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Abril del 2008


Dios sigue hablando

(Jn 16,12-15):   En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros».

 

No están acabadas las enseñanzas de Jesús. Continuarán. Su Espíritu, presente en cada uno y en la comunidad, nos seguirá guiando y enseñando. Lo seguirá anunciando. De muy diversas maneras. No podemos estar cerrados a métodos, costumbres, tradiciones, culturas. El sigue hablando y manifestándose. Mucho tiene todavía que decirnos. No podemos darnos por instruidos totales. Siempre somos aprendices. El Espíritu pone luz en nuestros corazones, y siempre, en buena conciencia y rectitud, sabemos cuando esa luz es verdadera e ilumina el camino y cuando no. El corazón también habla.

 

Poco a poco, en la medida que pasa el tiempo y ponemos en uso los medios que El nos ha dejado, iremos comprendiendo de manera más profunda la persona de Jesús y su obra. El seguirá siendo a lo largo de la historia el Mesías siervo, paciente, que quiere seguir restaurando el reino con la sencillez, la humildad, la verdad, el amor, la libertad que nos hace iguales aunque en la dificultad y los peligros nos lleve al morir. Y hay y habrá momentos en nuestra historia en que se nos abre o abrirá el entendimiento como a los de Emaús, como si fueran clases particulares en momentos determinados y necesitados. Son las llamadas de Dios que continúan en nuestras vidas, tanto desde el silencio como desde el fragor de los hechos sociales. Pero siempre en un encuentro personal con El.

 

Es en la escucha de Dios, que sigue dando señales de vida. Releyendo, meditando, acogiendo su Palabra desde un corazón pobre y abierto siempre la siembra produce fruto, porque el Espíritu del Señor continúa vivo. Como la lluvia empapa y fecunda la tierra, así será la palabra que sale de mi boca, decía el profeta. Es una palabra, la de Dios, portadora de vida, es como la comida para el sustento de nuestro cuerpo. Por eso sigue hablando, por eso tiene aún muchas cosas que contarnos y comunicarnos, y se acomoda a cada persona, a sus circunstancias y acontecimientos, pues si Dios es Palabra resulta también que Dios es comunicación. Solo tenemos que cumplir aquel encargo que nos viene desde el Antiguo Testamento: “¡Escucha!”.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Abril, 2008, 10:03, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No hay motivos para la tristeza

(Jn 16,5-11):   En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’. Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado».

 

No hay lugar para la tristeza. Nos lo viene repitiendo. Así como el motivo: no estaremos nunca solos, pues el Espíritu de Dios vendrá a nosotros y habitará en nosotros. Es algo así como si se fuera y se quedara, no siempre fácil de entender para nosotros. Les conviene que me vaya, porque yéndome vendrá mi Espíritu. Pues ¿no hubiera sido mejor que se quedara? Nosotros buscando lo visible, lo material, lo tangible. El Maestro enseñándonos lo interior, lo que está dentro del corazón, las motivaciones, el espíritu de nuestra propia voluntad y tesón de cada día.

 

No hay lugar para la tristeza ni para el pesimismo. Es una preparación para la Ascensión del Señor, para su subida triunfal. No cabe la tristeza porque sigue y está con nosotros en cada acontecimiento, en las personas, en el vivir de cada día. No lo hemos visto caminando sobre las aguas ni apaciguando una tormenta. Pero sabemos que está a cada vuelta del camino, sembrado de otras tormentas de incomprensiones, de fracasos aparentes, de zancadillas mal intencionadas. En medio de todo ello siempre hay que nos ofrece un saludo cariñoso, una ayuda bienintencionada, una palabra de admiración y de gratitud. Hay un power point que circula por la red titulado “Es Dios” que nos pone de manifiesto las mil y unas circunstancias en las que nos sigue hablando. Eso sí, para poderle escuchar, como a cualquier otra persona, hemos de estar atentos. Para poderle ver hemos de andar con los ojos abiertos. Y esa atención y visión ya lo sabemos, nos la da la fe. Por eso no hay motivos para la tristeza.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Abril, 2008, 10:04, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El grito de los pobres

 (Jn 15,26—16,4):   En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho».

 

No estaremos solos, nos ha prometido y lo hemos reflexionado recientemente. Pero ello no es una llamada a la pasividad, sino a la acción continuada, con más motivación si cabe, pues tenemos más medios interiores. Por eso, “ustedes también darán testimonio de mí”. El estar acompañado reforzará, como decimos, nuestra motivación, pues nos ayudará a ser más fuertes ante las dificultades y contratiempos que de seguro vamos tener, pues también nos expulsarán de las sinagogas y llegará el momento en que el que les ridiculice o haga la vida imposible pensará que así está haciendo un favor a Dios.

