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Febrero del 2009


Ayuno con boda

(Mt 9,14-15):   En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán».

 

 

Unas veces nos habla de cruz, de negación. En otras ocasiones, nos habla de fiesta, de boda, de celebración. Así es Jesucristo. Como la vida misma. Donde todo se combina, como los colores del arco iris, para dar prestancia y naturalidad a nuestro quehacer como seguidores suyos. Aún, cargando la cruz, no cabe tristeza ni pesar, la alegría habrá de ser la nota dominante, pues el novio sigue en la boda, y la boda no se ha parado, el Reino sigue construyéndose día a día con la fuerza de Dios y el trabajo y colaboración de cada uno de nosotros.

 

Y cuando toque ayunar seguiremos en la misma línea, porque ya nos advierte Isaías de cual es el ayuno que le gusta a Dios: «Parte con el hambriento tu pan, y a los pobres y peregrinos mételos en tu casa; cuando vieres al desnudo, cúbrelo; no los rehuyas, que son hermanos tuyos. Entonces tu luz saldrá como la mañana, y tu salud más pronto nacerá, y tu justicia irá delante de tu cara, y te acompañará el Señor» (Is 58,7-8).

 

La idea del ayuno verdaderamente cristiano nos la explica también Casaldáliga, quien nos dice que no es sólo mortificación para multiplicar nuestros propios méritos, sino ocasión para compartir. Ayuno de tiempo y preocupación por uno mismo y su entorno, para preocuparse por los demás; para acompañar a personas solas y enfermas. Ayuno de consumo para compartir con los necesitados. Ayuno de palabras ofensivas, de murmuraciones y chismorreos para compartir palabras de aliento y consuelo, de apoyo, de anuncio del Evangelio. Ayuno de palabras para poder escuchar. Para cada uno el ayuno consiste en algo distinto. Depende también de las circunstancias personales o sociales en que nos encontremos. Pero siempre es autocontrol, siempre es apertura, siempre es donación, siempre es acogida. Y hablando de acogida hablamos también de acogida a los colectivos más vulnerables, como son los inmigrantes. Estos días diversas comunidades cristianas han manifestado su opinión en defensa de la hospitalidad ante los intentos del proyecto de modificación de la ley de Extranjería, en uno de cuyos artículos se contempla la posibilidad de multar a aquel que ayude, acoja, dé comida o asistencia a una persona que no tenga papeles (ver en este sentido: http://bajomilenguaje.blogspot.com/2009/02/colectivos-eclesiales-desobediencia.html ) . Por todo ello, ayunar siempre habrá que hacerlo en un ambiente y contexto festivo, como el de una boda, pues el novio sigue entre nosotros.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Febrero, 2009, 8:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Camino hacia la Pascua

(Lc 9,22-25):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

 

La Cuaresma nos presenta un tiempo para reflexionar si andamos en el camino que nos enseña el Evangelio, y para comenzar hoy Jesús nos advierte que es el camino de la cruz o de la negación a si mismo. Nada fácil ni sencillo, pues negarse es pensar antes en el otro que en ti, es elegir no precisamente lo más facil, es tener una sonrisa siempre para los demás, es saber protestar ante cualquier tipo de injusticia. Es, sabiendo lo difícil que es, orar y suplicar que Dios nos ayude en este camino. Es lo que hacemos hoy con esta oración conocida por muchos de nosotros:

 

Señor;

un año más me convocas al ascenso hacia la PASCUA.

Soy consciente de que, tal vez, me encuentras

con las mismas dudas y batallas del año pasado.

¡Perdóname, Señor!

Quisiera rezar, y siempre encuentro mil excusas,

sacrificarme, y me digo que son cosas del pasado,

darme generosamente, y pienso que tal vez,

algunos, se aprovechen de mi buena voluntad.

Pero, Tú, Señor,

sales a mi encuentro, para levantarme de nuevo

y recuperar las ganas de creer y de vivir en Ti.

Sales a mi paso, para que mirándote a los ojos,

descubra que merece la pena seguirte.

Caminas hacia el calvario, para hacerme entender

que la vida es grande cuando, al igual que la tuya,

se ofrece por salvar y garantizar una vida eterna a los demás.

¡Ayúdame, Señor!

En esta peregrinación hacia la Pascua:

que tu Palabra no falte en mi equipaje, para conocerte,

que el ayuno, sea un arrullo de tu presencia,

que mi caridad, florezca sin demasiado ruido,

que mi oración, brote espontáneamente,

para nunca, por ella, dejar de buscarte y de tenerte.

¡Ayúdame, Señor!

A comprender que este tiempo al que tú me invitas,

es oasis de meditación y de paz,

de vuelta de los malos modos o ásperos caminos,

y de encuentro con el gran olvidado: DIOS.

Y, si en algún momento, yo me olvido de esto, Señor;

remueve mis entrañas y mi memoria,

para que nunca olvide o deje en el tintero,

tantos momentos de tus dolores y sufrimientos

en rescate del hombre.

Amén.

Javier Leoz



Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Febrero, 2009, 9:57, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Miércoles de Ceniza

(Mt 6,1-6.16-18):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en lasesquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

 

Es una llamada a la sinceridad, a la sencillez y a la coherencia interior. Una llamada para actuar de acuerdo a lo que nos dicta el corazón y no las apariencias sociales o las normas externas. Para no ser vistos, no como los hipócritas, tu Padre que ve en lo secreto… Es una llamada a volvernos a Dios, y a sus criterios y sentimientos. ¿No es eso la conversión? Es el grito de la Cuaresma que comienza en el día de hoy. Las cenizas nos recuerdan lo fugaz de nuestra vida y lo frágil que son las apariencias. “Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida. Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás. Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

 

Es una llamada a estar abiertos a Dios y a los demás (oración, limosna), y también ayuno como símbolo del autocontrol o la búsqueda del equilibrio que hemos de guardar en nuestras vidas. De todo ello nos habla el texto del día y la fiesta de la fecha. El principio de unos cuarenta días para ponernos a bien con el proyecto de Dios si nos hemos desviado del mismo.

