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Marzo del 2008


La ternura de Dios

(Lc 1,26-38):   Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Es el momento en que se le anuncia a María que va a ser la madre de Jesús. Es la fiesta de la Anunciación del Señor. Lo deseado, soñado y esperado por el pueblo de Israel comienza a ser realidad. Lo que parecía imposible, empieza a ser posible. Todo dentro de un misterio, que significa no tanto lo incomprensible sino el regalo, el don.

Se hace uno como nosotros, entra en nuestra historia, se mete dentro de ella, y a través de una sencilla mujer, aldeana, pero honrada, sin grandes estudios pero con buenas actitudes. Como casi todos los humanos. Pero de forma regalada, donde no caben los razonamientos humanos ni los curriculums de méritos. Es a través de lo débil del mundo, y no de la fortaleza de los creídos.

Parece como un cuento, algo difícil de creer. Pero es así. Estaba rezando, haciendo meditación o contemplando. Y en ese silencio, Dios le habla. Como a tantos de nosotros, gente del montón, sin grandes méritos, salvo el de buscar esos ratos de silencio. Y esa llamada, cambió su vida. Del todo. Prácticamente ni se conocía después de ese encuentro. Se convirtió en la llena de gracia, y en toda la historia todas las personas han seguido mirándola y dirigiéndose a Ella. El poeta Dámaso Alonso dijo de ella cosas como: “No, yo no sé quien eres, pero eres una gran ternura. No, yo no sé quien eres, pero eres como luna grande enero que sin rubor nos besa, primavera surgente como el amor en junio, dulce sueño en que nos hundimos, agua tersa que embebe con trémula avidez la vegetal célula joven, matriz eterna donde el amor palpita, madre, madre”. Clérigos y laicos, niños y adultos, hombres y mujeres, gente de todas las partes del mundo, creyentes y no tanto, personas de la calle y del mundo de la política todos han tenido que ver con Ella en algún momento, y los pueblos todos de la tierra festejan sus fiestas populares en torno a su recuerdo en alguno de sus momentos. Es, no cabe duda, la bendita entre todas las mujeres. Pero Ella, siempre escondida, no hace alarde de su condición, guarda las cosas en su corazón y suele decir: “Hagan lo que El les diga”.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 31 de Marzo, 2008, 10:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Pascua: Damos gracias

(Jn 20,19-31):   Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”

 

 

 

Se muestra ofreciendo paz y dando el perdón. Como para estar agradecidos. Pero hay uno que, como todos nosotros (¿quién no lo ha dicho alguna vez?), lanza el famoso y repetido “si no lo veo, no lo creo”. No importa, Jesús es obstinado en hacer el bien, en manifestar la paz, en dar pruebas de su amor y de su confianza en la gente, y vuelve a hacerse presente, y además haciéndose más bueno si cabe porque se acuerda de todos los que no vivíamos en ese momento histórico, sino que hemos llegado mucho más tarde, y nos felicita: “Dichosos los que no han visto y han creído”. Y además nos ha dejado, nos dice el texto de hoy, muchas otras cosas y señales y enseñanzas que no están escritas en el libro de los evangelios, sino en el libro de la historia viva de las comunidades cristianas.

Por eso, la primera actitud a reconducir en nuestras vidas leyendo el evangelio de este domingo es la gratitud, el dar gracias. Una palabra que no está de moda en nuestra sociedad y en nuestras conversaciones. Tampoco en los lugares de trabajo ni en la vida política. Con todos estos regalos en buenas actitudes que hoy nos deja Jesús es para estar contentos y agradecidos. No en vano hoy parece celebrarse también el Día de la Misericordia Divina. Algo que, por otra parte, de hecho gozamos y disfrutamos todos los días del año.

 

Dios sigue vivo y presente en la monotonía de cada día, en las demás personas, en su Palabra, en los sacramentos, en la oración, en el trabajo diario, en la acción de tantos y tantos cristianos anónimos. Tenemos motivos para dar gracias. No en vano los cristianos nos convocamos los domingos en la mesa de la Eucaristía, que significa Acción de Gracias. Y en este fin de semana recitamos un salmo que dice: “Den gracias al Señor porque es bueno”. Damos, pues, gracias hoy por todo lo bueno que hay en el mundo, al lado nuestro, sea bajo el signo de la fe o no. Damos gracias por todos los que hacen algo bueno desde su fe o desde sus motivaciones éticas y humanas, desde la Iglesia o en el partido político o en la comunidad de vecinos. Gracias a los que con sus críticas hacen que mejoremos cada día. También gracias a los que con buen sentido critican a la Iglesia, siempre hecha de seres humanos y necesitada de renovación y de reformas, pues nunca estamos cerca o integrados en la totalidad de aquello que nos recuerda el Evangelio. Gracias a todos los que de una u otra forma intentan en el mundo hacer la tierra algo mejorable, desde el ánimo y el trabajo o desde la crítica madura y responsable. Gracias a los que han dejado de quejarse y lamentarse y han puesto manos a la obra por apoyar el bien y dar soluciones a los problemas. Damos gracias al Señor porque es bueno y se sigue haciendo presente en la historia del mundo. Gracias también a un amigo, citado en otras ocasiones y que se llama Jesús Vega, cuyo artículo sobre la gratitud en un periódico del día nos ha inspirado muy mucho en estas reflexiones.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Marzo, 2008, 13:54, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para que la Creación sea mejor

 (Mc 16,9-15):   Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».

