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Junio del 2008


Una opción de vida

 (Mt 8,18-22):   En aquel tiempo, viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre, mandó pasar a la otra orilla. Y un escriba se acercó y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

 

Si quieres seguirme, ha de ser con seriedad, no con medias tintas, con radicalidad, para lo cómodo y lo incómodo, para lo gratificante y lo más duro, para la alegría y los problemas, en todo momento, también en las vacaciones. De alguna forma es lo que le está diciendo Jesús a aquel escriba con los ejemplos que le ponen, que seguirle es algo serio, pues no se trata de ir a este acto y a aquella conferencia o a la reunión a la que se nos invita, que no es la presencia esporádica en una serie de sitios, sino que seguirle es una opción de vida, que ha de estar presente en los momentos altos y en los bajos, en los animosos y en los tristes.

 

Y es también, no cabe duda, una llamada al buen uso de las cosas temporales. Lo de no tener donde reclinar su cabeza y dejar que los muertos entierren a sus muertos, es una forma de decirnos que sin renunciar a los bienes terrenales, pues los necesitamos para vivir, deben usarse para eso mismo: para vivir. Y no al revés, vivir para poseer.

 

En definitiva, no quiere el Maestro que les sigamos engañados, sin saber bien con qué nos vamos a encontrar ni lo que nos puede pedir a aquellos que optemos por seguirle. Podrán parecer exigencias fuertes, pero junto a ellas resuenan en nosotros otras expresiones de Jesús, tales como “vengan a Mí los que están cansados y agobiados”, “Mi yugo es suave y mi carga ligera”. No es cuestión de cosas concretas, es cuestión de actitud personal. Seguirle no es ocupar diez minutos diarios de nuestro tiempo haciendo una oración o un rezo o una obra buena, es una actitud de vida que debe manifestarse en las mil y unas cuestiones de nuestra vida de cada día.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Junio, 2008, 9:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El servicio de Pedro

(Mt 16,13-19):   En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

 

EL SERVICIO DE PEDRO

ANTONIO PAGOLA

SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

 

ECLESALIA, 25/06/08.- Jesús conversa con sus discípulos en la región de Cesarea de Filipo, no lejos de las fuentes del Jordán. El episodio ocupa un lugar destacado en el evangelio de Mateo. Probablemente, quiere que sus lectores no confundan las «iglesias» que van naciendo de Jesús con las «sinagogas» o comunidades judías donde hay toda clase de opiniones sobre él.

 

Lo primero que hay que aclarar es quién está en el centro de la Iglesia. Jesús se lo pregunta directamente a sus discípulos: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde en nombre de todos: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Intuye que Jesús no es sólo el Mesías esperado. Es el «Hijo de Dios vivo». El Dios que es vida, fuente y origen de todo lo que vive. Pedro capta el misterio de Jesús en sus palabras y gestos que ponen salud, perdón y vida nueva en la gente.

 

Jesús le felicita: «Dichoso tú… porque eso sólo te lo ha podido revelar mi Padre del cielo». Ningún ser humano «de carne y hueso» puede despertar esa fe en Jesús. Esas cosas las revela el Padre a los sencillos, no a los sabios y entendidos. Pedro pertenece a esa categoría de seguidores sencillos de Jesús que viven con el corazón abierto al Padre. Esta es la grandeza de Pedro y de todo verdadero creyente.

 

Jesús hace a continuación una promesa solemne: «Tú eres Pedro y sobre testa piedra yo edificaré mi Iglesia». La Iglesia no la construye cualquiera. Es Jesús mismo quien la edifica. Es él quien convoca a sus seguidores y los reúne en torno a su persona. La Iglesia es suya. Nace de él.

 

Pero Jesús no es un insensato que construye sobre arena. Pedro será «roca» en esta Iglesia. No por la solidez y firmeza de su temperamento pues, aunque es honesto y apasionado, también es inconstante y contradictorio. Su fuerza proviene de su fe sencilla en Jesús. Pedro es prototipo de los creyentes e impulsor de la verdadera fe en Jesús.

 

Este es el gran servicio de Pedro y sus sucesores a la Iglesia de Jesús. Pedro no es el «Hijo del Dios vivo», sino «hijo de Jonás». La Iglesia no es suya sino de Jesús. Sólo Jesús ocupa el centro. Sólo el la edifica con su Espíritu. Pero Pedro invita a vivir abiertos a la revelación del Padre, a no olvidar a Jesús y a centrar su Iglesia en la verdadera fe.

www.eclesalia.net

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Junio, 2008, 8:56, Categoría: Reflexiones creyentes
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¡Cree!