 

Nada de hipocresías, ni propinas ni de cumplimientos formales. Sinceridad. Actuar desde nuestro interior. Revisarnos por dentro. Con misericordia, en actitud interior, practicando la caridad, sin buscar el aplauso, en actitud de conversión que no es otra cosa sino volver nuestro corazón a Dios.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Febrero, 2009, 7:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como niños

(Mc 9,30-37):   En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos iban caminando por Galilea, pero Él no quería que se supiera. Iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará». Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado».

 

El les hablaba de la cruz, de la entrega, del dar la vida, y ellos iban pensando en el poder, el prestigio y el quién mas que el otro. Jesús tercia en la discusión y les pone un niño en medio: el que reciba a un niño, el que pierda tiempo con el, el que se haga como el, ese me recibe a mi y será el más grande. El que se hace como un niño: espontáneo, con la verdad aunque enfrente, sencillo, buscador, divertido ante los demás y animoso ante la realidad, capaz de coger una rabieta y quitársele enseguida, con posibilidades de enfadarse y de olvidarse del enfado a un tiempo, haciendo las paces con todos en todo momento como si nada hubiera pasado. El que recibe a un niño, o se hace como un niño, ese es el mas grande en el Reino de Dios. Nos basta para ello observar la conducta de los niños, los cuales entre otras cosas son como esponjas que captan lo que se les enseña y se les dice. Así también nosotros: como esponjas empapadas del sentir y los criterios del Maestro. Es también el niño aquel a quien no se le toman en cuenta sus decires y opiniones, el último en la escala del razonamiento, aquel cuyas cosas nos hacen reír. Desde estas perspectivas, el último de la fila. Así nosotros, no pretender ser los primeros de la fila, saber quedarnos en un segundo plano, sin dejar de ser protagonistas de nuestra historia y de nuestra vida

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Febrero, 2009, 10:15, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El perdón nos pone de pie

 (Mc 2,1-12):   Entró de nuevo Jesús en Cafarnaúm; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra. Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?».

Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’. Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados —dice al paralítico—: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida».

El perdón nos pone de pie

José Antonio Pagola

http://www.redescristianas.net/2009/02/19/domingo-22-de-febrero-de-2009-el-perdon-nos-pone-de-piejose-antonio-pagola/#more-14850
El paralítico del episodio evangélico es un hombre hundido en la pasividad. No puede moverse por sí mismo. No habla ni dice nada. Se deja llevar por los demás. Vive atado a su camilla, paralizado por una vida alejada de Dios, el Creador de la vida.
Por el contrario, cuatro vecinos que lo quieren de verdad se movilizan con todas sus fuerzas para acercarlo a Jesús.

No se detienen ante ningún obstáculo hasta que consiguen llevarlo a «donde está él». Saben que Jesús puede ser el comienzo de una vida nueva para su amigo.
Jesús capta en el fondo de sus esfuerzos «la fe que tienen en él» y, de pronto, sin que nadie le haya pedido nada, pronuncia esas cinco palabras que pueden cambiar para siempre una vida: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Dios te comprende, te quiere y te perdona.

Se nos dice que había allí unos «escribas». Están «sentados». Se sienten maestros y jueces. No piensan en la alegría del paralítico, ni aprecian los esfuerzos de quienes lo han traído hasta Jesús. Hablan con seguridad. No se cuestionan su manera de pensar. Lo saben todo acerca de Dios: Jesús «está blasfemando».

Jesús no entra en discusiones teóricas sobre Dios. No hace falta. El vive lleno de Dios. Y ese Dios que es sólo Amor lo empuja a despertar la fe, perdonar el pecado y liberar la vida de las personas. Las tres órdenes que da al paralítico lo dicen todo: «Levántate»: ponte de pie; recupera tu dignidad; libérate de lo que paraliza tu vida. «Coge tu camilla»: enfréntate al futuro con fe nueva; estás perdonado de tu pasado. «Vete a tu casa»: aprende a convivir.

No es posible seguir a Jesús viviendo como «paralíticos» que no saben como salir del inmovilismo, la inercia o la pasividad. Tal vez, necesitamos como nunca reavivar en nuestras comunidades la celebración del perdón que Dios nos ofrece en Jesús. Ese perdón puede ponernos de pie para enfrentarnos al futuro con confianza y alegría nueva.

El perdón de Dios, recibido con fe en el corazón y celebrado con gozo junto a los hermanos y hermanas, nos puede liberar de lo que nos bloquea interiormente. Con Jesús todo es posible. Nuestras comunidades pueden cambiar. Nuestra fe puede ser más libre y audaz.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Febrero, 2009, 8:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Qué bien que se está aquí¡

(Mc 9,2-13):  En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de “resucitar de entre los muertos”.

Y le preguntaban: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?». Él les contestó: «Elías vendrá primero y restablecerá todo; mas, ¿cómo está escrito del Hijo del hombre que sufrirá mucho y que será despreciado? Pues bien, yo os digo: Elías ha venido ya y han hecho con él cuanto han querido, según estaba escrito de él».

 

¡Qué bien que se está aquí! Se sentían llenos de felicidad y de gozo. Es como ese relax que andaban buscando. Sin entrar en lo de los secretos mesiánicos de que nos habla el texto cuando Jesús advierte de no contar lo que habían vivido, parémonos en el lugar de los discípulos en nuestros encuentros personales con Dios. Son encuentros para el cambio, para la transformación interior, para estar en sintonía con El, para escucharle, para reflexionar, para gozar, para estar en silencio… Y la amalgama de todas esas cosas es la que podrá tener como conclusión el sentirse a gusto y poder decir qué bien estamos aquí, no salgamos de este lugar.

