad, vistiéndose y haciéndose hombre. Pero aquella sencilla mujer es la que da su consentimiento. Y el anuncio formidable que hay detrás de este hecho no se hace en el relumbrante templo de Jerusalén o en un fastuoso palacio en medio de una rueda de presa, sino que se hace en una casa humilde de una aldea perdida. Esta mujer meses más tarde reconocerá ante su prima que “Dios ha mirado la humildad de su servidora”, para hacerla instrumento de su proyecto.

 

Es la disponibilidad o el “sí” que hoy seguimos dando a cosas pequeñas e insignificantes, pero que adquieren valor cuando se pronuncian y salen desde dentro con un espíritu de generosidad. Son los “síes” que hoy llevan alegría a donde ésta falta, o consuelo al que sufre, o ayuda al que no puede, o comprensión al que se siente solo, o escucha al que vive abandonado de otros, o valoración al que comparte su verdad y su interior con nosotros haciendo crecer nuestro ser interior. Porque de eso se trata: de un crecimiento interior, con la ayuda de quien sea, en este caso con la ayuda del Maestro de los maestros, Jesús de Nazaret. María, hoy, se nos presenta como todo un ejemplo de disponibilidad interior para seguir creciendo y ayudar a crecer a los demás.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Marzo, 2009, 12:55, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Empatía con los que sufren

 

(Jn 4,43-54):   En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

 

Los suyos no lo consideran o lo ven bien. Y alguien de fuera, sintiéndose necesitado, cree en El y obtiene respuesta. No le faltó su confianza y esperó contra toda esperanza en la curación de su hijo. Su actitud tuvo un resultado positivo. Y además Jesús actúa como a distancia. Por otra parte, la confianza del funcionario lo pone en activo. “Creyó y se puso en camino”, nos dice el Evangelio. Es como una llamada a que en el hoy de nuestras vidas retomemos nuestra senda y que, confiados en la Palabra que nos convoca, sigamos poniéndonos en camino.

 

Como Jesús, en el texto de hoy, tampoco precisamos estar presente físicamente. Hay muchas causas y situaciones que podemos apoyar y colaborar en su solución desde la distancia, como la de aquellos que padecen enfermedades y necesitan el apoyo de organizaciones sociales o de proyectos sanitarios. Pensemos por ejemplo en el Sida, mientras en los países desarrollados desciende el número de los que padecen esta enfermedad, en Africa la epidemia aumenta, produciendo un estrago de vidas humanas. Ahora mismo, mientras nosotros pensamos y escribimos el textos y otros lo leen, en cualquier sanatorio africano enfermeros de su origen o de otros países buscan la forma de atender y curar a quienes padecen esta enfermedad, para lo cual necesitan de medios que nosotros con nuestro apoyo a la lucha por esta causa podemos darle, bien con una aportación económica bien motivando la prevención de la misma.

 

Jesús muestra una empatía solidaria con aquel que se le acerca con buen talante. Empatía es lo que hoy necesita nuestro mundo. Empatía, sobre todo, con los colectivos necesitados de una ayuda para poder seguir andando por si solos. “No se puede transmitir esperanza a quien la necesita sino desde la comprensión empática de sus situaciones, incompatible con los rigorismos, que poco pueden aliviar el dolor de gentes abandonadas” (Juan Piña Batista). Y la empatía, como lo hace Jesús en el texto de hoy, no necesita una presencia física junto al que sufre el problema, también desde la distancia puede ejercerse.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Marzo, 2009, 8:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Quiso estar cercano

 

(Jn 3,14-21):  En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

»Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».