 

Fue a comunicarles la noticia pero no le creyeron. ¿Por qué? ¿Porque esas palabras venían de una pecadora? ¿Porque venían de una mujer? ¿Porque estaban tristes y la tristeza, el llanto, la angustia, la depresión no les dejaba ver otra cosa sino lo que tenían delante de sus ojos? Debía ser por esto último o porque no habían entendido lo que les había anunciado, pues también vinieron dos compañeros, no mujeres, no pecadores públicos, y tampoco le creyeron. De nuevo, pues, tuvo que hacérseles presente, recordarles las cosas, y decirles lo mismo: No se encierren en este lugar, vayan y anuncien. Pero con sus obras, porque hay que anunciarlo no solo a las personas sino a toda la creación. Hoy nos viene bien recordar esto: a toda la creación. En un día que hay una campaña mundial de apagón eléctrico para recordarnos los esfuerzos que hemos de hacer para que el cambio climático no se acelere. A toda la creación. El Evangelio no solo es una llamada a rezar, sino, sobre todo, a trabajar para que el mundo funcione de acuerdo a unos criterios de igualdad y de fraternidad. Ahí puede estar nuestra incredulidad actual.

 

Invitación, consejo, mandato. ¿Cómo nos lo tomamos cada uno? No importa que no sepamos hablar de modo convincente, no importa que no seamos políticos, no importa que no tengamos un papel relevante en la sociedad civil. Importa creernos que todos somos iguales y hermanos, y por tanto defender esa condición tanto a nivel personal como reclamarlo para las estructuras sociales que nos sostienen. Es un mensaje de alegría, de esperanza, de compromiso. Pero es que eso es la Pascua.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Marzo, 2008, 12:55, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Echen las redes

(Jn 21,1-14):   En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Sigue haciéndose presente en la rutina de la vida normal, en el hecho de estar pescando para poder comer y continuar con el trabajo. Les orienta cómo hacerlo y además les prepara la mesa de forma que solo tengan que poner a asar el pescado y comer juntos. Todos sabían que era El. Estaban sentados, comiendo juntos, en torno a la mesa, símbolo de cercanía, de amistad, de meterse en la vida de la gente que siempre había utilizado el Maestro, dándonos a entender una vez más que El está en la historia de la gente y que nosotros también debemos hacer lo mismo: no salirnos ni alejarnos de la historia y problemas de nuestra gente y de nuestros pueblos, ya que sus problemas y gozos son también los nuestros. Es el estilo de los seguidores de Jesús. Algo parecido les había dicho en otra ocasión: Rema mar adentro. Es decir, hemos de introducirnos en el océano de la vida, dejarnos empapar por las olas y los vientos así como por los ratos de serenidad. Pues de todo hay en cada momento, y de todo debemos disfrutar así como en otras ocasiones cambiar.

 

Era el de Tiberiades un lugar cargado de recuerdos. Muchas veces habían ido allí a pescar con el Maestro. Eran pescadores, y habían de continuar con su trabajo, ahora sin la presencia física del Maestro. Están solos, pero juntos, como apoyándose cada uno en el otro y así buscar remedio a la soledad que experimentaban, tras la marcha de Jesús. Tristes, en silencio, pero no les quedaba más remedio que ponerse a pescar si querían comer. Habían de ganarse el sustento de cada día.

 

Echen las redes, es también una invitación al trabajo. Para nosotros que trabajamos en otros lares y situaciones. No podemos parar. No hay vacaciones. Y además siempre con ilusión, aunque de inmediato no se vea el fruto. Siempre vamos a tener sus indicaciones: Echen las redes por allí. Remar mar adentro viene a indicarnos la necesidad de arriesgar cosas, tiempos, momentos para saber ser testigos. Echar las redes nos está indicando la vocación apostólica, no proselitista, que tenemos los creyentes. Aunque el día anterior no se haya pescado, aunque hayamos pasado la noche en vela, aunque no siempre se tenga resultados inmediatos. Mar adentro y echen las redes. Palabras que deberían estar en nuestro vocabulario mental. Y mientras confiemos en Jesús cualquier hora es buena para la pesca. En este caso consiguieron un centenar de peces, muchos más que los que necesitaban para saciar el hambre de un día.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Marzo, 2008, 11:30, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No ocultemos al Resucitado

Lc 24, 35-48 : “…Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

 

NO OCULTAR AL RESUCITADO

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

 

ECLESALIA, 26/03/08.- María de Magdala ha comunicado a los discípulos su experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El anuncio de la resurrección no disipa sus miedos. No tiene fuerza para despertar su alegría.

El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en medio de un ambiente hostil. Va a «anochecer». Su miedo los lleva a cerrar bien todas las puertas. Solo buscan seguridad. Es su única preocupación. Nadie piensa en la misión recibida de Jesús.

No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante: la experiencia de sentirle a Jesús vivo en medio de ellos. Solo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.

Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor». Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que solo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.

A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es «Palabra del Señor», pero a veces solo escuchamos lo que dice el predicador.

En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano.

Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión. Es lo mejor que tenemos en la parroquia y en la diócesis.  

http://www.eclesalia.net

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Marzo, 2008, 12:57, Categoría: Comentarios al Evangelio
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En la mesa de la amistad

(Lc 24,13-35):   Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.

Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.

Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

 

El tema de conversación era el obvio: los últimos acontecimientos. La muerte de su Maestro, el sepulcro vacío, los comentarios-testimonios de algunos, las dudas y preguntas que surgen. En medio aparece Jesús y les explica lo que desde siempre había sido previsto y como El mismo lo puso en su conocimiento. Pero solo un símbolo, un gesto les hace reconocerlo. El partir el pan, el sentarse juntos a comer, la amistad que ello comporta. Solo después reconocen que su corazón ardía y se entusiasmaba cuando le escuchaban. Y sus corazones se llenan de alegría y de entusiasmo. Actitudes propias de una fiesta, que es la manera connatural que debería vivir un creyente: en actitud festiva. Predominante sobre las dudas, tristezas y cavilaciones. Vivir en fiesta.

