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Diciembre del 2008


Gracias, Señor, por los 366 días del 2008




 
Gracias, Padre
Gracias Padre, por todo cuanto me diste en el año que termina. 
Gracias por los días de sol y los nublados tristes;
por las tardes tranquilas y las noches oscuras.
Gracias por la salud y la enfermedad
por las penas y las alegrías.
Gracias por todo cuanto me prestaste y luego me pediste.
Gracias Señor por la sonrisa amable y por la mano amiga,
por el amor y por todo lo hermoso y por todo lo dulce.
Por las flores y las estrellas, por la existencia de los niños
y de las almas buenas.
Gracias por la soledad, por el trabajo por las inquietudes,
las dificultades y las lágrimas.
Por todo lo que me acerco a Ti...
Gracias por haberme conservado la vida y por haberme dado
techo, abrigo y sustento...
Que me traerá el año que empieza?....
¡¡Lo que Tú quieras Señor!!
Pero te pido Fe para mirarte en todo,
Esperanza para no desfallecer
y Caridad para amarte cada día más y para hacerte amar.
Dame paciencia y humildad, desprendimiento y generosidad.
Dame Señor, lo que Tú sabes que me conviene y yo no sé pedir.
Que tenga el corazón alerta, el oído atento,
las manos y la mente activas y que me halle siempre dispuesto
a hacer tu Santa Voluntad.
Derrama Señor, tus gracias sobre todos los que amo
y concede Tu paz al mundo entero.
Así sea

 (oración que circula por la red y cuyo autor desconocemos)

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 31 de Diciembre, 2008, 10:19, Categoría: Reflexiones creyentes
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Crecía en edad, sabiduría y gracia

(Lc 2,36-40):  Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

 

Crecía en edad, sabiduría y gracia. Vivía con su familia, en su pueblo, en medio de sus amigos. Uno más, pero con una dimensión integral en su vida. La gracia de Dios también hacía mella en su persona, al igual que la formación recibida en la escuela y la familia o en los juegos con sus amigos, y se iba haciendo mayor poco a poco.

Es la primera consideración: todo ser vivo está llamado a crecer. Las personas, cada uno de nosotros, estamos llamados a ello, en todas las dimensiones de la vida. No vale pararse, vivir en el estancamiento. O crecemos y avanzamos, o retrocedemos y damos pasos para atrás. Como todo ser vivo, como las flores. También llamadas a florecer creciendo. Y si no se riegan, pueden retroceder. Como nosotros, volvemos al simil, hemos de ser regados, hemos de dejarnos regar. Y según vayamos sembrando o dejando que otros siembren así será la cosecha que recojamos de nosotros mismos. También depende de a quienes elijamos como compañeros de camino. Lo dice el refrán: quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. ¿Cuáles son los árboles bajo los cuales nos paramos a tomar algo de sombra para seguir despiertos y con fuerza en medio del calor y del sol de cada día? Todas esas cosas, tanto interiores como exteriores, son las que nos ayudarán a crecer en una dirección o en otra. Lo que sí está claro es que no crecemos solos, sino que lo hacemos en un contexto familiar, escolar, amistoso, laboral, siempre en un contexto comunitario.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Diciembre, 2008, 8:57, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Bandera discutida

(Lc 2,22-40):  Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.


BANDERA DISCUTIDA
José Antonio Pagola

http://eclesalia.blogia.com/

ECLESALIA, 24/12/08.- Simeón es un personaje entrañable. Lo imaginamos casi siempre como un sacerdote anciano del templo, pero nada de esto se nos dice en el texto. Simeón es un hombre bueno del pueblo que guarda en su corazón la esperanza de ver un día «el consuelo» que tanto necesitan. «Impulsado por el Espíritu de Dios», sube al templo en el momento en que están entrando María, José y su niño Jesús.

El encuentro es conmovedor. Simeón reconoce en el niño que trae consigo aquella pareja pobre de judíos piadosos al Salvador que lleva tantos años esperando. El hombre se siente feliz. En un gesto atrevido y maternal, «toma al niño en sus brazos» con amor y cariño grande. Bendice a Dios y bendice a los padres. Sin duda, el evangelista lo presenta como modelo. Así hemos de acoger al Salvador.

Pero, de pronto, se dirige a María y su rostro cambia. Sus palabras no presagian nada tranquilizador: «Una espada te traspasara el alma». Este niño que tiene en sus brazos será una «bandera discutida»: fuente de conflictos y enfrentamientos. Jesús hará que «unos caigan y otros se levanten». Unos lo acogerán y su vida adquirirá una dignidad nueva: su existencia se llenará de luz y de esperanza. Otros lo rechazarán y su vida se echará a perder. El rechazo a Jesús será su ruina.

Al tomar postura ante Jesús, «quedará clara la actitud de muchos corazones». El pondrá al descubierto lo que hay en lo más profundo de las personas. La acogida de este niño pide un cambio profundo. Jesús no viene a traer tranquilidad, sino a generar un proceso doloroso y conflictivo de conversión radical.

Siempre es así. También hoy. Una Iglesia que tome en serio su conversión a Jesucristo, no será nunca un espacio de tranquilidad sino de conflicto. No es posible una relación más vital con Jesús sin dar pasos hacia mayores niveles de verdad. Y esto es siempre doloroso para todos.

Cuanto más nos acerquemos a Jesús, mejor veremos nuestras incoherencias y desviaciones; lo que hay de verdad o de mentira en nuestro cristianismo; lo que hay de pecado en nuestros corazones y nuestras estructuras, en nuestras vidas y nuestras teologías.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Diciembre, 2008, 8:23, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ver y creer

(Jn 20,2-8):  El primer día de la semana, María Magdalena fue corriendo a Simón Pedro y a donde estaba el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.

 

Ayer fue el primer mártir, hoy el apóstol mas cercano. Ayer celebramos la Navidad, hoy se nos habla de la Resurrección. Y es que, como decimos con el lenguaje de hoy, todo está globalizado, todo está unido. Y la Navidad, que es vida, termina también en vida, cual es la Resurrección. Por eso se nos invita a ver y creer.

