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Noviembre del 2008


Una Iglesia despierta

(Mc 13,33-37):  En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que un hombre que se ausenta deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!».

 

Una Iglesia despierta

José Antonio Pagola

 

http://www.redescristianas.net/2008/11/27/domingo-30-de-noviembre-de-2008-1%c2%ba-de-adviento-ciclo-buna-iglesia-despiertajose-antonio-pagola/

 

Las primeras generaciones cristianas vivieron obsesionadas por la pronta venida de Jesús. El resucitado no podía tardar. Vivían tan atraídos por él que querían encontrarse de nuevo cuanto antes. Los problemas empezaron cuando vieron que el tiempo pasaba y la venida del Señor se demoraba.
Pronto se dieron cuenta de que esta tardanza encerraba un peligro mortal. Se podía apagar el primer ardor.

Con el tiempo, aquellas pequeñas comunidades podían caer poco a poco en la indiferencia y el olvido. Les preocupaba una cosa: «Que, al llegar, Cristo no nos encuentre dormidos».
La vigilancia se convirtió en la palabra clave. Los evangelios la repiten constantemente: «vigilad», «estad alerta», «vivid despiertos». Según Marcos, la orden de Jesús no es sólo para los discípulos que le están escuchando. «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: Velad». No es una llamada más. La orden es para todos sus seguidores de todos los tiempos
Han pasado veinte siglos de cristianismo. ¿Qué ha sido de esta orden de Jesús? ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Seguimos despiertos? ¿Se mantiene viva nuestra fe o se ha ido apagando en la indiferencia y la mediocridad?

¿No vemos que la Iglesia necesita un corazón nuevo? ¿No sentimos la necesidad de sacudirnos la apatía y el autoengaño? ¿No vamos a despertar lo mejor que hay en la Iglesia? ¿No vamos a reavivar esa fe humilde y limpia de tantos creyentes sencillos?

¿No hemos de recuperar el rostro vivo de Jesús, que atrae, llama, interpela y despierta? ¿Cómo podemos seguir hablando, escribiendo y discutiendo tanto de Cristo, sin que su persona nos enamore y trasforme un poco más? ¿No nos damos cuenta de que una Iglesia «dormida» a la que Jesucristo no seduce ni toca el corazón, es una Iglesia sin futuro, que se irá apagando y envejeciendo por falta de vida?

¿No sentimos la necesidad de despertar e intensificar nuestra relación con él? ¿Quién como él puede despertar nuestro cristianismo de la inmovilidad, de la inercia, del peso del pasado, de la falta de creatividad? ¿Quién podrá contagiarnos su alegría? ¿Quién nos dará su fuerza creadora y su vitalidad?

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Noviembre, 2008, 8:23, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Manténganse en pie

(Lc 21,34-36):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

 

Estén en vela, vigilantes y despiertos, oren, sean fuertes, manténganse en pie. Son las instrucciones simbólicas que nos da el Maestro para que nuestros corazones no estén pesados y caigan al suelo, sino que se mantengan con el calor y la viveza suficiente para seguir amando y estando libres.

 

A veces, se dice, que los árboles nos impiden ver el bosque, que lo inmediato no nos deja ver lo urgente, que ofuscados por las múltiples actividades de la vida nos olvidamos de las cosas esenciales y fundamentales. El texto de hoy es una llamada a ello. A que las preocupaciones de la vida no nos emboten, y nos impidan la libertad interior.

 

No es cuestión de quejarnos de cómo andan las cosas, o de lo mal que lo hacen otros. Es cuestión de centrarnos en nuestra propia actitud interior y seguir el camino y la tarea que se nos ha marcado. Es cuestión de, como se comenta advirtió Badem Powel a sus scouts poco antes de morir, dejar el mundo en mejores condiciones de cómo lo hemos encontrado. Es cuestión de pasar por el mundo sin perder el Norte de nuestras vidas. No son cosas catastróficas ni apocalípticas. Despedimos el año litúrgico con esta llamada a vivir la normalidad evangélica del día a día: orando y trabajando

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Noviembre, 2008, 10:26, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Que estás en la tierra, Padre Nuestro

(Lc 21,29-33):  En aquel tiempo, Jesús puso a sus discípulos esta comparación: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

 

Mientras nos preparamos para comenzar el Adviento y agilizar en nosotros la Navidad de cada día, sin olvidarnos de que la higuera tiene que seguir dando sus frutos y como sus palabras no pasarán, lo hacemos con un Padre Nuestro de estos tiempos y de todos, claro está.  El que poemizó Gloria Fuertes, porque queremos seguir saliendo a los caminos de la tierra ofreciendo el reverdecer permanente de los frutos de nuestras cosechas:

 

Que estás en la tierra, Padre Nuestro,
que te siento en la púa del pino,
en el torso azul del obrero,
en la niña que borda curvada
la espalda mezclando el hilo en el dedo.