 

Pero la vida está ahí en las puertas, con sus líos y gozos, y hay que afrontarla. Esos momentos de silencio, de calma, de paz, de relax son como masaje para el espíritu a fin de encarar las situaciones todas de la vida, tanto las sencillas como las complicadas. Por eso en aquel monte no se quedaron para siempre, sino que bajaron a la llanura a encontrarse con los demás. Y a encontrarse con ese semi final que Jesús les va advirtiendo de la pasión, del dolor, de la cruz, del sufrimiento.

 

Pues eso, la lucha de cada día y el tener fuerzas para vivirla con gozo, necesita de momentos intensos de gozo y de sentir la experiencia de un encuentro personal con quien nos da la vida y la salud. Lo que va a ser difícil es vivir su Evangelio sin pasar por la cruz.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Febrero, 2009, 10:17, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Perder la vida y salvarla

(Mc 8,34-9,1):  En aquel tiempo, Jesús llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». Les decía también: «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios».

 

Negarse a si mismo, cargar con la cruz, perder su vida. No parece ser un programa de vida atractivo, ni antes ni muchos menos hoy con todas las posibilidades que existen en la vida de afirmarnos, de disfrutar, de desarrollo personal. ¿Está en contradicción unas cosas con otras? Más bien entendemos que lo que se nos recomienda es que no nos dominen los instintos, los caprichos, el egoísmo personal, el ombliguismo, y que no sea el yoismo el criterio fundamental de nuestra existencia. Hacer nuestros los criterios de Jesús no pasa por renunciar al desarrollo personal, sino que pasa por el amor a los demás, y justamente es El quien nos recomienda que debemos amarles como nos amamos a nosotros mismos. Si no somos capaces de valorarnos y de estimar nuestras propias posibilidades, muy difícilmente lo seremos de valorar, respetar y colaborar en el crecimiento de los demás.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Febrero, 2009, 9:18, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Y tú, ¿qué opinas de mí?

(Mc 8,27-33):  En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Y Él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo».

Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Descubrir quién es Jesús es tarea permanente. La pregunta que se nos hace hoy “¿Quién dices tú que soy yo?” la hemos comentado ya en varias ocasiones en este espacio, y permanentemente se nos dirige a nuestra conciencia. En definitiva es preguntarnos cuál es nuestra relación personal con Jesús, pues en la medida que la tengamos y que sea intensa, de igual calidad será también nuestro conocimiento y adhesión personal. Solo haciendo silencio en nuestro corazón, encontrándonos con nuestro yo más interior, podemos tener una respuesta a esta pregunta. Y es bueno que busquemos ese espacio, no solo que lo busquemos sino que intentemos recuperarlo a diario: encontrarnos con nuestra mismidad.

 

Generalmente estamos como el ciego del que nos hablan los evangelios, como comenzando a ver, pero aún sin mucha claridad. Lo que se percibe poco a poco después de una intervención ocular, cuando se nos quitan las vendas. Y si además se nos habla de cruz, de pasión, de muerte más difícil se nos hace contemplar a lo que tenemos que enfrentarnos positivamente.

 

Recordemos la pregunta: “Y tú quién dices que soy yo?”. No nos pregunta lo que sabemos de su vida, de sus obras, de su doctrina, sino quién es El nuestra vida. De la respuesta a esa pregunta depende nuestra relación con Dios, con los demás, con la sociedad, nuestra forma de situarnos en la vida, de buscarnos a nosotros mismos, de encontrarnos con la verdad, nuestra manera de vivir e incluso nuestra postura ante el morir.

 

Para unos es simplemente un personaje histórico, un hombre de bien, el hijo de José y María. Para otros fue una persona despreciada y rechazada que llegaron a condenar. Para algunos un simple revolucionario con connotaciones políticas independentistas. Para muchos un profeta, todo un maestro, alguien con poder de hacer milagros. En algunos momentos causa de vergüenza incluso para sus allegados. Por lo general aparece en los textos evangélicos, con mucha frecuencia, como un desconocido. Reacciones similares podemos encontrar en la sociedad que nos rodea. Pero la cuestión hoy es algo más personal. No es lo que piensan los demás, sino lo que piensas tú y yo, cada uno de nosotros. Si queremos conocer nuestro interior, no nos queda otra solución que responder a dicha pregunta.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Febrero, 2009, 7:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La hipocresía, levadura de las malas

(Mc 8,14-21):   En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

 

Ni nosotros mismos nos entendemos. Unas veces pedimos señales, milagros. Otras ni viendo las señales nos lo creemos. ¿Estamos confusos o nos sacan de nuestras comodidades personales? Sus amigos no le entendían. Y hoy los que creen entenderlo bien intentan imponer su verdad a los demás, otra forma de no entenderlo.

 

En el fondo su corazón, humano como el nuestros, siente la soledad y la incomprensión de los suyos, y por eso se lo reprocha, recordándoles las veces que delante de ellos mismos ha contribuido a saciar el hambre de los que le rodean, advirtiéndose se guarden de la levadura de los fariseos, que engendra desconfianza y recelo, sembrando así la cizaña en el ambiente. Es una levadura no positiva que genera hipocresía, de cuyos criterios y estilo no podemos dejarnos llevar. En definitiva el mensaje viene a decirles que se cuiden de la hipocresía.

 

Son palabras que llegan a nosotros en el hoy de nuestro mundo, donde declaraciones, propuestas, ideologías que llegan a nosotros tienen la siembra de la hipocresía en sus contenidos, pues dicen y no hacen. Si nuestro mundo tiene recursos para todos los que vivimos en el mismo, como repetidamente se nos ha dicho y advertido por los organismos internacionales humanitarios, ¿cómo es que los poderes de este mundo no ponen remedio a la crisis que nos ha venido?. Si nuestras comunidades están para servir a los demás, ¿cómo es que a veces hacemos discriminación entre las personas en función de sus ideas, creencias u opiniones? Todo ello está mezclado con la hipocresía, la levadura de la que en todo momento hemos de guardarnos porque, a su paso, siembra cizaña que no deja de crecer

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Febrero, 2009, 9:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Queremos una señal

 

(Mc 8,11-13):   En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.