 

Y es que siempre ser cristiano ha sido vivir a contracorriente, no solo por cosas externas, sino, sobre todo, por cuestiones internas, tal como es nuestra tendencia interior a la comodidad y a no superar las dificultades esforzándonos. A veces pactamos con ellas, y ya sabemos lo que ocurre en estos casos: nos vencen. Pero El nos ha nombrado sus testigos, a pesar de las contradicciones que podamos vivir. Unos hoy sufren persecución por dar testimonio directo de Jesús, otros por proclamar los derechos del hombre, su libertad y dignidad, lo cual es también una forma secular y válida de nuestro tiempo de proclamar el valor de la fraternidad que Jesús nos enseñó. “Proclamen la beneficencia como la madre Teresa de Calcuta, y hasta les ayudarán, pero pregonen los derechos de los sectores marginados y les declararán la guerra” (J. Moltmann, teólogo). Por eso en mas de una ocasión sentiremos el vacío a nuestro alrededor por ser inconformistas o por ser tachados de revolucionarios. Nos dirán que no tenemos por qué complicarnos la vida, y siempre será más fácil dar una limosna en un tele maratón que vivir en la complicidad con el compromiso permanente a favor de los demás.

 

Hoy son necesarios estos nuevos testigos en nuestra sociedad, donde no cedamos al chantaje, a la corrupción, al robo, al asesinato de indefensos, al pacto de puestos mejores. El grito del Evangelio debe seguir sonando desde nosotros en una nueva sociedad con nuevos problemas, o con los problemas de siempre con vestidos diferentes. Y el grito del Evangelio sigue siendo el grito de los pobres.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Abril, 2008, 11:12, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No estamos solos

(Jn 14,15-21):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él».

 

No les dejaré huérfanos, yo vivo y ustedes también vivirán. Siempre acompañándonos, siempre a nuestro lado. Como las familias grandes de hoy en día, los que viven en casas grandes, o en apartamentos o duplex de dos pisos, y hay niños pequeños, en esos casos muchos padres tienen un aparato mecánico que llevan consigo y les facilita ver los movimientos del niño pequeño que han dejado en una habitación o escuchar si llora estando solo y acudir pronto a su ayuda. Mucho más pronto que esos avances técnicos, Jesús, buscando el mismo objetivo que los padres cual es de ayudar a sus hijos y que nada malo les pase, nos dejó su Espíritu: yo pediré al Padre y les dejará con ustedes, para que no estén solos, al Espíritu de la verdad.

 

Son palabras de aliento y de confianza para que nunca nos sintamos solos en nuestra tarea de cada día. Son motivos para sentirse uno contento y agradecido, sabiendo que la misión es difícil pero no imposible, pues andamos por la vida bien acompañados. No cabe el pesimismo de preguntarnos, ante situaciones difíciles, dónde está Dios ahora. No nos ha dejado abandonados. El Espíritu es como la linterna que nos hace caminar con soltura por lugares desconocidos y oscuros. Siempre, de día y de noche, o sea en la alegría y en la tristeza. Aunque no nos demos cuenta. Como el aparatito técnico ante los hijos de que hablábamos al principio, en plan de ejemplo. Siempre. Lo prometió, y lo prometido es cumplimiento para el Maestro. Hoy, pues, nuestro sentimiento más profundo es: Gracias, Señor, por no dejarnos solos

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Abril, 2008, 11:44, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Por causa de mi nombre

(Jn 15,18-21):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros.. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado».

 

 

Ser sal del mundo, ser luz, permanecer en su Palabra, si a Mi me han odiado a ustedes también, el siervo no es más que su señor, será a causa de mi nombre, son palabras que los textos evangélicos nos repiten con frecuencia, recordándonos nuestro compromiso y nuestro quehacer con los demás. El texto que hoy acompaña nuestra reflexión evangélica nos ayuda a ser consciente de nuestras debilidades al tiempo que profundiza en el contenido de aquellas cosas concretas o detalles que hemos de tener en cuenta en nuestro seguimiento de Jesús

 

Perdón amigo me equivoqué

Autor: P. Zezinho




A veces, por esforzamos en ser amigos, no lo somos...


Si té causé perplejidad, si te quité el sueño y la paz,

si mi reprensión fue demasiado dura,

si no supe darte la razón,

si para colocarme arriba, utilicé mi superioridad,

si exigí que me escucharas mientras que yo no lo hice,

si interrumpí demasiado nuestra conversación,

si fui demasiado severo en aquella "amada de atención,

si ocupé demasiado tu tiempo, si me interpuse entre otros amigos,

si no respeté tu privacidad,

si hice preguntas molestas,

si alguna vez te mentí,

si te oculté algún secreto,

si no te defendí,

si no te acerqué a Dios,

si llamé por teléfono, hablé o pregunté demasiado,

si de alguna manera, fui un pesado y un lastre, perdóname.

Hay veces, que, por esforzarnos demasiado en ser amigos podemos llegar a equivocarnos.

Y el amigo que se equivoca de dirección piensa más en si mismo que en los otros

Si hice eso, perdón. ¡Aprenderé a no ocupar tu vida!

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Abril, 2008, 12:00, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Díganselo a todo el mundo

Mc 16,15-20):   En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban».

Es el mandato de Jesús, es nuestra misión, la de anunciar su Buena Nueva, con nuestras palabras y hechos. Y todo ello irá corroborado por obras y acciones donde se haga el bien, de alguna forma el mensaje evangélico, vivido y aplicado cada día, viene a transformar las realidades, tanto personales como colectivas o temporales. No es para cada uno a nivel interior, que también, sino además sirve para expulsar el mal, hacer que la gente se comunique a pesar de tener diferentes lenguas y se pongan de acuerdo para organizar el mundo de acuerdo a los criterios evangélicos. Podría ser la traducción actual de todas esas señales que dice Jesús acompañarán a sus testigos.