(Mt 8,5-17):  En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído». Y en aquella hora sanó el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle. Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; Él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades».

El Evangelio de hoy es un canto a la fe ciega del centurión. No soy digno de que vengas a mi casa, basta una palabra tuya y mi siervo será curado. Es un modo de hacer oración y un modo de creer. Fue Jesús quien se le adelantó y le sugirió una acción, que el no pide para sí sino para su criado y con entera confianza en el Maestro. No he visto fe tan grande en Israel, elogia Jesús.

 

 

Una forma de explicar esa fe que hemos de sentir y de expresar la que vivimos es también la poesía. Un hermano en la fe que colabora en su testimonio creyente también desde los poemas, nos lo expresa muy bien en este poema suyo que titula “¡CREE!”:

 

 

Cuando el Eclesiastés los tiempos marca.
señala plazos que nos da la vida,
y con la Voz de un Dios que todo abarca,
nos dice:
“Tómala y vuélvela cumplida”.


Mas, Ay de ti!,
si dejas que tu barca
navegue el mar
en que la luz se olvida,
nunca verás
el
fondo donde el arca
celosa al Tiempo
de los tiempos cuida.


Entonces,
busca al Hombre Coronado

que cultivó la fe sobre la tierra,
y así hallarás en Él, lo abandonado.

 

Y lo hallarás
en el Hosanna amado,
de aquella cruz
que al corazón se aferra
por la espina sangrante del pecado

AUDROC

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Junio, 2008, 14:26, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Señor, si quieres puedes limpiarme

(Mt 8,1-4):  En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto, un leproso se acercó y se postró ante Él, diciendo: «Señor, si quieres puedes limpiarme». Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio». Y al instante quedó limpio de su lepra. Y Jesús le dice: «Mira, no se lo digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio».

 

Hoy, el Evangelio nos muestra un leproso, lleno de dolor y consciente de su enfermedad, que acude a Jesús pidiéndole: «Señor, si quieres puedes limpiarme» (Mt 8,2). También nosotros, al ver tan cerca al Señor y tan lejos nuestra cabeza, nuestro corazón y nuestras manos de su proyecto de salvación, tendríamos que sentirnos ávidos y capaces de formular la misma expresión del leproso: «Señor, si quieres puedes limpiarme».

Ahora bien, se impone una pregunta: Una sociedad que no tiene conciencia de pecado, ¿puede pedir perdón al Señor? ¿Puede pedirle purificación alguna? Todos conocemos mucha gente que sufre y cuyo corazón está herido, pero su drama es que no siempre es consciente de su situación personal. A pesar de todo, Jesús continúa pasando a nuestro lado, día tras día (cf. Mt 28,20), y espera la misma petición: «Señor, si quieres...». No obstante, también nosotros debemos colaborar. San Agustín nos lo recuerda en su clásica sentencia: «Aquél que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Es necesario, pues, que seamos capaces de pedir al Señor que nos ayude, que queramos cambiar con su ayuda.

Alguien se preguntará: ¿por qué es tan importante darse cuenta, convertirse y desear cambiar? Sencillamente porque, de lo contrario, seguiríamos sin poder dar una respuesta afirmativa a la pregunta anterior, en la que decíamos que una sociedad sin conciencia de pecado difícilmente sentirá deseos o necesidad de buscar al Señor para formular su petición de ayuda.

Por eso, cuando llega el momento del arrepentimiento, el momento de la confesión sacramental, es preciso deshacerse del pasado, de las lacras que infectan nuestro cuerpo y nuestra alma. No lo dudemos: pedir perdón es un gran momento de iniciación cristiana, porque es el momento en que se nos cae la venda de los ojos. ¿Y si alguien se da cuenta de su situación y no quiere convertirse? Dice un refrán popular: «No hay peor ciego que el que no quiere ver».

Autor: Rev. D. Xavier Romero i Galdeano (Cervera-Lleida, España)

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Junio, 2008, 8:11, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Construyendo sobre roca

(Mt 7,21-29):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’.

»Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.

 

Ser creyente no es un diploma que se nos entrega en el bautismo para que lo pongamos en un cuadro que decore una pared de nuestra casa como si de una orla se tratase. Ser creyente es toda una responsabilidad personal y social, responsabilidad con uno mismo y responsabilidad con los demás: solo el que haga la voluntad de mi Padre y no el que esté nombrándolo todo el día. Por eso la gente quedaba asombrada con su doctrina, porque enseñaba con autoridad moral, hacía lo que decía, predicaba coherencia personal en todo momento.