 

Es también la historia de Juan, el discípulo amado, que hizo de su vida el ver y creer como un slogan vital. Conoció a Jesús y se fió enteramente de su persona. En ese sentido, toda la vida y los hechos de Juan son un mensaje. Asimismo nosotros pasamos por la vida viendo retazos de Jesús en nuestro camino. Son esos momentos en que el hermano sale al encuentro unas veces como inmigrante, otras como pobre, algunas como niño maltratado o explotado por los mayores, en otras como jóvenes o adultos víctimas de la violencia social, en muchas ocasiones sufriendo el abandono y la injusticia que justifican crueldades que se comente, hoy como desempleado, en todo momento como víctimas de una guerra injusta y un largo etcétera. Juan vió y creyó. Nosotros también creemos, pero necesitamos que en esta navidad el Señor aumente nuestra fe para saber seguirle descubriendo en nuestro caminar.

 

Ver y creer. Navidad y Misterio Pascual. Vida y Resurrección. Pesebre pobre y sencillo con sepulcro con sudarios vacíos. Todo unido en una armonía inacabada que nos pide siempre ver y creer, saber estar, es decir saber permanecer.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Diciembre, 2008, 9:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Con dificultades, pero testigos

(Mt 10,17-22): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará».

 

La prudencia no está reñida con la valentía. Ser precavidos no es contrario al coraje de saber dar testimonio de la fe donde quiera que fuese. Ambas cosas deben ir unidas. Y en su momento, cuando llegue la ocasión y el miedo parezca vencernos, hemos de saber que no nos hemos de sentir solos porque no lo estaremos: no serán ustedes los que hablen, sino el espíritu de Dios el que hablará en ustedes. Aunque eso ocasione divisiones y enfrentamientos.

 

Es difícil entender eso que dice el Evangelio: enfrentamientos entre hermanos, entre hijos y padres. Es verdad que en todas las familias hay dificultades, enconamientos, problemas. Y cuando descubrimos una donde eso no se da nos produce lo que solemos llamar una “santa envidia” (dos términos algo contradictorios). Pero es una manera de situarnos ante la realidad de cada día, que ya de por sí es dura y difícil, y una forma de hacerlo también simbólica, expresando el desgarro interior que en ocasiones produce el aceptar ser discípulo del Maestro.

 

Son palabras mayores las del texto evangélico de hoy. No parecen coincidir con la paz y serenidad que nos da la Navidad. Pero van incluidas en el paquete que nos ofrece el Evangelio, y que hoy nos lo hace de la mano del conocido como primer mártir de la comunidad cristiana, cual fue Esteban, el diácono. Ha habido momentos en la historia de la fe comunitaria en que muchos y muchas han tenido que dar su vida, con derramamiento de sangre. Todavía hoy en algunos países se persigue por ser cristiano. Son pocos y contados, pero cuando se mezcla la guerra entre religiones sigue siendo un problema que nos ha de preocupar, a los de una comunión y a los de las otras. Pues todos andamos emparentados por el mismo Dios, que es Unico e igual para todos y todas. Son testigos de la fe, que nos sirven de ejemplo para nuestro sencillo testimonio de cada día.

 

 

Una vida de testimonio, que predica su FE con nitidez y verdad, critica lo injusto con valentía y obra en concordancia con sus palabras, está abocada al martirio. Es la trayectoria que siguió el mismo Jesús. No es necesario verse ante situaciones heroicas para ser un verdadero testigo, que eso es, como hemos comentado, lo que significa la palabra "mártir", sino vivir heroicamente los retos de cada día.  Olvidarse de sí y dar la vida, aunque sea en servicios humildes, a los ojos del mundo, como Esteban. El martirio cruento es hoy una excepción, pero todos estamos llamados, sin embargo, al martirio diario, que no consiste en derramar la sangre, sino en gastarse y desgastarse por los demás..

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Diciembre, 2008, 8:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La misteriosa tarjeta de Navidad

La Navidad es la fiesta de los niños y del divino Niño que se esconde dentro de cada adulto. Es enormemente inspiradora la creencia de que Dios se acercó a los seres humanos en forma de niño. Así nadie puede alegar que es sólo un misterio insondable, fascinante por un lado y aterrador por el otro. No. Se aproximó a nosotros en la fragilidad de un recién nacido que lloriquea de frío y busca hambriento el pecho materno.

Tenemos que respetar y amar esta forma con la que Dios quiso entrar en nuestro mundo, por la parte de atrás, en una gruta de animales, en una noche oscura y llena de nieve, «porque no había lugar para él en las posadas de Belén».

Todavía más consoladora es la idea de que seremos juzgados por un niño, y no por un juez severo y escrutador. Lo que un niño quiere es jugar. Forma inmediatamente grupo con los demás niños, pobres, ricos, asiáticos, negros, rubios… Es la inocencia original que todavía no conoce las malicias de la vida adulta.

El divino Niño nos introducirá en la danza celeste y en el banquete que la familia divina del Padre, Hijo y Espíritu Santo prepara para todos sus hijos e hijas, sin excluir a aquellos que un día fueron desgarrados por el sufrimiento.

Estaba reflexionando sobre esta realidad bienaventurada cuando un ángel de aquellos que cantaron a los pastores en los campos de Belén se me aproximó espiritualmente y me entregó una tarjeta de Navidad. ¿De quien sería? Empecé a leer. Decía:

«Queridos hermanitos y hermanitas:

