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Julio del 2008


Verano, vacaciones, Agosto...,un tiempo diferente

En España, de donde somos los autores de estos comentarios o reflexiones creyentes desde el Evangelio de cada día, es verano. Es un tiempo donde nos cambian las costumbres y los ritmos, y que sobre todo en la familia todo se hace diferente con las vacaciones. No podremos, pues, estar presentes todos los días en este espacio. Nuestros cuerpos también necesitan descanso, movimiento, otras habilidades para que nuestro espíritu también siga viviendo en armonía y equilibrio interior. Nos veremos aquí, pues, no todos los días, sino de vez en cuando, en los momentos en que ambos coincidamos, pues como saben no vivimos en la misma ciudad ni en la misma provincia. Hasta esos pequeños momentos que continúen luego con nuestro encuentro diario, salud y que el espíritu de fraternidad y de sentido evangélico que queremos imprimir en nuestras vidas nos acompañen también en los días de descanso

Por arquina - 26 de Julio, 2008, 8:46, Categoría: Testimonios
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El tiempo de Dios

El Evangelio de hoy nos vuelve a hablar, en parábolas, del comienzo de la del sembrador. Nunca se cansa de sembrar, hemos comentado recientemente, nuestro Dios. Para ayudarnos a pensar en ese texto conocido traemos hoy a colación unas reflexiones que aporta nuestra amiga y hermana Ninfa Duarte sobre EL TIEMPO DE DIOS, en un texto de Ignacio Larrañaga, el tiempo de su siembra que es cada día, nos recuerda:

...Frecuentemente, nosotros vivimos tratando de

retener aquello que se nos escapa, deseando aquello

que nos falta y echando de menos lo que no tenemos.

Vivimos en un pasado que ya no existe

y en un porvenir que todavía no ha llegado,

lleno de inquietas nostalgias y engañosos espejismos,

 olvidándonos

de que sólo el hoy y el ahora son

 EL TIEMPO DE DIOS,

grávido de posibilidades...!

Vivamos el hoy tomados de las manos,

para no lamentar mañana…

(Ignacio Larrañaga)

Gracias, Ninfa

Gracias, Ninfa

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Julio, 2008, 11:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Una mujer, Magdalena

(Jn 20,1-2.11-18):   El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

 

Es una mujer, si famosa por algo por ser pecadora, y es la primera persona que va a visitar al sepulcro. Valga como ejemplo en momentos que se habla sobre el papel de la mujer en la sociedad, en las comunidades, en la Iglesia. Valga como señal de que en el contexto socio cultural de los tiempos históricos en que vivió Jesús, la mujer sale siempre bien puesta y en su lugar. Es la primera persona que se interesa por dar compañía a Jesús después de muerto. Y es la primera que recibe la noticia de que está vivo, de que la muerte no ha triunfado en su persona. Da que pensar a la hora de concretar cosas y cuestiones en nuestro mundo complejo y en todas sus instancias tanto seculares como religiosas.

 

Y reconoce al Señor cuando éste la llama por su nombre. Es fruto de una experiencia de relación personal que hoy solo conseguimos a través de lo que llamamos la oración. Es también la primera persona que se pone en camino para anunciar la Resurrección, el mensaje central del Evangelio que por eso mismo sigue vivo hoy entre nosotros. Porque gente, como Magdalena, fueron capaces de ser sus testigos. Seguirá vivo entre los que nos sucedan si nosotros, como ella, seguimos siendo también, hombres y mujeres, sus testigos.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Julio, 2008, 8:31, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Signos y señales

(Mt 12,38-42):   En aquel tiempo, le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Mas Él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón».

 

 

Señales y signos son los que piden. Algo extraordinario. Antes y ahora. Casi siempre caemos en la misma tentación. No basta el recto proceder de cada día, la constancia en el quehacer diario. Es necesario algo extraordinario. Y los que solo hacen cosas paranormales no llegan a ser normales. Cuando no es convertir las piedras en pan es tirarse de la torre más alta al suelo sin hacerse daño. Ni los unos ni los otros quisieron entender la señal que el Maestro daba cada día: morir a si mismos para darse a los demás.

 

También nosotros incurrimos con frecuencia en ese mismo error de los judíos. El querer hacer depender nuestra fe de hechos concretos, sin caer en la cuenta de que esos hechos no nos dan la fe, sino que es ésta quien nos motiva al actuar y hacer de cada día. La actitud de fe es la que es capaz de hacer los mayores milagros. Y ello a través de nuestro amor y de nuestra entrega.