 

Y solo entonces edificamos un buen edificio sobre el buen cimiento de una roca y no sobre unas arenas movedizas. Y solo entonces se nos puede decir: Tú, sí que vales. Conocer la voluntad del Señor y cumplirla. Lo cual requiere no solo conocimiento del Evangelio y sus valores, sino escucha interior en todo momento, capacidad de reflexión personal mezclada con capacidad de observación y de análisis de la realidad.

 

Lo contrario es caer en un ritualismo vacío, en una religiosidad confinada al Templo, a las horas de culto y oración sin proyección en la vida. Por eso es responsabilidad personal y social. Construir sobre roca es edificar fundamentados en los valores evangélicos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Junio, 2008, 9:51, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Por sus frutos los conocerán

(Mt 7,15-20):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis».

 

Por sus frutos los conocerán. De lo que se siembra, se recoge. Son expresiones conocidas por todos nosotros. Podemos decir que no siempre ocurre así. Más bien, hay siembras que llevan un tiempo largo de preparación y guiso para la recolección. Y el fruto es cuestión de paciencia. Pero está claro que un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni uno malo producir frutos buenos, salvo sorpresas de la vida.

 

Es, digamos, una frase alerta del Evangelio de hoy. Un aviso, una señal, para que no nos dejemos engañar por falsos profetas que dicen cosas muy bonitas pero que después no hacen nada de lo que dicen. Sus obras serán las que den credibilidad a sus palabras.

 

¿Dónde están esos falsos profetas? En cualquier sitio, al lado nuestro o más lejos. Surgen en nuestra familia, entre los amigos, en el trabajo, en el club o en la asociación a la que pertenecemos, en el grupo político que goza de nuestras preferencias y al que votamos, en el interior de la misma iglesia. En cualquier sitio.

 

Pero es una alerta, una señal para que también la leamos en positivo, como estímulo para nuestra vida de cada día. No podemos centrarnos en los formalismos religiosos, huecos, vacíos y carentes de contenido. Hemos de ser como la higuera, que es valorada no porque tenga muchas hojas y ramas, y sea linda desde lejos, sino porque tiene frutos. Si no, es mandada a cortar. Por sus frutos los conocerán. Por ejemplo, repasemos Mateo 25, la escena del juicio final, allí nos aparecen una serie de frutos que hemos de dar y han de dar todos los que nos decimos y se dicen creyentes.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Junio, 2008, 10:13, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Juan es su nombre

(Lc 1,57-66.80):   Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: ‘Juan es su nombre’. Y todos quedaron admirados.

Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

Juan es su nombre, y todo parecía que cambiaba. Su padre comenzó a hablar y el niño crecía, como aquel Otro que vino después, en edad, sabiduría y gracia, dando testimonio del que había de venir. Siempre en segundo plano, pero brillando con luz propia. Justo esa humildad y la no búsqueda de protagonismo le han proporcionado un lugar importantísimo en la historia del cristianismo. Humildad que no significa esconderse ni dejar de oír su voz. Desde el desierto es capaz de convocar multitudes y encararse a las tropelías de los gobernantes de aquella época. Por eso es detenido y más tarde decapitado.

 

Supo vivir en función de Otro. Precursor de Jesús, su dedeo apuntó siempre hacia el Mesías a quien le desvió sus propios discípulos. Que el crezca y yo disminuya, fue su lena. Humilde, sencillo, hombre de verdad, sabiendo bien cuál era su misión sin pasarse, pero con una gran valentía, que le hace ser testimonio permanente ante los creyentes.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Junio, 2008, 9:31, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Que no muera el sentido común

(Mt 5,38-42):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano».

 

Hay un texto que circula por Internet que se llama “La muerte del sentido común”. ¿Qué es sino sentido común aquello de lo que Jesús nos advierte en el texto de hoy? Haz con los demás lo que quieras que hagan contigo. De lo que siembres, eso cosecharás. La vida es como un boomerang. Son expresiones que se repiten a lo largo de la historia y de las que Jesús continuamente nos pone al dia. Juzgar al otro, criticar a los demás, difamar a los otros son acciones que mas tarde o más temprano se volverán contra nosotros, porque ninguno somos buenos del todo. No existe lo santo en su estado de pureza. Y así como la Iglesia, también cada uno de los que formamos parte de la misma, todos somos santos y pecadores. Sacamos mas partido, incluso egoísticamente, perdonando y olvidando, pues esa medida es la que más tarde o más temprano tomará con nosotros.