Si al mirar el nacimiento y ver allí al Niño Jesús en medio de José y María, junto al buey y la mula, se llenan de fe en que Dios se hizo niño como cualquiera de ustedes;

si consiguen ver en los otros niños y niñas la presencia inefable del niño Jesús, que una vez que nació en Belén nunca ya nos ha dejado solos en el mundo;

si son capaces de hacer renacer el niño escondido en sus padres, en sus tíos y tías y en las otras personas que ustedes conocen para que surja en ellas el amor, la ternura, el cuidado para con todo el mundo, y también para con la naturaleza;

si al mirar el pesebre descubren a Jesús, vestido pobremente, casi desnudo, y se acuerdan de tantos niños igualmente mal vestidos, y les duele en el fondo del corazón esta situación, y pueden compartir lo que ustedes tienen de sobra, y desean cambiar ahora mismo este estado de cosas;

si al ver la vaca, el burrito, las ovejas, las cabras, los perros, los camellos y el elefante, en el nacimiento, piensan que todo el universo está también iluminado por el divino Niño y que todos formamos parte de la Gran Casa de Dios;

si miran hacia el cielo y ven la estrella con su cola luminosa y hacen memoria de que siempre hay una estrella como la de Belén sobre ustedes, que los acompaña, los ilumina, y les muestra los mejores caminos;

si recuerdan que los reyes magos, venidos de lejanas tierras, eran en realidad sabios y que todavía hoy representan a los científicos y maestros que consiguen ver en este Niño el sentido secreto de la vida y del universo;

si piensan que este Niño es simultáneamente hombre y Dios, que por ser hombre es vuestro hermano, y por ser Dios existe una porción de Dios en ustedes, y por esta razón se llenan de alegría y de legítimo orgullo;

si piensan en todo esto, sepan que yo estoy naciendo de nuevo y renovando la Navidad entre ustedes. Estaré siempre cerca, caminando con ustedes, llorando con ustedes y jugando con ustedes, hasta el día en que todos, humanidad y universo, lleguemos a la Casa de Dios, que es Padre y Madre de infinita bondad, para vivir siempre juntos y ser eternamente felices».

Belén, 25 de diciembre del año 1.

Firmado: Niño Jesús.

Leonardo Boff

http://www.redescristianas.net/2008/12/20/la-misteriosa-tarjeta-de-navidadleonardo-boff-teologo/

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Diciembre, 2008, 10:20, Categoría: Reflexiones creyentes
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Navidad: paz y buena voluntad

 

Juan ,cap 1: La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

 

Navidad: paz y buena voluntad

Josep Cornellá y Canals

http://eclesalia.blogia.com/2008/122301-navidad.php

 

Dicen que hace poco más de dos mil años, en la primera noche de Navidad, unos mensajeros celestiales, cantaban gloria a Dios y deseaban la Paz a los hombres de buena voluntad. No sé si fue cierto, o fue un deseo del evangelista que no encontró mejores metáforas para referir un acontecimiento de supondría un importante cambio en la historia de la humanidad. Pero estas frases forman, todavía hoy, parte de nuestro imaginario.

Me gustaría en esta Navidad volver a escuchar estos cánticos y estos deseos. Necesitamos un cambio en la orientación que hemos dado a nuestro mundo. Nos hace falta una esperanza. Y, tal vez, la frase de aquella primera noche de Navidad deba tener hoy un sentido actual.

“La gloria de Dios es que el pobre viva” decía monseñor Romero. Y los pobres son todos aquellos para quienes la vida resulta una carga pesada. Y son todos aquellos que tienen todos los poderes fácticos en contra suya. A nuestro entorno hay pobres, muchos pobres. A nuestro entorno ha aumentado la pobreza. Navidad supone un compromiso hacia esta pobreza espiritual y material de nuestro mundo.

Pienso en aquellas personas que ha perdido toda esperanza, que se sienten constreñidas por un mundo cada día más complicado. Y pienso también en aquellas personas que han querido manifestar su voluntad de, pese a que sea políticamente incorrecto, decir aquello que piensan y defenderlo con argumentos. Tienen los poderes en contra. Son pobres.

Y, curiosamente, los mensajeros celestiales desean la paz a los hombres de buena voluntad. La paz es el bien más grande del espíritu: aquel estado de tranquilidad y quietud, no turbado por fatigas ni molestias; aquel estado de ánimo tranquilo, no turbado por la pasión. Se hace necesaria la paz cuando sentimos desorden alrededor nuestro. Y la paz se fundamenta en la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

¿Y la voluntad? La voluntad es una facultad específica del ser humano que es el fundamento de la conducta moral. Tendrá buena voluntad aquella persona que se proponga obrar el bien, complacer y favorecer a los demás.

No deja de ser tajante la simplicidad del mensaje navideño. En unos momentos en que nos gusta tenerlo todo tan estructurado, los mensajeros celestiales no hacen un enunciado de obligaciones y preceptos por conseguir la ansiada paz. Basta con tener esta buena voluntad.

La Navidad de este año, enmarcado por unas crisis económicas y psicológicas (más lacerantes que las primeras) nos invita a mirar más allá de nuestro yo mezquino, y a plantear la trascendencia de ayudar a vivir a aquellas personas que se sienten agobiadas por la vida y a poner la mejor voluntad en cada uno de nuestros actos; avivando aquellas esperanzas que divisamos en tantas personas humanas y que nos permiten aumentar el optimismo.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Diciembre, 2008, 7:13, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Que llega la Navidad

(Lc 1,57-66):  Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues, ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él.

 

 

Es el que prepara el camino del Señor, en quien reposa Su mano. Lo cual nos indica que la venida de Jesús a insertarse en la historia de la humanidad está cerca, es decir que Juan nos anuncia la Navidad, y lo hace de la mano del Señor y avalado por la gran misericordia con la que Dios ha actuado en su familia y en su historia.

 

Juan comienza a ser algo así como el rostro humano de Dios, pues es el precursor de ese otro gran rostro humano y lleno de historia que es Jesús de Nazaret, con sus gozos y esperanzas pero también con sus problemas y sufrimientos, como cualquier otro humano de los que han pisado y seguimos pisando la tierra.

 

Juan nace en una familia, anda como un pobre, vive en medio de la gente, anda en el barro y en los charcos, tiene su carácter fuerte que hace enojar a las autoridades de aquel momento, es un compañero que anima a sus discípulos a seguir la senda verdadera. Es alguien que nos viene a decir que Dios no anda en las nubes, sino que quiere montar su tienda de campaña entre nosotros. Es decir, nos anuncia que la Navidad, Dios con nosotros y en nuestra historia, está a la vuelta de la esquina.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Diciembre, 2008, 7:42, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un anuncio sorprendente

(Lc 1,26-38):  En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

 

Un anuncio sorprendente

José Antonio Pagola

http://www.redescristianas.net/2008/12/18/domingo-21-de-diciembre-4%c2%ba-del-tiempo-ordinario-un-anuncio-sorprendentejose-antonio-pagola/


Lucas narra el anuncio del nacimiento de Jesús en estrecho paralelismo con el del Bautista. El contraste entre ambas escenas es tan sorprendente que nos permite entrever con luces nuevas el Misterio del Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista sucede en «Jerusalén», la grandiosa capital de Israel, centro político y religioso del pueblo judío. El nacimiento de Jesús se anuncia en un pueblo desconocido de las montañas de Galilea.