Quiso estar cercano

José María Castillo

http://www.redescristianas.net/2009/03/19/evangelio-del-22-de-marzo-4%c2%ba-de-cauresmajose-maria-castillo/#more-15193

1.  Antiguamente, la serpiente era un símbolo que representaba a los dioses curanderos. En la Biblia se habla de la serpiente de bronce que curaba a los hebreos mordidos por serpientes en el desierto (Nm 21, 8; Sb 16, 5.7). Se trata de un símbolo de salud y de vida. Como lo es Jesús para cuantos lo miran con fe. El nuevo símbolo de la vida no es un rito mágico, sino Jesús, víctima de su generosidad extrema.

2. Dios no se hizo presente en este mundo, en la persona y vida de Jesús, porque se sintiera ofendido, indignado, irritado. Dios se hizo presente en el mundo, en el hombre Jesús de Nazaret, porque quiere tanto al mundo, que no soportaba más estar lejano, distante, desconocido. Dios se humanizó en Jesús.

3. Humanizándonos, encontramos la luz y amamos la luz. Endiosándonos, encontramos las tinieblas y toda nuestra vida proyecta oscuridad. No hay cosa más turbia y oscura que una persona que sólo aspira a subir, trepar, instalarse. Como no hay luz más poderosa que la luz del que es tan humano que no tiene nada que ocultar, de forma que sus obras, su vida, contagia bondad y humanidad.

 

(Jn 3,14-21):  En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

»Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».

Quiso estar cercano

José María Castillo

http://www.redescristianas.net/2009/03/19/evangelio-del-22-de-marzo-4%c2%ba-de-cauresmajose-maria-castillo/#more-15193

1.  Antiguamente, la serpiente era un símbolo que representaba a los dioses curanderos. En la Biblia se habla de la serpiente de bronce que curaba a los hebreos mordidos por serpientes en el desierto (Nm 21, 8; Sb 16, 5.7). Se trata de un símbolo de salud y de vida. Como lo es Jesús para cuantos lo miran con fe. El nuevo símbolo de la vida no es un rito mágico, sino Jesús, víctima de su generosidad extrema.

2. Dios no se hizo presente en este mundo, en la persona y vida de Jesús, porque se sintiera ofendido, indignado, irritado. Dios se hizo presente en el mundo, en el hombre Jesús de Nazaret, porque quiere tanto al mundo, que no soportaba más estar lejano, distante, desconocido. Dios se humanizó en Jesús.

3. Humanizándonos, encontramos la luz y amamos la luz. Endiosándonos, encontramos las tinieblas y toda nuestra vida proyecta oscuridad. No hay cosa más turbia y oscura que una persona que sólo aspira a subir, trepar, instalarse. Como no hay luz más poderosa que la luz del que es tan humano que no tiene nada que ocultar, de forma que sus obras, su vida, contagia bondad y humanidad.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Marzo, 2009, 10:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Andar en la verdad

(Lc 18,9-14):   En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».

 

Es lo sencillo, lo normal, lo ordinario, el detalle de cada día, la naturalidad y similares lo que manda en los valores evangélicos. No vale la ostentación, el quedar por encima de los demás, el aparentar, el tono de superioridad, el tener más, el fanfarronear y presumir de lo que se hace. Todo lo segundo es inútil y no grato ante Dios. Lo mismo en actitudes vitales como también en los contenidos, formas y maneras de orar. Dios no es un proveedor ni un acreedor del que ora.

 

Si bien la humildad no es andar por el mundo la cabeza baja y no reconocer nuestros valores sino que pasa por aceptar la verdad, tampoco es presumir de uno mismo hasta el punto de la jactancia como el fariseo de turno, que parecía cumplir literalmente con todo lo mandado y establecido por la ley pero en su actitud interna parecía hacerlo de cara a la galería, para caer bien y ser bien considerado, como esperando el aplauso de los demás. Y, sin embargo, se decía a si mismo y se sentía como una persona creyente.

 

El publicano que no tenía nada y que en la vida normal no era considerado socialmente, sin embargo, no parecía tener necesidad de nada, sino solo del perdón de sus fallos. Como aquel que hemos contado en varias ocasiones que se presenta ante Dios, en silencio, y se pasa un buen rato en su presencia, diciendo simplemente: “Aquí está Juan”. Ya Dios que conoce su persona y sus necesidades sabe lo que Juan necesita y lo que tiene que agradecer.