 

Condenemos el pecado, luchemos contra el mal, corrijamos el error, sí, pero sin que ello nos lleve a condenar a las personas o a luchar contra ellas. Descubramos donde están las causas de esos problemas, de esos males y actuemos sobre las causas. Porque tampoco se trata de pasar ante lo malo con los ojos cerrados. Nuestra misión de ser sal en el mundo es llevar y dar otro sabor diferente a las cosas, y consiguientemente que cambien las realidades y las personas, empezando por nuestra propia casa, no solo porque es lo justo sino también para predicar con el ejemplo.

 

Acercarse, pues,  a esta página evangélica de hoy, es profundizar un poco más en el humanismo nacido del amor y de la actitud fraterna  ante el otro. El que ama, no puede juzgar; no sabe ponerse como fiscal o como juez en la causa del hermano, por que más bien busca disculpas e intenta comprender al otro; papeles éstos más propios de abogado defensor.

 

Y no es que Jesús nos impida tener espíritu crítico. Ni nos pida tampoco dar por bueno lo que no lo es. Viene al caso una frase de San Antonio Maria Claret, que dice: "Cuando no se pueda excusar la acción, excusemos la intención".

 

Pero tenemos además, no sólo las palabras, sino el modo de obrar de Jesús. Y le vemos con la mujer adúltera, con Mateo, con Zaqueo, con Pedro que le traiciona,  con sus propios verdugos, por los que pide perdón al Padre, "por que no saben lo que hacen"

 

Una vez más, parece  como que oimos de  música de fondo  el "como Yo os he amado ", remitiéndolo todo, al amor, que da una luz especial  y diferenciada entre el pecado y el pecador.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Junio, 2008, 8:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No tengan miedo, confíen

(Mt 10,26-33):  En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.

»Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.

»Porque todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

 

“No tengan miedo”. Por tres veces, de forma insistente, lo repite. Es como si dijera: “Tengan confianza, estoy cerca y yo les cuido”. Como los niños cuando están en el fragor de los juegos al aire libre en el parque, en el tobogán o en los remos, andan corriendo de un sitio para otro, sin miedo alguno suben y bajan. Solo alguna vez miran, a ver si está allí cerca la persona de su confianza, los padres, el familiar que les ha llevado. Lo ven, y siguen tranquilos. No tienen miedo.

 

Igual nosotros. Tenemos cerca a nuestro Padre y Hermano Mayor. Cuidan de nosotros. No tengan miedo a nada, ni a los hombres, ni a sus ideologías, ni a sus organizaciones. No teman a lo que viene de fuera. Ninguna persona, ninguna ideología, ninguna organización, ninguna política puede matar nuestra fe. Tengan miedo más bien a lo que viene de dentro y puede cambiar el alma: nuestra ambición, comodidad, indiferencia, egoísmo. Igual que en otro momento nos dirá que no es lo que entra de fuera para dentro lo que mancha el corazón del hombre, sino lo que sale de dentro para fuera.

 

No tengan miedo, si la naturaleza está bien adornada, ustedes son mejor que los pajarillos y los lirios del campo. Basta que sigamos viviendo, en el silencio de nuestra actividad diaria, allá donde estemos, también en el descanso dominical, nuestra coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos. No tengan, pues, miedo, Yo declararé por ustedes ante los demás. Es decir, tengan confianza

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Junio, 2008, 9:10, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como los lirios y aves del campo

 (Mt 6,24-34):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?

»Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal».

 

Junto a la exigencia de vivir de opciones en la vida –es necesario optar, y no se puede andar con componendas, poniendo, como dice el adagio, una vela a Dios y otra al diablo-, una linda descripción poética nos brinda la satisfacción de optar por el Reino que Jesús nos trae, comparándonos a las aves del campo y a los lirios del bosque.

 

Frente a la preocupación y la inseguridad, que son temores normales y constantes en la vida de las personas, Jesús nos da la alegría del vivir día a día con la conciencia del deber cumplido y la satisfacción de tener una intención recta.

 

Y el resumen final: Busquen el Reino, y todo lo demás se les dará por añadidura, pues cada día tiene con su afán. Quien ama es capaz de servir, y quien sirve no ama, es esclavo. Son recuerdos constantes que un día sí y otro también nos va haciendo el Evangelio. Recordándonos, como hemos dicho, que Dios es el “único Señor”. El dinero, su competidor, que engloba todas las preocupaciones terrenales que pudiéramos tener hay que situarlo en su lugar justo, y cada uno, de acuerdo a su realidad, debe afrontar el cómo. Pues no es cuestión de no tenerlo, sino de saber para qué lo tenemos. Y lo que se critica es su uso para el consumo por consumo, el afán de dominio, el éxito por encima de los demás. Es el agobio y la actitud obsesionada lo que hoy condena Jesús describiéndonos de forma entusiasmante otros valores que debemos tener en cuenta. Vivir esos valores nos ayudará a saber usar el dinero, pues no podemos ser imprudentes ni faltos de previsión. Eso sí, valemos mas que las aves del campo y las flores del bosque, y El anda más preocupado por nosotros que nosotros mismos

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Junio, 2008, 8:42, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Dónde está tu tesoro?