 

Todos hemos pedido alguna señal en uno u otro momento de la vida. Se resume en aquel dicho famoso de “si no lo veo, no lo creo”. Como Santo Tomás. Y hoy, en este momento de nuestra vida, sobre todo si son momentos difíciles y oscuros, con más intensidad podemos estar haciéndonos este cuestionamiento. Necesitamos alguna demostración, alguna señal.

 

Jesús nos advierte de que las señales no nos vendrán desde fuera, sino desde nosotros mismos, desde nuestra capacidad de leer la vida y los acontecimientos, de saber discernir, de intentar observar con una mirada positiva. Igual es eso lo que habremos de pedir: que tengamos la capacidad del discernimiento. Algo similar pedimos cuando decimos “hágase tu voluntad”.

 

Por otra parte, los hechos, sus palabras y, sobre todo, la coherencia de su vida, la de Jesús, es una buena señal para nuestras vidas y la historia de nuestro mundo.

 

Carlos Carretto oraba así, y viene al caso: "Señor, no quiero milagros. Mi fe estaría enferma si los quisiera. Ya no sería fe, sino evidencia. Quiero descubrirte en las acciones sorprendentes de caridad y amor que contemplo cada día".

 

(Mc 8,11-13):   En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.

 

Todos hemos pedido alguna señal en uno u otro momento de la vida. Se resume en aquel dicho famoso de “si no lo veo, no lo creo”. Como Santo Tomás. Y hoy, en este momento de nuestra vida, sobre todo si son momentos difíciles y oscuros, con más intensidad podemos estar haciéndonos este cuestionamiento. Necesitamos alguna demostración, alguna señal.

 

Jesús nos advierte de que las señales no nos vendrán desde fuera, sino desde nosotros mismos, desde nuestra capacidad de leer la vida y los acontecimientos, de saber discernir, de intentar observar con una mirada positiva. Igual es eso lo que habremos de pedir: que tengamos la capacidad del discernimiento. Algo similar pedimos cuando decimos “hágase tu voluntad”.

 

Por otra parte, los hechos, sus palabras y, sobre todo, la coherencia de su vida, la de Jesús, es una buena señal para nuestras vidas y la historia de nuestro mundo.

 

Carlos Carretto oraba así, y viene al caso: "Señor, no quiero milagros. Mi fe estaría enferma si los quisiera. Ya no sería fe, sino evidencia. Quiero descubrirte en las acciones sorprendentes de caridad y amor que contemplo cada día".

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Febrero, 2009, 7:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Dios acoge a los impuros

(Mc 1,40-45):   En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso suplicándole, y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio». Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes.

 

 

Dios acoge a los impuros

José Antonio Pagola

http://www.redescristianas.net/2009/02/12/domingo-15-de-febrero-6-del-tiempo-ordinario-b-dios-acoge-a-los-impurosjose-antonio-pagola/


De forma inesperada, un leproso «se acerca a Jesús». Según la ley, no puede entrar en contacto con nadie. Es un «impuro» y ha de vivir aislado. Tampoco puede entrar en el templo. ¿Cómo va a acoger Dios en su presencia a un ser tan repugnante? Su destino es vivir excluido. Así lo establece la ley.
A pesar de todo, este leproso desesperado se atreve a desafiar todas las normas.

Sabe que está obrando mal. Por eso se pone de rodillas. No se arriesga a hablar con Jesús de frente. Desde el suelo, le hace esta súplica: «Si quieres, puedes limpiarme». Sabe que Jesús lo puede curar, pero ¿querrá limpiarlo?, ¿se atreverá a sacarlo de la exclusión a la que está sometido en nombre de Dios?

Sorprende la emoción que le produce a Jesús la cercanía del leproso. No se horroriza ni se echa atrás. Ante la situación de aquel pobre hombre, «se conmueve hasta las entrañas». La ternura lo desborda. ¿Cómo no va a querer limpiarlo él, que sólo vive movido por la compasión de Dios hacia sus hijos e hijas más indefensos y despreciados?

Sin dudarlo, «extiende la mano» hacia aquel hombre y «toca» su piel despreciada por los puros. Sabe que está prohibido por la ley y que, con este gesto, está reafirmando la trasgresión iniciada por el leproso. Sólo lo mueve la compasión: «Quiero: queda limpio».

Esto es lo que quiere el Dios encarnado en Jesús: limpiar el mundo de exclusiones que van contra su compasión de Padre. No es Dios quien excluye, sino nuestras leyes e instituciones. No es Dios quien margina, sino nosotros. En adelante, todos han de tener claro que a nadie se ha de excluir en nombre de Jesús.

Seguirle a él significa no horrorizarnos ante ningún impuro ni impura. No retirar a ningún «excluido» nuestra acogida. Para Jesús, lo primero es la persona que sufre y no la norma. Poner siempre por delante la norma es la mejor manera de ir perdiendo la sensibilidad de Jesús ante los despreciados y rechazados. La mejor manera de vivir sin compasión.

En pocos lugares es más reconocible el Espíritu de Jesús que en esas personas que ofrecen apoyo y amistad gratuita a prostitutas indefensas, que acompañan a sidóticos olvidados por todos, que defienden a homosexuales que no pueden vivir dignamente su condición… Ellos nos recuerdan que en el corazón de Dios caben todos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Febrero, 2009, 8:29, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El milagro del compartir

(Mc 8,1-10):   En aquel tiempo, habiendo de nuevo mucha gente con Jesús y no teniendo qué comer, Él llama a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?». Él les preguntaba: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos le respondieron: «Siete».