Padre nuestro que estás en la tierra
en el surco,
en el huerto,
en la mina,
en el puerto,
en el cine,
en el vino,
en la casa del médico.

Padre nuestro que estás en la tierra,
donde tienes tu gloria y tu infierno
y tu limbo que está en los cafés
donde los pudientes beben su refresco.

Padre nuestro que estás en la escuela de gratis
y en el verdulero,
y en el que pasa hambre
y en el poeta, ¡nunca en el usurero!

Padre nuestro que estás en la tierra,
en un banco del Prado leyendo,
eres ese Viejo que da migas de pan a los pájaros del paseo.

Padre nuestro que estás en la tierra,
en el cigarro, en el beso,
en la espiga, en el pecho,
en todos los que son buenos.

Padre que habitas en cualquier sitio.
Dios que penetras en cualquier hueco.
Tú que quitas la angustia, que estás en la tierra,

Padre nuestro que sé que te vemos

los que luego te hemos de ver,
donde sea, o ahí en el cielo.



Gloria Fuertes
(1918-1998
)

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Noviembre, 2008, 12:05, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para la liberación

(Lc 21,20-28): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.

 

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».

 

El texto dedica muchos párrafos a advertirnos de señales catastróficas –suelen ser así casi todos los que hablan de este tema- y termina con unas poquitas palabras con otro calado más positivo, que infunden esperanza y sentimientos de liberación. Ayer pasaba lo mismo con la perseverancia, hoy dándonos ánimo para que andemos con la cabeza erguida, sin miedos, pues está cerca nuestra liberación. Casi todos preferimos quedarnos con lo último, porque es más muchos hemos sentido que de la misma forma que esos retratos de males comunitarios ya están entre nosotros, también lo están los signos de liberación interior y comunitaria. La experiencia personal, si miramos hacia dentro y contemplamos las cosas desde ópticas positivas, también nos lo dice. Y es bueno que dediquemos espacios de tiempo a ello.

 

Y es realmente alentador pensar que ese mundo futuro del que parece nos habla el Evangelio de hoy, se está gestando en la historia, y que la liberación definitiva se va realizando en las liberaciones, tanto personales, como sociales que van teniendo lugar.

 

Nos sentimos impotentes, y lo somos, ante los desastres de la naturaleza. También, pero no debemos serlo, ante los desastres organizados por el propio colectivo humano: el hambre, la guerra, los enfrentamientos. Desde nuestra óptica ello es como un grave pecado que crece cada día, y que nosotros, cada uno desde el sitio que le toca –a veces enviando un email de solidaridad o firmando una protesta contra algo injusto- podemos colaborar en hacer posible la liberación de la que nos habla el Evangelio.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Noviembre, 2008, 8:27, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Con perseverancia

(Lc 21,12-19):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

 

De las dificultades y contratiempos que hemos de vivir por ser coherentes con el mensaje del Evangelio nos advierte Jesús y de todo ello ya, por el transcurso del tiempo, tenemos sobrada experiencia. No siempre es fácil. Nosotros mismos, nuestra comodidad, nuestro propio ego y el ambiente social que nos rodea que nos incita al mínimo esfuerzo, a la competición, al tener para cualificarnos son buena prueba de ello. Muchas veces no hemos de buscar el ambiente hostil más lejos de nosotros mismos. De ahí la insistencia que se nos pone en la actitud de la perseverancia, de la constancia, de la fidelidad.

 

No es sencillo practicar lo que conlleva el amor fraterno, no lo es tampoco vivir el estilo de las Bienaventuranzas. De alguna manera es desentonar de los criterios que rigen el sistema de valores de nuestro mundo y nadar contra corriente. De ahí los choques, la persecución. El antagonismo entre la luz y las tinieblas se reproduce vitalmente. No vale la injusticia, ni el poder por el poder. Hay que negarse al “enchufe”, las influencias, “el peloteo”, las ganancias avariciosas, y habitualmente son cosas que frecuentan por nuestras calles.

 

Y ser testigos del Evangelio no es un acto fortuito y voluntarioso de un momento del día o de un día de la semana, ni tampoco consiste en realizar hechos espectaculares. Es un vivir día a día, y eso es tan largo como la vida misma. Como decía Bernanos, Cristo nos pidió que fuésemos sal de la tierra y no azúcar, y la sal escuece, por eso el día que no escozamos habremos de preguntarnos si hemos dejado de ser cristianos.