(Mt 6,19-23):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

»La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!».

De diferentes maneras y con diferentes ejemplos, pero siempre con la misma tonalidad el Evangelio nos plantea una subversión de los valores, algo diferente a lo establecido por el sistema de este mundo. En este caso habla de los tesoros, de las ambiciones materiales, del tener. Y nos remite a lo más íntimo de nosotros mismos, el ser, para descubrir el verdadero tesoro. Donde está nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón. La psicología moderna y todas las técnicas de autoayuda coinciden también en esta verdad de que la felicidad y la salud espiritual están en nuestro interior, en nosotros mismos, y en que por mucho que andemos buscándola fuera no la vamos a encontrar sino mirando a nuestro interior. Jesús nos lo advirtió con antelación: “El Reino de Dios está dentro de ustedes mismos”. Y en ello nos incide hoy: si la luz que en ti es oscuridad, eso es lo que sembraremos y con lo que nos tropezaremos en el día a día; si tu ojo está sano, también tu cuerpo lo estará. Con lo cual nos está hablando de nuestra forma de ver las cosas, la vida, la realidad; en definitiva, de la intencionalidad y motivación que ponemos en las cosas que analizamos, que hacemos y con las que nos enfrentamos en el día a día.

 

Pues eso, analizando nuestras intenciones, miradas y motivaciones; analizando nuestro propio interior, descubriremos fácilmente donde está nuestro tesoro, aquello por lo que nos movemos y fatigamos en el día a día

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Junio, 2008, 8:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Padre "nuestro"

(Mt 6,7-15):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

 

Nos enseña dirigirnos a Dios con una oración que tiene un gran contenido social y nada individual. “Padre NUESTRO”, ni tuyo ni mío, ni de los dos, de todos y de cada uno, del que conocemos y del que desconocemos, del vecino y del que vive dos kilómetros distante, del pobre y del rico, del que sabe y del ignorante, del que nació en nuestro país y del que nos visita como turista o viene para buscarse el pan, del obrero y del empresario, del que tiene esta ideología y color y del que tiene otra diferente, del blanco y del negro, del creyente y del no creyente, de hombres y mujeres, de ancianos y niños, de la gente que vive en paz y de los que están en países en guerra, de los que podemos vivir con seguridad y libertad en nuestro país y de los que no y tienen que refugiarse en otros y así sucesivamente. A todos estamos introduciendo en nuestra oración cuando le llamamos Padre Nuestro.

 

Y por eso no pedimos el pan que me hace falta para vivir cada día, sino el pan nuestro de cada día, para los que vivimos en Europa y para los niños que en Africa por regla general no tienen la suerte de llegar a los cinco años, para los que tenemos trabajo y para los que no, para los que tienen padrinos y para los que no. Pedimos el pan para todos, porque también deseamos que a todos “venga a nosotros tu Reino”, que sabemos lo es de libertad, perdón, justicia, amor, fraternidad, igualdad, prudencia y saber estar.

 

Para nada algo individual. Tener conciencia de ello cada día cuando lo rezamos nos puede ayudar en la convivencia de cada día, descubriendo así que si es Padre nuestro en consecuencia todos somos hermanos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Junio, 2008, 9:54, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Haciendo lo que tenemos que hacer

(Mt 6,1-6.16-18):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Somos luz del mundo y debemos brillar ante los demás, y no estamos para colocarnos debajo de la mesa sino encima y alumbrar a los demás. Nos lo insiste el Evangelio. Pero eso hemos de saber conjugarlo con saber actuar a la sombra, haciendo lo que se debe hacer en cada momento y no con la intención de lucirnos y quedar bien ante la sociedad. En la luz pero sin propaganda, alumbrando pero indirectamente, dando calor pero dejando el abrigo, de tal forma que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha.

 

No hacemos las cosas para ser vistos por los demás, sabemos que nuestra vida está en las manos de Dios, y que El, quien nos quiere más que nadie, sabrá poner en cada momento cada cosa en su sitio. Por eso, ora a tu Padre que ve en lo secreto y te recompensará.

