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Mayo del 2008


Vengan a Mi los que están cansados

 (Mt 11,25-30):  En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

»Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

 

Cansancio, agobios, angustias, tristezas, desalientos, sentirse solo, no tener ganas de hacer nada y un largo repertorio de cosas similares son situaciones por las que en ocasiones pasamos, y todas ellas requieren una terapia de silencio, de asumir, de un poco de reflexión, de que el aire fresco nos dé en la cara y podamos afrontarlas con entereza. Y si además somos creyentes, Jesús también nos dice que en ese silencio buscando respuesta o recobrando el ánimo volvamos la vista a El y que estando fatigados o sobrecargados vayamos hacia El que encontraremos descanso. No son palabras dichas sin más. Son palabras para escuchar y para que las vivamos.

 

A veces en las cosas pequeñas encontramos muchas soluciones. Cuantas veces en los agobios o tristezas, nos hemos encontrado con la sonrisa de aquel niño en el bus, o en casa, o en el parque que nos ha disipado y nos ha hecho que cambiemos el rostro. Y cambiándolo por fuera, de repente se ha producido en nosotros un cambio interior. Somos así, y todo nos influye. También el encuentro personal con Jesús, bien leyendo su Palabra, bien intentando escucharlo en nuestro interior haciendo silencio en medio del ruido que nos rodea. Se trata de que en medio de todo lo que hacemos y nos cansa u oprime, encontremos lo que somos.

 

“Yo les haré descansar”. Es para agradecerlo. Gracias, pues, Señor, porque nos recuerdas que contamos contigo. Porque también nos recuerdas cómo hemos de ser para los demás el descanso que puedan necesitar, siendo así el eco de tu paso entre nosotros. Ayúdanos a saber tomar tu yugo, para que los otros yugos que nos oprimen podamos no solo liberarnos de ellos sino llevar liberación a otros. Porque tu yugo sí que vale, es suave y ligero.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Mayo, 2008, 11:51, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¡Ayúdame, Señor¡

Ayúdame Señor!!

 

 

Ayúdame Señor, a creer que detrás de las nubes está el Sol; que los desnudos

árboles de otoño volverán a vestirse de hojas, si tengo

la paciencia de esperar.

 

Ayúdame Señor, a comprender que para alcanzar la cima de la montaña hay que

atravesar el largo valle. Que la vela difunde su luz a base de consumirse poco a poco.

 

Ayúdame Amado Señor, a desprenderme de las pretendidas seguridades que no

puedo tener y que me hacen tan inseguro; ayúdame a comprender que mis temores

aumentan mi inquietud y mi impaciencia.

 

Ayúdame Señor, a aceptar mis limitaciones. Confío en ti como un niño que se

siente seguro en brazos de su madre.

Ayúdame a caminar por donde no puedo ver sabiendo que tú estás ahí conmigo.


  A. Pangrazzi

Gracias, Ninfa Duarte

 

Como el ciego de Jericó, te pedimos: “Hijo de David, ten compasión de nosotros” (Mc 10,46-52)

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Mayo, 2008, 7:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Viviendo al revés

(Mc 10,32-45):   En aquel tiempo, los discípulos iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará».

Se acercan a Él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos». Él les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?». Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?». Ellos le dijeron: «Sí, podemos». Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado».

Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

 

Un poco pretenciosos resultan de entrada los hijos del Zebedeo. Querían la primera fila. Y además estaban dispuestos a ganársela. Y Jesús les dice como: siendo los servidores de los demás. Ilusionarse por una meta no es nada malo. Al contrario, es bueno tener objetivos. Lo importante, es saber bien el camino que nos lleva al mismo, pues en caso negativo llegaríamos a otro sitio muy diferente. Objetivo: estar en primera fila. El camino: hacerse los servidores, vivir en actitud de servicio.

 

Y para ello, como le tocó a Jesús, también no nos quedará más remedio que abrazar y aceptar las cruces que en el camino nos encontremos. No hay que buscarlas. Vienen solas, la cuestión es reconocerlas como tales y aceptarlas, pero no parándose. Hay que seguir caminando con ellas a cuestas.

 

Es normal que nos asustemos, que nos dé miedo. Nos lo cuenta también hoy el texto que les pasaba a los discípulos de Jesús. Y también nos viene a decir que el mundo que Jesús nos presenta es como un mundo al revés. Ya lo hemos comentado en otras ocasiones. Solemos repetirnos, porque al final, en medio de las luchas por el poder que hoy vemos en nuestra sociedad y que nosotros también padecemos desde el ansia del tener entre otras cosas, solo hay las mismas cosas que el Evangelio de diferentes formas nos repite: amar, compartir, comunitariedad, servir, olvido de si mismo.