 

Todo ello nos recuerda también el canto de María: “A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos despidió vacíos”.

 

Eso sí, todos hemos recibido dones, cualidades, talentos, virtudes, y hay que reconocerlos en la verdad. Nadie es un “don nadie”. Lo importante es poner a negociar, a fructificar, a dar rédito a esos dones en beneficio del progreso de la humanidad que, lógicamente, también redundará a favor de nuestro propio progreso y crecimiento personal. Como lógica, como algo natural, sin presunciones y sin superioridades, y mucho menos sin comparaciones.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Marzo, 2009, 11:08, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Con golpes de amor

 (Mc 12,28b-34):  En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

 

En esto se resume cualquier encuentro o aceptación de Dios, en cualquier confesión religiosa, en esto se resume cualquier actitud que podamos llamar creyente: Amar a Dios y amar al prójimo. Lo primero puede tener manifestaciones cultuales o simbólicas diferentes dependiendo de la creencia o confesión o ambiente pero lleva parejo el encuentro personal con El a través de la oración, meditación o contemplación como podamos llamarle. Lo segundo siempre tiene concreciones similares: perdón, justicia, comprensión, solidaridad y actitudes ya conocidas en esta línea. Aquí radica la base de todo ecumenismo, de la aceptación de los demás, de no considerarnos superiores a ninguna cultura o colectivo institucional. Amar a Dios y amar al prójimo. Dos cuestiones que van unidas y que unos a otros podemos exigirnos. Es lo que siempre hemos llamado caridad, que es lo mismo que amor, algo que se nos ha dado y que para desarrollarlo necesitamos una luz interior que hay que buscar.

 

Y viene a colación con el tema un trozo del texto que expresa el diálogo de Catalina de Siena con Benedicta Salimbeni donde se expresa de esta forma : “La caridad es un amor inefable, un amor que el alma  arranca {alcanza} del {corazón de} su Creador, poniendo en juego todo su afecto y todas sus fuerzas. Digo que el alma lo arranca de su Creador, y así es en verdad. Que ¿cómo lo arranca? Con golpes de amor, pues el amor no se adquiere sino con amor y por el amor.

Me preguntarás ahora, carísima hija, cómo has de conducirte para lograr y alcanzar ese amor. Y yo te responderé que todo amor se adquiere con ayuda de la luz. Si, sí. Lo digo en el sentido de que lo que no se ve no se conoce, y lo que no se conoce no se ama.

A ti te es necesaria cierta luz, para que con ella veas y conozcas qué debes amar.

Piensa que precisamente por eso, porque  a todos nos es necesaria la luz, proveyó Dios a nuestra indigencia dándonos luz en el entendimiento, que es la parte más noble del alma, enriquecida con la pupila de la santísima fe, dentro de ella”

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Marzo, 2009, 10:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hay muchos como José

 

(Mt 1,16.18-21.24a):  Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

Una fiesta importante la de hoy. Para muchos fundamentalmente porque es día festivo y no hay que trabajar. Para otros porque es un día lleno de sentimientos en las casas donde hay niños y se celebra el Día del Padre. Para todos porque es un homenaje a un hombre sencillo y austero que supo hacer frente a serias dificultades en la vida y que tuvo que tomar compromisos y opciones diferentes a las del ambiente común que le rodeaba. Eso lo hace original, y además santo. San José, carpintero de Nazaret, padre de Jesús.