 

Actuamos con alegría, con cara de fiesta, expresando el brillo que llevamos en nuestro interior, perfumándonos y con el rostro limpio, pero sin ostentaciones de ningún tipo para salir en la foto haciendo propaganda de sonrisas diplomáticas que parecen estar de acuerdo pero que luego cada uno sigue su camino olvidándose de los demás.

 

Lo importante es la actitud interior. De muchas formas nos lo explica el Evangelio, y una de ellas es aquello de “siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Eso sí, sabiendo que somos voz de los que no la tienen, y que cada día son muchos los que dejan de tenerla en nuestro mundo. Justo en estos días se nos recuerda la existencia de cincuenta millones de refugiados en nuestro mundo que viven en la oscuridad de la huida de sus pueblos, intentando buscar una luz que salve sus vidas y su integridad física. No podemos estar ajenos a ninguna de estas realidades colaborando a que el protagonismo social sea siempre de los más débiles.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Junio, 2008, 9:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Más difícil todavía

(Mt 5,43-48):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

Mas difícil todavía. Algo más se nos pide. Amar a los enemigos, a los que no nos quieren, a los que no nos tienen en cuenta, a los que hablan mal de nosotros, a los que parece que disfrutan molestando, a los que nos ponen zancadillas en nuestro caminar, a los que no piensan como tu, a los que quieren imponer su voluntad sobre la de los demás. Más que difícil, a veces resulta imposible. Al menos hacerlo como a aquellos con los que te entiendes y te llevas bien. Entendamos que lo mínimo que se nos exige es no devolver mal, no ir poniendo zancadillas de vuelta, ni hablando peor aún de ellos o cosas similares. Al menos, no devolver mal por mal, no dar pábulo a la venganza callada y siniestra de cada día es ya un gran paso en ese amor a los enemigos que se nos pide. En algo habremos de distinguirnos de aquellos que no piensan y creen como nosotros. Y habrá de ser en estas cosas más positivas y también más originales. Pues, a pesar, de que puedan ser como sean, son también hijos del mismo Padre. Pues, a pesar de todo, nosotros mismos, sin darnos cuenta o a veces dándonos, podemos ser como ellos con otras personas.

 

En definitiva, se nos invita a amar sin esperar nada a cambio, a amar de forma desinteresada, a experimentar en nuestro ser que es verdad aquello de que hay más alegría en dar que en recibir o de cuanto más doy, más tengo.

 

Una sola palabra resume el único mandamiento evangélico: amor. Y por una razón ya comentada: también es nuestro hermano.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Junio, 2008, 9:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ojo por ojo: no vale

(Mt 5,38-42):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda».

 

El Evangelio y la persona de Jesús son precursores de muchas de las buenas causas que se han ido desarrollando en nuestra sociedad en los últimos años de nuestra historia. Una de ellas, la no violencia. La causa de Gandhi y de gente como el Dalai Lama. Educar en el diálogo, en la tolerancia, en el respeto a las diferencias, solucionar los conflictos mediando unos con otros sin violencias, sin guerras, sin difamaciones, sin insultos. Aceptándonos como somos y cambiando lo que de negativo pueda haber en nuestra conducta. Y como negativo todo lo que suene a violencia. Pues con violencia, nos recordaba el Dalai Lama a raíz de los conflictos del Tibet, puedes solucionar un conflicto concreto, pero siembras la semilla para generar otro problema.

 

Por eso Jesús hoy rompe con la vieja doctrina del “ojo por ojo y diente por diente”. ¿Vieja? No tanto, aún en muchos países se sigue imponiendo. No hablamos de los países subdesarrollados e incultos, sino también y sobre todo de aquellos defensores de la libertad. Las últimas guerras habidas en nuestro mundo, patrocinadas por los adalides de la libertad, han respondido a ese viejo principio del ojo por ojo y diente por diente, del si tu me mataste a miles yo te mataré a cientos de miles. Una espiral que enroscada en si misma no se acaba sino que cada día se hace más grande. Jesús hoy frente a todas estas cosas nos presenta la cara de la no violencia.

 

El perdón, la ruptura de la venganza, la verdad, la reivindicación y defensa de los derechos de las personas, la mansedumbre, la paz siguen siendo los nuevos nombres que sustituyen al rencor y al ojo por ojo.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Junio, 2008, 9:37, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Y, sintiendo compasión

 (Mt 9,36—10,8):   En aquel tiempo, al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».

Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.

A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que ‘el Reino de los Cielos está cerca’. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».