 

Encomendándonos esa tarea se va tranquilo a la casa de su Padre y nosotros a trabajar, como los discípulos de aquella época.

 

Y lo hacemos no por estrategia ni porque se nos obligue, sino porque lo llevamos dentro de nosotros. Y uno tiende a comunicar lo que vive, lo que siente, lo que piensa. Y lo hacemos más allá de miedos, de prejuicios, de comodidades personales. Simplemente hablamos de lo que vivimos, y actuamos de acuerdo a lo que pensamos. Si lo que nos sale fuera de la boca o nuestra forma de actuar es contraria a los valores evangélicos no solo no estamos evangelizando, sino que además tenemos una carga hipócrita en nosotros mismos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Abril, 2008, 10:30, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Con gozo y alegría

(Jn 15,9-11): “En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado».

 

No solo habrá contradicciones interiores, como nos ha dicho en alguna ocasión, sino que, sobre todo estas cosas nos las ha dicho para que su gozo esté en nosotros y nuestro gozo sea completo. Seguimiento, opción personal, esfuerzo, vencimiento, lucha interior pero con un resultado que merece la pena: alegría desbordante.

 

Y alegría interior, como una virtud, como algo estimable, como algo a alcanzar. Porque la alegría interior también debe estar presente cuando vemos sufrir a los que queremos y no podemos aliviarle su sufrimiento, cuando nos sentimos pobres para ayudar, cuando leemos cada mañana en los periódicos tragedias en las familias y en distintos países, cuando conocemos injusticias que se comenten con los indefensos.

 

No es, claro está, la alegría de las grandes carcajadas, ni la alegría bullanguera de las fiestas. Nos habla de una alegría que es compatible con el dolor y sufrimiento normal de la vida, de la alegría de saberse amado, de la que nos llena el alma cuando estamos en actitud de intentar hacer el bien. Es una alegría serena y tranquila que nace del interior de la persona, de saberse uno sentir en coherencia de acción con lo que se piensa y mueve a cada uno.

 

Como dice José Antonio Pagola: “Una cosa es muy clara para el evangelista. El mundo no va a poder «ver» ni «conocer» la verdad que se esconde en Jesús. Para muchos, Jesús habrá pasado por este mundo como si nada hubiera ocurrido; no dejará rastro alguno en sus vidas. Se necesitan unos ojos nuevos. Sólo quienes lo aman podrán experimentar que Jesús está vivo y hace vivir.

Jesús es la única persona que merece ser amada de manera absoluta. Quien lo ama así, no puede pensar en él como si fuera alguien que pertenece al pasado. Su vida no es un recuerdo. El que ama a Jesús vive sus palabras, «guarda sus mandamientos», se va «llenando» de Jesús.” Y por eso su alegría será rebozada.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Abril, 2008, 12:08, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Yo soy nosotros

(Jn 15,1-8):   En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos

 

Está conversando con sus amigos, y les cuenta sus intimidades. Lo bueno y lo no tan bueno. Ustedes ya están limpios, permanezcan en mi y darán mucho fruto, pero si no permanecen unidos vendrá a ser como el sarmiento que se corta y se separa de la vid y consiguientemente se seca. Lo dicho siempre, desde diferentes ópticas y maneras: apostar por el cristianismo es una opción personal.

 

Pero el sarmiento no solo está unido al tronco, sino también al resto de ramas, y juntas forman la vid. Así nosotros, unidos al tronco y a los demás sarmientos. Sin formar parte de ese todo, somos como un palo seco. Parece ser Hegel quien afirmara aquello de “Yo soy nosotros”. Más allá de religiones y creencias, la filosofía en este caso también coincide con las verdades del Maestro. Con frecuencia hemos comentado que las enseñanzas de Jesús obedecen en la mayoría de las ocasiones al sentido común. Y que nada que vaya contra el sentido común puede estar a favor del Evangelio. Decir “yo soy nosotros”, es como decir “estoy unido a la vid”, “Yo soy la vid”, “Yo soy los otros”. La imposibilidad, la incompetencia, el egoísmo, la comodidad nos podrán impedir esta unidad en ocasiones, pero a ella estamos llamados.

 

Las reflexiones siguientes de Luis Lojero que en su blog filosofa sobre esta realidad nos podrán ayudar a descubrir como Jesús es la vid y nosotros los sarmientos, pero los sarmientos no van cada uno por su lado:

 

 

“¿Es hoy, éste y el siguiente un mes en el que deba sentirme orgulloso de mi patria? Pero si puedo observar las bombas explotando por los caminos que costaron tanto trazar, esos caminos que llevan a mi antigua escuela, al trabajo, al básico alimento diario. Esos hechos por mi viejo yo, por esas manos de tata, de bisabuelos que tenía.