Dios tenía un proyecto con su persona, que seguramente no le fue fácil digerir, pero lo aceptó, sin temor, haciendo como el Angel del Señor le había sugerido. Una lección que nos enseña hoy a asumir proyectos y planes que generan también su dificultad. Y también a realizarlos en la oscuridad, en un segundo plano, sin querer medrar a costa de la realización del mismo. Porque hasta en el texto de hoy parece hablarse mas de María que de José, de quien conocemos sus dudas e inquietudes por el hecho al que se enfrenta y su amor también por la mujer con quien quería vivir. Solo aparece a través de las páginas del Evangelio acompañando a Maria, ya sea en busca de una posada, o en la cueva atento a las necesidades de la Madre y el Hijo, o emigrando para librar el Niño del peligro de Herodes. No se sabe más de él. Ni siquiera tenemos constancia de una frase, de unas palabras que se le puedan atribuir. Como hoy en tantos y tantos sitios de nuestro mundo, miles, millones de personas voluntarias que, generosamente, colaboran a hacer realidad muchísimos proyectos sociales a favor de los más desheredados. Hemos oído hablar de los fundadores de esos proyectos, de las organizaciones que los sustentan, sin dar el valor suficiente a los que día a día, en el silencio pero en el trabajo continuo y fiel a la humanidad, lo hacen posible. Son los otros Josés que andan todavía en nuestro mundo y que no salen en las noticias ni en los telediarios.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Marzo, 2009, 9:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Perdonando

(Mt 18,21-35):  En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano»

Hasta setenta veces siete, que es lo mismo que decir “siempre”, “en todo momento”. Sin embargo, no parece ser gratis del todo, exige por parte del perdonado un cambio, una actitud diferente. Así parece manifestarse del ejemplo que pone Jesús referente al que siendo perdonado no hace lo mismo con su deudor y es entregado a los verdugos. Pero por otra parte nos lo pone como ejemplo para los que no estamos dispuestos a perdonar de corazón. Tal que oramos diciendo “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Y lo decimos casi a diario y no llegamos a enterarnos del todo.

Cuando hoy, en muchos de los casos que suceden a nuestro alrededor, optamos por la venganza para suplir lo que no hace la justicia, o al menos no lo hace con la rapidez que todos deseáramos, el texto nos debe hacer pensar. Cuando nos planteamos cambiar las penas a algunas culpas sociales pues nos parece insuficiente la condena de algunos o muchos años, viene hoy el setenta veces siete del Evangelio. Difícil de asimilar y de comprender todo esto del perdón, sobre todo cuando nos afecta personalmente. Cuando más decimos, no deseamos al otro el mismo mal que nos hizo, pero lo que es olvidar es harina de otro costal. Y puede que tengamos razón, pues la misma Iglesia nos exige cinco condiciones para el perdón sacramental, no solo reconocer el pecado y decirlo, sino cambiar de vida, estar seriamente dolido del tema y cumplir la penitencia o condena que se nos imponga.

Menos mal, por otra parte, que no somos nosotros ni cada uno en particular los encargados de juzgar a los demás, sino que nuestra sociedad está organizada para ello, pues nuestra tendencia natural suele ser más a la condena que al perdón, tal es así que criticamos las normas sociales y constitucionales por ser garantistas. Perdón y justicia, dos realidades que no deben estar en conflicto y que de hecho el Evangelio tampoco las pone, pues nos indica el criterio de “no hacer con los demás, lo que no queremos hagan con nosotros mismos”. Criterio, por otra parte, propio de la ley natural. Así como experiencia intensa de la persona que construye su interior, limando sus asperezas, con la actitud de la reconciliación y no con la del odio, que nos rompe por dentro y nos quita la paz del espíritu.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Marzo, 2009, 8:58, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un templo nuevo

 (Jn 2,13-25):   Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre.