Una aldea sin relieve alguno, llamada «Nazaret», de donde nadie espera que pueda salir nada bueno. Años más tarde, estos pueblos humildes acogerán el mensaje de Jesús anunciando la bondad de Dios. Jerusalén por el contrario lo rechazará. Casi siempre, son los pequeños e insignificantes los que mejor entienden y acogen al Dios encarnado en Jesús.

El anuncio del nacimiento del Bautista tiene lugar en el espacio sagrado del «templo». El de Jesús en una casa pobre de una «aldea». Jesús se hará presente allí donde las gentes viven, trabajan, gozan y sufren. Vive entre ellos aliviando el sufrimiento y ofreciendo el perdón del Padre. Dios se ha hecho carne, no para permanecer en los templos, sino para «poner su morada entre los hombres» y compartir nuestra vida.

El anuncio del nacimiento del Bautista lo escucha un «varón» venerable, el sacerdote Zacarías, durante una solemne celebración ritual. El de Jesús se le hace a María, una «joven» de unos doce años. No se indica donde está ni qué está haciendo. ¿A quién puede interesar el trabajo de una mujer? Sin embargo, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, mirará a las mujeres de manera diferente, defenderá su dignidad y las acogerá entre sus discípulos.

Por último, del Bautista se anuncia que nacerá de Zacarías e Isabel, una pareja estéril, bendecida por Dios. De Jesús se dice algo absolutamente nuevo. El Mesías nacerá de María, una joven virgen. El Espíritu de Dios estará en el origen de su aparición en el mundo. Por eso, «será llamado Hijo de Dios». El Salvador del mundo no nace como fruto del amor de unos esposos que se quieren mutuamente. Nace como fruto del Amor de Dios a toda la humanidad. Jesús no es un regalo que nos hacen María y José. Es un regalo que nos hace Dios.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Diciembre, 2008, 8:34, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Según tu Palabra

 (Lc 1,26-38):  Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

 

En este día en que María nos aparece como la figura señera del Adviento, como la madre de la esperanza, como el impulso que nos trae la Estrella que nos ha de alumbrar, seguimos expectantes, deseando que se cumpla su Palabra en nosotros y en nuestra historia, en actitud orante, aunque muchas veces nos dé la impresión de que no somos escuchados, de que no se nos hace caso, de que nuestras peticiones son desoídas, como se nos refleja en la reflexión siguiente:

 PETICIONES  DESOIDAS

 

Yo había pedido a Dios poder para ser amado,

y me he encontrado con el amor para no necesitar ser poderoso.

 

Yo le había pedido la salud para hacer grandes cosas,

y me he encontrado con la enfermedad para hacerme grande.

 

Yo le había pedido la riqueza para ser feliz,

y me he encontrado con la felicidad para poder vivir en la pobreza.

 

Yo le había pedido leyes para dominar a otros,

y me he encontrado libertad para liberarlos.

 

Yo le había pedido admiradores para estar rodeado de gente,

y me he encontrado amigos para no estar solo.

 

Yo le había pedido ideas para convencer,

y me he encontrado respeto para convivir.

 

Yo le había pedido dinero para comprar cosas.

y me he encontrado personas para compartir mi dinero.

 

Yo le había pedido una religión para ganarme el cielo,

y El sólo me ha dado su Hijo para acompañarme por la tierra.

 

Yo le había pedido de todo para gozar en la vida,

y El me ha dado la vida para que goce de todo.

 

Yo le había pedido ser un dios,

y El sólo pudo hacerme un hombre.

 

José Antonio Gª Monge

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Diciembre, 2008, 11:16, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para la misa de Navidad

(Mt 1,18-24):  El Evangelio de hoy nos habla de cuando el ángel anuncia a José que no tenga miedo en recibir a María en su casa porque lo que hay en Ella es obra de Dios.

 

Todos los textos de este tiempo nos van poniendo en antecedentes del misterio de la Navidad, y preparándonos para vivir dicho acontecimiento. Una fiesta que, como todos somos conscientes, ha ido perdiendo su sentido original y auténtico con el paso de los tiempos, y que de mensaje de convivencia ha llegado a ser incluso mensaje de competencia, a ver quien tiene mejores regalos.

 

En esta línea queremos compartir con ustedes hoy una reflexión de Frei Betto sobre la Misa de Navidad en la que nos advierte de las tendencias modernizantes navideñas y nos invita a vivir su sentido primigenio:

 

 

Misa de Navidad

Frei Betto

 http://www.redescristianas.net/2008/12/15/misa-de-navidadfrei-betto/#more-13842

 

Navidad es una fiesta polisémica. En cierto sentido incómoda. Para los cristianos, es la conmemoración del nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre. Para la industria y el comercio, ocasión privilegiada de ventas abundantes. Para muchos, minivacaciones de fin de año. Para el pavo, día de difuntos.
La incomodidad proviene de la obligatoriedad de dar regalos a quien no amamos, conocemos mal o fingimos ser amigos.

Trasladado el establo de Belén a los locales de los centros comerciales, sustituido Jesús por Papá Noel, la fiesta va perdiendo paulatinamente su carácter religioso. El Niño del pesebre, que evoca el sentido de la existencia, cede su lugar al viejo barbudo y barrigudo, que simboliza el fetiche de la mercancía.

Una mirada superficial diría que el consumismo hedonista nos aparta de la religiosidad. La Misa del Gallo, antes celebrada a la medianoche del 25 de diciembre, se reduce ahora a lo llamativo de las celebraciones, a las ocho o nueve de la noche, anticipándose a la madrugada que favorece la violencia urbana. El apetito por cenar y la curiosidad por abrir los presentes hablan más alto que las buenas y viejas costumbres: la oración en familia, los cantos litúrgicos, las narraciones bíblicas y el recuerdo de los acontecimientos paradigmáticos de Belén de Judá.