 

Como en el caso de Jesús que la significa con la muerte en cruz. Se dió a fondo perdido y por eso al tercer día resucitó. Ninguna señal mejor. Pero ésta, que aparece gloriosa y majestuosa, fue posible porque día a día iba muriendo a si mismo para darse a los demás.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Julio, 2008, 9:44, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Creciendo, con el trigo y la cizaña

(Mt 13,24-43):  En aquel tiempo, Jesús propuso a las gentes otra parábola, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña.

»Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’. Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto’. Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’. Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero’».

Otra parábola les propuso: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas».

Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo».

Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: «Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo».

Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo». Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Una semilla que crece junto a la cizaña que también hace lo mismo. Un grano de mostaza que es pequeño y tiempo más tarde adquiere su valor. Un trozo de levadura aparentemente sin importancia pero que fermenta la masa. Las parábolas de Jesús son hoy una llamada a descubrir como en la vida todo está llamado a crecer, y que la naturaleza, sabia de por sí misma, hace que las cosas crezcan, pero con tiempo, con calma, dedicándole paciencia. No está el labrador apurando todos los días a la semilla para que crezca sino que, regándola, tratándola con paciencia, deja pasar el tiempo hasta que aparezca su fruto.

 

Para nosotros los apurados, que queremos soluciones inmediatas a todo, tanto problemas sociales como problemas personales o familiares, nos viene bien esta llamada a saber estar, a saber ser pacientes, a tener calma, a vivir la vida con mayor realismo, no solo para nosotros mismos sino también para los demás. Los otros no crecerán porque nosotros les apuremos, o nos pongamos exigentes. Dejemos, haciendo cada uno su trabajo con honestidad y honradez, que la vida siga su curso y que los demás también lo hagan. La cizaña arrancada a destiempo puede también causar sus males. No somos nosotros los que hemos de condenar ni juzgar, solo acompañar y estar vigilantes. La tolerancia y el respeto son actitudes a fomentar y que están por detrás del trigo y la cizaña que crecen juntos, hasta que llegue su tiempo. Todo a su tiempo, como decimos. Somos fáciles para ver lo malo en el otro, y olvidarnos de mirarnos al espejo. Casi podríamos decir que no hay trigo limpio, en la realidad social y personal siempre hay trigo y cizaña. Atentos, pues

 

Habrán tiempos fáciles y otros que no tanto, tiempos que nos movamos con comodidad y soltura y otros en que estemos mas atados a dificultades, tiempos en que todo camina a lo ancho y otros en los que hay que sujetarse el cinturón porque la vía es más estrecha, tiempos donde prima la alegría y otros en que la tristeza se apodera de nosotros, pero en todos ellos, la paciencia, la constancia, la calma, la serenidad, la honestidad personal hará, con la gracia de Dios que es el trabajo de la naturaleza, que las cosas den su fruto. Mientras, hay que seguir sembrando también con constancia, de ahí la honestidad y la responsabilidad.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Julio, 2008, 8:48, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como fermento

...le seguían las muchedumbres, -dice el texto evangélico de hoy- pues hacía entre ellas como fermento que transforma la realidad...

COMO FERMENTO

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 16/07/08.- Jesús lo repetía una y otra vez: ya está aquí Dios tratando de trasformar el mundo; su reinado está llegando. No era fácil creerle. La gente esperaba algo más espectacular: ¿dónde están las «señales del cielo» de las que hablan los escritores apocalípticos? ¿Dónde se puede captar el poder de Dios imponiendo su reinado a los impíos?

Jesús tuvo que enseñarles a captar su presencia de otra manera. Todavía recordaba una escena que había podido contemplar desde niño en el patio de su casa. Su madre y las demás mujeres se levantaban temprano, la víspera del sábado, a elaborar el pan para toda la semana. A Jesús le sugería ahora la actuación maternal de Dios introduciendo su «levadura» en el mundo.

Con el reino de Dios sucede como con la «levadura» que una mujer «esconde» en la masa de harina para que «todo» quede fermentado. Así es la forma de actuar de Dios. No viene a imponer desde fuera su poder como el emperador de Roma, sino a trasformar desde dentro la vida humana, de manera callada y oculta.