 

Me siento culpable y muy ofendido pues yo son ellos y ellos bien que soy yo. He sido de victoria a obrador de salinas, de vendedor cojo a la Santa, de la cruz. Calderas grandes, perfidias, cádenas y zorras de sembradío de un indio zapoteco. Todos somos yo. No quiero ya mentir con el pronombre, ellos, él y ella. Tú ni siquiera existes. Eso lo he reiterado hasta cansarme aunque erré crasamente, olvidé la otra mitad del círculo, esa que asciende.

Tú no existes pues ese soy yo. Y si tú no estás, tu plural nunca lo estuvo. No hay más de uno, no hay dogma en soy. Gao lo ha dicho, nosotros es el pronombre más débil, el más irresponsable.
Ahí está mi peor daño.

 

Seré todo y a ello deberé atenerme. Mujer, hombre y niño. Soñador y realista con ambas manos, izquierda y derecha en el trabajo. Soy prostituta, víctima, raptor y madre. Policía, salvador, pueblo y élite. De a pata, caballo y también rueda siendo. Soy yo, simplemente yo. Soy indígena de tierra y empresario de acero. Soy una gran escritora, soy alumno mío, maestra que alumbra. Soy el verdugo, virus y vacuna de mi cuerpo, soy YO y nadie, absolutamente nadie más que yo. Soy el pasado y seré lo que soy.” (http://lojero.blogspot.com/2006/08/nosotros-nada-yo.html)

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Abril, 2008, 10:45, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un heraldo de la paz

(Jn 14,27-31a):   En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».

 

Nos da la paz, pero con su vida, pasando por el dolor de la cruz y la renuncia a si mismo. No se las doy como la da el mundo, y lo digo ahora antes de que suceda. No es una paz cualquiera, es algo más que la ausencia e guerra, porque en otra ocasión nos dirá que no ha venido a traer la paz sino la guerra. ¿Contradicciones?

Su paz es fruto de una lucha fuerte, de una lucha interior contra la comodidad. Al igual que en nosotros si queremos lograrla, hemos de lucha contra actitudes y circunstancias exteriores e interiores. No es la paz del silencio de los cementerios, ni de la después de un toque de queda, ni la paz del pasota, al que nada atañe ni por nada se conmueve. Es la paz del que ha luchado, venciéndose a sí mismo, por los demás. Similar a la expresión de M Luther King: “después de mi muerte, digan, si quieren, que ha muerto un heraldo de la paz”.

 

Es la paz fruto de la lucha de cada día, del quehacer laborioso por un mundo mejor. “Si hay una acción buena que realizar, hágala ahora, si hay una palabra buena que decir, dígala ahora porque ese momento no se volverá a repetir” (William Morris). Es la paz que no cesa, no la que es fruto del estar sentados, sin hace nada, sino la de aquel que continúa haciendo el camino cada día. Esa fue la paz que nos dejó Jesús, la de aquel que murió, como dice nuestro adagio popular, con las botas puestas.

 

Pero es también la paz, y su deseo ferviente, para todos los que en este momento mientras leemos estas reflexiones están muriendo víctimas de la guerra en Irak, Sudán o múltiples lugares que seguimos llamando como las guerras olvidadas o ignoradas. Es la paz fruto de una acción gubernamental que solo suele llegar cuando los ciudadanos de a pie, comprometidos con esa causa, la pedimos insistentemente y de muchas maneras, con nuestras voces y reflexiones, con nuestras acciones y votos, con nuestro saber concienciar a los demás. Es también una forma de morir con las botas puestas, sin mirar hacia atrás y sin cansancios.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Abril, 2008, 12:28, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Amarnos a pesar de las diferencias

(Jn 14,21-26):   En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».

 

Obras son amores, y no buenas razones, dice nuestro refranero. Es lo que aplica también Jesús: Si alguno me ama, guardará mi Palabra. Es uno de los criterios para que cada uno de nosotros podamos evaluar si realmente amamos a Dios o no. Sus mandamientos los dejó impresos Moisés en unas tablas, pero el propio Jesús se ha ido encargando de matizarlos, de explicarlos, de detallarlos, tanto que al final los ha dejado resumidos en dos. De ahí lo que se nos ha explicado para preguntarnos a nosotros mismos de cómo vamos a amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano a quien vemos a diario. Amarle a pesar de las diferencias.

 

Depende de la actitud interior que tengamos. Nancy de Mos escribe : “La verdadera santidad empieza en el interior –con nuestros pensamientos, actitudes, valores y motivaciones- esas más profundas partes de nuestros corazones que solo Dios puede ver” pero que luego de forma espontánea se traducen en el exterior en comportamientos, frases y acciones.

 

Y es que a pesar de nuestras diferencias vivimos en el mismo planeta, dependemos del mismo Sol y necesitamos de la Tierra, cuyo día internacional celebramos ayer, y un buen medio ambiente, nos admiramos ante las mismas estrellas, nos mojan las mismas lluvias, sufrimos las mismas tormentas, el viento nos acaricia a todos por igual y somos reflejo del esplendor de la naturaleza. El clima y las estaciones afectan a cada uno por igual dependiendo del lugar donde vivimos.