Una actualización de los sucesos bíblicos nos permite imaginar, a partir del contexto brasileño, al lector del "Diario de Belén", edición del 26 de diciembre del año 1, ante la siguiente noticia: "Familia de unos sin-tierra ocupó ayer la hacienda Estrella de David, en cuyo corral una tal María, esposa del carpintero José, dio a luz a su hijo Jesús. La policía de Herodes ya está sobre la pista de los sin-tierra, que han huido".

La abstracción del lenguaje, sin embargo, hace del seudolirismo navideño lo contrario de lo que significa el hecho histórico: el Verbo encarnado pierde su contundencia y cede el puesto al pesebre descontextualizado, mero adorno de la fiesta papanoélica.

En "Memorias de Adriano", Marguerite Yourcenar capta un momento singular de la historia de Occidente, el siglo 2º: los dioses del Olimpo griego y del Panteón romano iban en declive y la moral cristiana, impregnada de platonismo, todavía no se había impuesto a las conciencias.

Hoy vivimos algo parecido. Azotados por fuertes vientos esotéricos, en una época epifánica, en que las religiones tienden a ocupar el lugar dejado por las ideologías mesiánicas, asistimos a la crisis de las iglesias tradicionales, encerradas en un monólogo ininteligible en un contexto de pluralismo y tolerancia con el diferente. La perplejidad se asemeja a la de la profesora de piano clásico que ve a sus alumnos preferir los instrumentos electrónicos.

Proliferan nuevas modalidades de aspirar a lo Trascendente, desde la aeróbica litúrgica hasta las meditaciones orientales. En expresión de Rimbaud, nunca hubo tanta 'gula de Dios'. I Ching, astrología, tarot, etc. Son vías por las que se intenta encontrar seguridad ante el futuro imprevisible. Ahora ya no hay tanto interés por las religiones de las grandes narraciones bíblicas, de la santidad ascética, de la autoridad sacralizada, de la moral coercitiva, de la escatología que nos hace caminar, titubeantes, sobre la cuerda invisible que une el cielo con el infierno.

Predominan las religiones del consuelo subjetivo, de la alegría del alma, de la curación instantánea, de los fenómenos paranormales, de la comunidad que se siente rescatada del anonimato, de bendiciones y gracias que emanan cual premios de quien cree en la versión posmoderna del dilema "la bolsa o la vida". Se fortalece la religiosidad de uso inmediato, sin culpas, macroecuménica, fundada en la creencia en un Dios que libera de jerarquías, que se manifiesta a través de las reglas del mercadeo y que tolera todas nuestras incoherencias.

Quizás nadie, en la literatura brasileña, haya captado como Machado de Assis el sentido de la Navidad, en su clásico cuento "Misa del Gallo". No hay misa propiamente, sólo la espera ansiosa en una vigilia que cambia progresivamente, ante los ojos de Nogueira, muchacho de 17 años, al anfitrión Conceição, que cumplirá los 30. Machado hace del corazón del joven narrador un profundo y acogedor pesebre, donde renace la vida en el milagro sutil del amor desinteresado. Un sabor de eternidad. De eterna edad. Aunque partido por el tiempo que fluye indetenible al ritmo implacable de las horas. En la sala, la misa en torno a la musa antecede y realiza la comunión, terminando en la belleza de un sencillo encuentro entre dos personas.

Eso es Navidad. Una fiesta sorprendente en lo más profundo de sí mismo, en la que las personas se hacen regalos unas a otras y entre las cuales refulge el amor como una estrella. Esta fiesta no tiene fecha y se celebra siempre que se da un encuentro en clima de afecto y de sabor a comunión. Allí las palabras son como lazo de regalo deshecho por las manos de un niño: a cada nudo deshecho una expectativa de sorprendente revelación.

[Traducción de J.L.Burguet] 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Diciembre, 2008, 8:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Esperamos, pero trabajando

(Mt 21,28-32):  En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él».

 

No se puede esperar con los brazos cruzados, mirando correr el viento. Se espera trabajando. Se espera acelerando y motivando lo esperado. El Adviento es una llamada a la esperanza activa, por eso no se puede quedar la viña sin operarios ni nosotros sin trabajo. No bastan tampoco las buenas palabras o intenciones, sino que hay que traducirlas en la práctica de las buenas obras y del quehacer cotidiano. Es una constante del Evangelio que recientemente nos recordaba en uno de sus trozos. Fe, pero con obras. Por eso, lo importante no es aparecer ante los demás como buenos y diligentes, sino ser activos de verdad y poner en acción lo aprendido; de ahí aquello de lo que hoy se nos advierte, que los publicanos y las rameras pueden llegar antes que nosotros. Basta que en un momento decidamos poner en práctica lo que sabemos y se nos ha manifestado. No importan historias anteriores. A cada día le basta su afán, eso de vivir el momento viene ya de una máxima evangélica.

 

Recientemente un programa de televisión ponía a prueba a los transeúntes que pasaban al lado de una persona botada en la calle, harapienta, necesitada, y todos seguían de largo, el que más se paraba a mirarla de reojo. Esa misma persona tendida en el suelo, con visos de haberle pasado algo, pero bien vestida, limpia, aseada, recibía ayuda del primer viandante que caminó a su lado parándose todos los siguientes a socorrerle. Vivo ejemplo de lo que nos puede pasar a nosotros que sabiendo que lo del amor a los demás es condición sine qua non, pasamos de largo ante problemas personales y sociales.