Así es Dios: no se impone, sino trasforma; no domina, sino atrae. Y así han de actuar quienes colaboran en su proyecto: como «levadura» que introduce en el mundo su verdad, su justicia y su amor de manera humilde, pero con fuerza trasformadora.

Los seguidores de Jesús no podemos presentarnos en esta sociedad como «desde fuera» tratando de imponernos para dominar y controlar a quienes no piensan como nosotros. No es ésa la forma de abrir camino al reino de Dios. Hemos de vivir «dentro» de la sociedad, compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual, y aportando nuestra vida trasformada por el Evangelio.

Hemos de aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos fieles de Jesús. Lo que necesita la Iglesia no es más poder social o político, sino más humildad para dejarse trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano.

http://www.eclesalia.net

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Julio, 2008, 9:35, Categoría: Reflexiones creyentes
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La religión de y para las personas

(Mt 12,1-8):   En aquel tiempo, Jesús cruzaba por los sembrados un sábado. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado». Pero Él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».

 

Una vez mas nos lo deja bien claro: los ritos, las organizaciones, los templos, las leyes, las normas son para servir a las personas y no al revés. Y no terminamos de entenderlo. Ni siquiera en organizaciones esotéricas que pregonan la libertad individual se han dado cuenta. Anteponen costumbres, cosas que en un momento eran normales pero que el progreso de los tiempos las ha hecho cambiar al verdadero sentido que es la búsqueda del bien, de la verdad, de la fraternidad. Ni siquiera nosotros, la comunidad cristiana, que tenemos orientaciones precisas en torno a estos temas. Lo primero de todo son las personas. También lo dicen algunos gobiernos que dicen gobernarnos, pero cuando se hacen evaluaciones han primado sus intereses y los servicios a las ideologías partidarias que el servicio al bien de las personas, sobre todo de las más débiles y necesitadas.

 

Más allá de la casuística está la realización de la caridad, de la justicia, del dar de comer al que tiene hambre, y libertad al que está oprimido. Es misericordia lo que viene a traer, no sacrificio, pues el Hijo del Hombre es señor del sábado. No tiene sentido el sufrimiento por el sufrimiento ni los sacrificios inútiles. La misericordia y todo lo que conlleva está por encima del culto y los sacrificios. El perdón y la ternura que podemos dar cada día está más allá de cualquier norma que nos oriente a la limosna. Lo contrario es el legalismo vacío que nos lleva a un rito sin sentido. “El cristianismo es la religión del hombre” (Pablo VI).

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Julio, 2008, 8:43, Categoría: Comentarios al Evangelio
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En tiempos de crisis

(Mt 11,28-30):   En aquel tiempo, Jesús dijo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

Lo ha repetido en varias ocasiones en este último tiempo. Los textos, su contenido, su mensaje se repite. Parece hecho a propósito en una época de crisis económicas, de inseguridades, de riesgos laborales, de problemas en la nutrición mundial, de situaciones personales depresivas, enfermedades, conflictos a todos los niveles, injusticias que nos duelen y un largo etcétera que nos ponen de manifiesto la dureza de la vida. El nos insiste que no tengamos miedo, que con El tendremos descanso, que pongamos en sus manos nuestras fatigas y sobrecargas, que su yugo es suave, que aprendamos de El, manso y humilde de corazón.

 

Sea cual fuese nuestra situación personal, social o familiar en este momento, incluso la política de allá donde vivamos, analicemos ese hecho y pongamos ello en contraste con las palabras de Jesús.

 

La propuesta de Jesús es clara: analicemos nuestra realidad personal y social en el interior de su persona, de su mensaje, desde el interior de nuestra fe. Si vivimos una situación complicada, si estamos sobrecargados o nos sentimos abrumados, descubramos para que quiere entrar el Maestro en nuestras vidas. Vengan a mí que Yo les daré el descanso. Es un compañero de fatigas, pero muy especial.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Julio, 2008, 10:23, Categoría: Comentarios al Evangelio
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En el día de la Virgen del Carmen

(Mt 11,25-27):   En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

 