 

Además, El nos lo enseñó con su ejemplo. Dedicó su vida a servir y se hizo el servidor de todos. Abierto a todos. A nadie cerró sus puertas y su corazón. Hasta el punto de hacerse pan, para dejarse comer por todos. Solo así seremos personas creyentes auténticas. Cada día sacando algo de egoísmo de dentro de nosotros y situándonos libres para servir. Es cambiar un modo egoísta de pensar. Un mundo al revés, personas al revés de los demás.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Mayo, 2008, 10:01, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El valor de lo que damos

(Mc 10,28-31):   En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros».

No nos deja con las manos vacías. Nos pide disponibilidad porque El siempre está disponible. Nos pide dar, porque El está siempre dando y no va a acabar. Eso sí, siempre pide seriedad y radicalidad: estar en situación de no sentirnos lo primero, y a sabiendas que lo vamos a tener complicado –con persecuciones, dice-. No pertenece Jesús a la cultura de las rebajas, a tres por dos. Darlo todo y se nos dará todo. Darnos a nosotros mismos, pues vivir para su proyecto nunca podrá estar reñido con el vivir de acuerdo a lo fundamental de la condición humana: con dignidad y libertad, y luchando por la igualdad de los seres humanos y de los pueblos, ya que entre hermanos, y eso es lo que El nos ha hecho, no tiene por qué haber desigualdad.

 

El valor de lo que nosotros podamos dar no está en lo que damos, ni en la cantidad de ello, sino en el valor añadido que pone el mismo Dios a nuestra debilidad, cuando la entregamos por su causa. Nuestros deseos de hacer el bien que entregados pasarán a ser realidades, nuestro amor a los demás mezclado tantas veces con nuestros egoísmos y pequeñeces, pero que Dios los enderezará, nuestra propia vida, con sus avatares, sus problemas, sus triunfos, sus luchas y sus alegrías. Por todo eso, es por lo que Dios nos dará el ciento por uno.

 

Tagore, en uno de sus relatos, habla de un pobre que no tenía nada, solo un mendrugo en el bolsillo hecho migas. Cuando ve acercarse la carroza del emperador, se aproxima a pedirle, pero es el mismo emperador el que sale de su carruaje y le pide al mendigo. No tiene nada, pero mete la mano en el bolsillo, y se encuentra aquella miguita, convertida en oro. ¡Si le hubiera entregado el trozo entero¡

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Mayo, 2008, 8:06, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Vivir compartiendo

(Mc 10,17-27):   Un día que Jesús se ponía ya en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».

 

Buena intención no le faltaba a aquel joven que se acercó a Jesús deseando estar más cercano a su persona y a su proyecto de vida. Jesús le mira incluso con afecto. Pero le faltaba una orientación progresiva. Como que se había puesto unos objetivos a corto plazo, diríamos hoy, y necesitaba seguir andando. Sin embargo, no se sintió con fuerzas para continuar profundizando en el proyecto del Reino y se marchó entristecido, entre otras cosas, porque tenía muchos bienes.

 

Es un proceso lo de ser cristiano. Nunca se llega al final. Como ser persona. Nunca nos conocemos bastante. Siempre hay algo más por hacer. La vida fluye, decía un filósofo. La vida es un crecimiento, por eso es vida. La fe es un ser vivo, algo vital, y también llamada a crecer en calidad en cada persona y en todas las situaciones. Es además algo más que cumplir unas normas, unos mandamientos, unas reglas. Es generosidad, es darse por entero, es poner la vida a disposición. Es estar siempre presto para seguir dando pasos. Vender lo que se tiene. No agarrarse a si mismo, ni a las cosas que uno posee. Todo lo contrario a la riqueza, tanto en la ambición o posesión de bienes materiales, como en ideas, criterios fijos que nos hacemos y que no somos capaces de cambiar para vivir ese crecimiento interior, asentándonos en la riqueza de nosotros mismos, o en la consideración de nuestros propios valores y no más.

 

Esa fue la causa por la que aquel joven se marchó y no siguió creciendo en los caminos del Señor. Porque era rico. Se sentía seguro, superior, con un buen puesto y despreciando casi al que tenía abajo, bien considerado socialmente. Vivir compartiendo era algo más complejo para lo que no se sentía con fuerzas. Y eso era lo que Jesús le estaba pidiendo: vivir compartiendo.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Mayo, 2008, 10:13, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Corpus Christi

(Jn 6,51-58):  En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».

Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».

 

Palabras de Jesús centradas en el pan, y en el contexto de la multiplicación de los panes y los peces, como una forma de definirse y darse a entender a si mismo. Como una respuesta al hambre de la sociedad, a un hambre que no solamente es la material y que se soluciona saciando al estómago sino también, sin olvidar aquella, a un hambre de valores y de espiritualidad frente a la cual Jesús se ofrece como alternativa.