 

¿Esperamos al Mesías? ¿Deseamos que Jesús siga naciendo? ¿Aspiramos que la Navidad que sea todos los días? ¿Vivimos el Adviento? Hemos de hacerlo de forma activa, sin dejar de trabajar, no basta con mirar y otear el horizonte, como quien contempla un hermoso paisaje. Su belleza está a nuestro lado y en nuestro interior

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Diciembre, 2008, 8:00, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La sabiduría del Adviento

(Mt 21,23-27):  En aquel tiempo, Jesús entró en el templo. Mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?». Jesús les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?». Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’ , nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Y si decimos: ‘De los hombres’, tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta». Respondieron, pues, a Jesús: «No sabemos». Y Él les replicó asimismo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Parece como si quisiera escaparse de la pregunta que le hacen y no hacerle frente. Responde con otra pregunta. Más bien obra con sabiduría, conociéndoles, utiliza sus mismas armas para hacerles afrontar la realidad de sus vidas. Terminan sin responderles con palabras, pero son sus hechos los que tienen ellos siempre delante, y que les irán respondiendo de su mensaje. Algo similar al cuento sobre el Adviento que colgamos a continuación. Hemos de ser con nuestra sabiduría espiritual de cada día a la hora de situarnos ante los problemas como esas pajitas que adornan el portal:

 

 

Cuento de Adviento

Hace tiempo que un viajero en una de sus vueltas por el mundo, llegó a una tierra, le llamó la atención la belleza de sus arroyos que cruzaban los campos, los sembrados.  Habiendo caminado ya un rato, se encontró con la casas del pueblo, sencillas coloridas y con puertas abiertas de para en par.  No podía creerlo... él venía de un lugar muy distinto...

Se fue acercando pero su sorpresa fue mayor cuando tres niños, hermanitos, salieron a recibirlo y lo invitaron a pasar.  Los padres de los niños invitaron al viajero a quedarse con ellos unos días.

El viajero aprendió muchas cosas, por ejemplo a hornear el pan, trabajar la tierra. ordeñar las vacas, pero había una de la cual no podía descubrir el significado.  Cada día, y algunos días en varias ocasiones, el papá la mamá y los hermanos se acercaban a una mesita donde habían colocado las figuras de María y José, un burrito marrón y una vaca.

Despacito dejaban una pajita entre María y José.

Con el correr de los días el colchoncito de pajitas iba aumentando y se hacía más mullido.

Cuando le llegó al viajero el momento de partir, la familia le entregó un pan calentito y frutas para el camino, lo abrazaron y lo despidieron.  Ya se iba cuando dándose vuelta les dijo: -Una cosa quisiera llevarme de este hermoso momento.

Por supuesto le contestaron: -¿Qué más podemos darte para el camino?

Y el viajero entonces preguntó: - ¿Por qué iban dejando esas pajitas a los pies de María y José?

Ellos sonrieron y el niño más pequeño respondió:

Cada vez que hacemos algo con amor, buscamos una pajita y la llevamos al pesebre.  Y así vamos preparando para que cuando llegue el niño Jesús, María tenga un lugar para recostarlo.  Si amamos poco, el colchón va a ser un colchón delgado y por lo mismo frío.  Pero si amamos mucho, Jesús va a estar más cómodo y calentito.   

El viajero parecía comprenderlo todo.  Sintió ganas de quedarse con esa familia hasta la Nochebuena, pero una voz adentro suyo lo invitó a llevar por otros pueblos lo que había conocido, tanto de nuevas labores como de los corazones sencillos, tan llenos de amor, como los de esa familia…

Desconozco su autor

 

 

(Es un cuento recibido de Nancy Fontinovo y de Rita)

 

 

Por arquina - 15 de Diciembre, 2008, 10:11, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Allanar el camino hacia Jesús

 (Jn 1,6-8.19-28):   Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». Él confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo Él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: ‘Rectificad el camino del Señor’, como dijo el profeta Isaías».

Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo, ni Elías, ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

 

Allanar el camino hacia Jesús

3º Adviento, José Antonio Pagola

http://www.redescristianas.net/2008/12/12/domingo-14-de-diciembre-3%c2%ba-de-adviento-allanar-el-camino-hacia-jesusjose-antonio-pagola/


«Entre vosotros hay uno que no conocéis». Estas palabras las pronuncia el Bautista refiriéndose a Jesús, que se mueve ya entre quienes se acercan al Jordán a bautizarse, aunque todavía no se ha manifestado. Precisamente toda su preocupación es «allanar el camino» para que aquella gente pueda creer en él. Así presentaban las primeras generaciones cristianas la figura del Bautista.

Pero las palabras del Bautista están redactadas de tal forma que, leídas hoy por los que nos decimos cristianos, no dejan de provocar en nosotros preguntas inquietantes. Jesús está en medio de nosotros, pero ¿lo conocemos de verdad?, ¿comulgamos con él?, ¿le seguimos de cerca?
Es cierto que en la Iglesia estamos siempre hablando de Jesús.

En teoría nada hay más importante para nosotros. Pero luego se nos ve girar tanto sobre nuestras ideas, proyectos y actividades que, no pocas veces, Jesús queda en un segundo plano. Somos nosotros mismos quienes, sin darnos cuenta, lo «ocultamos» con nuestro protagonismo.

Tal vez, la mayor desgracia del cristianismo es que haya tantos hombres y mujeres que se dicen «cristianos», en cuyo corazón Jesús está ausente. No lo conocen. No vibran con él. No los atrae ni seduce. Jesús es una figura inerte y apagada. Está mudo. No les dice nada especial que aliente sus vidas. Su existencia no está marcada por Jesús.

Esta Iglesia necesita urgentemente «testigos» de Jesús, creyentes que se parezcan más a él, cristianos que, con su manera de ser y de vivir, faciliten el camino para creer en Cristo. Necesitamos testigos que hablen de Dios como hablaba él, que comuniquen su mensaje de compasión como lo hacía él, que contagien confianza en el Padre como él.

¿De qué sirven nuestras catequesis y predicaciones si no conducen a conocer, amar y seguir con más fe y más gozo a Jesucristo? ¿En qué quedan nuestras eucaristías si no ayudan a comulgar de manera más viva con Jesús, con su proyecto y con su entrega crucificada a todos. En la Iglesia nadie es «la Luz», pero todos podemos irradiarla con nuestra vida. Nadie es «la Palabra de Dios», pero todos podemos ser una voz que invita y alienta a centrar el cristianismo en Jesucristo.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Diciembre, 2008, 8:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Felices los que...