Y entre los más pequeños y sencillos a quienes se les dio a conocer los misterios está una mujer, de una aldea de Israel, llamada María, de Nazaret en concreto, cuya fiesta, bajo la advocación del Carmelo, celebramos hoy. Una fiesta, la de la Virgen del Carmen, que se recuerda en cada esquina de nuestro planeta que da a un trozo de mar y donde hay pescadores y marineros que arriesgan su vida todos los días buscando el pan para sus hijos en medio de borrascas, olas y tormentas. Todos ellos la tienen como patrona. También ellos no entran en la categoría de sabios y cultos, sino en la de personas inteligentes cuya inteligencia les viene de la sencillez, de la honradez, del trabajo y del esfuerzo de cada día. Para ellos nuestro recuerdo desde el Evangelio de cada día. Para aquellos que en el océano buscan el pan de cada día para sus hijos. Para aquellos que desde la bravura del océano traen a los demás nuestro alimento de cada día en forma de pescado que nos nutre.

 

Pero también para todos los que trabajan en el mar desde cualquier campo, haciendo investigaciones o transportando las mercancías que de un lugar a otro sirven para el abastecimiento diario o para los que nos conducen por motivos de negocios o de turismo de un país a otro y que nos permite conocer nuevos horizontes.

 

El mar, con toda su historia y su horizonte abierto, es también hoy el lugar donde mueren miles de personas, no tanto por su trabajo, sino intentando atravesarlo en embarcaciones inconsistentes buscando en las otras orillas un trabajo que dé sustento a sus familias, sabiendo que pueden encontrar en esa travesía la muerte, pero arriesgándose a ello pues casi no pueden elegir entre la vida y la muerte, sino entre un tipo de muerte y otra forma de morir que puede cambiarse en vida con algo de suerte.

 

Que esa suerte, la de los pobres que no tienen nada y la buscan en otro sitio, y la de los sencillos pescadores, marineros y un largo etcétera que hacen del mar, del océano su hogar de cada día, sea hoy el contenido de nuestro comentario en el día de Ntra Sra del Carmen, su patrona. A Ella, la única María de Nazaret, sin títulos universitarios, le encomendamos a estos colectivos necesitados y a Ella acudimos para que nos revele cada día el misterio de hacernos y sabernos pequeños y sencillos de corazón.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Julio, 2008, 8:40, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Mucho se nos ha dado

(Mt 11,20-24):   En aquel tiempo, Jesús se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti».

 

Es un trabajo gratuito y generoso el de Jesús sembrando su mensaje, sus valores, su  Buena Nueva. Pero no estamos exentos de responsabilidad aquellos que, escuchándole, ni siquiera nos paramos a reflexionar su oferta. Puede que nos lo hayan presentado mal y hayamos pasado consecuentemente de seguirla. Puede que lo hayan hecho bien, y entonces, la libertad personal que lleva consigo la responsabilidad, implica al menos la actitud de que la consideremos. Es en el fondo eso lo que Jesús echa en cara a Corozaín y Betsaida, porque siempre ha manifestado la libertad personal de seguirle o no.

 

Es también una llamada a la gratitud personal, pues de alguna forma, indirectamente, nos recuerda a nosotros mismos que si cuanto hemos recibido nosotros se hubiera dado a otros, no hubiera sido un derroche de gracias sin suficiente provecho.

 

Podríamos, pues, tomar este texto de hoy como una reflexión personal que nos lleve a hacer un recuento de los dones y gracias que se nos han dado, de los mimos sin cuento recibidos durante los años de nuestra vida. Aún así, sería solamente de aquellos de los que tenemos conciencia, porque muchas otras veces Dios habrá ido quitando piedras de nuestro camino para evitar un tropiezo, una caída, y otras tantas habrá puesto una señal en el camino advirtiéndonos del peligro a través de una reflexión escuchada en un acto litúrgico, de las palabras de un amigo o de la lectura de cualquier texto o comentario de terceros. Sí, mucho hemos recibido, pero recordando la parábola de los talentos, lo que se nos ha dado es para que lo hagamos fructificar

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Julio, 2008, 11:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Espada en lugar de paz?

(Mt 10,34-11,1):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

¿Espada en lugar de paz? ¿Enfrentamientos entre hermanos? Parece una clara contradicción con el mensaje central evangélico que no es otro que el amor, la paz, la justicia, la fraternidad. Los párrafos siguientes que nos hablan de la lucha contra nosotros mismos, de las renuncias interiores que hemos de hacer a comodidades o caprichos nos indican el sentido de la espada y los enfrentamientos. Es la guerra al hombre viejo y al mundo viejo. Es la lucha contra el mal en nosotros, en los demás y el mal organizado que también existe en nuestra sociedad. Es una lucha activa, intentando poner bien donde no lo hay, por eso “el que dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños recibirá su recompensa”. Está hablando Jesús de una acción positiva, no solo de buenas intenciones.