Y habla además, ante el escándalo de gente que le oye, de comer su carne y beber su sangre. Lo que conocemos como Eucaristía, que es la actualización diaria de la manifestación del amor de Dios a la humanidad. El pan es comido, se transforma en nuestro interior, se convierte en fuerza para el caminar y da vigor a nuestra flaqueza. Así también El para nosotros.

Pero un pan que es comido por todos, y en asamblea, sentados alrededor de la misma mesa, donde El acampa en medio de la comunidad, dándonos a entender que es alimento para la humanidad y no solo para una parte de la misma. Pues a través de la Eucaristía entramos también en comunión con los otros comensales, ya que se trata de una comida de hermanos. Por eso, el “partir el pan”. Al mismo tiempo que crea una unidad con Jesús, supone también la vivencia de la fraternidad y el compromiso de crecer en ella. En el pan y en el vino, elaborados con granos de trigo y de uvas, está el símbolo de la unidad en la comunidad formada por todo el género humano.

Por eso un día como hoy desde hace muchísimo tiempo los cristianos desbordan de alegría llenando de colorido las calles con las famosas alfombras del Corpus, que a lo largo de la historia ha mantenido su tradición descuidando si acaso su espíritu. Pero por eso también en un día como hoy las iglesias locales celebran el Día de Cáritas, y sus responsables y grupos de personas, nos recuerdan las necesidades de los demás, las carencias que aún están por cubrir. En este año han querido poner el acento en la igualdad de las personas, hombres y mujeres, a la hora de tener acceso a compartir el pan que es de todos. En una de nuestras iglesias locales, la de Canarias, los datos de la pobreza, nos ha puesto de manifiesto Cáritas para celebrar el Día del Corpus, se han agravado, como era de esperar, a causa de la crisis económica. No hay día en que no haya alguien que ha perdido su trabajo, porque las empresas están regulando la plantilla. 11.821 personas fueron atendidas por esta institución solamente en tres de las islas que forman el Archipiélago Canario. Y ha aumentado considerablemente el número de mujeres con cargas familiares, generalmente separadas y en paro. La organización nos ha contado también que el cuarenta y cinco por ciento de las familias isleñas llega mal a fin de mes. A los datos de las diferentes iglesias locales podemos tener acceso bien desde cada una de nuestras comunidades cristianas, bien desde los medios informáticos de Internet. Y es importante conocerlos un día como estos, para que celebrar el Corpus Christi no nos lleve solamente a un compromiso de intimidad personal con Jesucristo, que sería un falso compromiso, sino también al compromiso fraternal, sobre todo con los más necesitados.

En esta línea, en un día como este, no nos vendría mal leernos "Los pobres, los olvidados",carta del obispo de Bangassou (Centroáfrica) Juan José Aguirre publicada en El Diario de Córdoba http://www.diariocordoba.com/noticias/noticia.asp?pkid=405859

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Mayo, 2008, 11:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hacerse como niños

 (Mc 10,13-16):   En aquel tiempo, algunos presentaban a Jesús unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

 

¿Qué tienen los niños que Jesús les pone siempre como ejemplo? Recibir el Reino como un niño, ser como niño. Generalmente los vemos como los indefensos, los que no tienen opinión, los que no votan, los dependientes de los mayores, a los que se les manda callar cuando hablan los mayores, los que molestan, los que no te dejan tranquilo en casa cuando estás cómodo viendo la tele, los que casi siempre quieren que les prestes atención y un sin fin de cosas que en si mismas pueden parecer negativas. Pero por todo ello, son también los más receptivos, los que aprenden, los que acogen, los que piden, los que solicitan, los que se andan sin remilgos para decir lo que sienten o lo que piensan, los más espontáneos, los que preguntan lo que significan las cosas o cómo se hace tal otra, los que son sencillos y abiertos, los que no tienen miedo al ridículo. En definitiva la pureza y limpieza de sus corazones y sus vidas que se traduce en sus ojos, en su alegría, en su docilidad.

 

No son importantes, aunque cada día más en una sociedad que se hace mayor, pero son desvalidos y vulnerables. Por eso Jesús sale en su defensa, en defensa de los más pequeños como hace siempre, diciéndonos que sus valores, los valores del pequeño y del niño, deben ser también valores nuestros.

 

No nos invita a ser infantiles ni ingenuos, sino a ser sencillos y transparentes. Esa transparencia que pedimos a las organizaciones e instituciones sociales, políticas, religiosas, también hemos de pedírnosla a nosotros mismos. Hacerse como niños. No inmaduros, sino como niños, necesitados, sabiendo pedir, conscientes de que no nos valemos solos, pero también de ser espontáneos y decir y hacer lo que sentimos desde el corazón.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Mayo, 2008, 12:21, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Una sola carne

Mc 10,1-12):   En aquel tiempo, Jesús, levantándose de allí, va a la región de Judea, y al otro lado del Jordán, y de nuevo vino la gente donde Él y, como acostumbraba, les enseñaba. Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?». Él les respondió: «¿Qué os prescribió Moisés?». Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».