Hace unos días leía como convocaban a un foro o reunión de comunidades cristianas con estas reflexiones: “Decía Rahner, con una de esas frases tan características suyas, que la fe nos ayuda a ser más y a ver más. Nuestro Foro pretende, por todos los medios, ayudarnos en esta tarea:

*ser más creyentes, más responsables, más comprometidos, más místicos y más solidarios con los últimos de nuestra sociedad. Y, unido a ello y como consecuencia de ello, estamos llamados a

*ver más: vivir con los ojos y el corazón abiertos a los problemas y retos de nuestro mundo. No podemos ser místicos de ojos cerrados, en feliz frase de Metz.”

Pueden ser estas palabras un buen lema para el reto que nos toca vivir en actitud constante, sin desfallecer, con perseverancia, o lo que es lo mismo en fidelidad.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Noviembre, 2008, 8:21, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Llamados a construir

(Lc 21,5-11): En aquel tiempo, como dijeran algunos acerca del Templo que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».

Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Estad alerta, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato». Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo».

 

Algo que sigue preocupando a mucha gente: el fin del mundo. Y a juzgar por algunas de las señales que se indican en el texto ya hace tiempo que se debía haber realizado. Son señales apocalípticas, de grandes catástrofes, que unos y otros hemos sufrido o estamos sufriendo, unos con más intensidad ciertamente. Pero en el contexto del texto parece que lo que toca es construir el Reino de Dios, sin pensar tanto en su fin en el mundo. Es una llamada a estar alertas, a ser constantes, a perseverar, a luchar de manera continuara. Los signos de que se nos hablan son más bien una llamada a recordarnos nuestra condición de peregrinos y a que, liberándonos de temores y miedos, sigamos avanzando sabiendo que es mucho lo que nos queda por delante en orden a transformaciones personales, sociales, laborales o familiares. Es como una invitación a vivir y trabajar como si el día del Señor fuera mañana, colaborando y poniendo entusiasmo para que nuestra tarea no quede sin terminar.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Noviembre, 2008, 7:51, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Importa la calidad

(Lc 21,1-4): En aquel tiempo, alzando la mirada, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir».

 

Compartir de lo que tenía y necesitaba, es lo que hizo la viuda y es lo que valora Jesús. No la ostentación. Lo pequeño, lo que pasa desapercibido, la calidad eso es lo que importa, no solo en los donativos o mal llamadas limosnas, sino en nuestra entrega diaria, en nuestro quehacer de cada día, en nuestra actitud interior que luego se refleja en los hechos de nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos. No es lo más grande, lo que pesa más, la cantidad lo que vale. No es el poder sobre grandes decisiones en la vida de los pueblos, que también, sino las decisiones pequeñas de cada momento e instante de nuestra vida, hechas con el acierto de un buen espíritu que no busca el egoísmo y la satisfacción personal sino la paz y la armonía con todos y con el Universo.

 

Dios valora la generosidad, no la cantidad que se comparte. Lo que importa no es dar, sino darse. Las dos moneditas de la viuda son también hoy un gesto de amistad, una palabra de aliento, el saber dar en un momento determinado la cara por el otro, el demostrar nuestra solidaridad ante el sufrimiento de los demás, los segundos que invertimos en nuestro tiempo para escuchar, para acompañar. Parecen pequeñeces, pero esas pequeñeces con calidad es lo que Jesús valora de aquella viuda y de cada uno de nosotros.

 

Hoy que tanto se valora la calidad y hay normas que las premian y criterios que establecen dichas normas, es cuando también se nos recuerda uno de los criterios de la norma de calidad del Evangelio: vale lo pequeño, lo insignificante, lo que casi no se ve. No solo para las cosas que hacemos, sino también para la apreciación de las personas. Quizá por eso fue aquello de “dichosos los pobres”, o “los últimos serán los primeros”.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Noviembre, 2008, 7:46, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un juicio extraño

(Mt 25,31-46):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.

»Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’. Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber?’. ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’. Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’.

»Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis’. Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’. Y Él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

 Un juicio extraño

José Antonio Pagola

http://www.redescristianas.net/2008/11/20/domingo-23-de-noviembre-34-del-tiempo-ordinario-un-juicio-extranojose-antonio-pagola/


Las fuentes no admiten dudas. Jesús vive volcado hacia aquellos que ve necesitados de ayuda. Es incapaz de pasar de largo. Ningún sufrimiento le es ajeno. Se identifica con los más pequeños y desvalidos y hace por ellos todo lo que puede. Para él la compasión es lo primero. El único modo de parecernos a Dios: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».

¿Cómo nos va a extrañar que, al hablar del Juicio final, Jesús presente la compasión como el criterio último y decisivo que juzgará nuestras vidas y nuestra identificación con él? ¿Cómo nos va a extrañar que se presente identificado con todos los pobres y desgraciados de la historia?
Según el relato de Mateo, comparecen ante el Hijo del Hombre, es decir, ante Jesús, el compasivo, «todas las naciones». No se hacen diferencias entre «pueblo elegido» y «pueblo pagano».