 

Los jefes de las naciones y los poderosos de este mundo se reúnen y declaran buenas intenciones. Los hemos visto hace poco en Japón todos juntos. Y esta vez ni buenas intenciones. El mundo seguirá con hambre, el cambio climático se irá acelerando porque no se emprenden acciones positivas como las que dinamiza el Evangelio. Que no nos mencionen a Dios en sus discursos. Hacen justo todo lo contrario a las leyes divinas, a las propiamente naturales incluso: hacer el bien y evitar el mal.

 

Para todo ello el criterio, el sentido, la opción, el amor fundamental de nuestra vida ha de ser el seguimiento de la persona de Jesús, pues “el que ama a su padre o a su madre, a su cuenta corriente o a sus comodidades, más que a Mí, no es digno de Mí”.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Julio, 2008, 9:17, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No se cansa de sembrar

(Mt 13,1-23):   Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente se quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas.

Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».

Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’. ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

»Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

 

Dios no para de sembrar. Su generosidad no tiene límites. Pero no todo depende del sembrador. Influye y mucho el tipo de terreno donde cae la semilla. Y no cabe duda, necesita la suya un terreno receptivo, dispuesto a escuchar, dispuesto a que algo nuevo crezca en su interior. Un terreno que abonado se libere de los obstáculos y dificultades de la vieja condición. Viene a ser como el hombre nuevo y el hombre viejo, pero con el subrayado de que por parte del sembrador no quedará. Aquello de “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no produce fruto”, vuelve a tener sentido en esta parábola. Una parábola, por otra parte, que es como la reina de todas estas metáforas, la que hemos escuchado y meditado cientos de veces, pero que hoy deberíamos leerla despacio, sin prisas, sin más comentarios, dejando que su sola lectura reposada nos indique qué terreno somos y cual deberíamos ser en este momento de nuestra vida, sabiendo, aunque nos repitamos, que el sembrador no se cansa de sembrar.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Julio, 2008, 8:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como el Maestro

 (Mt 10,24-33):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!

»No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

 

Seguir las sendas del Maestro es seguir sus alegrías y sus dificultades, los gozos vividos y los problemas sufridos. Su vida, su proceso son las señales, los avances y los límites de nuestras vidas y procesos tanto personales como comunitarios.

 

Pero la consigna que nos deja la repite continuamente en los textos de estos últimos tiempos: No tengan miedo. Además, la verdad siempre florecerá, y nada permanecerá oculto. Todo a su debido tiempo. Lo dice también el adagio popular cuando reza de que el tiempo todo lo cura, y que el tiempo pone a cada uno en su sitio. No hay que temer por lo que puedan hacernos, por las zancadillas o dificultades que nos pongan en el camino; hay que temer a los que matan nuestros valores interiores, y nunca podrán si nosotros lo tenemos claro, pues valemos más que muchos pajarillos y El se ha declarado ante el Padre por cada uno de nosotros.

 

El servicio a la verdad, a la verdad que siempre nos hace libres, fue una de las causas de Jesús, y debe seguir siendo la nuestra. Ese es nuestro privilegio, el que nos valdrá que el Maestro siga dando la cara por nosotros. Será ineludible en este camino la incomprensión, la propia debilidad, cualquier tipo de dificultades. Fue también la suerte que corrió el Maestro. No solo vivió la entrada triunfal en Jerusalén o la apoteosis de la multiplicación de los panes. No, vivió, lo sabemos, otros momentos difíciles y no huyó, supo permanecer. No tengamos miedo, pues, ante lo que en este momento cada uno de nosotros pueda estar viviendo o experimentando como dificultad interna o externa. Valemos más que los pajarillos.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Julio, 2008, 8:40, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como serpientes y palomas

 (Mt 10,16-23):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra. Yo os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre».

Nos ha hablado claro desde el principio. La aventura de ser creyente no será fácil. Habrán muchas y variadas dificultades, hasta persecuciones. Por eso no se puede ser aventureros, hay que saber analizar las realidades y actuar con prudencia, sabiendo que somos ovejas en medio de lobos, sin presunciones , sencillos como las palomas, pero, sobre todo, prudentes como las serpientes.