 

No vivimos solos. Nos rodean otras personas. La organización social no es para cada uno de nosotros, sino para todos. Es posible que a unos aguantemos, a otros sintamos cariño, con otros vivamos la amistad. Pero siempre dependemos unos de otros. Por eso entre todos debe primar el respeto, la tolerancia a las diferencias, el perdón de sus defectos o fallos, como nosotros necesitamos el suyo. Amar a pesar de las diferencias.

 

Caminamos por las mismas calles, frecuentamos los mismos comercios, a veces calzamos la misma marca de los zapatos, utilizamos los mismos medios de transporte, escuchamos los mismos sonidos en la calle o en el barrio. Somos diferentes, pero somos iguales. Hasta por ley natural, estamos llamados a entendernos, a comprendernos, a respetarnos. En la máxima evangélica, a amarnos. Y para que lo entendamos mejor nos, Jesús nos  da más medios: el Padre enviará en su nombre al Espíritu Santo, una presencia interior permanente en nuestras vidas.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Abril, 2008, 10:32, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Yo soy el Camino

(Jn 14,1-12):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino».

Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto».

 

Yo soy el camino...

Si nadie te ama, mi alegría es   amarte.
Si lloras, estoy deseando consolarte.
Si eres débil, te daré mi fuerza y mi alegría.
Si nadie te necesita, yo te busco.
Si eres inútil, yo no puedo prescindir de ti.
Si estás vacío, mi ternura te colmará.
Si tienes miedo, te llevo en mis brazos.
Si quieres caminar, iré contigo.
Si me llamas, vengo siempre.
Si te pierdes, no duermo hasta encontrarte.
Si estás cansado, soy tu descanso.
Si pecas, soy tu perdón.
Si me hablas, trátame de tú.
Si me pides, soy don para ti.
Si me necesitas, te digo: estoy aquí dentro de ti.
Si te resistes, no quiero que hagas nada a la fuerza.
Si estás a oscuras, soy lámpara para tus pasos.
Si tienes hambre, soy pan de vida para ti.
Si eres infiel, yo soy fiel contigo.
Si quieres hablar, yo te escucho siempre.
Si me miras, verás la verdad en tu corazón.

Si estás excluido, yo soy tu afiliado.
Si no tienes a nadie, me tienes a mi.
SI ERES SILENCIO,
MI PALABRA HABITARÁ EN TU CORAZÓN

Fuente: http://www.elixiresparaelalma.com.ar/fe/camino.htm

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Abril, 2008, 11:58, Categoría: Comentarios al Evangelio
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"...y todavía no me conocen?"

(Jn 14,7-14):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

 

Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y todavía no me conocen. Suele pasar. No solo en nuestra relación con Jesucristo, sino en la comunicación con nuestros semejantes: desde los más cercanos y queridos de la familia hasta otros con los que solo nos une lazos de vecindad y buen hacer. Hemos hablado muchas veces, les hemos escuchado, hemos compartido miles de situaciones, y en ocasiones descubrimos que estamos anclados en el pasado de nuestras primeras impresiones. Las personas siempre deben sorprendernos, no debemos acostumbrarnos a lo que hemos palpado en el primer impulso. Si bien el primer conocimiento marca, luego el conocer al otro, también a Jesús, debe ir en una línea de crecimiento. Porque al otro, y también al Otro, nunca se le conoce en profundidad. Siempre hay un misterio insondable en los demás. Las palabras de Jesús que suenan a reproche, y lo son, porque no se habían enterado aún de con quien andaban por el camino de la vida, son también una llamada a espabilarnos en nuestra concepción de la persona. Decir “ya le conozco”, es como decir que hemos llegado al final de sus posibilidades. Y Jesús siempre debe sorprendernos. Y las personas, los otros también.

 

La lectura atenta y meditada de su Palabra, el Evangelio, los otros son medios que tenemos a nuestro alcance para seguir profundizando en el conocimiento del Salvador. Y eso, los tenemos a nuestro alcance. Conocer a Jesús, por otra parte, como también conocer a los demás es algo más que un conocimiento intelectual, de estudio. Si fuera así, puede que ya lo conozcamos casi todo y las palabras de Jesús no estuvieren dirigidas a nosotros. Conocer, y más en el lenguaje bíblico, es algo más que lo meramente intelectual, encierra la idea de relación de amistad, de familiaridad, de intimidad, de compenetración total con la persona a la que creemos conocer. Es algo así como sentirnos identificados con sus ideas, proyectos y deseos. Por eso lo del “y todavía no me conocen”, puede ir dirigido también a los más estudiosos y conocedores intelectualmente del mensaje bíblico. Igual criterio habríamos de tener en cuenta en nuestra relación o presunto conocimiento de aquellos que nos rodean.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Abril, 2008, 11:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un año caminando juntos

(Jn 14,1-6):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».