 

Muchas veces nos pasan estas cosas en nuestras vidas. Nos acompañas durante el viaje, estás siempre a nuestro lado, nuestros corazones se ensanchan con los acontecimientos que vivimos, pero siempre pesa mas los días largos, las tristezas acumuladas, los ratos que hemos estado hundidos. Y sí, recordamos y añoramos los buenos momentos, pero sin darnos cuenta de que ya, desde el ahora y el aquí, los podemos estar viviendo. Recuérdanos siempre tu promesa de que te quedarías con nosotros hasta el fin del mundo. Y que, en todo momento, caminas a nuestro lado. Déjanos reconocerte. Tampoco es tan complicado el disfraz que te pones, pues suele ser pobre, sencillo, amistoso, cariñoso, como brisa fresca en un día de calor. Recuérdanos siempre lo que pareciera que quisiéramos olvidar. Y no te vayas, Señor. Sigue con nosotros, partiendo el pan, en la mesa de la amistad.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Marzo, 2008, 12:00, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Has dicho mi nombre

(Jn 20,11-18):   En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

 

El llanto, sentimiento normal ante la pérdida de un ser querido, se trastoca en admiración, gozo y alegría al sentirse llamada por su nombre, de manera familiar, como solo El sabía hacerlo. Como si “sonriendo, hubiera dicho su nombre”. Y máxime en el caso de la Magdalena, tan unida a Jesús por su experiencia de cambio personal de forma radical. Y en aquel momento aprende a ver de forma diferente, más allá de la realidad física y tangible – “no me toques que todavía no he subido al Padre”-.

 

No habían entendido lo que el Maestro les había hablado de su resurrección. Se habían empeñado con todo esmero y dedicación a ungir su cadáver, a darle sepultura con la mayor dignidad posible. Pero ni imaginarse que la iba a seguir llamando por su nombre, de manera familiar, a poder seguir relacionándose con El de manera amistosa. La fe y el amor se unen y abrazan y hacen posible que esta realidad pueda seguir siendo viva.

 

No cabe duda. Un corazón nuevo, sembrado con esa fe y amor, seguimos necesitando y es la consecuencia de la Pascua. Algo así como lo que reclamaba Ezequiel: "Esparciré sobre ustedes agua limpia, y serán limpiados de todas sus inmundicias; y de todos sus ídolos les limpiaré. Les daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de ustedes; y quitaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne. Y pondré dentro de ustedes mi Espíritu, y haré que anden en mis estatutos, y guarden mis preceptos, y los pongan por obra" (Ezeq. 36:25-27). Es la vida nueva que hemos hablado de la Pascua y que solo viene con un corazón nuevo, fruto de amistad y de trabajo, pero fruto también de un don que nos viene de la fe y que genera la amistad de sentir como “sonriendo, sigue diciendo nuestro nombre”.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Marzo, 2008, 11:31, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para llevarlo a la vida

(Mt 28,8-15):   En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron. el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

 

Las primeras a quienes se les comunica la noticia pascual son unas mujeres. ¿Quién había dicho que estaban en un segundo plano? Son las que interiorizan el acontecimiento y lo divulgan. Dan a conocer que está vivo.

 

Sus enemigos intentan ocultar el hecho. Compran a los soldados para que digan mentiras y engañen a la población con que escondieron su cuerpo. De ahí las múltiples leyendas que todavía circulan.

 

Pero en la historia ha podido más la alegría interior de aquel grupo de mujeres. Reciben con claridad el doble mensaje: no tengan miedo y denlo a conocer al resto de la gente. La alegría y el encuentro con el Señor no se guardan. Se comunican. Pero hay que buscarle. Eso hicieron las mujeres y por eso se encontraron con El.

 

Y es que sin la Resurrección todo se viene abajo. Con El, hemos resucitado todos, pues la Pascua nos señala el camino. “Si morimos con El, como el grano de trigo, con El viviremos, acumulando la vida que entregamos”.

 

Sigue vivo. Ha resucitado. Pero hemos de seguirle buscando y, al tiempo, ser sus voceros. Una nueva vida ha comenzado para todos. Y hablamos de vida, y la vida en todas y sus múltiples manifestaciones no se desarrolla solo en el cuartito silencioso de nuestra casa o en el templo a donde acudimos el domingo. Jesús vive, es la Pascua, es para la vida, para toda en todas sus manifestaciones. Por eso la fe, siendo un asunto personal y una opción de cada uno, no es algo privado, sino que ha de expandirse, sobre todo con el vocerío de nuestras acciones.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Marzo, 2008, 12:54, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sigue vivo: ¡ha resucitado¡

(Mt 28,1-10):   Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Angel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos.

El Angel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis’. Ya os lo he dicho».

Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

 

Era de noche y todo comenzó a relumbrar como un día de pleno sol. No está aquí, ha resucitado. No está aquí. Vayan y no dejen de contarselo a sus amigos y a toda la gente. No revive, sino que sigue vive en el seno de la Vida que ha empezado y no se acaba. Exaltación, resurrección, vida definitiva, se lo han llevado, son diferentes expresiones que nos vienen a decir que Jesús es “el que vive”, como le llama el Apocalipsis.

 

Sigue viviendo en la historia de aquellos que creyeron en El, en la historia de los que le hemos seguido a lo largo de los tiempos, en la historia y praxis de las comunidades insertas en la sociedad para ser sal de la tierra y luz del mundo.