(Mt 17,10-13): Bajando Jesús del monte con ellos, sus discípulos le preguntaron: «¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?». Respondió Él: «Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo. Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos». Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista

 

No reconocieron al hombre enviado por Dios, ni reconocemos los mensajes que El nos ha enviado y sigue enviando, y por eso en ocasiones hacemos lo que queremos y no lo que debemos, olvidándonos de aquello que interiormente nos hace y sigue haciéndonos felices. Ha habido quienes en la historia nos han seguido recordando, intentando adaptarlo a los tiempos, modos y maneras de vivir, el mensaje fundamental que hace que hoy igual algunos no nos reconozcan. Un mensaje central tal como las Bienaventuranzas, que siempre debemos recordar y tener presente, máxime en un tiempo como este en que nos preparamos para la Navidad. Hagámoslo hoy al estilo que nos enseñó Sto Tomás Moro:

 

                Felices los que saben reírse de sí mismos,
                porque nunca terminarán de divertirse.

                Felices los que saben distinguir una montaña de una piedrita,
                porque evitarán muchos inconvenientes.

                Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas  porque
                llegarán a ser sabios.

                Felices los que saben escuchar y callar,
                porque aprenderán cosas nuevas.

                Felices los que son suficientemente inteligentes,
                como para no tomarse en serio,
                porque serán apreciados por quienes los rodean.

                Felices los que están atentos a las necesidades de los demás,
                sin sentirse indispensables,
                porque serán distribuidores de alegría.

                Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas
                y tranquilidad las cosas grandes,
                porque irán lejos en la vida.

                Felices los que saben apreciar una sonrisa
                y olvidar un desprecio,
                porque su camino será pleno de sol.

                Felices los que piensan antes de actuar
                y rezan antes de pensar,
                porque no se turbarán por lo imprevisible.

                Felices ustedes si saben callar y ójala sonreir
                cuando se les quita la palabra,
                se los contradice o cuando les pisan los pies,
                porque el Evangelio comienza a penetrar en su corazón.

                Felices ustedes si son capaces de interpretar
                siempre con benevolencia las actitudes de los demás
                aún cuando las apariencias sean contrarias.
                Pasarán por ingenuos: es el precio de la caridad.

                Felices sobre todo, ustedes,
                si saben reconocer al Señor en todos los que encuentran
                entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría. 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Diciembre, 2008, 10:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sabiduría acreditada

(Mt 11,16-19):  En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: «¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no os habéis lamentado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras».

 

El ejemplo de los niños, que toma Jesús en el Evangelio el hoy, es una manera de hablarnos a los mayores. Parece decirnos que siempre buscamos pretextos para rechazar la palabra de Dios de cualquier forma que nos sea propuesta. Viene Juan Bautista, y nos incomoda su mensaje por su austeridad y rigidez. Viene El, después, como buen Pastor, predicando amor y compasión para todos y le criticamos  diciendo que es igual, demasiado igual a nosotros

 

Se nos olvida que no debe correr distinta suerte el Maestro que el discípulo. Que es, hasta normal, que surja la contradicción, si con nuestro vivir, en medio de ellos, presentamos el amor al otro, frente a la injusticia; si con nuestra rectitud, damos en cara el chanchullo y el egoísmo en que se coloca parte de esa sociedad, para sacar el mayor fruto posible para ellos mismos.

 

No debemos engañarnos, esperando ser acogidos de modo diferente al que fueron el Bautista y sobre todo, nuestro Maestro, Jesús. Ni debemos olvidar que con todo ello, hemos contado siempre, también cuando elegimos este camino, oyendo a Jesús decir que estamos en el mundo pero no somos de él. Porque, al fin de cuentas, la Sabiduría se ha acreditado y se va a seguir acreditando por sus obras.

Y las obras y acciones hoy nos hablan de realidad social y mundial en la que todos vivimos. Un momento en que si funciona la hermandad entre las personas, y los creyentes estamos llamados a ello “es hora de hablar de los asalariados sin trabajo, los que pueden perderlo, los pensionistas que ven menguada su pensión, las mujeres que cobran menos que los hombres por el mismo trabajo, las mujeres que no logran empleo, los inmigrantes regulares convertidos en parados, los inmigrantes “sin papeles” y sin esperanza, los jóvenes sin empleo o con uno de porquería que no les permite planificar su vida, los ahorradores modestos y medianos que no saben si recuperarán sus ahorros, los pequeños empresarios que se ahogan sin créditos, los campesinos aplastados por las multinacionales agrícolas, los marginados sin derechos, los hambrientos, los enfermos de sida abandonados a su suerte, los empobrecidos que aumentan y son más pobres…”(Xavier Caño Tamayo). Al igual que el Bautista y que el Maestro, a quienes seguían los desheredados de la tierra, hoy no podemos perder de vista ese panorama que nos rodea y que aparece en esta descripción.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Diciembre, 2008, 11:31, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Oportunidades para seguir esforzándonos

(Mt 11,11-15):  En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga

 

Los que se esfuerzan, los que renuncian a si mismos es decir a su egoísmo, capricho o similar, los que se entregan generosamente, los que están siempre prestos a dar, a conquistar generosidad, esos son los violentos de que habla el Evangelio, pues para todo ello muchas veces tenemos que ir contra nosotros mismos.

 

Y nos pone como ejemplo a Juan el Bautista, la figura señera del Adviento. Hablar de su persona es como hablar de desierto, de condiciones de dureza en su vida, de austeridad, humildad y penitencia, de pasar sin ser visto para anunciar el camino y el paso de otro mucho más importante. ¿No era eso también hacerse violencia interior?