 

Hay  espacio suficiente y sitio para todos. La casa es grande, y estancias disponibles muchas. No solo cabemos todos sino que estamos todos invitados. No sabemos bien cómo es, porque andando el camino iremos conociéndolo mejor. Lo que sí sabemos es el camino a tomar: la estela del propio Jesús. Lo dejó bien claro: Yo soy el Camino, también la Verdad y la Vida. Hemos hablado infinidad de ocasiones de este tema: es una cuestión de opción personal. Justamente mañana, 19 de abril, si Dios quiere, hace un año que estamos colgando estos comentarios nuestros en este blog. Sabemos que son muchos los que han pasado por el mismo. Hay días que han sumado hasta cuatrocientas personas. Amén de los que nos leen directamente por emails recibidos por el texto. Y en todos ellos hay un leit motiv, una constante que se repite: ser creyente es ser seguidor de Jesús, todo es cuestión de una opción personal, lo fundamental es el mensaje del Evangelio, aceptado y vivido con libertad, más allá de las connotaciones culturales de cada época y de cada momento.

 

Todo ello nos dará calma, paz y serenidad. No se turben sus corazones. No tengan miedo. La calma, paz y serenidad son también índices o señales de andar por el buen camino, de ese camino que vamos haciendo al andar, sabiendo que tenemos un buen guía. Nada de angustias ni temblores. El camino es difícil, hay que tomar decisiones, pero el Maestro quiere que lo hagamos con el corazón lleno de paz y de confianza. Somos como los de Emaús, pues con frecuencia sale al paso para acompañarnos, haciéndose el encontradizo de las formas y maneras originales con que suele presentarse, desde un conocido hasta un desconocido pasando por el forastero, desde un acontecimiento alegre hasta otro algo más triste, desde momentos de turbulencia hasta otros de serenidad. Pero caminando con nosotros, y haciendo camino al andar juntos. Así lo hemos sentido también nosotros en este año que llevamos día a día compartiendo con ustedes desde este blog y otros medios. Gracias por acompañarnos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Abril, 2008, 10:43, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como quien sirve

(Jn 13,16-20):   Después de lavar los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan ha alzado contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado».

 

Es un gesto de servicio ya conocido por nosotros- el hecho de lavar los pies a los discípulos- que nos recuerda que los demás son iguales a nosotros y nosotros iguales a ellos, avocados a la relación interpersonal y comunicación, y no a utilizarles ni ser utilizados. Y dichosos seremos si lo cumplimos. Estamos para ello, es algo más que una consigna. Seremos, pues, dichosos poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús. Y es que el conocimiento religioso no es una teoría, no es un mero saber de memoria, para que realmente sea válido debe ser experiencial, debe traducirse en acción. Solo así el conocer el Evangelio, conocer sus enseñanzas, solo así es eficaz para quien lo posee y sirve de ejemplo para los demás. Ya que también a eso estamos convocados: a dar ejemplo a otros.

 

Preguntas, pues, importantes que nos darán la calidad de nuestra condición creyente son preguntas tales cómo si nuestra vida es un servicio, a quiénes servimos, de quiénes somos servidores, hasta dónde llega nuestro servicio. Fijémonos en que la Iglesia cuando habla de sus autoridades, de los que tienen una función especial o un encargo cualificado habla de los “ministros” de la Iglesia, término que viene de “ministerio”, y que, por tanto, como sabemos, significa servicio.

 

No es una relación de amo – siervo, que tiene connotaciones de represión, tiranía o similares. Es una relación de servidores entre sí. Estamos entre los demás como quien sirve. Al igual que el Maestro. Y lleva consigo también eliminar cualquier tipo de dominio que podamos tener sobre los demás, también sobre sus conciencias.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Abril, 2008, 11:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Que la antorcha siga iluminando

(Jn 12,44-50):   En aquel tiempo, Jesús gritó y dijo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí».

 

Ha venido, entre otras cosas, para disipar oscuridades, y que caminemos con los criterios bien claros, sin tropezar con nada ni nadie. Pero somos libres de seguir su sendero o no. El habla de acuerdo a lo que ha escuchado de su Padre. No es algo individual su mensaje. Viene de parte de Otro. Al igual que nosotros en nuestro quehacer diario. No podemos ser individualistas e ir de protagonistas en la vida. Es otro el protagonista. Nosotros somos intermediarios.

 

Ha venido como luz, no podemos, pues, vivir en las tinieblas. Pueden haber otras luces, otras antorchas. También hay muchas antorchas en el mundo que alumbran con la verdad y la libertad. En estos días una de ellas pasea y corre por casi todos los países del mundo, portando un mensaje de esperanza y fraternidad, como siempre lo ha hecho cuando de deportes se trata. No es una mera competición, sino poner en común destrezas y habilidades que unan a los pueblos entre sí. Siempre han sido garantes de libertades y de derechos humanos. Por eso su paso por el mundo está despertando diversos sentimientos y actitudes, pero sigue adelante portando su llama, la llama de la esperanza para que donde no haya libertad comience a existirla.