 

Comienza la vida nueva. Se acabaron las dudas, los disimulos, las preocupaciones. Somos nosotros ahora los que sustituimos al templo y los signos religiosas. Quienes nos llevamos con El somos la única forma de mostrar que El vive, que sigue vivo, que la resurrección o vida nueva es un hecho. Personas destacadas en el mundo como Oscar Romero o Ignacio de Ellacuría y sus compañeros mártires, Teresa de Calcuta o la de Avila, Ignacio de Loyola o Pedro Arrupe. Muchos conocidos que han destacado mediáticamente. Pero muchos otros desconocidos como María, Magdalena, Nina, Rosa, Tere, Fernando, Juan, Ariel, Carlos, Marta, Nacho, Ramón y una lista innumerable de nombres que comparten con sus vecinos, en el trabajo, en la familia, en la sociedad una praxis de fraternidad, de libertad, de demostrar y defender que los seres humanos somos iguales, hacemos posible día a día que la Resurrección de Jesús sea un hecho

 

Buena Pascua a todos, sigamos en la acción de cada día. Interesa más que las palabras. Todos los relatos de estos días nos descubrirán ese lado gozoso y humano de Jesús que, colmado de vida, la derrama a su alrededor para que los que recojamos esa antorcha la sigamos extendiendo. Jesús vive, nosotros vivimos, la vida sigue, a pesar de los problemas, de las dificultades, de los contratiempos que nunca arreciarán, pero que siempre estarán sometidos a la esperanza. Vayamos, salgamos para decírselo a toda la gente.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Marzo, 2008, 14:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Día de silencio

Es día de silencio y de luto. De espera y de contemplación. De tanto silencio que ni siquiera hay un texto evangélico señalado oficialmente para el día de hoy. Es el silencio del dolor cuando uno pierde a alguien querido. Pero es también el silencio del que sabe contemplar y, repasando la historia del ser querido, descubrir que ha sido una vida útil, que ha pasado por el mundo haciendo el bien, y que ese bien perdura por los siglos y nos ha llegado a nosotros produciendo paz, amor, buen espíritu y generosidad.

 

Es día de silencio para saber despojarnos del ruido que cada uno de nosotros llevamos dentro, para volver a descubrir lo mucho que hemos hablado y que se ha hablado en el mundo y se ha quedado todo en palabras, palabras que el viento se ha llevado. La Cruz, sin embargo, sigue enhiesta, desafiando a los vientos y a las tempestades, elevándose hasta el cielo, como esperando un milagro.  El milagro que haga brotar la Pascua, y nos indique una vez más que el Señor pasó, pasa y seguirá pasando por las vidas y las historias de las personas y de los pueblos, porque vuelve a vivir, porque sigue vivo, porque seguirá viviendo.

 

Silencio. Silencio profundo, escuchándonos a nosotros mismos y recordando aquello que nos dice Teresa de Calcuta: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz”. Un buen resumen para interiorizarlo y descubrirlo vivo en nosotros. Nos capacitará para la esperada resurrección. Y que ese silencio sea como el viento, que lleve a todas partes el rumor que hace Dios cuando pasa por el mundo.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Marzo, 2008, 13:04, Categoría: Reflexiones creyentes
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Las Cruces de la Cruz

Las Cruces de la Cruz 

 

Te clavaron en la cruz por decir la Verdad,
te clavaron en la cruz por pedir la libertad para todos, 

por pedir la paz, la justicia y el pan para todos,
y el inmenso madero estalló en la tormenta de tu desesperanza
y millones de astillas de cruces cayeron sobre el mundo
y ahora todos llevamos la astilla de una cruz.
La cruz de los harapos del niño que pide en su lata  comida de perro,
la cruz de la cama y el sillón donde se crucifica al paralítico,
la cruz de la habitación donde se amontona como
ropa sucia una familia,
la cruz de los colosos con sus bombas atómicas y sus
bases de muerte sembradas en la Tierra,
la cruz de los pueblos esclavizados,
la cruz de los hombres torturados en el infierno de
las cárceles,
la cruz del hambre,
la cruz del cáncer,
la cruz del amor,
la cruz del odio,
la cruz del llanto,
la cruz de la agonía,
la cruz del sudor,
la cruz del pan y el aceite cotidiano,
la cruz de piedra del pobre,
la cruz de diamantes del millonario,
la cruz del poeta escribiendo en la arena y el agua:

 

PAZ Y LIBERTAD

 

la cruz de oro en las palmas de las manos de los que

amontonan fabulosas riquezas

y la cruz de alambre de espinos sobre las espaldas

de los que cargan sacos de fabulosas miserias,

la cruz de ceniza podrida sobre las espaldas de los

pescadores japoneses,

la cruz de los muertos de hambre en Biafra,

la cruz de Nagasaky,

la cruz de Hirosima,

la cruz ganada abrasando a millones de judíos,

la cruz del Ku Kux Klan,

la cruz de los jóvenes que se queman vivos para

protestar de un mundo que se pudre,

el agua de tu cruz golpeando en las puertas del mundo

y gritando una gota de esperanza.

La llama triste de tu Cruz.

 

Manuel Pacheco: Poesía en la tierra

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Marzo, 2008, 12:17, Categoría: Textos
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Hoy es Jueves Santo

(Jn 13,1-15):   Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos».

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

 

Múltiples son los contenidos que la historia, la tradición y los sentimientos han dejado en nosotros un día como el Jueves Santo y que los textos evangélicos, no solo el que se lee oficialmente en la Eucaristía de hoy sino todo el capítulo de Juan, nos refieren. Momentos finales, despedida, conciencia de donde venía y a donde iba, espíritu de servicio, mandamiento nuevo, purificación, cena, amistad, comida juntos, Eucaristía, ministerio de los presbíteros, traición de uno de los suyos, desmadre de otros muchos, cercanía de los más íntimos. Jueves Santo, un día para Jesús y para los cristianos cargado de experiencias, intuiciones y sensaciones que parecen culminar en plegaria silenciosa y larga ante el Cenáculo en esos momentos finales del día.