Nada se dice de las diferentes religiones y cultos. Se habla de algo muy humano y que todos entienden: ¿Qué hemos hecho con todos los que han vivido sufriendo?


El evangelista no se detiene propiamente a describir los detalles de un juicio. Lo que destaca es un doble diálogo que arroja una luz inmensa sobre nuestro presente, y nos abre los ojos para ver que, en definitiva, hay dos maneras de reaccionar ante los que sufren: nos compadecemos y les ayudamos, o nos desentendemos y los abandonamos.

El que habla es un Juez que está identificado con todos los pobres y necesitados: «Cada vez que ayudasteis a uno de estos mis pequeños hermanos, lo hicisteis conmigo». Quienes se han acercado a ayudar a un necesitado, se han acercado a él. Por eso han de estar junto a él en el reino: «Venid, benditos de mi Padre».

Luego se dirige a quienes han vivido sin compasión: «Cada vez que no ayudasteis a uno de estos pequeños, lo dejasteis de hacer conmigo». Quienes se han apartado de los que sufren, se han apartado de Jesús. Es lógico que ahora les diga: «Apartaos de mí». Seguid vuestro camino…
Nuestra vida se está jugando ahora mismo. No hay que esperar ningún juicio. Ahora nos estamos acercando o alejando de los que sufren. Ahora nos estamos acercando o alejando de Cristo. Ahora estamos decidiendo nuestra vida.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Noviembre, 2008, 23:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un Dios de vivos

(Lc 20,27-40):  En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven».

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

 

Es una pregunta trampa, hecha por los saduceos casi  en son de burla.

Nuestra vida después de la muerte, es otra "vida", y el ser humano será el mismo.  Por ello, esencialmente la forma de nuestra felicidad  ha de ser también la misma. Y si en ésta, la hemos cifrado  en el amor,  no podemos olvidar  "que la caridad no pasa nunca". Somos hijos de la resurrección, porque Dios es un Dios de vivos.

 

Son preguntas y cuestiones difíciles de plantear, porque detrás de todo está la fe. Mucha gente dice que no sabemos lo que pasará, que nadie ha venido después de muerto para explicarnos lo que pasa en la otra vida, y si hay otra o no. La mejor explicación nos la ha dejado el Nuevo Testamento describiéndonos ese espacio como algo vital donde ya no habrá muerte ni llanto ni dolor ni luto, todo estará en armonía universal. No tendremos problemas de racismo ni discriminación, ni habrá que pelear para que se favorezcan los derechos humanos, ni tampoco tendremos los problemas de dislocación que hoy existen con el medio ambiente. Será la vida corriendo y discurriendo en abundancia, donde Dios demostrará con creces que es un Dios de vida.

 

Es lo contrario a la muerte que se vive y domina actualmente el espacio de la República del Congo en una situación que sus obispos describen como un genocidio silencioso, donde la nación entera llora a sus hijos y no quiere consolarse. Es un espacio donde deseamos de manera especial que la resurrección, la otra vida pero ya presente en este mundo y en esta realidad histórica que vivimos, se haga realidad. Todo el mundo ganará mas con un Congo en paz que con un Congo en guerra. Como todos creceremos más con la fuerza presente de un Dios de vivos y no un Dios de muertos. Todos necesitamos de la esperanza, y esto es lo que nos da el texto de hoy, junto con una llamada, como siempre, al amor que es el único que sostiene la Vida que sabemos nos viene de Dios.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Noviembre, 2008, 10:03, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Una casa de oración

Lc 19,45-48): En aquel tiempo, entrando Jesús en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: ‘Mi Casa será Casa de oración’. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!». Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

 

 

Utilizar la fe, la relación personal con Dios, la religión, sea cual fuere, para intereses personales, bien sea ideológicos o crematísticos es algo detestable. Y Jesús lo deja hoy bien claro: Mi casa será casa de oración, y no una cueva de bandidos. Con frecuencia tanto colectiva como personalmente hemos mezclado cosas en nuestra historia de creyentes como personas y como pueblo que no deberíamos haber mezclado, llegando incluso, como sabemos, a la provocación de guerras por la religión profesada o a condenas y ajusticiamientos de personas que no pensaban como nosotros. Todo ello es condenable, y lo sigue siendo. Porque la tentación siempre está presente. No somos los poseedores de la verdad absoluta para condenar a otros en virtud de nuestras creencias. Por eso era admirado Jesús, y lo sigue siendo incluso en aquellos que no creen en su divinidad: por su amor a la libertad tanto personal, la verdad le hacía libre, como a la libertad de los demás, a nadie obligaba y nos invitaba a no condenar.