Palabras duras y difíciles de entender en nuestra sociedad contemporánea, donde lo normal suele ser la inestabilidad familiar o de la pareja. Pero palabras donde dejan entrever lo fundamental de una pareja, más allá de la religión, creencia o ideas que se pueda tener, vivir o practicar: “y los dos se harán una sola carne”. Que traducido desde la interpretación hebrea a la nuestra viene a ser “y serán los dos una sola persona”. La pareja humana, siempre formada por dos personas diferentes en todo, está llamada a complementarse de tal manera que formen una unidad, un solo bloque, tanto en sus proyectos, ideas, fines como en la forma de educar a su familia. En definitiva, la pareja humana está llamada ser una comunidad. Y este mensaje sí que es aplicable a todas las realidades de nuestra sociedad actual. Si el núcleo de la pareja, que convive a diario, no es capaz de vivir las cosas así, ¿cómo será posible en la sociedad?. Por eso, como quiera que seamos, cualesquiera que sean nuestras formas y condiciones, se cual fuere el país donde vivamos o la ideología que poseamos, el mensaje de ser una sola persona, una comunidad de personas es un mensaje que roza cualquier mentalidad y que da un aldabonazo a nuestras conciencias. Es la vida en comunión a la que estamos llamados, y que de forma especial ha de simbolizarse o traducirse en la pareja humana.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Mayo, 2008, 10:08, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un vaso de agua

(Mc 9,41-50):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa. Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser? arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga; pues todos han de ser salados con fuego. Buena es la sal; mas si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros».

 

Son algo exigentes las palabras del Maestro de hoy. Cortarse la mano o el pie, o arrancarse el ojo no es cosa de buen gusto. Y no sabemos quienes estarían dispuestos. Ha habido gente en la historia que sí, y los han declarado santos. Son como mensajes o expresiones algo radicales. Al menos así nos suena, de entrada. Pero igual lo importante es el comienzo del texto: saber dar un vaso de agua al que lo necesita, y hacerlo con generosidad. La cuestión es saber descubrir quienes tienen sed a nuestro lado, cerca o lejos de nosotros. Cerca, al fin de cuentas, porque hoy todo está al alcance de nuestra mano. Y de qué tienen sed, pues puede que no solo sea de agua, sino de justicia, de progreso, de desarrollo, de igualdad, de trabajo, de amistad.

 

Por eso quizá hoy nos habla también Jesús de los pequeños, no tanto o no solo de los niños sino como englobando a los humildes, ignorantes, indefensos, personas con escasa formación, todos aquellas que nuestra injusta sociedad ha relegado a una determinada escala social y que son contemplados desde arriba, como poca cosa.

 

La radicalidad que se nos pide, en definitiva, está en no escandalizar. Y escandalizamos cuando colaboramos, activa o por omisión, en que otros en nuestro mundo tengan sed o sigan siendo pequeños. Todo ello puede ser una lectura más integral del texto, y no quedarnos solo con el hecho de cortarnos una mano o un pie. Lo importante sería tomar conciencia de la repercusión que nuestras obras tienen ante El y ante los demás.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Mayo, 2008, 12:34, Categoría: Comentarios al Evangelio
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"No es de los nuestros"

(Mc 9,38-40):   En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros». Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros».

 

La unión hace la fuerza, decimos nosotros. También que no hay que restar, sino sumar esfuerzos. Y lo importante no es quien se pone la medalla, sino que el trabajo esté hecho. Eso es también lo que de alguna forma pensaba Jesús ante aquellos que se molestaban que otros hiciesen lo que El hacía. Mejor, aún, diría Jesús. Entre más somos, mejor. Para eso ha venido, para que sigan haciendo lo que yo hago.

 

“No es de los nuestros” sigue siendo una expresión muy común utilizada en nuestra sociedad. No es de nuestra iglesia o religión. No es de nuestro partido. No es de nuestra comunidad. No es de nuestro país. Y como “no es de los nuestros” ya desechamos sus ideas, sus acciones, sus iniciativas, su colaboración por positivas que fuesen. Hemos convertido la convivencia, también dentro de materias como la fe, en una especie de partitocracias, todo dependiendo del color o del grupo que tenga el otro. “No es de los nuestros”. Sin embargo, deberíamos decir “todos somos nosotros”. No somos poseedores de nada. Donde quiera que esté el bien, la bondad, el amor, allí está Dios. Lo dice también San Juan en una de sus cartas. Donde hay amor, allí está Dios. No nos dice “donde están las personas de tales ideas o tales grupos, allí está Dios”.