 

Los amó hasta el extremo, sabía que la traición estaba en el corazón de uno de los presentes, hace como gesto de servicio y sentirse esclavo de los demás el lavarse los pies, e insiste en que lo mismo que ha hecho con nosotros lo hagamos con los demás. Algunos se le resisten, pero era un gesto importante para el Maestro: ponerse a los pies de los demás, incluyendo también a Judas. Un gesto para que a su luz revisemos siempre nuestras actitudes y posturas habituales ante los demás, sean mas o menos simpáticos, tengan más o menos cualidades.

 

Y en medio de todo ello: ámense los unos a los otros como Yo les he amado. Ejemplo les he dado. Y por si fuera demasiado para ello nos da la fuerza y un alimento en la Eucaristía. Presencia permanente entre nosotros. Se va pero se queda para siempre. Ratos prolongados de oración en esa noche en el huerto y en la soledad acompañada del sufrimiento y, sobre todo, del no entender muchas cosas. Una experiencia humana y divina realmente intensa. Momentos para que nosotros repasemos la historia de nuestra vida ante el Tabernáculo donde celebramos uno de las formas de su presencia en la historia y en la vida de las comunidades.

 

Un sinfín de contenidos y de experiencias pero con una especie de estribillo que se repite: “Sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Es decir, hasta dar su vida. Por eso seguir sentado con El en el hoy de nuestra historia para celebrar la Eucaristía afecta a las personas que participamos en la misma, pues entramos en la dinámica de su entrega. “Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en si misma” (Benedicto XVI)

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Marzo, 2008, 13:12, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Al atardecer de aquel día

(Mt 26,14-25):   En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: «¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?». Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle.

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?». Él les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’». Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».

Por treinta monedas. Debía ser dinero en ese tiempo. Algo con lo que poder hacer muchas cosas. Pero más o menos dinero que fuera ¿cómo gozar y disfrutar del uso de ese dinero adquirido por una traición, por una corrupción, por un engaño a terceras personas? Desgraciadamente no se han acabado los Judas en nuestro mundo. Haberlos, haylos como dicen los gallegos. Y en ocasiones puede que nosotros mismos hayamos sucumbido a esa tentación. En definitiva, lo que hizo fue poner por delante sus intereses personales a los intereses de la lucha por el Reino, por la fraternidad, por la hermandad entre todas las personas. Traicionó no solo a una persona, a Jesús de Nazaret, sino que renegó de la causa de los valores del Reino: la libertad, el amor, la igualdad, la vida.

 

Por otro lado Jesús es consciente de que cada cosa tiene su tiempo. Hay tiempo para la alegría, y tiempo para el dolor. Y el suyo, el tiempo de pasar por un amargo cáliz, está pronto. El tiempo de la Pascua, el tiempo de pasar a ser glorificado pero muriendo primero. Y ello también lo celebra, en una casa y no en un palacio, en una comida y no en un festival, en una mesa con los amigos y no en una verbena. Mesa, comida con los suyos. Realidades que siempre van sonando en sus palabras y en su actuación. Algo tan elemental y tan sencillo. Algo tan al alcance de nuestras manos. Algo que hacemos con frecuencia, pero que en ocasiones nos despistamos y no le damos su valor: sentarnos a celebrar un acontecimiento sentados en torno a una mesa con unos amigos. Va a casa de un amigo. Puede venir también a la nuestra, de forma íntima, a esa casa que es nuestro corazón. Y como los discípulos habremos de prepararlo todo para la comida y saber estar junto al amigo. Nosotros jugamos con algo de ventaja: sabemos que si queremos recibirle en nuestra casa, hemos de abrirsela a los demás, sin diferencias, especialmente a los más pequeños, a los que menos tienen, a los que menos saben, a los más despreciados, a los que nadie acepta. Sabemos que son sus preferidos.

 

Y el traidor. Intenta pasar desapercibido. ¿Acaso soy yo? Pero Jesús lo señala y le responde afirmativamente. Y sale, ya al atardecer, de noche a cumplir su tarea. Cuando está oscureciendo, y creen que no va a ser visto. De noche, con palos y espadas, vendrán enseguida a prenderlo. “Hoy, como entonces, como en tantos momentos antes, las vidas y las puertas de mucha gente buena han sido arrancadas a patadas, de noche, por los poderosos y sus sicarios. Hoy, como entonces, millones de inocentes han sido arrastrados a culatazos hacia Sanedrines, tribunales populares, consejos de guerra o simples jaurías humanas para ser crucificados, ahorcados, quemados, apedreados o fusilados en las cunetas de la Historia.

Jesús hizo suya la causa de los más pobres y débiles, los olvidados y los marginados. Y acabó haciéndose totalmente uno con ellos, sometiéndose incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Al compartir la Eucaristía, asumimos plenamente participar con él del mismo cáliz, de la misma entrega, de la misma suerte. De allí la obligada pregunta: ¿En qué bando estoy yo?, ¿con quienes podrían ser arrastrados a patadas o con los que llegan con palos a prender a otros?” (Juan Izuel, Eclesalia.net). Todo empezó con una comida junto a unos amigos, y terminó en la hora de las tinieblas.

 

En medio de todo ello hoy en muchas localidades de España y de Hispanoamérica se celebra la Procesión del Encuentro. Jesús que cargando la cruz camino del Calvario se encuentra con su Madre. Madre e hijo, unidos en todo momento, también, y como no podía ser menos, en el dolor. Unos le traicionan, otros le negarán, muchos se dispersarán y esconderán, y solo se siente sostenido por su madre y por Juan

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Marzo, 2008, 13:04, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No siempre es Viernes Santo

(Jn 13,21-33.36-38):  En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche.

Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».