 

Siente compasión por los demás, padece con ellos, le preocupan sus problemas, observa cómo están vejados y abatidos, se da cuenta de lo que le pasa a la gente que les rodea, sabe detectar los problemas, pues está atento a ellos. E interviene buscando soluciones, en este caso ve que la alternativa está en nuevos colaboradores y busca con su Padre la forma de enviar más obreros a su mies.

 

Y comienza haciéndolo. No solo ve soluciones, sino que las afronta y las pone en marcha. Elige a unos cuantos para que actúen de la misma manera que El y con los mismos signos. Así comienza lo que hemos llamado desde siempre apostolado o ser testigos de Jesús.

 

Se trata, pues, de que hoy seamos capaces de echar una vista a nuestro alrededor y ver qué es lo que preocupa a nuestra sociedad. Revisar si estamos actuando como colaboradores en la solución de esos problemas. Descubrir por qué puede haber gente que esté angustiada, desvalida y como ovejas descarriadas, sin Norte en sus vidas. El campo está sembrado y preparado para la siega. Lo que hace falta son obreros que recojan la mies, que parece mucha.

 

Nosotros somos parte de esa multitud que también en momentos podemos estar desorientados, sin centrarnos todavía. Conociendo su doctrina sí, pero faltos aún de una sana coherencia. Pero también podemos situarnos entre los que, escuchando su llamada y su reclamo de que la mies es mucha, decimos que cuente con nosotros para llevar su voz y ser no el problema, sino una solución al mismo. Y además ambas situaciones en las que podemos vernos, pueden darse al mismo tiempo. Es lo bonito de nuestro ser y de nuestro quehacer. Sintiéndonos necesitados, otros también necesitan de nosotros.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Junio, 2008, 8:58, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Vivir la verdad

(Mt 5,33-37):   En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados: ‘No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos’. Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’: que lo que pasa de aquí viene del Maligno».

 

Con la verdad por delante ya no tendrás problemas, ni tendrás que acordarte de cómo plantear las cosas delante de uno o delante de otro. Es la verdad quien nos guiará. Es el mismo Jesús quien nos conducirá, pues en otra ocasión se nos presentó diciéndonos que El mismo es la Verdad. No es necesario demostrarlo con juramentos, es la coherencia de nuestra vida, es nuestra conducta moral, es nuestro vivir de cada día lo que nos dará garantía y nos hará ser fieles y que nos vean así, reconociéndonos como tales los que nos rodean.

 

Abusar del juramento es como sacralizar la palabra humana, utilizando el nombre de Dios. Algo de esto nos viene a denunciar Jesús en el texto de hoy. La verdad es lo importante, y es la verdad quien nos hará libres, no viviendo en la mentira. Y eso lo hacemos cuando practicamos lo que decimos, cuando vivimos lo que profesamos, cuando nos duelen los problemas de los demás, cuando no disimulamos nuestras creencias, cuando protestamos ante la injusticia, cuando condenamos incluso con nuestras firmas las leyes injustas o proponemos otras mas acordes con los principios y derechos humanos, o simplemente cuando pasamos por la vida siendo testigos mudos, con nuestras acciones, de aquello en lo que creemos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Junio, 2008, 8:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Oración por la familia

 

El texto evangélico de hoy – Mt 5,27-32 – habla de algunos aspectos de la relación hombre mujer, y de la pareja humana y la consiguiente unidad entre los que la componen. Ninguna ocasión mejor que esa para orar por nuestras familias, no solo la de cada uno sino por todas las de la humanidad, con una sencilla oración que corresponde a uno de los tantos textos que nos llegan vía Internet y que en este caso ha llegado a nosotros a través de Oscar G.

 

Oración por mi familia

Padre Celestial, nos has dado un modelo de vida
en la Sagrada Familia de Nazaret
Ayúdanos, Padre amado,
a hacer de nuestra familia otro Nazaret,
donde reine amor, la paz y la alegría.
Que sea profundamente contemplativa,
intensamente eucarística y vibrante con alegría.

Ayúdanos a permanecer unidos
por la oración en familia
en los momentos de gozo y de dolor.

Enséñanos a ver a Jesucristo
en los miembros de nuestra familia
especialmente en los momentos de angustia.
Haz que el corazón de Jesús Eucaristía
haga nuestros corazones
mansos y humildes como el suyo
y ayúdanos a sobrellevar las obligaciones
familiares de una manera santa.

Haz que nos amemos más y más
unos a otros cada día
como Dios nos ama a cada uno de nosotros
y a perdonarnos mutuamente nuestras faltas,
como Tú perdonas nuestros pecados.

