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Febrero del 2008


No hay mandamiento mayor

(Mc 12,28b-34):  En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Se puede decir más alto o con más palabras, pero no más claro. Prácticamente queda aquí resumido el mensaje de Jesús. Y El lo demostró en la entrega diaria, en el servicio y preocupación por los demás, en el tiempo que dedicaba a su Padre, en la motivación con que hacía las cosas, en quedarse solo y abandonado en la cruz, en dar su vida. Por eso es creíble lo que dice y resume en pocas palabras. Pocas palabras, sí, pero toda una vida para vivirlo.

 

No hay mandamiento mayor que éstos, y si lo entendemos y vivimos así no estamos lejos del Reino de Dios. Es, pues, cuestión de preguntarnos desde otras perspectivas: ¿sienten los demás nuestra cercanía e interés por sus problemas? ¿hay comodidades que dejamos para que otros se sientan mejor y más acogidos? ¿dedicamos también tiempo a hablar con Dios y ponernos en su presencia, aunque fuese en silencio?

También están presentes estos preceptos en el Antiguo Testamento:

 “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.

Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.(Deut. 6: 4-5)

“No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado.

No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová. (Levítico 19: 17-18).

Y están presentes en toda religión y en todo precepto religioso de la índole que fuese. No hay una que nos exhorte al odio o al rencor, ni tampoco a la falta de respeto a la divinidad. Algo, pues, en lo que todos podemos parecernos. No somos tan diferentes, y es más lo que nos une que lo que nos separa.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Febrero, 2008, 11:37, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Contra todo tipo de demonios

(Lc 11,14-23):   En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron:«Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».

 

Hablar del demonio es hablar del mal. Hablar del mal hoy en nosotros y en nuestra sociedad no es hablar de un bicho con rabo y cuernos. Hablar del mal es hablar del dolor, del sufrimiento, de la pobreza, de la ignorancia, del racismo, de la guerra, de las envidias, de los egoísmos, de la desunión, de los insultos, de la violencia machista que en un solo día ha matado en España a cuatro personas y un largo etcétera que se cifra en la falta de amor y fraternidad. Jesús lucha contra ese mal. Y quien lucha contra el mal no lo hace por Beelzebul, como critican los fariseos. Quien lucha contra el mal no lo puede hacer insultando, con egoísmos o violencias. Sería lo más absurdo también.

 

Uno de los signos negativos que más se ve en nuestra sociedad hoy, igual también en las comunidades cristianas, en la propia Iglesia, es la desunión. Los españoles lo estamos viendo a flor de piel estos días con la campaña electoral, tanto a nivel político como eclesial. Comunicados de uno u otro signo salen a flor de piel. ¿Es mala la diversidad? Pensamos que no, lo malo es descalificarnos, insultarnos, pensar que quien está a favor de está en contra de. Solo cabe estar a favor de la paz y la fraternidad, y en contra de la guerra y de las divisiones fratricidas. Y cabe también que no las fomentemos. Sería una forma de expulsar demonios hoy en nuestra sociedad.

 

Preguntándonos siempre qué tipo de mal hemos de expulsar de dentro de nosotros para tener la fiabilidad necesaria en trabajar para la expulsión de otros males. Conocemos de sobra la lucha interior que hemos de mantener para que prevalezca el bien en nosotros mismos. Y Jesús viene a liberarnos de aquello que nos pueda deshumanizar, a fin de que en nosotros y en todas las personas resplandezca la dignidad humana, y la dignidad de ser hijos de Dios. Los demonios llamados soberbia, cobardía, envidias han de salir de nosotros y poco a poco de la sociedad que nos engloba, y que también sufre de esclavitud y de deshumanización, incluso en aquellas leyes que buscando nuestra mejor comodidad y bienestar, atropellan las vidas de otros pueblos y de muchos otros colectivos. Contra todo tipo de demonios, lucha Jesús. Contra todo tipo de demonios, nos llama hoy a luchar.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Febrero, 2008, 11:17, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No he venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento

(Mt 5,17-19):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

 