 

No es cuestión de ir arriesgando familia, sentimientos, posesiones, la propia vida. Hay que saber sobrevivir en medio de las dificultades y adversidades. Por eso hay que ser perspicaces. Es decir, actuar con inteligencia. La inocencia o sencillez de las palomas que también nos ha de cubrir no nos invita a ir por la vida con romanticismos, como si todo fuera fácil y sencillo y a flor de caramelo. Tampoco es una prudencia que nos lleve a la pasividad, a estar apagados, con la cabeza gacha.

 

Todo lo que tiene de activa como símbolo de hacer el mal es lo que se nos recomienda para que nosotros lo pongamos al servicio del bien, por eso como serpientes y palomas a un tiempo. Sabiendo emplear los medios necesarios para los fines y las tareas que se nos han encomendado. Porque la actitud de fondo sigue siendo la misma: no tengamos miedo, el Espíritu hablará por nosotros. Por eso, seguimos poniendo todo en sus manos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Julio, 2008, 13:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Tener oídos y no oir

TENER OÍDOS Y NO OÍR

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

 

 

Las parábolas de Jesús han cautivado siempre a sus seguidores. Los evangelios han conservado cerca de cuarenta. Seguramente, las que Jesús repitió más veces o las que con más fuerza se grabaron en el corazón y el recuerdo de sus discípulos. ¿Cómo leer estas parábolas? ¿Cómo captar su mensaje?

Mateo nos recuerda antes que nada que las parábolas han sido «sembradas» en el mundo por Jesús. «Salió Jesús de su casa» a enseñar su mensaje a la gente, y su primera parábola comienza precisamente así: «Salió el sembrador a sembrar». El sembrador es Jesús. Sus parábolas son una llamada a entender y vivir la vida tal como la entendía y vivía él. Si no sintonizamos con Jesús, difícilmente entenderemos sus parábolas.

Lo que Jesús siembra es «la palabra del Reino». Así dice Mateo. Cada parábola es una invitación a pasar de un mundo viejo, convencional y poco humano a un «país nuevo», lleno de vida, tal como lo quiere Dios para sus hijos e hijas. Jesús lo llamaba «reino de Dios». Si no seguimos a Jesús trabajando por un mundo más humano, ¿cómo vamos a entender sus parábolas?

Jesús siembra su mensaje «en el corazón», es decir, en el interior de las personas. Ahí se produce la verdadera conversión. No basta predicar las parábolas. Si el «corazón» de la Iglesia y de los cristianos no se abre a Jesús, nunca captaremos su fuerza transformadora.

Jesús no discrimina a nadie. Lo que ocurre es que a los que son «discípulos» y caminan tras sus pasos Dios les da a «conocer los secretos del Reino». A los demás no. Los discípulos tienen la clave para captar las parábolas; su conocimiento del proyecto de Dios será cada vez más profundo. Pero los que no dan el paso, y viven sin hacer la opción por Jesús no entienden su mensaje, y lo poco que escuchan lo terminan perdiendo.

Nuestro problema es terminar viviendo con el «corazón embotado». Entonces sucede algo inevitable. Tenemos «oídos», pero no escuchamos ningún mensaje. Tenemos «ojos», pero no miramos a Jesús. Nuestro corazón no entiende nada. ¿Cómo se siembra el evangelio en nuestras comunidades cristianas? ¿Cómo despertamos entre nosotros la acogida al Sembrador? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

http://www.eclesalia.net

09 07 08

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 10 de Julio, 2008, 9:18, Categoría: Reflexiones creyentes
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Llamada personal y comunitaria

(Mt 10,1-7):   En aquel tiempo, llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó. A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca».

 

Es una llamada personal, a cada uno con su nombre y con su historia. Siempre para una tarea, una misión que es no solo evitar el mal –no tomen el camino de los gentiles-, sino luchar contra el mismo –vayan a las ovejas perdidas-, y hacer positivamente el bien –proclamen el Reino de Dios.

 

Es una llamada personal pero también parece un envío comunitario. No vamos por lo libre por el mundo, haciendo lo que a cada uno le parece o le sale de su buen sentido. Hay un criterio y un estilo que viene de la comunidad, nace de ella y se forma y planifica en comunidad. Somos comunidad, no meros individuos. Somos personas, sí, con lo que somos y valemos, pero en comunidad, compartiendo con los demás y recibiendo de los otros.