 

 

Un templo nuevo

 

José Antonio Pagola.

http://www.redescristianas.net/2009/03/12/doingo-15-de-marzo-de-2009-3-cuaresma-b-un-templo-nuevojose-antonio-pagola/


Los cuatro evangelistas se hacen eco del gesto provocativo de Jesús expulsando del templo a «vendedores» de animales y «cambistas» de dinero. No puede soportar ver la casa de su Padre llena de gentes que viven del culto. A Dios no se le compra con «sacrificios».
Pero Juan, el último evangelista, añade un diálogo con los judíos en el que Jesús afirma de manera solemne que, tras la destrucción del templo, él «lo levantará en tres días». Nadie puede entender lo que dice. Por eso, el evangelista añade: «Jesús hablaba del templo de su cuerpo».

No olvidemos que Juan está escribiendo su evangelio cuando el templo de Jerusalén lleva veinte o treinta años destruido. Muchos judíos se sienten huérfanos. El templo era el corazón de su religión. ¿Cómo podrán sobrevivir sin la presencia de Dios en medio del pueblo?
El evangelista recuerda a los seguidores de Jesús que ellos no han de sentir nostalgia del viejo templo. Jesús, «destruido» por las autoridades religiosas, pero «resucitado» por el Padre, es el «nuevo templo». No es una metáfora atrevida. Es una realidad que ha de marcar para siempre la relación de los cristianos con Dios.

Para quienes ven en Jesús el nuevo templo donde habita Dios, todo es diferente. Para encontrarse con Dios, no basta entrar en una iglesia. Es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu.

En este nuevo templo que es Jesús, para adorar a Dios no basta el incienso, las aclamaciones ni las liturgias solemnes. Los verdaderos adoradores son aquellos que viven ante Dios «en espíritu y en verdad». La verdadera adoración consiste en vivir con el «Espíritu» de Jesús en la «Verdad» del Evangelio. Sin esto, el culto es «adoración vacía».

Las puertas de este nuevo templo que es Jesús están abiertas a todos. Nadie está excluido. Pueden entrar en él los pecadores, los impuros e, incluso, los paganos. El Dios que habita en Jesús es de todos y para todos. En este templo no se hace discriminación alguna. No hay espacios diferentes para hombres y para mujeres. En Cristo ya «no hay varón y mujer». No hay razas elegidas ni pueblos excluidos. Los únicos preferidos son los necesitados de amor y de vida. Necesitamos iglesias y templos para celebrar a Jesús como Señor, pero él es nuestro verdadero templo.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Marzo, 2009, 9:50, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Siempre he estado contigo

(Lc 15,1-3.11-32):  En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

 

Siempre nos hemos fijado en el hijo que se arrepiente y vuelve, después de haberse portado malamente. Pocas veces comentamos o reflexionamos sobre el hijo observador, cumplidor al detalle, pero luego un tanto enojado porque parece no tenérsele en cuenta. Como si el que se portara mal, y luego se arrepintiera tuviera más mérito que aquel que día tras día ha demostrado su fidelidad.

 

No cabe duda que el protagonista de la historia es el padre. Muestra hasta donde llega el amor, la misericordia, la compresión de una padre para con su hijo, y como retorno es la comparación con el Padre de todos, con Dios. Habitualmente, por otro lado, nosotros nos sentimos reflejados en el hijo menor, en el que ha malgastado su vida y un día se da cuenta que se ha quedado sin nada teniéndolo todo en la casa paterna. Siempre hemos sido el hijo pródigo.

 

Pero, ¿Y el hijo mayor? ¿Encarna la figura del que no valora lo que tiene, del que se cree merecedor de todo? Quizá el problema esté en que se considera justo y bueno en todos los momentos, y no reconoce también los pequeños fallos que ha podido cometer y la necesidad de acogerse siempre a la misericordia y el perdón de quien le tiene acogido. Quizá pueda estar en que se considera merecedor de todo, en que no se ha dado cuenta que también necesita el apoyo del Padre. Pero quizá tambien haya necesitado algo de valoración en lo que ha hecho para seguir adelante en la vida. ¿No necesitamos nosotros de vez en cuando una palmadita en la espalda, un ánimo que nos sosiegue, unas palabras de reconocimiento? También su padre lo entiende y no se lo echa en cara, no recrimina su postura ni le acusa de nada. Sigue siendo el padre lo importante de esta narración: es buena persona, y está siempre con aquel que lo necesite. Por eso recuerda al hijo mayor que siempre ha estado a su lado. Igual eso es lo que nos falta: ser conscientes de que nuestra vida está en manos de Dios, y que ni uno solo de nuestros cabellos caerá sin contar con su aprobación. Aunque nos quedemos sin ninguno, El siempre nos verá con buenos ojos y seremos hermosos para su tierna y comprensiva mirada de padre.