Entonces Él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

 

La pregunta sigue en pie: ¿Cuántos panes tienen? Y sigue estando vigente, dirigida a nosotros, y máxime en estos tiempos. Pues eso que tenemos, a compartirlo. El milagro del compartir, le hemos llamado cada vez que nos aparece este texto del evangelio. La prueba del amor. Se demuestra con hechos, no con buenas palabras. No podemos resolver el problema del mundo, no. No, cada una personalmente. Pero aquella de Teresa de Calcuta cabe aquí también. Recordemos lo que decía que una gota de agua no puede decir al océano que prescinda de ella. Si se lo dicen todas las gotas nos quedamos sin océanos. Cada uno de nosotros es esa gota que puede hacer real el milagro del compartir, el milagro del amor.

 

Eso es lo que también hoy se hace en nuestro mundo a través de múltiples organizaciones sociales en los países mas desfavorecidos: Canalizar proyectos de desarrollo en los países mas desfavorecidos con la solidaridad de los que tienen algo más y no les falta para comer.

 

A ese deseo que se va haciendo realidad en muchos sitios y lugares, también alrededor nuestro, da forma como poesía una amiga Francoise Marie Bernard que lo expresa así:

 

HE SOÑADO DE EL

 

 

Los sueños estàn imprévisibles

Y muchas veces inexplicables,

Y la vida nos procura blancos

A los cuales se regala vocablos…

 

He soñado de él, prudentemente,

En la madrugada, sin poder escaparme…

Decentemente, yo le hablaba

Del mundo de los poderes…

 

Cambiábamos ideas y soluciones

Para dar al mundo

Una nueva dimensión,

Librándolo de esta guerra infecunda…

 

Hablábamos de cariño y de humanidad,

De las cosas que quedan por hacer

Para proteger a nuestros hijos,

Contra los seres inmundos que acoge nuestra Tierra…

 

Hablábamos de sensibilidad y de valor

Para pueblos indefensos,

Que siempre son presas de corazones sin repartos,

Abusando de ellos, bajo todas las formas de ofensas…

 

Soñó de él horas enteras,

Pero fue en nada, por quimeras,

Compartíamos los dos, esperanzas sinceras,

Para una humanidad privada de amor y en ira…

 

Soñó de ti,

Y no pudo arrancarme de tu imagen,

Tus proyectos hablándome a veces

Para despertar mi alma demasiada cuerda…

 

He soñado de ti, de tus empeños,

Quisiera ayudarte pero no se cómo…

He soñado de ti y de todo lo que queda por hacer,

Un día participare, regalando mi corazón humano y sincero…

 

Françoise Marie BERNARD

El 18 de julio de 2007

www.geocities.com/poemasesmeralda/Entree

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Febrero, 2009, 10:55, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Una mujer pagana

(Mc 7,24-30):   En aquel tiempo, Jesús partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, en seguida, habiendo oído hablar de Él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Él le decía: «Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella le respondió: «Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños». Él, entonces, le dijo: «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija». Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido.

 

Era una mujer pagana, sirofenicia de nacimiento. No tenía nada que ver con el pueblo judío, con los que se consideraban elegidos. No era de la familia, no era del grupo, no era de los propios. Y se siente con la confianza de acercarse a Jesús. Y es atendida por el Maestro, y valorada además.

 

Por lo general llamamos paganos, seguimos haciéndolo, a los que no piensan como nosotros, a los que no creen, incluso considerándolos explícita o implícitamente como inferiores a nosotros. No siguen nuestras leyes y costumbres, están fuera de la órbita. Y, al estar fuera de nuestro alcance normal, de nuestras prácticas normales, los consideramos incluso inmorales. Y pretendemos que, para que se consideren buenos, sean, piensen y actúen como nosotros. De hecho ha habido momentos en la historia en que la mujer por el hecho de pensar y de opinar se le consideraba fuera de la lógica común y hasta se le llamaba bruja. La de cosas en las que hemos puesto en primer lugar la ideología, la costumbre, la moda del momento, la cultura de la época, por encima no solo de la fe en un Padre de todos, de todas las nacionalidades y de todos los orígenes y condiciones, sino del propio sentido común.

 

Con frecuencia en la actualidad de nuestros tiempos tenemos noticias y hechos donde se nos sigue confirmando esa misma actitud: culturas y costumbres nuestras mejores que las de los demás y tratando de imponerla, hasta por leyes civiles, a los otros. Basta nuestra conciencia. Basta la conciencia de cada una. De todos puede salir algo bueno. De todos podemos aprender. Todos tenemos la capacidad de enseñar algo nuevo.

 

No cabe duda que Jesús aparte de anunciar un Reino con un orden nuevo diferente era una persona inteligente y adelantada a sus tiempos y costumbres. “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija”.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Febrero, 2009, 8:04, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Lo que sale de la persona, es lo que le contamina

(Mc 7,14-23):   En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. Él les dijo: «¿Así que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» —así declaraba puros todos los alimentos—. Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

Palabras llenas de una gran sabiduría y de un sentido natural de las cosas que son aplicables a cualquier filosofía, ideología, religión o manera de vivir. No es lo que entra de fuera para dentro, sino lo que sale de dentro hacia fuera lo que mancha el corazón de la persona. Palabras sabias que ponen en entredicho los absolutismos que hacemos de ritos, costumbres, comidas, prácticas que, olvidándose de lo esencial y permitiendo su uso con actitudes inhumanas, nos hacen caer en el fanatismo. Algo similar a aquello otro de “no son las personas para el sábado, sino éste para aquellas”. Las normas y similares están para que los seres humanos crezcamos más por dentro y desde nuestro interior expandamos el bien, la salud, la igualdad y actitudes similares. Por eso es que nos advierte también que dejando los mandamientos de Dios, nos hemos aferrado a la tradición de los hombres, dándole a ésta, que viene impregnada de la costumbre cultural de una época, más importancia que a la Palabra y al interior del ser humano. De esa forma lo honramos con los labios y alejamos nuestro corazón del ser divino.

Estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos, vivamos donde vivamos siempre hay cosas, costumbres que nos rodean, que vemos, que oimos, que leemos. No es eso lo que nos contamina, sino nuestra forma de actuar ante esas realidades. No es el insulto recibido, ni el desprecio, ni la mala noticia que nos llega, ni el problema familiar, ni la canción de moda, ni las decisiones de aquellos políticos, ni la provocación que recibo. Es nuestra actitud interior la que nos salva, no el rito, ni la comida que dejamos de hacer, ni la prohibición de ciertas cosas. No necesitamos que nadie prohiba algo por ley para realizar lo que hemos de hacer por convicción personal y creyente.

Necesitamos para ello ese corazón nuevo de que nos hablan los profetas, y que solemos pedir cuando cantamos: “Danos un corazón grande para amar. Hombres nuevos, amando sin fronteras, por encima de razas y lugar; hombres nuevos al lado de los pobres, compartiendo con ellos techo y pan”. Las cosas contrarias a estas actitudes que proceden del egoísmo personal son las cosas que manchan nuestros corazones.

Hoy tenemos un ejemplo práctico en la fiesta que celebramos, la fiesta de María, bajo su internacional advocación de Ntra Sra de Lourdes. Ella guardaba lo que escuchaba en su corazón. Sus actitudes nos la explica María Dolores Aleixandre en su libro “Círculos sobre el agua”, de esta manera:Dios pronunció el nombre de Maria en nuestra historia y los Evangelistas lo dejaron resonar casi intacto. La  sobriedad de sus datos es  como la caja  sonora que  ha permitido que Maria siga vibrando limpiamente a través de los siglos. Quizá la mejor alabanza que podemos aplicarle sea decir de Ella que fue la tierra buena que, en la parábola de Jesús, da el ciento por uno, o la semilla mínima que luego se convierte en árbol frondoso. María, "nuestra tierra", convertida en celestial Princesa. María disfrazada de gran señora, en tantas imágenes, que nos hacen olvidar que Ella quizá sería hoy de las que van a lavar la ropa de una de esas señoras…

 El calificativo "mariano" tomado en vano en tiendas de souvenirs, en agencias de viajes, y en rivalidades de cofradías. Los santuarios marianos teniendo que proteger con puertas blindadas y alarmas, los tesoros de la que tuvo que acogerse, en la presentación de su Niño en el Templo, a la excepción que preveía la Ley en favor de los pobres, y ofreció dos tórtolas en lugar de un cordero. Nosotros empeñados en exaltarla con grandes títulos con mayúsculas, y tan desmemoriados, en cambio, para recordarla en sus minúsculas: vecina de un pueblo de fama dudosa, sierva del Señor y sirvienta de su prima embarazada, humillada por las sospechas sobre su maternidad, desconcertada por las respuesta de su hijo Jesús, despojada de todo privilegio sobre El, vencida junto a su Hijo, fracasado y ajusticiado fuera de la ciudad”. Y son justamente estas cosas minúsculas las que la han hecho importante, las que la han convertido en la primera creyente y que luego la han adornado con innumerables títulos. Su deseo de fidelidad, aquello que le salió de su corazón, fue lo que le hizo grande, y para nada le contaminó las costumbres de su pueblo, tan diferentes a la práctica que Ella llevó.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Febrero, 2009, 8:53, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Gestos liberadores

 

(Mc 6,53-56):   En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.

 

 

Los textos de estos días son un estribillo que nos van mostrando la acción de Jesús en su ambiente, de sitio en sitio, de grupo en grupo, luchando contra el mal, buscando solución a los problemas, dando salud, anunciando la salvación, rodeado de multitudes. No solo ofrece palabras, sino que también aporta gestos liberadores. Lo suyo no solo es hablar sino actuar, no solo orar sino trabajar por los demás. No importa que la gente fuera a buscarle solo para sacar un beneficio –ser curados- y no tanto por ser amigos, y estar con El. Lo que importa es el problema del otro y la manera de afrontarlo. Alguna vez escuchamos una voz que agradece, que bendice o que incluso nombra con alegría a su madre, pero por lo general la gente va buscando su curación. Aún así, Jesús les atiende. ¿Nos sorprende el parecido con nosotros mismos? ¿No es aplicable aquello del refrán de que nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena? Pues también a nosotros, aunque solo nos acordemos cuando estamos enfermos o con problemas, El nos sigue atendiendo, pues es el rostro permanente de un Dios que es amor, generosidad y comprensión, y todo ello sin límites. Hoy como ayer “todos los que le tocan, quedan sanos”.

 

De hecho una preocupación suya ha sido siempre demostrar con gestos y actitudes nuevas la forma y manera de entender a Dios tanto dentro de nuestro corazón como en la interpretación de su palabra. Se ha hecho siempre presente, y nos ha enseñado como entender su Reino, a través de gestos. Recordemos, si no, cosas tan sencillas como el partir el pan para ser compartido o el lavar los pies a sus discípulos cuando se está despidiendo de ellos e intentando resumir lo esencial de su doctrina. El amor no se enseña con palabras. Hay otro camino para ello

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 9 de Febrero, 2009, 9:23, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Retirarse a orar

(Mc 1,29-39):   En aquel tiempo, cuando Jesús salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles. Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». Él les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Retirarse a orar

José Antonio Pagola

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En medio de su intensa actividad de profeta itinerante, Jesús cuidó siempre su comunicación con Dios en el silencio y la soledad. Los evangelios han conservado el recuerdo de una costumbre suya que causó honda impresión: Jesús solía retirarse de noche a orar.
El episodio que narra Marcos nos ayuda a conocer lo que significaba la oración para Jesús. La víspera había sido una jornada dura.

Jesús «había curado a muchos enfermos». El éxito había sido muy grande. Cafarnaúm estaba conmocionada: «La población entera se agolpaba» en torno a Jesús. Todo el mundo hablaba de él.