 

No es un grupo de amigos sin más, algo meramente intimista. Es un grupo de acción, para la misión, enviados con una finalidad, es decir un grupo misionero. Los Doce simbolizan toda la Iglesia y en ellos somos enviados todos con la misma finalidad y tarea.

 

Nosotros hoy no vamos dirigidos a las ovejas descarriadas de Israel, hemos de estar en y entre la sociedad y el mundo moderno, donde viven las personas unas veces bajo nuestro mismo techo, otras que encuentran complicada nuestra manera de entender el Evangelio, que viven inmersos en las esclavitudes de nuestro tiempo o bien obstaculizando la marcha de otros hacia la verdadera liberación. Y están en todas partes, bajo nuestro techo, en la comunidad de vecinos, en la universidad, en los parlamentos que elaboran leyes, en los altos puestos de nuestra sociedad, oprimiendo a los pobres o avalando, con acciones u omisiones, situaciones de injusticia.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 9 de Julio, 2008, 8:30, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sintiendo compasión

(Mt 9,32-38):  En aquel tiempo, le presentaron un mudo endemoniado. Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo. Y la gente, admirada, decía: «Jamás se vio cosa igual en Israel». Pero los fariseos decían: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios».

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».

Jesús es consciente de las situaciones de mal que hay a su alrededor y que el texto nos presenta bajo la figura de enfermedades o de posesiones demoníacas. Y no elude esas realidades, sino que recorre todas las ciudades, enseñando, dando la cara, asomándose a lo que acontece, porque tiene compasión de la gente, es decir padece con ellos sus situaciones.

 

El trabajo por hacer es mucho, la mies es mucha. Hace falta más gente trabajando en la enseñanza, en la educación de valores, en los sentimientos, en la acción contra cualquier forma de mal, pero para ello hay que también situarse en el punto de vista del otro. Los análisis no pueden ser fríos y distantes, sino metidos en el frangollo de la vida, compadeciéndose, es decir padeciendo con.

“Llamamos compasión a la capacidad de sentirnos próximos al dolor de los demás y la voluntad de aliviar sus penas, pero a menudo somos incapaces de llevar a la práctica lo que nos proponemos, y esa hermosa palabra muere sin haber dado sus frutos.

¿Qué es la compasión? La compasión es el deseo de que los demás estén libres de sufrimiento. Gracias a ella aspiramos a alcanzar la iluminación; es ella la que nos inspira a iniciarnos en las acciones virtuosas que conducen al estado del buda, y por lo tanto debemos encaminar nuestros esfuerzos a su desarrollo”, son explicaciones, comentarios del Dalai Lama que ilustran y nos ayudan a pensar en este texto del Evangelio, a fin de animarnos a seguir impulsando el trabajo en la mies, dado que los obreros aún son pocos, en un contexto que nos inspira a descubrir también que no estamos solos los seguidores del Maestro en esta tarea, sino que desde otras perspectivas, con otras motivaciones, pero guiados por el mismo Espíritu divino, hay muchísimos grupos y muchísimas personas en el mundo entero empeñados en hacer el bien a los demás.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 8 de Julio, 2008, 9:25, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Pidan, y se les dará

 (Mt 9,18-26):  En aquel tiempo, Jesús les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postró ante Él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré». Jesús se volvió, y al verla le dijo: «¡Animo!, hija, tu fe te ha salvado». Y se salvó la mujer desde aquel momento.

Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: «¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Mas, echada fuera la gente, entró Él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca.

Ven, impón tu mano sobre ella y vivirá. Viniendo la petición y la convicción de un magistrado no está nada mal, sale de alguien acostumbrado a juzgar las actuaciones de los demás y a verificar si son correctas o no lo son. De antemano, ya está haciendo sobre si mismo una sentencia de credibilidad, de fe en el Maestro.

 

Estas cosas, de una u otra forma, de múltiples formas tendríamos que decir, siguen sucediéndose en el día de hoy. Pero también, como en el caso del magistrado, hay que pedirlas. “Pidan y se les dará”.