Con frecuencia nos describen los textos a Jesús sentado a la mesa con sus discípulos. Sentarse a la mesa juntos es señal de comunicación, de diálogo, de amistad. No suele ser habitual sentarse uno a comer en la mesa con los enemigos. Es reconfortante alrededor de una mesa ponerse a charlar los amigos y establecer acuerdos y vías de acción. Es momento de confidencias. También de lo que a uno le apena o aflige. Como en estos momentos Jesús que hace partícipes a los suyos de que va a ser traicionado. Y les cuenta la verdad. No sabemos cómo se sentiría Judas al verse señalado. Aunque cuando se vive a fondo el cinismo, poco importa lo que los demás puedan opinar, decir o señalar.

 

Y les habla de la Semana Santa, de su muerte y de su glorificación. Del Viernes Santo, y también del después, del Sábado de Pascua: de su glorificación. Pues no siempre es Viernes Santo, como bien nos expone un amigo sacerdote, Jesús Vega Mesa, en unas reflexiones publicadas ayer en un periódico de la localidad gran canaria:

 

“Hace bastantes años, leí un libro del inigualable Martín Descalzo titulado Siempre es Viernes Santo. En aquel entonces yo lo hubiera firmado con el mismo título. Hoy no. Y seguro que sí, que sigue siendo Viernes santo cada día. Pero también cada día es Pascua, es Resurrección. A uno no le queda más remedio que convivir cada día con las penas y con las alegrías de la gente y de uno mismo.

Muy pocas veces, o tal vez nunca, la muerte y la vida caminan por separado. Mientras uno ande por esta vida va a ser así. Siempre el Domingo viene después que el Viernes.

Lo que yo sí tengo ahora más claro es que Siempre es Semana Santa. Muertes inesperadas y nacimientos de niños; matrimonios que se separan y parejas que se prometen cariño para siempre. Violencia en las calles de muchas ciudades y gestos de afecto de muchos amigos y hasta de personas desconocidas; hospitales colapsados y fiestas en otros lugares. Viernes y Domingo, siempre juntos y así todos los días del año y de la vida.

La Semana Santa no está reñida con el descanso y la playa y las acampadas y las reuniones de amigos y de familia. Al contrario, esa es la parte de Domingo que nos toca disfrutar y hacer disfrutar y que no hay que desaprovechar. Estos días son, en todo caso, una invitación a reflexionar, a orar, a pensar en el sentido de la vida de uno. Jesús el de Nazaret lo tuvo claro y se enfrentó, no sin sufrimiento y lágrimas, al dolor y a la muerte. Y lo seguimos recordando. Y con él, a los otros millones de hombres y mujeres, niños y niñas que pasan por el Viernes de la vida: hambre, desigualdades, vejaciones, torturas, humillaciones...

Las verdaderas procesiones de Semana Santa las veo casi siempre desde mi ventana, cuando Lolita toca en Cáritas en busca de una bolsa de comida y cuando Vanessa me cuenta que este mes no le alcanzó para comprar leche a su hija. O cuando me escriben de Guatemala pidiendo que apadrine a un niño para que tenga posibilidad de ser escolarizado… y desayunar; o cuando los familiares de enfermos mentales se quejan, con toda razón, de la dejadez de los que tienen el poder y el dinero. Prefiero contemplar estas procesiones reales que me tocan el alma en vez de esas otras en donde uno contempla, pasivamente, el desfile de unas imágenes de muerte embellecidas con flores y con plata.

El Domingo es la esperanza y es la luz. Cuando llega el Viernes me pongo a esperar que sólo quedan dos noches para la luz del Domingo. Cuando a mi puerta o a la de mis amigos toca la muerte o la enfermedad, yo intento que la tristeza no pueda con la esperanza. Jesucristo venció a la muerte y al dolor. El Domingo vence al Viernes.

En estos días de la Semana Santa, el desfile procesional que pasa por mi mente es enorme: Ambrosio, Rogelio, Enrique, Conchita y tantísimos otros que tanto significaron en mi vida. Pronto será Domingo, será la de Pascua, y la vida empezará a ser más dulce. Nos frotaremos las manos con gozo,  y seguiremos esperando mientras compartimos el Viernes.

En mi casa, clavadas en la pared, tengo una colección de cruces. No son cruces de muerte sino de victoria y de solidaridad. Porque cada vez que uno comparte la cruz de alguien, se pone en lugar del otro sobre la cruz, empieza a ser Pascua. No siempre es Viernes santo.” (Jesús Vega Mesa, La Provincia, 17 03 08)

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Marzo, 2008, 10:00, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un espacio para la amistad

(Jn 12,1-11):   Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa.

Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».

Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

Son momentos de descanso, de calma, de serenidad. Momentos de estar junto a los suyos, en familia. Donde poder recuperar fuerzas. Donde sentirse abrigado, al calor de sus amigos. Es en el calor de la amistad donde también, como nosotros, se siente entendido, casi sin necesidad de pedir explicaciones. Pero, dada la importancia que había adquirido su persona por sus acciones y por sus palabras, no lo dejan tranquilo. Le inquieren y buscan la forma de poner dificultades o pegas a todo. En este caso, Judas es el que hace de quisquilloso y recrimina aquel gasto en perfume que está haciendo María –por otra parte un mero acto de amor hacia el Señor- en lugar de gastárselo con los pobres. No solo eso, sino que conociendo la noticia enseguida se acercaron a la casa muchísimos curiosos no solo por ver a Jesús sino también a Lázaro, recién vuelto de la muerte a la vida. Por otro lado los de arriba, los poderosos, esta vez los poderosos de la religión, seguían buscando la manera de quitárselo de encima, y también a Lázaro, un claro testimonio del actuar divino de Jesús y que no les interesaba exponerlo en público.