Y conectando la llamada a lo personal con la llamada social a la que nos impele también el Evangelio pues de alguna manera la crisis social y económica que vivimos nos da pie para intentar cambiar de rumbo. Es como una nueva oportunidad a la que debemos aspirar. Oportunidad para cambiar de paradigma, por decirlo en palabras de Frei Betto: “Menos consumismo y más modestia en el estilo de vida; menos competitividad y más solidaridad entre personas y tareas; menos obsesión por el dinero y más por la calidad de vida”. Si algo bueno pudiera deducirse de la crisis es precisamente la oportunidad de empezar a caminar en el horizonte de que verdaderamente los derechos humanos dejen de ser esa asignatura pendiente de la humanidad. Mientras no estén presentes en la historia de cada día de la humanidad, siempre habrá algún lugar o algunas personas donde la paz, la justicia, la libertad estén ausentes. Y estando ausentes estas actitudes o situaciones de nuestra sociedad, nos queda que caminar por construir el Reino que el Bautista anunciaba y que Jesús inaugura.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Diciembre, 2008, 9:33, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Adviento y derechos humanos

(Mt 11,28-30):  En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera

 

Todos recordamos la escena que hemos visto infinidad de veces en la red del niño que parece ir solo viajando en el avión, y cuando éste pasa por zonas turbulentas y se agita moviéndose más de la cuenta, su compañero de viaje le invita a tranquilizarse, a pensar en otra cosa. El niño, imperturbable, seguía con su juego en sus manos, y le dijo que no se preocupara, que no tenía miedo alguno, pues el piloto del avión era su padre. Algo así nos viene a decir Jesús en el trozo evangélico de hoy. El nos dará descanso y siempre está ahí pilotando nuestra nave para que nuestros yugos, cargas y fardos no pesen más allá de lo que nosotros podamos sobrellevar.

 

El Reino de Dios en su construcción constante tiene sus resistencias y dificultades, la espera –eso es el Adviento, no solo un momento, sino toda la vida- se nos hace larga en ocasiones, y por eso la llamada de hoy a la confianza total y completa.

 

Sabemos que la puerta es estrecha, que hay cruces en el camino, negaciones de si mismo en otros momentos. Pero se nos insiste en que estas cosas son ligeras y suaves. Porque tenemos su amor, y tenemos también el amor y la calidad que ponemos en nuestra tarea.

 

Pasa en todo, entre otras cosas en el cumplimiento y puesta en práctica de los derechos humanos, cuya promulgación hace hoy sesenta años que fue hecha. No ha sido ni está siendo un camino de rosas, pero podemos entenderlos también como la traducción en lenguaje de nuestro siglo del proyecto del Reino de Dios. Entre mas se desarrollan y se cumplen, más se realiza el proyecto de vivir siendo iguales y comportarnos como hermanos, que es el espíritu que está detrás de los derechos y libertades fundamentales que nos gloriamos de tener como norma básica de convivencia entre las sociedades y pueblos. Y no podemos separarlos, ni ponerlos aparte de nuestra condición creyente. Intolerancias, fanatismos, exclusivismos, radicalismos, imposiciones normativas son algo contrario al espíritu del Evangelio y también al espíritu de los derechos y libertades fundamentales.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 10 de Diciembre, 2008, 7:51, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La manera de amar de Dios

(Mt 18,12-14):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».

 

El Evangelio de hoy nos habla del amor y de la misericordia de Dios. Cuando hablamos y pensamos en el amor de Dios, nos traiciona el modelo que tenemos del amor humano. Dios no nos ama porque somos buenos, sino que somos buenos porque Dios nos ama.

Cuando alguien es desleal con su amigo se suele decir: le ha fallado tantas veces, que es natural que ahora recele de él. Pero no es éste el caso de Jesús.  El siempre empieza de nuevo, como si no hubiera pasado nada. En la parábola de hoy, busca a la oveja, la encuentra, la coge, y la lleva con las demás, sin más, aunque el Evangelio dice que "se alegró".

 

La experiencia de la misericordia, la tenemos. La hemos saboreado en nuestras huidas, más ó menos serias, en nuestras cobardías, en nuestra falta de entusiasmo, mediocridades, en nuestras vidas mil veces. En todas ha salido al paso El y hemos sentido esa acogida amorosa, que es su misericordia.

 

Pero esa vivencia nos tiene que llevar a ser nosotros misericordiosos. Porque después de ser ovejas acogidas y perdonadas, hemos de ser también pastores. Se cuenta en la vida de Francisco de Asís, que uno de sus discípulos le pregunta que es evangelizar, y que el santo le contestó: "Evangelizar a un hombre es decirle  "tú también eres amado de Dios".No sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con ese hombre de tal modo que el sienta y descubra que hay en sí mismo una riqueza que no conocía. Eso es anunciarle la Buena Nueva y no se puede hacer sin ofrecerle nuestra amistad". No hay que soñar con otras cosas, sólo hay que ofrecer nuestro corazón y amar.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 9 de Diciembre, 2008, 9:34, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un "sí" que derrama esperanza

(Lc 1,26-38):   En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Dios se nos manifiesta como pendiente de una mujer, casi niña, muy jovencita, como pidiéndole permiso para la aventura que quería iniciar, pendiente de su aprobación. Y es que El no impone, sino que cuenta con nosotros y espera nuestra respuesta.

 

En María encuentra la respuesta a lo que esperaba. Por eso también le llamamos Ntra Sra de la Esperanza. El “sí” de María es una opción firme y radical, un compromiso total y personal con su Dios. Aceptó su proyecto, sin reserva alguna, en medio del claroscuro de la fe. Con una decisión irrevocable, sin entrar en detalles y sabiendo que con el tiempo se iría perfilando la voluntad de Dios en los detalles de cada día. Porque Ella creía y amaba, por eso mantenía la esperanza en poder serle fiel.

 

Se quedó sola, pero segura, confiada. Por eso también podemos seguir confiando en Ella. Un amigo común nos contaba a los autores de estos comentarios algo relacionado con Ella en días pasados. Nos escribía diciéndonos que habitualmente se relacionaba más con Jesucristo que con María, pero que de último acudía con frecuencia al santuario de la patrona de su pueblo y que allí estaba un tiempo largo en silencio, orando, conversando con los dos al mismo tiempo, unas veces dirigiéndose al Señor, otras a María, pero en perfecta sintonía. Y que salía del templo iluminado, decidido a seguir en la lucha de cada día, sin rendirse. Que se sentía como más seguro, como más escuchado, pues veía en la figura de María a alguien que supo ser fiel, constante y que hizo caso a la Palabra, y que por tanto se sentía como mas acompañado, como mas seguro. Hechos así manifiestan la esperanza que María sigue sembrando en nuestro mundo, la está sembrando en nuestro amigo, y el a su vez se siente más capacitado para seguir con la misma tarea, desde que ha aprendido a dirigirse a los dos, a Jesús y a su Madre, con la misma sintonía.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 8 de Diciembre, 2008, 12:00, Categoría: Comentarios al Evangelio
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