 

No podemos ni debemos esconder esas luces debajo de un celemín, ni tampoco enturbiarlas con prácticas que atenten contra los seres humanos. Es hora de no pasar desapercibidos, podría ser también un síntoma de oscuridad. No solo la antorcha olímpica, también la que cada uno ha de llevar en la carrera de la vida, entregándola a quien encontremos en el camino. La antorcha olímpica puede ser un ejemplo, se van dando el relevo unos a otros, a pesar de las dificultades y protestas, porque en este caso las protestas son también otras luces que iluminan los caminos de aquellos que todavía andan en la oscuridad. Que esa luz, y las nuestras de cada día, sirvan para que nadie viva en las tinieblas, que todos podamos descubrir los valores de la verdad, de la justicia, de la fraternidad que el Evangelio nos proclama. Todo lo contrario a la tiranía, a la injusticia, a la dictadura, a la represión, al egoísmo, a los intereses de unos pocos sobre otros muchos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Abril, 2008, 10:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Por nuestras obras

(Jn 10,22-30):   Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

 

No por repetir las cosas una y otra vez, de forma insistente, se entienden mejor. Hace falta disposición interior para dejarse calar por los mensajes y saber discernir. Es lo que le faltaba a aquellos judíos, que no terminaban de creer nisiquiera viendo las obras que Jesús hacía. Si, es un regalo, un don. Lo de la fe, nos referimos. Pero los regalos hay que abrirlos, y abrirlos con ilusión, con cariño y recibirlos con agrado. Eso es lo que nos permite ser de sus ovejas. Como decía Santo Tomás comentando este pasaje: «Puedo ver gracias a la luz del sol, pero si cierro los ojos, no veo; pero esto no es por culpa del sol, sino por culpa mía».

 

Nuestras obras también dirán, en el día a día, en quien creemos y como creemos. Nuestro paso entre los demás, en nuestro ambiente no puede pasar desapercibido. Siempre dejamos una huella, un olor. Que sea el olor de los valores del Evangelio, valores que ya conocemos, y que nos harán ser sal del mundo y levadura que fermenta.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Abril, 2008, 10:28, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Yo soy el buen conductor

(Jn 10,11-18):   En aquel tiempo, Jesús habló así: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre».

Un buen pastor que conduce a sus ovejas y busca lo mejor para ellas, procurando además que no anden separadas sino unidas, con un rebaño que no está cerrado en si mismo sino abierto no solo a que entren otras ovejas sino a que las que están dentro compartan con las que están fuera. Una tarea que hace propia, aunque en ese empeño le vaya la vida.

 

Todos tenemos necesidad de que nos guíen pero todos somos, al tiempo, conductores. Todos recibimos orientación, pero todos somos también pastores. Por eso procuramos ser solícitos y atentos, desviviéndonos por los demás en el ámbito familiar, vecinal, social, comunitarios. Somos guías y guiados a la vez. Doble responsabilidad. Saber recibir y saber dar. Para ello es preciso sabiduría, la sabiduría de saber ir dando la vida poco a poco voluntariamente, como hacía el Maestro.

 

Para el pueblo judío, seminómada, la figura del pastor no solo era algo conocido sino una figura amable. Hoy en la cultura más técnica nuestra igual podría ser el buen conductor o el buen web master, hoy igual precisamos para aprender de una escuela de conducir o de un curso de informática. Pero, sea como fuere el nombre que le demos, que la cercanía de nuestra experiencia ya consolidada no nos impida ver su luz ni sus orientaciones, pues sigue saliendo a nuestro paso en los momentos difíciles y en los sencillos. Le hemos visto asomar como silencioso en medio de las dificultades, como escondido en muchas de nuestras desilusiones, le hemos encontrado cuando experimentamos tropiezos o caídas, nos sigue trayendo a la memoria sus promesas, abriéndonos los ojos para que le veamos, y hablándonos en silencio en el corazón. Por eso muchas veces, sin darnos cuenta, y de forma espontánea, en nuestros ratos de interiorización brota de nosotros y desde lo más adentro aquello de “El Señor es mi pastor, ¡nada me puede faltar!”

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Abril, 2008, 10:54, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Yo soy la puerta

(Jn 10,1-10):  En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

 

Yo soy la puerta, el único lugar por donde se puede entrar al Reino, y no se la puede bordear ni utilizar otra entrada. Lo comentábamos ayer. Ser creyente es hacer una opción por Jesús. Yo soy el camino, la verdad, la vida, nos dirá en otra ocasión. Yo soy el pan de vida, nos ha repetido en días pasados. Jesús es el eje central del Evangelio, de la historia de los creyentes, de los testimonios de aquellos que nos han precedido, de las lecturas sobre el misterio cristiano, de la teología de los grandes pensadores. Jesús de Nazaret es el eje central que también aglutina desde la admiración y el seguimiento de su conducta de mucha gente en el mundo que no se siente cristiano desde la perspectiva religiosa, pero que lo considera como un ejemplo a imitar.

 

Para nosotros es también nuestro guía, sabiéndonos conducidos por El sabemos que andamos por el buen camino. Es nuestro pastor, nuestro Buen Pastor. Por buenos caminos nos habrá de llevar, y cuando estemos al borde del precipicio allí estará El empujándonos hacia atrás, cuando nos quedemos sin agua allí aparece El orientándonos en el camino a tomar para calmar nuestra sed, cuando vayamos descarriados volverá a indicarnos los senderos por donde ir. Es el pastor que nos conduce a la puerta por donde entrar a su Reino. Confianza absoluta en su persona.