Esa misma noche, «de madrugada», entre las tres y las seis de la mañana, Jesús se levanta y, sin avisar a sus discípulos, se retira al descampado. «Allí se puso a orar». Necesita estar a solas con su Padre. No quiere dejarse aturdir por el éxito. Sólo busca la voluntad del Padre: conocer bien el camino que ha de recorrer.

Sorprendidos por su ausencia, Simón y sus compañeros corren a buscarlo. No dudan en interrumpir su diálogo con Dios. Sólo quieren retenerlo: «Todo el mundo te busca». Pero Jesús no se deja programar desde fuera. Sólo piensa en el proyecto de su Padre. Nada ni nadie lo apartará de su camino.
No tiene ningún interés en quedarse a disfrutar de su éxito en Cafarnaúm. No cederá ante el entusiasmo popular. Hay aldeas que todavía no han escuchado la Buena Noticia de Dios: «Vamos… para predicar también allí».

Uno de los rasgos más positivos en el cristianismo contemporáneo es ver cómo se va despertando la necesidad de cuidar más la comunicación con Dios, el silencio y la meditación. Los cristianos más lúcidos y responsables quieren arrastrar a la Iglesia de hoy a vivir de manera más contemplativa.
Es urgente. Los cristianos, por lo general, ya no sabemos estar a solas con el Padre.

Los teólogos, predicadores y catequistas hablamos mucho de Dios, pero hablamos poco con él. La costumbre de Jesús se olvidó hace mucho tiempo. En las parroquias se hacen muchas reuniones de trabajo, pero no sabemos retirarnos para descansar en la presencia de Dios y llenarnos de su paz.
Cada vez somos menos para hacer más cosas. Nuestro riesgo es caer en el activismo, el desgaste y el vacío interior. Sin embargo, nuestro problema no es tener muchos problemas, sino tener la fuerza espiritual necesaria para enfrentarnos a ellos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 8 de Febrero, 2009, 9:01, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Encontrarnos para seguir trabajando

 (Mc 6,30-34):   En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

 

La idea de reunirse y de compartir unos con otros y avanzar juntos no es nada nuevo. Se estila desde los tiempos de Jesús. Se reúnen para revisar lo hecho, para pensar lo que han de seguir haciendo, para orar y dar gracias a Dios y pedirle fuerzas. Eso les impulsa también a seguir trabajando. De hecho sus ratos comunitarios quedaron postergados para más tarde por las necesidades de la gente que viéndolos ir hacia un lugar mas tranquilo, fueron allá corriendo y llegaron antes que ellos.

 

Este tipo de encuentros comunitarios, de los que hoy prodigamos en abundancia, son necesarios para evitar el cansancio, el estrés de la vida, para tomar fuerzas, para recibir impulsos. Son como una necesidad. Aunque en algunos casos, como el que nos ocupa, sea más la intención de hacerlo que la posibilidad de lograrlo.

 

Era gente sencilla de las aldeas, cargadas de pobreza y sufrimiento, quienes les reclamaban. Y Jesús también sabe renunciar, con los suyos, al sabroso sosiego que suponía estar juntos compartiendo en soledad, para atender, acoger, alentar y enseñar a quienes les reclamaban. De alguna forma, si la frase cabe, saben en momentos concretos dejar a Dios por Dios, porque a El no se le encuentra solo en la oración y en la reunión de la comunidad o del grupo cristiano sino en el quehacer de cada día y en el encuentro y la lucha con los demás en aquello que juntos sufrimos. Y es que creer es comprometerse.

 

Y es que, como dice José María González Ruiz en el libro “Creer es comprometerse” “"La fe no es una opción que se toma de una vez para siempre. No es que un día, nosotros, decidamos ser creyentes.  Es una opción de cada día, ante un Dios que nos sorprende. Viene por la puerta que menos pensábamos.  Nuestro Dios es el "Dios nuestro de cada día.

Un auténtico creyente que cada día no tiene que replantearse el problema de Dios, no es creyente. A eso le llamamos vacilación o duda: en definitiva es FE.  Es la incomodidad angustiosa, el replanteamiento continuo de un Dios que jamás puede ser agotado por nuestra comprensión, por nuestra reflexión, por nuestra aceptación. Es un Dios que siempre es mayor que todos nosotros”

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 7 de Febrero, 2009, 10:55, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El silencio de la gente buena

(Mc 6,14-29):   En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

 

Se había hecho notorio el nombre de Jesús. Su fama se extendía. Hoy todo el mundo ha oido hablar de El. Pero ¿realmente es notorio? Antes eran sus acciones las que le precedían. Hoy deben ser las nuestras propias, sus seguidores son los encargados de hacer valer su nombre a través de lo que hagamos y de nuestras conductas personales.

Por eso también en aquel momento el martirio del Bautista, quien lo dio a conocer. El era el Precursor, y quiso dejarlo siempre claro. "El tiene que crecer y yo menguar" decía a sus discípulos, a los mismos a los que empujó a seguir a Jesùs. Había entendido muy bien su labor. Preparar los caminos. Y Jesús no comienza de lleno su siembra apostólica, hasta que Juan muere.

Juan murió por haber denunciado con valentía el modo de vivir de Herodes. La denuncia intrépida cuando afecta a los de arriba, a los que gozan del poder, trae casi siempre estas consecuencias.