 

Por parte del Maestro no hay problemas. Vive y pasa entre nosotros haciendo el bien. No hace ostentación de su poder, pero siempre muestra su compasión hacia el ser humano, pues es el rostro humano de Dios, que comparte el dolor, se acerca al que sufre y cura sus miserias y sufrimientos. Pero pide nuestra fe para que los prodigios no dejen de sucederse. No hace falta tocar la orla de su manto. Nuestra fe atraviesa la barrera de lo imposible, y arranca lo que las demás personas no nos pueden dar. Por eso, siempre es bueno repetir: Nosotros creemos, Señor, pero aumenta nuestra fe, hazla instrumento tuyo para seguir haciendo el bien. Cuando nos sintamos apesadumbrados, recemos y confiemos. La receta funciona siempre, pues más que es una receta es un estilo de vida.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 7 de Julio, 2008, 8:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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En tus manos, Señor

(Mt 11,25-30):  En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

»Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

 

Toma, Señor, en tus manos todas aquellas cosas que nos preocupan a todos y a cada uno de los seres humanos, sobre todo de los más pobres y sencillos. Tú que acoges a los fatigados y sobrecargados, toma en tus manos a los que mueren de hambre y sed, a los que están enfermos sin posibilidades de curación, a los que no tienen trabajo y pasan penalidades para comer, a los que el peso de la edad los ha ido desgastando, a los que están en hospitales, sanatorios o / y residencias de ancianos, a los que no tienen la posibilidad de ser ingresados en esos lugares. A los que trabajan más de las horas normales y a los que no tienen posibilidad de acceder un trabajo para asegurarse una vida digna. A los sanos y llenos de problemas financieros, a los que trabajan y gastan más de lo que ingresan, a los que viven externamente bien a costa de otros que viven mal. Toma en tus manos, Señor, a todos y cada uno de nosotros. A la gente normal y corriente de nuestras familias y paises, que comemos y trabajamos, que tenemos salud o padecemos de cualquier cosa, a los que viven animados y a los que están tristes, a los padres y a los hijos, a los que acaban de morir y a los que recién están llegando a este mundo. Toma, Señor a todos en tus manos y danos el descanso que nos ofreces, sabiendo que siempre tendremos que poner algo de nuestra parte, pero sin gran preocupación por nosotros mismos, pues tu yugo es suave y tu carga ligera. En ningún sitio estaremos mejor que ahí, en las manos donde cabemos todos y que siempre busca nuestro bien, el de todos y el de cada uno en particular con nuestros nombres y apellidos.

 

Danos, Señor, la humildad y sencillez de sentirlo así de corazón. Haznos conscientes de que nadie como Tu está más capacitado para ser nuestro cirineo, llevando nuestra cruz y aligerando así su peso, puesto que vienes a nuestras vidas no para complicarlas ni para hacerlas más difíciles, sino para caminar a nuestro lado y aliviar el peso. Tómalo todo, Señor, pues tu puedes con todo ello y nosotros todo lo podremos en Ti que nos confortas.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 6 de Julio, 2008, 8:58, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Misericordia quiero, no sacrificio

 (Mt 9,9-13):  En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?». Mas Él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: ‘Misericordia quiero, que no sacrificio’. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

No es Mateo quien se acerca y da el primer paso expresando un cambio. Es Jesús quien se acerca y ofrece su amistad. Acto seguido comparte su misma mesa, como señal de que ha entrado en su grupo de íntimos amigos. Hay gente que no entiende esta manera de proceder. Lo explica con una sola frase y muy gráfica: el médico no está para los sanos sino para los enfermos.

 

Amor gratuito, incondicional el que nos viene del Maestro. Respuesta nuestra de compartir lo que tenemos, y de gratitud para Aquel que ha salido a nuestro encuentro, buscándonos, precisamente porque lo necesitamos. Actitud igual nuestra hacia los que nos rodean: apertura total a todos, especialmente a los más necesitados de nuestro afecto, entrega, dedicación. A los que están más apurados.

 

Y es que Jesús usa siempre la misericordia, no la condena. Misericordia quiero, no sacrificio, explica al final del texto. Y es que en la vida de cada día ser nosotros indulgentes con nosotros mismos, y exigentes con los demás no casaría con estas ideas evangélicas. Somos dados al juicio fácil, a la discriminación, a ponernos a nosotros mismos como criterio. Y el único criterio correcto ya sabemos cual es : el amor.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 4 de Julio, 2008, 13:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
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