 

En aquellos días aprovechaban el sacrificio de animales, como ritual religioso, para hacer negocios. En estos días aprovechamos también devociones privadas o populares para compra- ventas. Jesús trae otro estilo: una casa de oración, es decir de relaciones personales no solo entre las personas y Dios sino de los seres humanos entre sí. Y relaciones fundamentadas, como irá aclarando poco a poco, en la fraternidad y no en la maledicencia. Y estas cosas encantaba a la gente, pues todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

 

Una casa de oración donde Dios, el ser humano y el mundo se mezclan, pues orar es también eso: entrar en la dinámica de una relación interpersonal, y en el caso que nos ocupa nunca puede ser solo unilateral entre la persona y Dios, pues nos ha advertido de múltiples modos que esa relación es un triángulo, como una especie de trinidad, donde entran los demás, es decir el mundo, la sociedad, con todos sus gozos y esperanzas, también con todos sus problemas y sufrimientos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Noviembre, 2008, 7:59, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Talentos, "minas" y derechos humanos

 

(Lc 19,11-28):   En aquel tiempo, Jesús estaba cerca de Jerusalén y añadió una parábola, pues los que le acompañaban creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: ‘Negociad hasta que vuelva’. Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: ‘No queremos que ése reine sobre nosotros’.

»Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: ‘Señor, tu mina ha producido diez minas’. Le respondió: ‘¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades’. Vino el segundo y dijo: ‘Tu mina, Señor, ha producido cinco minas’. Dijo a éste: ‘Ponte tú también al mando de cinco ciudades’. Vino el otro y dijo: ‘Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste’. Dícele: ‘Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues, ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses’.

»Y dijo a los presentes: ‘Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas’. Dijéronle: ‘Señor, tiene ya diez minas’. ‘Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí’».

Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.

Es una repetición de la parábola de los talentos recién comentada en días pasados. Se nos ocurre que en lugar de talentos que se nos entregan o minas que se nos dan para que los desarrollemos y negociemos, pongamos hoy, con el lenguaje actual, el vocablo “derechos humanos”. Hace ya 60 años que los así conocidos se oficializaron en el planeta. Y todavía es necesario dar ejemplo de ellos, no solo los que tienen el poder sino también los que lo sufrimos, el poder nos referimos. Son una especie de recopilación de reconocimientos básicos para que el ser humano camine con dignidad en nuestro mundo, dondequiera que se encuentre, sea en Somalia o Argentina, sea en España o en el Vaticano. ¿Se ha negociado con ellos haciéndolos crecer o se han convertido en papeles mojados –nunca mejor dicha esta expresión por lo de los inmigrantes a quienes se les llama también así-¿

         Nos hemos ocupado y preocupado más del individuo, de cada uno, del individualismo, del neoconservadurismo, y nos hemos dedicado a conservar lo que cada uno en particular tiene, goza o disfruta sin hacer negociar las minas o talentos, en este caso los derechos humanos, para todos. Nos predicamos a nosotros mismos y disfrutamos de lo de cada uno, olvidando que las minas y talentos son para todos. Nunca mejor dicho en este caso, los derechos humanos para todos. El mensaje evangélico de hoy podría ser una llamada a seguir poniéndonos en movimiento, a no pararnos, para que lleguen a todos. Aunque solo fuese predicando con el ejemplo

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Noviembre, 2008, 8:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Zaqueo

 (Lc 19,1-10): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.

 

Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».

 

Jesús da el primer paso. Zaqueo es el símbolo de todo hombre necesitado de salvación, que en el fondo, "buscaba" la amistad de Jesús. La busca sin saberlo, y sale al paso del Señor, agazapado entre las hojas del árbol  (perdiendo así su compostura social ).

Jesús se autoinvita, y es una señal de amistad compartir con Zaqueo la mesa.

La amistad tiende siempre un puente que acerca e iguala a los amigos. Jesús da el primer paso, y Zaqueo responde regalando sus bienes a los pobres para acercarse a Jesús.

Es la historia de todas las vidas... La iniciativa, la llamada, es siempre de Dios.

Nuestra respuesta, es la entrega a los demás, dándonos nosotros y repartiendo lo  que tenemos.

 

Nota: ver también si puedes comentario de Enric Rivas en http://www.evangeli.net/evangelio.html?start=audio

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Noviembre, 2008, 8:46, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No enterrar nuestra responsabilidad

(Mt 25,14-30):   En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó.

»Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor.

»Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado". Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor".

»Llegándose también el de los dos talentos dijo: "Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado". Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor".

»Llegándose también el que había recibido un talento dijo: "Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo". Mas su señor le respondió: "Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes"».

NO ENTERRAR NUESTRA RESPONSABILIDAD
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 12/11/08.- La parábola de los talentos es un relato abierto que se presta a lecturas diversas. De hecho, comentaristas y predicadores la han interpretado con frecuencia en un sentido alegórico orientado en diferentes direcciones. Es importante que nos centremos en la actuación del tercer siervo, pues ocupa la mayor atención y espacio en la parábola.