No viene a abolir la ley, pero en otras ocasiones dirá “han oido que se dijo, pues yo digo”. Es como si viniera a enriquecer todo lo anterior, a darle un sentido nuevo a lo dicho de siempre. Doctores tiene la Iglesia, y exegetas hay a miles para que nos descifren esta pequeña contradicción que sufrimos unos profanos en la materia, y en la que solo nos guían nuestros buenos sentimientos y una actitud positiva de mezclar el Evangelio en la vida de cada día. Nos quedamos con los preceptos del Nuevo Testamento, con lo que enseña Jesús, y de ellos ni de los más pequeños hay que pasar. Pero es que al final todo no es tan complicado: casi siempre se reducen y traducen en el amor a los demás, en la solidaridad, en la libertad para todos, en la justicia, en la fraternidad. Digamos que toda la ley anterior, que estaba desmenuzada en muchos fragmentos, la resume en un solo mandato, que es el amor. Un amor que es la consecuencia de lo que nos enseña siempre: somos hijos de Dios y, consecuentemente, hermanos. La ley entera y los profetas se resumen en esto: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo.

 

Los profetas, por otra parte, intentaron dar cumplimiento a la ley divina y anunciaron la necesidad de un corazón nuevo y la eliminación de un corazón de piedra. De alguna manera estaba anunciando un compromiso de calidad más hondo con la ley divina. Acepta el valor de la ley, pero al tiempo Jesús se coloca en la visión de los profetas que anunciaban tiempos nuevos. Tiempos que serán sellados por Jesús con la Nueva Alianza.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Febrero, 2008, 11:12, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Cosa de sabios

 (Mt 18,21-35):  En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano»

Siete en el lenguaje de aquella época expresaba el número infinito: siempre, sin cansarse. En este caso siete multiplicado por el infinito es el número de veces que tendremos que perdonar: desde que tenemos uso de razón hasta que lo perdamos. Y nos pone un ejemplo con el que nos vuelve a explicar lo que nos enseñó a la hora de cómo rezar: “Padre nuestro…, y perdona nuestras ofensas de la misma forma que nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. No hay que ser filósofo ni muy listo para darnos cuenta de la conclusión: si no perdonamos, ¿para qué pedir perdón?. Lo que quieras que hagan contigo, hazlo tú con los demás. Algo ya más que sabido: con la medida con que midamos, seremos medidos.

Nada nuevo bajo el sol. Hace pocos días nos repetía también que si al ir a presentar nuestra ofrenda recordamos que tenemos algo contra un hermano, dejemos la ofrenda en el altar y vayamos primero a reconciliarnos con nuestro hermano.

Todo un tratado se ha hecho sobre el perdón. Algo realmente difícil cuando es una ofensa que nos duele personalmente, nos hiere en lo más profundo o atenta contra nuestra familia, nuestro trabajo o dificulta el vivir con dignidad. La propia Iglesia, maestra en el perdón, ha puesto unas condiciones que se nos enseña desde pequeños, entre ellas hay que reconocer el fallo, saber pedir perdón y cumplir la penitencia. Si eso mismo exigimos nosotros al que nos puede ofender, el perdón tardará tiempo en producirse, o al menos el olvido. Dicen también que perdonar no incluye siempre el olvido, pero sí el eliminar el rencor, el odio o desear mal a la otra persona. Así hasta un poco más fácil nos parece. Al menos es un paso. Y si es por opiniones diferentes o actitudes distintas ante ciertas cosas o situaciones de la vida, habrá que practicar la virtud del respeto y la tolerancia: siendo diferentes, podemos ser iguales o un jardín no es más bello porque todas las flores sean del mismo color. De todas formas algo grande expresa del interior de una persona el perdón: el mismo Ghandi nos recuerda que “perdonar es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar”. Y rectificar, o saber pedir disculpas, siempre se ha dicho que es cosa de sabios.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Febrero, 2008, 9:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Nadie es profeta en su tierra

Lc 4,24-30):   En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

 

Es capaz de afrontar los problemas, pero no en plan víctima, sino intentando defender su propia dignidad como ser humano y como Mesías. Ocurre con frecuencia: aquellos en los que nos movemos a diario no son capaces de reconocer el trabajo, la fatiga y el quehacer de cada día. Lo ven como normal, y a veces si, por nuestros valores, podemos, sin querer, destacar, nos dan de lado. Ocurre entre conocidos y, sobre todo, en ambientes laborales. Jesús también lo sufre y reconoce que nadie es profeta en su tierra. Por eso camina por otros derroteros, sin abandonar los lugares de toda la vida, como la sinagoga. Porque el que no reconozcan nuestra condición tampoco es excusa para dejar de actuar donde quiera que fuese. Y porque, entre otras cosas, los juicios de los hombres, también nuestros propios juicios y opiniones, son, sin duda, tan distintos de los juicios de Dios.