 

Pero es también quien nos hace sus seguidores, para que seamos pastores de otros y pequeños porches o lugares de entrada a la puerta grande. Confianza y optimismo se dan la mano con compromiso y esfuerzo. Así vamos andando, haciendo camino al andar, con serenidad pero con seguridad, pues El es nuestro pastor que, conociéndonos uno a uno, nos conduce a la puerta real, que es El mismo, a veces estrecha e incómoda pero que da entrada a un salón espacioso y confortable.

 

Puede que las imágenes pastoriles no casen con la modernidad de nuestra civilización y de las nuevas tecnologías. Pero, recordando y haciendo memoria, podemos actualizar cosas importantes de los pastores para traerlas a nuestra época, y una de ellas es que conocen a sus ovejas una a una. Y ese es el Buen Pastor: nos conoce uno a uno, con nuestro nombre y apellido, puede que también con nuestro email o nuestro nick, pero ciertamente con nuestros logros y debilidades, con lo positivo de nuestras vidas y con nuestros errores y fracasos, con nuestros buenos deseos y con las motivaciones mas egoístas que hemos podido tener, y así como somos, sigue siendo nuestro buen pastor que nos quiere seguir conduciendo a la puerta grande de entrada que siempre está abierta de par en par.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Abril, 2008, 12:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Vida eterna y realidad

(Jn 6,60-69):   En aquel tiempo, muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?». Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?. El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen». Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre».

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

 

Después de escuchar las enseñanzas de Jesús sobre el pan de vida, la gente como que se divide en dos grupos, estando formado el más numeroso por aquellos que o bien les resulta unas palabras difíciles de entender y digerir u otros que hasta se escandalizan. Solo unos pocos, sus fieles seguidores, deciden continuar en esa tarea de seguimiento: “solo Tú tienes palabras de vida eterna” y, por tanto, no tenemos otra opción que seguirte. Más sencillos, son también más confiados en Aquel que hasta ahora les ha demostrado con sus obras que vale lo que dice. No necesitan soportes ideológicos, les basta su experiencia personal.

 

 

“El evangelio de Juan que estamos leyendo en este tiempo presenta a Jesús con imágenes originales y bellas. Quiere que sus lectores descubran que sólo él puede responder plenamente a las necesidades más fundamentales del ser humano. Jesús es «el pan de la vida»: quien se alimente de él, no tendrá hambre. Es «la luz del mundo»: quien le siga, no caminará en la oscuridad. Es «el buen pastor»: quien escuche su voz, encontrará la vida”. (Ecclesalia). Todo ello son expresiones también que nos hablan de lo central de nuestra fe: ser creyente es hacer una opción por la persona de Jesús, quien, en ese caso, debe centrar nuestra vida y nuestras motivaciones.

 

Eso sí, y no podemos perderlo de vista, si la eternidad – tú tienes palabras de vida eterna- es el horizonte del océano donde navegamos como personas que buscan la verdad y la felicidad, no podemos olvidarnos de que navegamos en medio de olas y de mares serenos, es decir en medio de la historia. La historia, nuestra vida de cada día (familia, ambiente social, amigos, trabajo, ideologías, política) es el escenario donde se ha de mover nuestro quehacer y compromiso diario. Estamos inscritos en la mente de Dios que nos ha hecho el regalo de la fe, pero El también se ha insertado en la historia humana para enseñarnos que nosotros, con visión amplia, de largos horizontes y espacios que rozan con la eternidad, seguimos aquí con los pies en la tierra donde estamos empeñados en la construcción del Reino. ¿A quién iremos, si solo Tú tienes palabras de vida eterna, es decir si solo Tu puedes mantenernos en la fidelidad día tras día de nuestro quehacer por un mundo más fraterno?

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Abril, 2008, 12:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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En la cena del Cordero

Juan 6,52-59: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne y beber su sangre?... se preguntaban antes y ahora. La Eucaristía que en estos días nos recuerdan los textos evangélicos propios del momento nos pone de manifiesto el deseo de Jesús que vivamos en comunión con El. Es algo más que un rito, es la renovación actualizada del encuentro personal con Jesús.

De muchas formas y maneras, teólogos, comentaristas y poetas han expresado este sentir del Maestro. Recogemos hoy como colofón a estos dias un poema de Juan López de Ubeda, que nos pone de manifiesto el acto de amor que hay en el trasfondo de la Eucaristía.

 

EN LA CENA DEL CORDERO

En la cena del Cordero,

habiendo ya cenado,

acabada la figura,

comenzó lo figurado

por mostrar Dios a los suyos

cómo está de amor llagado,

todas las mercedes juntas

en una las ha cifrado:

pan y vino material

en sus manos ha tomado,

y en lugar de pan y vino,

cuerpo y sangre les ha dado.

¡Oh, qué infinita distancia

y qué amor tan extremado,

es manjar Dios, y convida

y el hombre es convidado!

Si un bocado nos dio muerte,

la Vida se da en bocado;

si el pecado dio el veneno,

la triaca Dios la ha dado;

y haga fiesta el cielo y la tierra,

y alégrese lo criado,

pues Dios, no cabiendo en ello,

en mi alma se ha encerrado.

Juan López de Ubeda

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Abril, 2008, 11:16, Categoría: Comentarios al Evangelio
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