Su conducta es extraña. Mientras los otros siervos se dedican a hacer fructificar los bienes que les ha confiado su señor, al tercero no se le ocurre otra cosa que «esconder bajo tierra» el talento recibido para conservarlo seguro. Cuando el señor llega, lo condena como siervo «negligente y holgazán» que no ha entendido nada. ¿Cómo se explica su comportamiento?

Este siervo no se siente identificado con su señor ni con sus intereses. En ningún momento actúa movido por el amor. No ama a su señor, le tiene miedo. Y es precisamente ese miedo el que lo lleva a actuar buscando su propia seguridad. Él mismo lo explica todo: «Tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra».

Este siervo no entiende en qué consiste su verdadera responsabilidad. Piensa que está respondiendo a las expectativas de su señor, conservando su talento seguro, aunque improductivo. No conoce lo que es una fidelidad activa y creativa. No se implica en los proyectos de su señor. Cuando éste llega, se lo dice claramente: «Aquí tienes lo tuyo».

Cuando se piensa que el cristianismo ha llegado a un punto en el que lo único o lo primordial es «conservar» y, no tanto, buscar con coraje y confianza en el Señor, caminos nuevos para acoger, vivir, y anunciar su proyecto del reino de Dios, estamos olvidando cuál es nuestra verdadera responsabilidad.

Si nunca nos sentimos llamados a seguir las exigencias de Cristo más allá de lo enseñado y mandado siempre; si no arriesgamos nada por hacer una Iglesia más fiel a Jesús; si nos mantenemos ajenos a cualquier conversión que nos pueda complicar la vida; si no asumimos la responsabilidad del reino como lo hizo Jesús, buscando «vino nuevo en odres nuevos», es que necesitamos aprender la fidelidad activa, creativa y arriesgada a la que nos invita su parábola.  Fuente: www.eclesalia.net

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Noviembre, 2008, 9:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Orar siempre sin desfallecer

(Lc 18,1-8):  En aquel tiempo, Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’».

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

 

Orar siempre sin desfallecer, es el llamado que nos hace el Evangelio del día. Ello no solo es esperar que Dios haga lo que a nosotros nos falta o no podemos, sino también el compromiso personal de hacer nuestra la causa del Reino de Dios. Es pedir, es dar gracias, es reconocer, es comprometerse. No es traspasar a Dios nuestras responsabilidades, sino ponernos a disposición suya para seguir haciendo un mundo mejor. Y hacemos todo ello hoy explícito con esta oración que hemos recibido de nuestra amiga Diana:

 

DIOS ETERNO

A veces te fallé, mas tú fuiste fiel,
Tu gracia me levantó, me basta tu amor,
Dios eterno, tu luz por siempre brillará
Y tu gloria, incomparable sin final.

Señor, tu voluntad permanecerá,
En ti me quiero perder en adoración,
Dios eterno, tu luz por siempre brillará
Y tu gloria, incomparable sin final.

De mi corazón te doy el control,
Consume todo mi interior, Dios.
Justicia y amor me abrazan, Señor,
Te amo desde mi interior.

Dios eterno, tu luz por siempre brillará,
Y tu gloria, incomparable sin final.
El clamor de mi ser es contigo estar

Desde mi interior mi alma clamará.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Noviembre, 2008, 10:58, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Invertir en valores de convivencia

(Lc 17,26-37):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste.

 

»Aquel día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada». Y le dijeron: «¿Dónde, Señor?». Él les respondió: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres».

 

 

Quien intente guardar su vida, la perderá. De alguna forma, el texto de hoy nos está remitiendo a lo de siempre: la vida hay que darla. Estamos llamados al amor, a saber vivir con y para los demás. Es, podríamos decir, uno de los principios de la convivencia entre personas, entre los ciudadanos. Hasta de norma ética podríamos calificarla. Vivimos en sociedad, intercambiándonos servicios o favores, hoy por ti y mañana por mí. Todos nos necesitamos los unos a los otros. Por eso también quien guarde sus cosas, su vida, sus pensamientos, sus acciones solo para el mismo, perderá parte importante de su vida, y ni siquiera sabrá recibir lo que de los otros necesita.

 

Si vivimos en sociedad, los cristianos en comunidad, algo nos debe unir. Una corriente de unidad debe fluir entre nosotros. Potenciar esos lazos es tarea de un buen ciudadano, y el compromiso de un cristiano serio. Y los talentos y valores que hemos recibido y que Dios nos ha dado, hemos de compartirlos con los que nos rodean. De lo contrario, si los guardamos, los perderemos. Hay que invertirlos. Sabiendo que en este caso es diferente al movimiento de las bolsas que suben y bajan, siempre sube la inversión. Solo baja si no invertimos. Quien lo guarde, lo perderá. Invertir, pues, en valores de convivencia, de servicio, de fraternidad.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Noviembre, 2008, 8:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Más acerca del Reino de Dios

(Lc 17,20-25):  En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús cuándo llegaría el Reino de Dios. Él les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Vedlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros».