 

Jesús es la generosidad en sus mensajes. No hay monopolios de actuación en el bien. No son los distintitos, señales, medallas, siglas los que nos diferencian en su seguimiento. El Espíritu de Dios actúa en todas las personas, independientemente de la conciencia que cada uno tengamos de su acción. Basta su buena voluntad. También en los políticos que actúan por una sociedad más justa, más allá de sus intereses personales, en los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, en los obreros que logran una mayor solidaridad, en todos y cada uno de muchas personas anónimas que cada día intentan probar y hacer lo que es justo, noble, verdadero, estimable, agradable a si mismo y a otros, no solo no haciendo daño sino sembrando algo de buen estilo. En todo ello, venga de donde viniere, seguro que viene de la fuente de todo bien, en la que todos reconocemos al Supremo Hacedor.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Mayo, 2008, 12:14, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como a los niños

(Mc 9,30-37):   En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos iban caminando por Galilea, pero Él no quería que se supiera. Iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará». Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado».

La infancia, espontaneidad, sencillez, juego, risa, desprotección, necesitado de los demás, decir lo que se siente y piensa, hacer lo que se ve es el modelo que Jesús nos pone como ejemplo de aceptación de su persona. Tener y vivir esas actitudes. También es el que no cuenta, al que no se le pide opiniones, el último de la fila, el que termina haciendo lo que le dicen, expresión todo ello del que no tiene apetencias en figurar, aunque en momentos guste de llamar la atención.

 

Los discípulos, al contrario, al igual que muchas veces nosotros, buscamos la forma de aparentar, de ser los primeros, de ser el más grande. Estaban, estamos en otra onda. Dos mentalidades diferentes: una, la ambición y el triunfo, otra, la entrega y el servicio.

 

No está en contra de tener buenos puestos, de subir en la posición social, de tener mejor trabajo, de vivir en una casa digna, de disponer de más tiempo libre en nuestras vidas. No está en contra de los derechos naturales de las personas, así como de los cívico y sociales. Lo que no le gusta es que queramos disfrutarlos sirviéndonos y aprovechándonos de los otros. Hay que hacerlo como el que sirve, y con espíritu alegre y contento. Recibir a los demás como se recibe a un niño: sonriendo, alegrándonos, regalándole, siendo obsequioso, estando atento a sus movimientos. Como si fuéramos niños, como si recibiéramos a un niño.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Mayo, 2008, 10:59, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hombre de poca fe

(Mc 9,14-29):   En aquel tiempo, Jesús bajó de la montaña y, al llegar donde los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. Él les preguntó: «¿De qué discutís con ellos?». Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y lo deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido».

Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!». Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces Él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?». Le dijo: «Desde niño». Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros». Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!». Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!».

Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él». Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración».

 

Le buscan como en otras ocasiones. Esperan que intervenga en su favor. Sin mucha seguridad. Jesús les pide que lo crean. Que para el que cree, todo es posible. Si tenemos motivos en la vida, podemos seguir buscando, trabajando y moviéndonos. Si tenemos sueños en nuestra vida, podemos hacerlos realidad. La psicología actual también nos lo dice: todo es posible para el que cree. Es cuestión de nuestro propio interior.

Vemos de nuevo a Jesús luchando contra el mal. Eso es lo que simboliza los espíritus inmundos. Pero esta vez necesita orar con intensidad. Porque hay cosas para las que no basta con nuestro quehacer diario, también hace falta suplicar, sentirnos pobres, necesitados de ayuda. “Creo, Señor, pero ayuda mi poca fe”. Es el reconocimiento de la debilidad personal, el de aceptar la fuerza que nos viene de lo Alto, el de la capacidad de entrar en diálogo con Otro que no soy yo mismo. Es la oración que debíamos recitar sin cesar. La fe es algo mas que la seguridad o aceptación de unas doctrinas o ideas, es, sobre todo, sentirse impregnado de una total seguridad en su persona, y saberlo descubrir también en los momentos en que nos rebelamos y luchamos. Es también la que duda y reconoce que necesita crecer. Es, en definitiva, un acto de amor continuo, porque es el vivir de cada uno.

Y en esto es en lo que parece centrarse el texto de hoy, más en la actitud personal de fe de cada uno que en el hecho del demonio, del mal o como queramos llamarle.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Mayo, 2008, 10:37, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ayúdanos, Señor Jesús

AYUDANOS, SEÑOR JESUS

 

Ayúdanos Jesús, a creer que después de esta noche

el sol alumbrará  nuevamente nuestras vidas… 

 

Ayúdanos, a comprender que para creer en Ti

debemos aceptar todo lo que nos mandas, sin preguntar ¿por qué? 

 

Ayúdanos Jesús, a espantar las dudas e inseguridades

y a tener fe hasta en lo incierto y dudoso;

 

Ayúdanos Señor a comprender que no debemos temer porque

Tú escuchas nuestras oraciones…

 

Ayúdanos Jesús, a aceptarte y aceptarnos en todo momento,

a confiar en Ti como un niño en el pecho de mamá.