Lázaro, por su parte, amigo agradecido, da testimonio del paso de Jesús por su vida. No teme que le señalen como de los suyos. No tiene miedo. Y Marta intentando contentarle y que se sintiera a gusto, no escatimando tiempo ni dinero para ello. María escuchándole, y derramando el perfume de su entrega y la promesa de su fidelidad.

Es el espacio de la amistad, tan sentido y querido por nosotros, que de alguna manera hoy Jesús bendice y consagra, alentándonos a que lo busquemos. A que encontremos en ello fuerza para seguir en la lucha de cada día. Ese tesoro, la amistad, para nada está reñido con el tesoro que nos ofrece la salvación de Jesús. Es más, El mismo nos lo ofrece como un amigo, como alguien que nos brinda su amistad.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Marzo, 2008, 11:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Cargar con la cruz

CARGAR CON LA CRUZ

Domingo de Ramos Mt 26,14 - 27,66

 

Lo que nos hace cristianos es seguir a Jesús. Nada más. Este seguimiento a Jesús no es algo teórico o abstracto. Significa seguir sus pasos, comprometernos como él a «humanizar la vida», y vivir así contribuyendo a que, poco a poco, se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo donde reine Dios y su justicia.

 

Esto quiere decir que los seguidores de Jesús estamos llamados a poner verdad donde hay mentira, a introducir justicia donde hay abusos y crueldad con los más débiles, a reclamar compasión donde hay indiferencia y pasividad ante los que sufren. Y esto exige construir comunidades donde se viva con el proyecto de Jesús, con su espíritu y sus actitudes.

 

Seguir así a Jesús trae consigo, más tarde o más temprano, conflictos, problemas y sufrimiento. Hay que estar dispuesto a cargar con las reacciones y resistencias de quienes, por una razón u otra, no buscan un mundo más humano, tal como lo quiere ese Dios revelado en Jesús. Quieren otra cosa.

 

Los evangelios han conservado una llamada realista de Jesús a sus seguidores. Lo escandaloso de la imagen sólo puede provenir de él: «Si alguno quiere venir detrás de mí… cargue sobre las espaldas su cruz y sígame». Jesús no los engaña. Si le siguen de verdad, tendrán que compartir su destino. Terminarán como él. Esa será la mejor prueba de que su seguimiento es fiel.

 

Seguir a Jesús es una tarea apasionante: es difícil imaginar una vida más digna y noble. Pero tiene un precio. Para seguir a Jesús, es importante «hacer»: hacer un mundo más justo y más humano; hacer una Iglesia más fiel a Jesús y más coherente con el evangelio. Sin embargo, es tan importante o más «padecer»: padecer por un mundo más digno; padecer por una Iglesia más evangélica.

 

Al final de su vida, el teólogo K. Rahner escribió así: «Creo que ser cristiano es la tarea más sencilla, la más simple y, a la vez, aquella pesada «carga ligera» de que habla el evangelio. Cuando uno carga con ella, ella carga con uno, y cuanto más tiempo viva uno, tanto más pesada y más ligera llegará a ser. Al final sólo queda el misterio. Pero es el misterio de Jesús».

 

José Antonio Pagola

ECLESALIA, 12/03/08.- 12 de marzo de 2008 http://www.eclesalia.net

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Marzo, 2008, 11:43, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como José: que uno muera por los demás

(Mt 1,16.18-21.24a):  Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

 

Se adelanta al día de hoy el recuerdo de la figura de San José, padre de Jesús. Y el texto evangélico nos muestra el famoso episodio de la forma en que José se entera del embarazo de su mujer y de cómo va a ser padre. No debió ser sencillo ni fácil para este humilde carpintero comprender y entender aquellos acontecimientos, pero lo que sí parece es que se plegó a la voluntad de Dios. Justamente escuchó su Palabra y la guardó. Lo mismo que la Cuaresma nos ha venido advirtiendo en las últimas semanas. Un ejemplo más a seguir, un motivo más para esforzarnos, cómo ha habido otros muchos antes que nosotros que, desde su sencillez, han sabido escuchar y vivir.

 

En estos días anteriores al episodio de la Cruz escuchamos también como la gente en aquel momento decía: conviene que un hombre muera por el pueblo. Fue Caifás quien hizo como de portavoz del sentimiento de muchos. Algo que Jesús ya tenía asumido: que uno diera la vida por los demás. Por hacer un pueblo más fraterno tendremos también que dar pequeños jirones de nuestro “yo”, de renuncia a muchas cosas nuestras para que los otros salgan adelante. Como lo hizo José, como lo repetirá Jesús, como seguramente muchos de nosotros lo estamos haciendo en nuestra vida familiar, profesional y de relaciones con terceras personas. Está próxima la Pascua y siempre ha sido así: el paso de la muerte a la vida. Estos días nos podrán ayudar a pensar cual ha de ser nuestro paso, nuestra pascua, que cosas hemos de dejar, cuáles hemos de tomar. Es el anuncio de la Semana Santa: conviene que un hombre muera por el pueblo. Ya José, su padre en la tierra, lo había hecho antes: morir a si mismo.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Marzo, 2008, 12:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Perseguido y acosado: su Madre sufre

(Jn 10,31-42):   En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.

 

Llevan tiempo detrás suyo. Cuando no es porque cura a un enfermo, lo es porque lo hace en sábado. Cuando no es porque va a un sitio determinado, lo es por lo que enseña. Cuando no es porque la gente le sigue, lo es porque dice que es hijo de Dios, lo cual para ellos es una blasfemia. Y en este caso quieren apedrearlo. Tanto va el cántaro a la fuente que termina rompiéndose. Más tarde o más temprano, lo acusarán y le condenarán. Todo tiene su hora y su momento. Porque en este caso, Jesús se les escapó de las manos.