 

Por otra parte, igual que a aquellos no les parecía que alguien de su pueblo, de su estirpe y de menor condición social pudiera saber más que ellos, de la misma forma hemos de revisar nuestra actitud ante aquellos que son más pequeños que nosotros, que han estudiado menos, que han comenzado recientemente a ejercer su profesión, que tienen menos edad. De ellos también podemos aprender y, sin darnos cuenta, podemos caer en la misma actitud de los fariseos: ¿quiénes son éstos para darnos lecciones a nosotros?

 

Por eso le recriminan e intentan acabar con su persona y sus enseñanzas. Para colmo les pone como ejemplo que los profetas no habían acudido a los grandes y poderosos, sino a una pobre viuda y a un leproso que era nada menos que extranjero. Y es que Dios rompe los esquemas por los que regularmente nos guiamos.

 

Y como dice un poeta: “¡Nadie tendrá el fervor de su vecino¡. La envidia es un pecado tan mezquino que prefiere la muerte a ser creyente. Damos gracias a aquellos, más pequeños que nosotros e incluso con menos fe, que permitieron encontrarte en nuestro camino, dando a nuestra existencia un alto destino y haciendo que en nuestra morada crezca un vergel”

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Febrero, 2008, 10:04, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Cuando tenemos sed

(Jn 4,5-42):  En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna».

Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».

Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad».

Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».

En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él.

Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga».

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo».

 

Lo hemos escuchado y leído infinidad de ocasiones: el pasaje de la Samaritana. Y ciertamente son múltiples las reflexiones que podemos considerar en el mismo, todas ellas conectadas con nuestra vida actual. En este comentario nos vamos a centrar solo en una de ellas: fatigado del camino y sediento va a buscar agua para beber, y ha de esperar que se acerque alguien con un cubo para poder sacarla del pozo. Tiene sed y va a beber. Algo elemental. Nos pasa a todos, pero no sabemos valorarlo. El agua es un factor tan esencial en la vida de las personas y de los pueblos, que sin ella enfermamos y podemos morir. Es el problema de muchos pueblos hambrientos y sedientos en el mundo de hoy. Es el problema de la sequía que arrasa nuestras tierras debido al cambio climático. Es el problema de la falta de lluvia en nuestros países, que es cuando nos falta cuando sabemos valorarla. El agua, tan necesaria. Todos vamos tras ella, y construimos lo que sea necesario para lograrlo. Tal que la mayor parte de los proyectos internacionales de cooperación al desarrollo que se hacen en los países empobrecidos desde los ricos de este mundo son proyectos que tienen que ver con la canalización de las aguas.

 

Tenemos sed, y vamos en busca de agua. Y si no podemos con nuestros medios personales, los pedimos a un tercero. Es lo que hace Jesús, Dios, pero hecho hombre no renuncia a su debilidad para sentirse así en todas las dimensiones. Y procuramos que el agua sea buena, y cuando tiene productos químicos, es insalubre, o lo que fuese protestamos, porque la queremos de buena calidad.

 

Lo mismo que ocurre en nuestra vida física y orgánica, ocurre también en nuestra vida interior o espiritual. Necesitamos agua para sobrevivir, para desarrollarnos y para crecer. Y bebemos. La pregunta es ¿de qué aguas estamos bebiendo? ¿Aguas puras, limpias y cristalinas? ¿O aguas viciadas por cualquier elemento mundano que nos hace luego correr y tener fuerzas, sí, pero por caminos torcidos? Todo el que beba de las aguas anteriores de que hablábamos, siendo necesarias y vitales, volverá a tener sed y tendrá que volver a buscarla. Pero el que beba del agua que Jesús nos da, no tendrá más sed. Jesús, el Cristo, el Señor de la historia, es nuestra agua,  y el único que calma la sed para siempre. ¿Estamos bebiendo de su agua? ¿Del agua del encuentro con su persona, con su palabra? ¿Del agua de su testimonio, de su ejemplo y de sus enseñanzas? ¿Del agua de nuestra relación personal con El? ¿O solo conocemos esa agua de oídas, y puede más la sed de consumismo, de competencia, de ambición, de pisotear a los demás para salir uno adelante? Es bueno hoy tomar conciencia de que hay muchas marcas de agua en el mercado. También en el consumo espiritual pueden haber varias. Solo reconoceremos la verdadera cuando tengamos la misma actitud de la samaritana, capaz de reconocer sus pecados y la vida que lleva, reconoce al Señor como al Cristo y lo publica ante los demás con su testimonio.