 

 Ayúdanos a caminar por senderos oscuros,

sabiendo que Tú estás ahí para alumbrar el camino, y evitar que tropecemos.

 

Ayúdanos Señor Jesús, a seguir orando aún cuando perezca que Tú no escuchas...

 

Tú sabes Señor, el por qué de esta oración…

Aumenta nuestra fe, y renueva las esperanzas,

 de todos los que esperamos en Ti por el milagro

de la sanación de quienes te necesitan…

 

Ayúdanos a descubrir que tu Padre nos amó tanto que nos dio tu persona, tu mensaje, tu vida para que todo el que crea en Ti no perezca sino que tenga la vida eterna.

 

Ayúdanos a entender que tu no has venido a condenar, sino a salvar.

 

 

Amén

 

 

Texto original de Ninfa Duarte, salvo los dos últimos párrafos que contienen el texto evangélico de hoy, día de la Santísima Trinidad, en Juan 3,16-18 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Mayo, 2008, 11:03, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Gente y mundo transfigurado

(Mc 9,2-13):  En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de “resucitar de entre los muertos”.

Y le preguntaban: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?». Él les contestó: «Elías vendrá primero y restablecerá todo; mas, ¿cómo está escrito del Hijo del hombre que sufrirá mucho y que será despreciado? Pues bien, yo os digo: Elías ha venido ya y han hecho con él cuanto han querido, según estaba escrito de él».

 

 

Es como si les diera a conocer con un simbolismo los cambios personales y sociales que conlleva aceptar su mensaje y optar por su persona. Nuestro interior se transfiguraría, nuestra persona se convertiría en algo nuevo, y el mundo se volvería al revés. Sus valores lo trastocan todo. Es el secreto del Reino de Dios. Es la tarea nuestra, extender este mensaje a la sociedad de forma que todos podamos aceptar aquello de “Este es mi hijo amado: escuchenle”. Hacer posible que la respuesta social sea: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”, que equivale a decir un “haré lo que me digas”. Escuchar y hacer caso. Escuchar e interiorizar. Escuchar y que se quede dentro de nosotros para que también se traduzca en una transfiguración.

 

Hoy en la salud y en la prosperidad, en toda circunstancia, Dios sigue hablando queriendo cambiar las cosas y mostrarnos como serían si le hiciéramos caso. Habla sobre todo en los acontecimientos de nuestra propia vida. Habla en la enfermedad y en el sufrimiento, en la amistad y en el amor, en la familia y en los amigos, escondiéndose en los problemas de cada día, gozándose en los lazos que nos unen a unos con otros.

 

También nos habla en la miseria y el hambre de los demás, cuando queremos ayudar y no llegamos porque nos faltan medios y nos sobran obstáculos, cuando son las mismas leyes que dan nuestros gobiernos las que nos impiden dar una solución efectiva al que sufre la injusticia, la incomprensión, el rechazo o persecución, o cualquiera de las mil y una carencias siempre injustas de nuestra sociedad.

 

Nos habla igualmente cuando brota en nosotros la generosidad, cuando sacrificamos nuestra libertad, cuando damos tiempo a causas nobles… , porque ahí también estamos escuchándole para ser otras personas, transfiguradas, para hacer posible poco a poco ese otro mundo, también transfigurado.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Mayo, 2008, 11:05, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Yo, servidor

(Mc 8,34-9,1):  En aquel tiempo, Jesús llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». Les decía también: «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios».

 

Cuando el deseo de todos es crecer y progresar, reafirmar la propia identidad, cobrar conciencia de la personalidad, aumentar la autoestima, viene Jesús y parece trastocar los linderos diciéndonos que nos neguemos a nosotros mismos si queremos ser sus seguidores. Poco a poco se va explicando, y no se trata tanto de eso, sino de ganar la propia vida, de crecer la autoestima, de no arruinar su vida, y lo que realmente ayudaría muy poco a reafirmar nuestra personalidad es dejarnos llevar por criterios meramente ambientales que nos inducen al consumo o a crecer en base a la propaganda, a la apariencia o el sobresalir por encima de los demás. Por eso, no se trata de negarse a si mismo por si mismo, sino de perder el yo por los demás y por los valores del Reino. Y éstos si que nos inducirán a un crecimiento personal y a un progreso interior. Porque lo contrario sería dejarnos inducir por el capricho personal o por el espíritu de comodidad.

 

En definitiva, es algo así como estar haciéndonos cristianos todos los días. Del enfoque “yo como centro” –casi como si dijéramos “los demás a mi servicio o a mi conveniencia”- elegir a diario el enfoque “yo servidor” que es como un “yo para los demás”. Por eso, lo del olvídese o niéguese a si mismo. Tiene una connotación positiva y no de renuncia sin más a la propia persona y nuestros propios valores.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Mayo, 2008, 11:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La eterna pregunta

(Mc 8,27-33):  En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Y Él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo».

Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Hay como una aparente contradicción en el texto. Por un lado Pedro reafirma y manifiesta su fe en el Cristo. Pero por otra, Jesús le dice que no hablen a los demás de El, y reprocha a Pedro en otra intervención porque sus pensamientos no son muy creyentes.

 

No todo es blanco o negro, con absoluta diferencia en las vidas de las personas. Siempre somos mezcla de todo. Y junto a la fe y el testimonio explícito que Pedro hace de Jesús, aparecen también sus contradicciones. Al igual que en nosotros en nuestra vida de cada día. Alguien lo dijo un día, que somos santos y pecadores al tiempo.

 

Jesús hoy como ayer sigue siendo un interrogante en nuestras vidas. No siempre sus actitudes y palabras tienen suficiente eco. No siempre son bien entendidas. En muchas ocasiones plantean cuestionamientos a cambios a realizar en nuestras vidas personales y las resistencias afloran, como es lógico.

 

Solo una fe a prueba de bomba nos puede conducir y guiar a su misterio. Y esa a la par que es un don hay también que trabajarla. Sabemos que es nuestra esperanza, nuestra promesa, que sus palabras nos traen descanso a nuestro interior, pero siempre hay una pregunta que solo cada uno debe responder en su interior: “Tú, ¿quién dices que soy yo?”. Es la eterna pregunta, a la que posiblemente podamos dar respuestas diferentes en cada momento o etapa de nuestra vida.

 

Eso sí, pasó en la historia ante mucha gente que no se enteró quien era. Sigue pasando en nuestra historia. Ojala no seamos de ese grupo de gente. Solo el hecho de pararnos a leer estas reflexiones indica que somos de los que al menos, sin tenerlo todo claro, seguimos buscando.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Mayo, 2008, 9:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Nuestra norma de calidad

Jn 15,9-17):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

»Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».

Permanecer en su amor, guardar sus mandamientos, nuestro gozo en un pozo, estar a bien con todo el mundo, hacer buenas cosas a nuestro alrededor, molestarnos por los demás y asunto solucionado: seremos sus amigos para siempre. Porque estamos haciendo lo que nos ha enseñado. Así de sencillo. No tiene vuelta de hoja, y si lo queremos resumido, para que no andemos ideologizando demasiado, también nos lo da en resumen: “Lo que les mando es que se amen los unos a los otros”.

 

No se trata de hacernos trastadas, ni de tenernos envidia, ni de poner puntapiés para que el otro progrese. No. Se trata de amarnos unos a otros. No se trata de buscar nuestros caprichos e intereses situándonos por encima de los demás. No. Es amar a los demás. No se trata de buscar lo que nos separa, de envidiarnos, de devolver mal por mal, de enjuiciar y condenar. No. Lo que nos dice es que nos amemos los unos a los otros. No dice que sigamos con la injusticia de este mundo, con los dimes y diretes, con las orquestas bélicas que están en sinfonía al alza. No. Insiste y resume en que solo se trata de amarnos los unos a los otros. No se trata de dividirnos en partidos, grupos, facciones y estar siempre en contra de lo que salga del de signo diferente por bueno que sea. No. Nos hemos encaprichado en leerlo al contrario. Lo que dice es: aménse los unos a los otros. Es la norma fundamental y básica de la constitución de los creyentes. Sin eso, la convivencia está por el piso. No valemos nada y lo rompemos todo. Solo eso, es el resumen: que se amen los unos a los otros. En términos empresariales de hoy es el criterio de calidad, nuestra norma o directiva para saber si nuestras acciones son de calidad o no. Cabe la risa, el humor, la diversión, el baile, la fiesta. Sin pisar a nadie, sin reírnos de nadie, sino pisando firme todos, bailando juntos, y festejando todos al unísono de manera que quepamos todos en el jolgorio.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Mayo, 2008, 12:45, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Seguimos sin entender

Mc 8,14-21):   En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

 

Con frecuencia aparecen escenas de este tipo en el Evangelio, en las cuales Jesús toma conciencia de que no está siendo comprendido su mensaje y sus actitudes. Por eso también la petición que en ocasiones brota del mismo Evangelio como sugerencia para el creyente: “Señor, que vea”, “creo, Señor, pero aumenta mi fe”. En el fondo estamos también reconociendo nosotros que nos cuesta trabajo entender el proyecto del Reino que Jesús nos muestra. Como si nos fuera más sencillo o menos complicado dejarnos llevar por otras levaduras que fermenten nuestra masa. Ojala el Espíritu, que es también el Defensor, nos defienda de verdad de esas otras visiones, valores que hay alrededor nuestro.