 

De todas maneras, las cosas interiores, las del corazón –en este caso las del hijo mayor- siempre son difíciles de entender. Y una actitud de comprensión merece en este caso. Nunca que le condenemos, salvando tanto como lo hacemos al hijo pródigo. Lo mas importante, a nuestro modesto entender, es que si el hijo mayor estaba siempre conectado con su padre, era porque el Padre nunca había dejado de estarlo. Nos ama como somos. Nosotros igual no hemos sabido amarle a El como es: como Padre bueno, siempre presente, cuidándonos, dejándonos crecer.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Marzo, 2009, 11:45, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Confía en nosotros

(Mt 21,33-43.45-46):  En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

 

A nosotros hoy, como en otro tiempo al pueblo de Israel, se nos ha confiando el Reino de Dios, la viña que se nos ha dejado. Y se nos ha dejado no solo a nivel personal de cada uno sino también y, sobre todo, como grupo, como comunidad de creyentes. No somos solos ni en la vida social ni en la vida interior o creyente. Por eso, las últimas palabras del texto de hoy nos impresionan y dejan pensando. Es una parábola, sí, pero por eso mismo una lección y una llamada de atención a nuestros posibles descuidos en cumplir con esmero lo que Dios ha puesto en nuestras manos que es la implantación de su Reino en nuestros ambientes.

 

Algo que nos debe llevar a reflexionar qué es lo que Dios nos tiene encomendado a cada uno, y al grupo al que pertenecemos, de modo especial, pues de ello nos pedirá cuenta. No nos advierte de lo que dejen de hacer los demás o hagan mal otros, no de los errores de nuestros políticos o jefes de turno que socialmente están por encima de nosotros, ni tampoco de los fallos de nuestros iguales. No se trata de hacer hoy una crítica social, sino personal, tanto interior de cada uno como del interior de nuestros grupos de pertenencia. Porque en estos momentos difíciles que vivimos seguimos llamados a contagiar entusiasmo en la tarea de cultivar la viña del Señor, frente a la desidia del silencio o descrédito con nuestras obras en torno al mensaje central del Reino que en estos últimos días se nos ha presentado delante con total claridad.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Marzo, 2009, 12:30, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Los Lázaros de hoy

 

(Lc 16,19-31):  En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’

Le bastaba con las sobras. Era tanta la pobreza y miseria que vivía. El contraste, la opulencia, la abundancia, la riqueza. A uno le faltaba, a otro le sobraba. Una historia que se repite a lo largo de los siglos y a la que no terminamos de poner remedio. Se lo escuché a una activista africana que estuvo en la ciudad hace unos años. Dijo algo como esto: El mundo sigue sin poderse entender. Mientras en mi país unos mueren por hambre, aquí otros mueren por el colesterol que les produce el exceso de comida.

Una historia, la del Evangelio de hoy, para tenerla delante de los asientos de aquellos que se reúnen y siguen haciéndolo en cumbres internacionales para buscar una solución a la crisis que vivimos. Después dicen que los creyentes no tenemos que meternos en política. Pero si es que todo es social, es ciudadanía. Otra cosa son las opciones partidarias. Pero que haya hambre, que haya crisis, que unos tengamos y que otros no, no es un mero problema de lucha partidaria. Los cristianos tendríamos que exigirle a unos y a otros que se pongan de acuerdo entre ellos para que el mundo no se divida en unos pocos Epulones y otros muchos Lázaros.