Ayúdanos, oh Padre amado,
a recibir todo lo que nos das
y a dar todo lo que quieres recibir
con una gran sonrisa.


 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Junio, 2008, 11:01, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Lo primero, la misericordia

Por error publicamos ayer el texto evangélico y comentario correspondiente al día de hoy. Así que repasando material nos hemos encontrado con una documentación relativa a un texto reciente, el de Mateo  9, 9-13 donde se nos narra el encuentro de Jesús con Mateo y la llamada que le hace a seguirle. Unas reflexiones de Ecclesalia planteadas de forma complementaria a como lo hemos aquí nos pueden ayudar tambien y las compartimos con todos. Van también en la línea del mensaje del texto de hoy- ver ayer-, que nos invitan a estar en sintonía con todos, sobre todo con aquellos con los que podemos tener algo en contra:

LO PRIMERO, LA MISERICORDIA

ANTONIO PAGOLA

SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

 

ECLESALIA, 04/06/08.- La escena es insólita. Para los sectores más religiosos de Israel, un escándalo inadmisible. Jesús está en casa de Mateo, sentado a la mesa con los suyos. Pero no están solos. «Muchos publicanos y pecadores» acuden al banquete y «se sientan con Jesús y sus discípulos». Jesús queda sumergido en un ambiente de «pecadores». El relato señala que son «muchos». Todos se sientan a la misma mesa, entremezclados con sus discípulos.

La acusación de los sectores más religiosos es inmediata. ¿Por qué actúa Jesús de manera tan escandalosa? Los «pecadores» son gente indeseable y despreciada, causa de los males que sufre el pueblo elegido. Lo mejor es excluir a los que no viven de acuerdo con la Alianza, por ejemplo, el grupo de los «recaudadores» o de las «prostitutas». ¿Cómo se permite un hombre de Dios acogerlos de forma tan amistosa?

Jesús no hace caso de las críticas. Todos están invitados a su mesa porque Dios es de todos, también de los excluidos por la religión. Estas comidas representan su gran proyecto de un Dios que ofrece a todos su salvación: su misericordia de Padre no puede ser medida ni explicada por los hombres de la religión.

Jesús responde a las acusaciones descubriendo la hondura de su actuación. En primer lugar, su manera de mirar a quienes, por razones diferentes, no viven a la altura moral de quienes actúan conforme a lo prescrito. Los ve como «enfermos». Más «víctimas» que «culpables». Más necesitados de ayuda que de condena. Así es la mirada de Jesús.

En segundo lugar, su modo de acogerlos. «No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos». Lo primero que necesitan no es un maestro de la ley que los juzgue, sino un médico amigo que los ayude a curarse. Así se veía a sí mismo: no como un juez que dicta sentencias, sino como un médico que viene a buscar y salvar a quienes se encuentran «perdidos».

Este comportamiento no es la actuación simpática de un profeta bueno. Aquí se nos está revelando cómo es Dios. Por eso dice Jesús: Dejaos de acusaciones y «aprended» en mi actuación lo que significan las palabras de Oseas: Dios quiere misericordia antes que ofrendas y culto.

Si no aprendemos de Jesús que lo primero para Dios es siempre la «misericordia», nos falta algo esencial para ser sus discípulos. Una Iglesia sin misericordia es una Iglesia que no camina tras los pasos de Jesús.

http://www.eclesalia.net

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Junio, 2008, 8:59, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Creciendo día a día

 (Mt 5,20-26):   En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

Todo ser vivo está llamado a crecer. Los seres humanos, las plantas, los animales, todos. También los valores del Reino son vivos, son vida: la justicia, la paz, la libertad, el amor. Son algo vital. Y llamados a crecer en cada uno de nosotros y en la sociedad. Si no crecen, se estancan y se mueren. Por eso Jesús nos advierte que si nuestra justicia no es mayor y mejor que la del sistema de aquel y de este mundo, no estaremos poseyendo el Reino ni haciéndolo presente.

 

No basta con no ser malo, con no hacer el mal. Hay que hacer también el bien. No debemos insultar ni difamar ni condenar ni injuriar, y además debemos comprender y perdonar. Algo más difícil y que no nos enseñaban los escribas de entonces ni lo enseñan los de ahora. Siempre hay que ir algo más allá. No podemos ser conformistas con lo alcanzado. Y los problemas con los demás hay que arreglarlos, siempre que los otros quieran, claro está, porque no podemos obligarlos. Pero por nosotros no debe quedar.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Junio, 2008, 9:43, Categoría: Comentarios al Evangelio
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