 

Tampoco entendemos cómo la humanidad no entiende de los horrores que ha vivido. Desde los campos de exterminio nazis a las limpiezas étnicas de la antigua Yugoslavia, desde las luchas fratricidas de los pueblos primitivos a las guerras organizadas y televisadas que recién vivimos. Y erre que erre seguimos en las mismas, sin entender que el ser humano es lo primero, que su defensa, de su vida, de su libertad, de su integridad, es lo que más ha de contar para cualquier cosa o situación. Por eso igual es bueno que el olvido y la impunidad no campen por sus anchas. De alguna forma lo plantea la propia Iglesia: no solo hay que reconocer los pecados, sino pedir perdón y cumplir una penitencia. Son condiciones necesarias para acceder al perdón. Algo similar debería ocurrir en la sociedad. Para que logremos entender que la verdad y la solidaridad son las que deben primar. Es absurdo, como nos recuerda el Evangelio, que no entendamos bien estas cosas, y, sin embargo, sigamos dejándonos ser amasados por las otras levaduras que nos han llevado a muchos horrores.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Mayo, 2008, 10:21, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Piden una señal

 

 

(Mc 8,11-13):   En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta

 

Con una especie de portazo en la cara trata la sinrazón de aquellos que obstinadamente no reconocen las pruebas del día a día, las sencillas de la vida diaria y de la acción por los demás, sino que requieren milagros fastuosos. Como si no hubieran -¿hubiéramos?- aprendido a discernir los hechos y sentimientos del Maestro que siguen reproduciéndose en nuestro mundo. En el fondo estaban buscando algo que afianzara su poder. En el fondo seguimos buscando algo que afiance nuestra comodidad.

 

¿Seguimos buscando algo especial o espectacular? ¿Estamos detrás de un razonamiento especulativo o de una explicación científica? Y la única señal seguirá siendo de dentro afuera, la de un corazón nuevo y renovado, de donde salen buenos sentimientos y actitudes positivas que luego germinan en acciones. Para eso ha venido el Espíritu de Dios, para eso sigue viniendo todos los días: para darnos un rostro nuevo, mejor un corazón nuevo.

 

No podemos ser tan ciegos como para no ver las señales del paso de Dios por nuestra vida y la historia – eso es la Pascua, el paso de Dios-, el mismo hecho de estar aquí uno escribiendo, otros leyendo, todos pensando en como crecer por dentro, es la mejor señal del trabajo del Espíritu en nuestras vidas. Creer con sencillez esos pequeños milagros, ya es el milagro de nuestra época.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Mayo, 2008, 10:27, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ven,Espíritu Divino

(Jn 20,19-23):   Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 

Cincuenta días llevamos festejando la alegría de la Pascua y que no nos habíamos quedado solos. Para colmo de ese gozo hoy se nos da al Espíritu que nunca nos abandonará. También el primer día de la semana, también estando reunidos, aunque con miedo a los problemas y dificultades que la vida nos trae.

 

Casi mejor que hoy dediquemos la reflexión a suplicar, a pedir, a orar que venga el Espíritu de Dios, que siga viniendo. Ven, Espíritu divino, sobre mí, sobre cada uno de nosotros, sobre mi familia, a mis vecinos, a la comunidad que pertenezco, a mis compañeros de trabajo. Ven Espíritu de Dios a la Iglesia, a la sociedad, a este país, a mi ciudad, a las asociaciones que la forman. Ven también sobre nuestros gobernantes, sobre los que lo hacen bien y sobre los que todavía no han aprendido, sobre los que colaboran para hacer un mundo en paz y sobre los que fabrican guerras que nunca se acaban, sobre los que son serios y servidores de los demás y sobre los que son corruptos. Ven, Señor, envía tu Espíritu renueva la faz de la tierra.

 

Sigue soplando sobre nosotros y envíanos tu Espíritu para que nuestras vidas sean ejemplo de la tuya, para que cambie de raíz nuestros corazones, para que nuestras cobardías desaparezcan, para que colaboremos a renovar el mundo, para poder ser instrumentos en tus manos, para saber hacer el bien y no limitarnos a no hacer el mal, para luchar sin miedo por la justicia.

 

Envía tu Espíritu, Señor, y nuestro corazón será como el tuyo, amará a todos y contagiará amor; nuestros pies saldrán al paso de los que, como los de Emaús, caminan desilusionados y sin fe; nuestras manos ayudarán a levantarse y acompañaremos al enfermo y al que sufre la soledad, ayudando de una u otra forma al que padece la injusticia.

 

Ven Espíritu Divino, y deja que te lo supliquemos al igual que lo hace la liturgia del día:

 

Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.
Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluya

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Mayo, 2008, 11:54, Categoría: Comentarios al Evangelio
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