Dijo a sus discípulos: «Días vendrán en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: ‘Vedlo aquí, vedlo allá’. No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero, antes, le es preciso padecer mucho y ser reprobado por esta generación».

 

 

También los judíos contemporáneos de Jesús esperan la llegada del Reino,  un reino político, sí, un Mesías de gran relevancia  y fuerza social,  a  la vez que los discípulos sufren la misma equivocación. Y por esa idea que tienen, no entienden las palabras del Maestro que les ha dicho en alguna ocasión "mi Reino no es de este mundo".

 

Cómo es el Reino de Cristo,  lo cantamos a veces en la liturgia y decimos, "es un Reino de verdad y de vida,  de justicia, de amor y de paz".

 

Y ese Reino, el Reino de Dios, existe  donde reinan los valores humanos, que son al mismo tiempo divinos  (las bienaventuranzas), allí donde las personas viven con dignidad  y grandeza moral, que es donde se vive el amor y con amor.

 

No viene en días especiales. Está ya entre nosotros, pero con espíritu de servicio y de amor hay que construirlo. Es un poco duro en muchas ocasiones, por eso se habla de que tendremos que padecer y ser reprobados. Es sufrir un poquito en ocasiones. Como los mozos de equipaje que nos  habla José Luis Martín Descalzo:” Todos los que sienten vocación de servicio- sea cual fuere su profesión- son un poco mozos de equipaje. Y que todos sienten esa extraña mezcla de cansancio y de alegría. Al fin me parece que en la vida no hay más que un problema: vives para ti mismo o vives para ser útil. Vivir para ser útil es caro, fecundo y hermoso. Pues en el fondo todos somos egoístas. Al fin y al cabo, ¿qué queremos todos sino ser queridos? Por mucho que nos disfracemos, nuestra alma lo único que hace es mendigar amor. Sin él vivimos como despellejados. Y se vive mal sin piel. Por eso el mundo no se divide en egoístas y generosos, sino en egoístas qu ese rebozan en su propio egoísmo y en otros egoístas que luchan denodadamente por salir de si mismos, aun sabiendo que pagarán caro el precio de preferir amar a ser amados”. Sí, se paga caro construir el Reino, cuesta esfuerzo, hay que padecer y en ocasiones ser reprobados

Por arquina - 13 de Noviembre, 2008, 11:10, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hemos hecho lo que debíamos hacer

(Lc 17,7-10):  En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

 

Hacer lo que tenemos que hacer en cada momento es nuestro deber y nuestro trabajo. No tiene premio ni recompensa. Hemos hecho lo que debíamos hacer. Es como el “de nada” que respondemos a quien nos da las gracias por cualquier acción que hayamos realizado en su favor.

 

Y así de boca en boca, de ejemplo en ejemplo, de testimonio en testimonio nos ha llegado el Mensaje del Reino y así seguirá llegando a mucha más gente. Como la abuela que cuenta al nieto o que reza junto al mismo. Va sembrando, y algo queda que irá creciendo con el tiempo o que la memoria en un momento concreto refrescará. Han hecho simplemente lo que debían hacer, lo que les salía del corazón.

 

Hasta en las obras de arte o en las visitas a un museo. ¡Cuántas veces nos hemos quedado pensando, ha llegado a nosotros un pensamiento positivo, hemos interiorizado algo, viendo una estatua concreta, un cuadro, una pintura que ha despertado en nosotros los sentimientos más nobles, incluso espirituales y de recuerdos evangélicos¡

 

Habrá que seguir en esa misma batalla, librando el mismo combate, conservando la fe que nos motiva para que otros también sigan el camino emprendido. Lo recibido de otros es como una herencia que obliga a seguirlo transmitiendo. No se trata de realizar acciones extraordinarias. Simplemente ser útiles a los demás en nuestro quehacer de cada día. Con humildad y sencillez: solo hemos hecho lo que teníamos que hacer.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Noviembre, 2008, 8:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Aumenta nuestra fe

(Lc 17,1-6):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos.

»Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás.

Dijeron los apóstoles al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido».

 

Perdón, fe, espíritu de oración. No por este orden, todas juntas, entremezcladas. Es una amalgama del espíritu creyente del que Jesús nos habla hoy en su texto, que queda rubricado, ante las dificultades con las que cada día solemos encontrarnos, con aquel famoso “Creo, Señor, pero aumenta mi fe”. Algo necesario que ha de estar siempre presente en nuestro corazón para poder seguir avanzando. Porque perdonar, obrar el bien, hacer la justicia para evitar escandalizar requiere de constancia y de mucha fe. Somos avanzadilla en el mundo y no podemos ir poniendo traspies o haciendo tropezar a los demás con nuestra mala conducta, con nuestro falso testimonio, con nuestras posturas egoístas.