 

¿Y nosotros? Nos creemos discípulos de Cristo, nos llamamos asi, y todo cristiano lo es. Somos llamados a dar testimonio con la palabra, los gestos, las opciones, la vida. Si nuestro mensaje es en ocasiones incómodo, no moriremos probablemente, pero pagaremos las consecuencias. Denunciar la injusticia y proclamar la verdad, suele escocer a muchos, yeso no queda impune. Habrá que pensar a tiempo si somos capaces de incorporar en nuestra vida, con paz y alegría, las contrariedades que lleva en sí misma la condición de ser testigos del Evangelio. No es nada fácil ni sencillo. Decir y defender hoy en foros públicos cosas como que la globalización actual tal como se está produciendo está haciendo ricos a los más ricos y pobres a los más pobres, que los derechos humanos no están globalizados, que lo gobernantes no siempre están al servicio de las personas como se suele afirmar en campañas preelectorales, si se dice en un foro como éste no pasa nada, pero si se defiende y demuestra en foros públicos pueden hacerte quedar sin trabajo, entre otras cosas. Por otra parte siempre se ha dicho que uno de nuestros mayores pecados es el silencio de la gente buena.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 6 de Febrero, 2009, 9:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Nadie es profeta en su tierra

(Mc 6,1-6):   En aquel tiempo, Jesús salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto?, y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Y se escandalizaban a causa de Él. Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

 

 

Les parecía poco corriente que alguien de su pueblo, de su entorno, pudiera hablar con tanta autoridad y hacer las acciones que realizaba. Salir de la rutina de cada día o enfocar la misma rutina diaria con una motivación diferente parece algo excepcional. Siempre esperamos milagros de fuera, acontecimientos extraordinarios de personas relevantes. No nos damos cuenta que la fuerza está en nuestro interior y nosotros mismos somos portadores de talentos extraordinarios que nos han regalado y debemos administrar en bien de los demás.

 

Puede que también lo que algunos llaman la “envidia aldeana” no les ayudara a reconocer los valores que encarnaba Jesús. De todas las maneras su forma de actuar y de ser no se acomodaba al de los demás, incluso a los más próximos. Se habían prefabricado una imagen del Mesías como alguien superextraordinario.

 

Nosotros, por una parte, seres normales y corrientes en la vida diaria también estamos llamados a tener una forma de parecer y de actuar diferente por nuestras motivaciones interiores. Pero nosotros, por ser también normales y corrientes, tenemos el peligro de repetir los errores de los contemporáneos de Jesús, deformando y adulterando el mensaje del Evangelio, bien con otro modo de actuar, bien llenándonos de prejuicios ante terceras personas que, a nuestro lado, pueden ser portadoras de mensajes con contenido evangélico. Quien tiene el alma abierta a Dios, le escucha en las voces más diversas, vengan de donde vengan, y no siempre vienen de ambientes o instituciones religiosas.

Les parecía poco corriente que alguien de su pueblo, de su entorno, pudiera hablar con tanta autoridad y hacer las acciones que realizaba. Salir de la rutina de cada día o enfocar la misma rutina diaria con una motivación diferente parece algo excepcional. Siempre esperamos milagros de fuera, acontecimientos extraordinarios de personas relevantes. No nos damos cuenta que la fuerza está en nuestro interior y nosotros mismos somos portadores de talentos extraordinarios que nos han regalado y debemos administrar en bien de los demás.

 

Puede que también lo que algunos llaman la “envidia aldeana” no les ayudara a reconocer los valores que encarnaba Jesús. De todas las maneras su forma de actuar y de ser no se acomodaba al de los demás, incluso a los más próximos. Se habían prefabricado una imagen del Mesías como alguien superextraordinario.

 

Nosotros, por una parte, seres normales y corrientes en la vida diaria también estamos llamados a tener una forma de parecer y de actuar diferente por nuestras motivaciones interiores. Pero nosotros, por ser también normales y corrientes, tenemos el peligro de repetir los errores de los contemporáneos de Jesús, deformando y adulterando el mensaje del Evangelio, bien con otro modo de actuar, bien llenándonos de prejuicios ante terceras personas que, a nuestro lado, pueden ser portadoras de mensajes con contenido evangélico. Quien tiene el alma abierta a Dios, le escucha en las voces más diversas, vengan de donde vengan, y no siempre vienen de ambientes o instituciones religiosas.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 4 de Febrero, 2009, 8:07, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Señor, aquí está tu amigo

(Mc 5,21-43):   En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?». Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’». Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.

 

 

"Y pasó haciendo el bien..." No nos puede extrañar: Es su modo de pasar.

Unas veces, cura; otras resucita. Unos se lo piden a voces, y otros, como la mujer de hoy, lo hace en secreto, a hurtadillas, como con vergüenza.

 

Nosotros, a veces, ni pedimos porque no sabemos cómo estamos, si sanos o enfermos, si vivos o muertos. Pero El pasa por nuestro lado, escudriña nuestro interior, descubre pequeñeces sin cuento. heridas sin cicatrizar, deseos insatisfechos, tristezas sin fundamento, y nos cura. Cuando pasa, resucitamos... y renacemos con fuerza y somos capaces de enfrentarnos con nuestro propio egoísmo, y brota el amor en nuestro corazón, y buscamos al hermano, y le amamos...y hacemos a veces milagros: porque el amor es capaz de hacerlos.

 

Hay una frase en el Evangelio de hoy, que en boca de Jesús nos abre horizontes de esperanza: "no temas; basta que tengas fe". Es algo así como nos cuenta esa historia que tanto circula por la red de aquel hombre que todos los días, con pinta de vagabundo, se pasaba tiempos largos en la capilla de un templo. Preguntándole un día el sacerdote que hacía allí tanto tiempo le contestó que oraba, que hablaba con el Señor. ¿Tanto tiempo? ¿Cómo lo hace? – Muy sencillo, le respondió el protagonista de la historia. Le digo: “Señor, aquí está Juan”, y ya El me conoce, y sabe lo que necesito y lo que he de contarle y agradecerle.

 

Es, gráficamente, la fe que Jesús pide hoy en el texto evangélico tanto a Jairo, a quien parece exigirle algo más, como a aquella mujer anónima que ni siquiera le llega a pedir nada con su boca. En ella vamos creciendo poco a poco, a pesar de las dificultades, haciendo camino al andar, aprendiendo cada día, aceptándonos como somos. Sin perder la esperanza, y ejerciendo la razón, porque ésta no es incompatible con la fe. Teniendo presentes siempre a los que más sufren, y sin olvidarnos de nosotros mismos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 3 de Febrero, 2009, 10:32, Categoría: Comentarios al Evangelio
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