No se trata de conformarnos con ser pobres para así ganar el cielo. Es falso ese planteamiento, pues Dios no quiere el sufrimiento en la tierra, y menos el dolor causado por la mala organización de las sociedades, de la que los seres humanos somos los responsables y hemos de cambiar. Se trata de que todos podamos vivir con dignidad, sin sustos en el cuerpo, sin argollas que nos sujeten, libres como se decía en el texto de ayer.

El texto de hoy repite, pues, el vivir de cada día en nuestra sociedad. Nuestro hoy. Epulón sigue siendo el comedor, el bebedor, el que disfruta a tope de la vida, para el que no hay límites ni problemas, todo lo soluciona con dinero. Lázaro tiene infinidad de nombres en el hoy nuestro de cada día: se llama obrero en paro, inmigrante, mujeres solas, ancianos con pensiones bajas, desahuciado, enfermo, perseguido, pequeño empresario que no puede afrontar sus deudas porque tampoco le pagan a él y un largo etcétera. Y hoy como ayer el pecado se llama de omisión. Vivimos sin ver al que está a nuestro lado o, en el mejor de los casos, dándole de lo que nos sobra. Nosotros hoy todavía con más responsabilidad, pues le vemos y oímos. Los medios de comunicación nos hablan de ellos para que nos enteremos: de los que están aquí pasándolo mal y de los que llegando en cayucos se quedan en el mar, enterrados con un número, sin familia y sin historia. Y si quedan con vida hoy se nos recuerda, por leyes que quieren darnos, de que se puede castigar y multar al que haga de buen samaritano con él.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Marzo, 2009, 9:21, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Nada de dominación ni opresiones

(Mt 20,17-28):  En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Uno de los momentos en que Jesús vuelve a dejar claro con su sentencia y, sobre todo con su comparación, su misión, tarea y proyecto: Servir, no oprimir. Liberar, no crear dependencias ni esclavitudes. Es el amor del que siempre habla, en una de sus múltiples traducciones.

 

Desde siempre Dios se ha ido manifestando como Alguien lleno de bondad. Una bondad que se traduce en su ser de liberador, preocupado por la justicia y la misericordia. Los profetas ya insisten mucho en estas ideas, sobre todo Amós, Isaías y Jeremías.

 

Los mensajes de Jesús calan siempre también en la preocupación por los últimos, por los que están en los últimos escalones, por los más pobres, por los empobrecidos. Y siempre en una línea de oposición a cualquier injusticia o maldad.

El hecho que se repite constantemente de sanar enfermos es una señal de ello. Y cuando se encuentra con Zaqueo de alguna manera le invita a compartir su riqueza con los que menos tienen.

 

Nunca como en estos momentos podría tener una concreción tan intensa en nuestra vida real. Jesús viene a traer vida en medio de la muerte que parece colarse en nuestros ambientes. Y nosotros, sus seguidores, somos los encargados de ir haciendo realidad aquello de que “otro mundo es posible”, el mundo impregnado de sus valores. Sabiendo que no estamos solos porque Jesús es también el Enmanuel, es decir el Dios con nosotros. Una tarea que resume en el Sermón de la Montaña, donde aplaude a los que tienen hambre y sed de justicia. Es el tono general del Evangelio: amor, servicio, liberación. Nada de dominación ni opresiones.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Marzo, 2009, 9:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No confundir a Jesús con nadie

(Mc 9,2-10):   En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

 

  No confundir a Jesús con nadie

José Antonio Pagola

 

http://www.redescristianas.net/2009/03/05/domingo-8-de-marzo-2%c2%ba-de-cuaresma-no-confundir-a-jesus-con-nadiejose-antonio-pagola/


Según el evangelista, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva aparte a una montaña, y allí «se transfigura delante de ellos». Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.
Pedro ha intentado incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie.