 

¿Seguimos teniendo sed al terminar esta lectura? ¡Buena señal¡ Estamos en condiciones de irla a saciar al sitio adecuado.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Febrero, 2008, 12:16, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Mi hermano ha vuelto a nacer

(Lc 15,1-3.11-32):  En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

Un texto que manifiesta, una vez mas, el sentir de Jesús: andaba con pecadores y da siempre oportunidades para rectificar y cambiar de rumbo, alegrándose de ello cuando ocurre.

 

El protagonista es un padre, en este caso el Padre de todos, siempre dispuesto a dar oportunidades, a cerrar los ojos, a abrir los brazos, a tener el corazón disponible haga lo que haga el hijo, y por muchos enfados que le ocasione conductas anteriores. Es padre, en este caso el Padre de todos. Espejo de ternura, comprensión, perdón, acogida, compasión.

 

Casi siempre nos vemos reflejados en el hijo que regresa, en el que lleva mala vida y rectifica, en el que necesita pedir perdón y ser acogido. Pocas veces contemplamos la actitud del hermano que siempre ha intentado ser fiel, pero al que no le han hecho ninguna fiesta, y manifiesta sus celos por ello, porque al otro sí que le hacen festejos cuando ha dilapidado su herencia. Puede que tengamos que pararnos hoy en éste, porque sería algo parecido a un hermano que tiene un accidente casi mortal, y cuando todos pensaban que tal como fue la cosa era para haber muerto, decimos con alegría y gritando de júbilo: “Mi hermano ha vuelto a nacer”. ¿Nos alegramos así nosotros de los cambios positivos de nuestra sociedad? ¿de las iniciativas sociales a favor de la justicia, de la paz social, de la igualdad para todos? ¿del prójimo que deja la vida de adicciones y se convierte en un buen padre de familia y un vecino modelo? ¿del conocido que deja su hombre viejo y comienza a vivir la vida nueva? Ser capaces de alegrarnos de los cambios de los demás y de la sociedad, es gritar “mi hermano ha vuelto a nacer”, “hay esperanzas de cambio social”. Estamos atentos a ayudar cuando el otro lo necesita, pero igual no tanto a festejar cuando el otro está cambiando y su actitud en la vida está siendo más correcta. Pensemos hoy, para varias, no tanto en el que necesita conversión y pide perdón, sino en el Padre, siempre dispuesto a comprender, y en el hermano mayor, que portándose bien, debería manifestar más su alegría.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Febrero, 2008, 11:47, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ser uno mismo

(Mt 16,13-19):   En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

 

 

Es una confesión de fe, y como todo acto de fe siempre es un regalo y una gracia que nos viene de lo Alto. Así lo entendemos en nuestro sentir creyente. Y así se lo hace ver Jesús a Pedro.

 

¿Quién es para mí Jesús de Nazaret? ¿para cada uno de nosotros que a lo largo de la historia, en un momento concreto de nuestra vida, tuvimos la suerte de encontrarnos con El?. Fue la familia, un amigo, aquel sacerdote, el trabajo, el ambiente del barrio o comunidad donde me movía, una inspiración. Lo que fuese. Fue el momento de gracia, de inspiración, que Dios ha sabido conservar en nuestro interior y que ha de seguir creciendo día a día también con nuestro esfuerzo y tarea personal.

 

A veces nos bloqueamos a nosotros mismos en esta toma de conciencia de nuestra fe. Y bloquearse a si mismo es también bloquear a los demás, pues aparentando menos de lo que somos, estamos dejando de que los otros puedan tomar conciencia de nuestro ser interior.

 