 

El camino no es fácil, hay que actuar así siempre, “no siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Solo el que cree es capaz de ello. Algo diferente a creer lo que no se ve, algo más parecido con la adhesión personal a Alguien a quien seguimos amistosamente, con toda confianza. Es llegar a poder decir: “Sé de quien me he fiado”. Como si embajadores, en quienes se ha confiado la total delegación, fuéramos.

 

Aumenta, Señor, nuestra fe, hasta que podamos experimentar que vivimos, no nosotros, sino Cristo quien vive en nosotros. Danos valor en medio de las dificultades, rechazos, indiferencias, contracorrientes. Empújanos para saber avanzar sin retroceder un palmo.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 10 de Noviembre, 2008, 9:26, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Encender las lámparas

 

Domingo 9 de Noviembre, 32 del tiempo ordinario: Encender las lámparas
José Antonio Pagola

http://www.redescristianas.net/2008/11/06/domingo-9-de-noviembre-32-del-tiempo-ordinario-encender-las-lamparasjose-antonio-pagola/#more-13301


Entre los primeros cristianos había, sin duda, discípulos «buenos» y discípulos «malos». Sin embargo, al escribir su evangelio, Mateo se preocupa sobre todo de recordar que, dentro de la comunidad cristiana, hay discípulos «sensatos» que están actuando de manera responsable e inteligente, y hay discípulos «necios» que actúan de manera frívola y descuidada. ¿Qué quiere decir esto?
Mateo lo explica al recoger dos parábolas de Jesús.

La primera es muy clara. Hay algunos que «escuchan las palabras de Jesús», y «las ponen en práctica». Toman en serio el Evangelio y lo traducen en vida. Son como el «hombre sensato» que construye su casa sobre roca. Es el sector más responsable: los que van construyendo su vida y la de la Iglesia sobre la autenticidad y la verdad de Jesús.

Pero hay también quienes escuchan las palabras de Jesús, y «no las ponen en práctica». Son tan «necios» como el hombre que «edifica su casa sobre arena». Su vida es un disparate. Construyen sobre el vacío. Si fuera sólo por ellos, el cristianismo sería pura fachada, sin fundamento real en Jesús.
Esta parábola nos ayuda a captar el mensaje fundamental de otro relato en el que un grupo de jóvenes salen, llenas de alegría, a esperar al esposo, para acompañarlo a la fiesta de su boda. Desde el comienzo se nos advierte que unas son «sensatas» y otras «necias».

Las «sensatas» llevan consigo aceite para mantener encendidas sus lámparas; las «necias» no piensan en nada de esto. El esposo tarda, pero llega a medianoche. Las «sensatas» salen con sus lámparas a iluminar el camino, acompañan al esposo y «entran con él» en la fiesta. Las «necias», por su parte, no saben cómo resolver su problema: «se les apagan las lámparas». Así no pueden acompañar al esposo. Cuando llegan es tarde. La puerta está cerrada.

El mensaje es claro y urgente. Es una insensatez seguir escuchando el Evangelio, sin hacer un esfuerzo mayor para convertirlo en vida: es construir un cristianismo sobre arena. Y es una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es esperar a Jesús con las «lámparas apagadas». Jesús puede tardar, pero no podemos retrasar más nuestra conversión.

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 9 de Noviembre, 2008, 9:28, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Señor, ayúdame

Hoy que el Evangelio del día – Lc 16,9-15- nos invita a centrar nuestra vida en el Mensaje de Jesús y en la adhesión a su persona –“Nadie puede servir a dos señores, o amará a Dios o amará al dinero, pero no a los dos juntos”, y, sabiendo lo difícil que es, pidamos juntos, cada uno desde su sitio, al Señor que nos ayude a ser fieles a su mensaje con esta oración universal de Ghandi

 

SEÑOR AYUDAME

 

 

Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes
y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.

Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla,
no me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo.

Enséñame a querer a la gente como a mi mismo

y a no juzgarme como a los demás.
No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso. Más bien recuérdame que el fracaso

es la experiencia que precede al triunfo.

Enséñame que perdonar es lo más grande del fuerte
y que la venganza es la señal del débil.

Si me quitas el éxito, déjame fuerza para triunfar del fracaso.
Si yo faltara a la gente, dame valor para disculparme
y si la gente faltara conmigo dame valor para perdonar.
Señor, si yo me olvido de ti, no te olvides de mí.

MAHATMA GANDHI

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 8 de Noviembre, 2008, 11:17, Categoría: Reflexiones creyentes
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