La escena, recreada con diversos recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta «revestido» de la gloria del mismo Dios. Al mismo tiempo, Elías y Moisés, que según la tradición, han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios.
Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.

Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escuchadle a él», incluso cuando os habla de un camino de cruz, que termina en resurrección.
Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús.

Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.

Y hemos de escucharla también hoy, cuando nos habla de «cargar la cruz» de estos tiempos. El éxito nos hace daño a los cristianos. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo y sin cruz. Hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos «crucificados». Nos hará bien. Nos ayudará a recuperar nuestra identidad cristiana.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 8 de Marzo, 2009, 9:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Camino de perfeccción

El Evangelio de hoy Mt 5,43-48 nos hace una llamada a una nueva relación con los enemigos que incluye el amor, la amistad, la eliminación de cualquier tipo de rencor. Es una forma de caminar hacia la perfección que queremos hoy expresar con este texto que nos facilita nuestra amiga y hermana en la fe Nnfa Duarte:

Camino de perfección…

Ninfa Duarte

 

 

 

F.W.Robertson nos dice:

 

Así como el árbol se fertiliza con sus propias ramas y hojas caídas,

y brota de sus viejos troncos;

 los hombres y las naciones mejoran y se perfeccionan

con la desgracia, y se purifican

con los deseos  rotos y las esperanzas marchitas”

 

¡Qué bella lección nos da la naturaleza, que es obra de Dios!

¡cómo no creer en sus designios?

 

“Los hombres (y las mujeres también) se perfeccionan

con las propias desgracias y se purifican con los deseos rotos

y las esperanzas marchitas”…

 

Este es un mensaje muy sabio que el Señor nos envía a través

la pródiga naturaleza que Él creó con sus propias manos

y sólo nos resta decirle con amor y gratitud:

 

“Gracias Señor, por el maravilloso don de entender tus mensajes,

y por la sabiduría de tu divina creación.

 

Señor:

Toma mis desgracias, mis deseos rotos y mis esperanzas marchitas;

purifícalas con las aguas del más puro manantial y la sal de mil lágrimas

derramadas en solitario, y condúceme por el camino recto

que lleva hacia la perfección humana…

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 7 de Marzo, 2009, 10:14, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ser buena gente

(Mt 5,20-26):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.

 

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

 

De múltiples maneras el Evangelio nos repite machaconamente la misma idea. Si queremos encontrarnos con Dios, debemos encontrarnos con los seres humanos de nuestro entorno y en general de todos. Si queremos amar a Dios, hemos de amar a los demás. Es algo que de forma insistente nos recuerda cualquier religión: respeto, amor, cariño, lealtad a Dios y a las personas. Y va más allá de sentimientos propios derivados de la ley natural como el “No matarás”, sino que se adentra en el perdón, en la oración por el que nos ofende, en el intento de vivir reconciliados con los que nos rodean, en el no provocar daño a terceros, en el ni siquiera desearlos.

 

De alguna forma nos está recordando aquello de que las formalidades, incluidas las normas, los ritos y variada simbología que utilizamos en nuestra vida religiosa, están al servicio de las personas, y éstas son más importantes que aquellas. Pues si llevamos una ofrenda al altar ( es decir, si participamos en ritos, sacramentos, celebraciones o ceremonias de cualquier tipo) y no hay espíritu de reconciliación en nuestro corazón o anida el rencor y el deseo de algo en “contra” del hermano, que nos demos cuenta que por encima de esa celebración o rito está el encuentro con el otro, y si de algo nos puede servir es para una vez finalizada, acabarla íntegramente con la reconciliación, con el no desear mal ni daño, con el intentar pasar por la vida haciendo el bien, o, en definitiva lo que decimos con palabras sencillas intentando ser buena gente. Eso, ser buena gente es algo inherente al encuentro personal con Dios.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 6 de Marzo, 2009, 7:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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