 

Jesús les da sus razones. Si a Uds las Escrituras les llama dioses, por qué no a mí que hago las obras del Padre. Por eso mismo, muchos siguen creyendo en El, y recuerdan lo que el Bautista había dicho acerca de su persona. Pero ellos no le entienden y siguen con la misma actitud de condena. Poco le importan sus obras, lo que hace. Les quita protagonismo. Rompe con sus normas a las que están habituados y en las que viven cómodamente. Siempre, a lo largo de la historia, habrá esta doble vuelta: los que le aceptan y los que le rechazan, los que le siguen y los que le ignoran, los que se dejan llevar y los que no le comprenden. Pero no por eso deja de estar presente actuando en la historia de la humanidad.

 

En medio de todo ello un testigo silencioso, una persona callada, que va rumiando las cosas por dentro, que goza y que sufre, y que, como madre, en estas circunstancias de persecución continua que vive su Hijo, sufrirá más que gozará. Es normal que también le llamemos Ntra Sra de los Dolores, y que su fiesta la celebremos todos los viernes antes de comenzar la Semana Santa. Digamos que casi con su recuerdo, el de la Madre sufriente ante los problemas que ve vivir a su hijo desde su condición de madre, comenzamos la Semana Mayor.

 

Algo a preguntarnos en nuestra reflexión diaria es si nuestras obras dan testimonio de lo que creemos. Si de alguna forma, con nuestro estilo de actuar, somos, cada uno en el lugar donde estamos, el eco de su voz, si estamos siendo luz y sal. Viendo los demás nuestra manera de actuar que provoca libertad, solidaridad a nuestro lado estamos hablando con la boca cerrada de un estilo o manera de vivir diferente al sistema de nuestro mundo.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Marzo, 2008, 13:17, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hacemos caso de su Palabra

(Jn 8,51-59):  En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás». Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás’. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?». Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró». Entonces los judíos le dijeron: «¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy». Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo.

 

“Si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás”. Por eso El siempre ha vivido y sigue vivo, por la fidelidad a su Padre. Por otra parte, Juan el más teólogo de los evangelistas, se presenta hoy con un lenguaje teológico al que los profanos en esta ciencia no estamos acostumbrados. La misma expresión “Yo soy” sabemos que encierra unos contenidos explícitos que podríamos buscar en la propia red o consultar en nuestras comunidades.

 

Pero quizá lo más importante, y muy cercano a nosotros, es que Jesús manifiesta su adhesión personal a su Padre, y nos pide la adhesión a su persona. Es un seguimiento personal. Es un acto de fe. Es un gesto supremo de confianza. Es lo que hemos hecho siempre al profesar nuestra fe, y es lo que en estos días, antes de celebrar la Semana Mayor, se nos pide también.

 

En el fondo la lectura de este texto debería provocar en nosotros un himno de gratitud, pues somos más privilegiados que los contemporáneos de Jesús. Ellos le conocieron, pero poco a poco, muchas veces de forma parcial con partes de su mensaje, y en un contexto discutible y en oposición a las normas y costumbres religiosas que tenían. Por eso muchos no pudieron reconocerlo como Mesís.

A nosotros nos ha sido más fácil llegar a ese conocimiento de su mensaje, y de forma íntegra. Por eso al tiempo que es un privilegio es una responsabilidad. A muchos nos costaría dejar de creer, a otros tanto nos puede resultar más fácil creer que dejar de hacerlo. Sabemos muchas cosas de su mensaje, y sin embargo en ocasiones nos dejamos encandilar por otros maestros con minúsculas queriendo hacer compatibles sus enseñanzas con las de Jesús. Y hoy Jesús nos lo deja bien claro: quien hace caso de su Palabra, vivirá para siempre.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Marzo, 2008, 12:01, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La verdad les hará libres

(Jn 8,31-42):   En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Ellos le respondieron: «Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde vuestro padre».

Ellos le respondieron: «Nuestro padre es Abraham». Jesús les dice: «Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios». Jesús les respondió: «Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado».

Hay personas a las que lo que más les irrita de los demás es la mentira. De hecho hay un refrán que dice “se pilla más pronto a un mentiroso que a un cojo corriendo”. Engañar a los demás, tanto a niveles personales como sociales, es una villanía, y denota poca honestidad por parte de quien protagoniza la mentira. Pasa en las relaciones personales, pasa en la vida social y política, como, sobre todo, en el mundo de los negocios. Frente a todo ello, y cosas similares, hoy Jesús lo deja bien claro: si quieres ser una persona libre, sé veraz. La verdad les hará libres. Y solo la verdad. Por eso, anda por la vida sin miedo y con la cabeza bien levantada: el Hijo se queda siempre en casa, porque da la libertad proclamando la verdad, aunque no guste a todo el mundo, aunque tenga que enfrentarse con leyes, normas y costumbres sociales o religiosas.

 

Y una hija de la verdad es también la coherencia: Si son hijos de Abraham, hagan las obras y cosas que Abraham les enseñó. Quien actúa en la verdad, actúa como piensa y como siente. Cosa que no es fácil en una sociedad de intereses encontrados, tanto en las relaciones laborales como en las vecinales, y en muchas ocasiones también en las familiares. En el fondo es como si se nos dijera que si no queremos caer en un deterioro moral de nuestros propios valores, hay que ser fieles a la propia conciencia. Hasta el propio Santo Tomás nos lo advirtió como norma suprema, tanto que afirmaba que en cosas de conciencia, ni la propia Iglesia.

 

Y para todo ello nos da una receta: mantenernos en su Palabra, ser constantes y fieles a la misma. No solo cuando estamos a gusto sino también cuando las cosas nos van mal. No solo cuando nos conviene sino también cuando puede ir en contra de nuestra comodidad personal.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Marzo, 2008, 9:33, Categoría: Comentarios al Evangelio
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