Hoy además celebramos la Cátedra de Pedro. Es una manera de decirnos de que el Señor siempre se ha valido de personas para dirigir o coordinar su comunidad. Después de Pedro han seguido muchísimos más en la comunidad universal. Unos lo han hecho mejor, otros no tanto. Unos han tenido grandes aciertos, otros han cometido errores. Pero es que el Señor se vale de lo humano, de nosotros mismos, con aciertos y fallos, para continuar su tarea. Unos desde responsabilidades más altas como es ocupar la cátedra de Pedro, otros desde el ser vecino o padres de familias, pero con el mismo compromiso y la misma actitud. Para ellos y para nosotros Jesús sigue siendo el Dios resucitado, el cercano, hermano y amigo, el que cambiando el agua en vino trastoca la lejanía y el ritualismo por la amistad y la cercanía, el Señor de la historia, Aquel que más ha influido en la vida de los hombres y cuyos pensamientos y frases conocen hasta los no creyentes. Aquel que cuando siembra siempre deja atrás una cosecha a recoger, cosecha que más tarde o más temprano sale a relucir. No tenemos por qué preocuparnos ni bloquearnos: hagamosnos la pregunta de quién es El para nosotros. Y la respuesta sale de lo más profundo de nuestro corazón. Seguro que como mínimo Alguien que ha tenido y sigue teniendo una poderosa influencia en nosotros, y para el bien. Seamos nosotros mismos y no reneguemos de ello.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Febrero, 2008, 11:28, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Epulón

(Lc 16,19-31):  En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».

Uno celebraba grandes fiestas, el otro deseaba comer las migajas que caían de la mesa de aquel. Al primero no le sirvió para nada el dinero que tenía a fin de poder vivir para siempre con alegría, el segundo comenzó a gozar de una buena calidad de vida. Tarde aprendió el que tenía poder y había colmado sus ambiciones, y cuando quería avisar a los suyos ya no podía. Siempre tenemos oportunidades para aprender, y no son necesariamente profesores particulares pagos. Es la vida misma, con sus mensajes diarios; es nuestra fe, con los acontecimientos de cada día quienes nos van dando lecciones. Podemos aprender de ello o no. Depende de nosotros. Oportunidades siempre tenemos, pero no de pago.

 

El lujo, el vivir bien, el tener confort, siempre nos lleva a mirar nuestro ombligo olvidándonos de cosas tan esenciales como la justicia y la fraternidad. Los pobres, los enfermos, los abandonados no están en la vida de cada día para recordarnos que demos una limosna, sino para hacernos una llamada a fin de que solucionemos las causas de esas situaciones. Lo mejor es que no hayan pobres ni gente abandonada. Lo mejor es vivir desde ya, en la tierra, la calidad de vida que Jesús nos enseña que tendremos como continuación de esta vida.

 

Uno se encerró en si mismo, y de esta forma se cerró a Dios. No pensó en los demás, y de esta manera no pensó en Dios. Es verdad que no quedó condenado por ser rico, sino por el mal uso de sus riquezas. Pero todo el que tiene debe compartir con los que no tienen, evitando que éstos últimos permanezcan en la miseria, y al menos creando puestos de trabajo para que cada persona pueda vivir con dignidad. Tampoco el pobre se salva por serlo, sino por no ser ambicioso: se conformaba simplemente con lo suficiente para comer y vivir tranquilamente.

 

Siempre se ha dicho que cabe la posibilidad de que entendamos esta parábola como algo que solamente ha sido narrado para los que tienen grandes fortunas, para los potentados de nuestra sociedad, y, sin embargo, vale también para aquellos que siendo pobres de solemnidad ambicionan tener más que los otros aunque fuese pisándoles y destruyendo la dignidad de terceros. No obstante, es una llamada al buen uso de las fortunas y de las riquezas, pues no en vano también advirtió el Maestro aquello del camello y el ojo de la aguja.

 

Es posible que nosotros mismos, sin ser personas de grandes fortunas, nos hayamos dejados llevar, en la fiebre del consumismo, por actitudes propias de Epulón. Ya hemos reflexionado en muchas ocasiones sobre el hecho de compartir afecto, tiempo, amistad, dedicación.

 

Por último Epulón queda preocupado por la herencia que deja en la tierra. No solo de bienes materiales sino de actitudes en su parentela. Es algo que también debe preocuparnos: qué huellas dejamos de nuestro paso en los que están cercanos a nosotros, sobre todo nuestra familia. Si, cuando faltemos, va a brillar el buen ejemplo y las buenas costumbres aprendidas, o si dejamos en herencia actitudes negativas de comportamiento hacia los demás. Igual no vemos el resultado ahora, pero nos toca seguir sembrando

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Febrero, 2008, 9:50, Categoría: Comentarios al Evangelio
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He venido a servir

(Mt 20,17-28):  En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Justo cuando estaba siendo consciente de lo que se le venía encima, se acercan a pedirle un lugar a su lado, en plan honorífico y de búsqueda de primer puesto. El se limita a compartir lo que está viviendo en ese momento: ¿Pueden aguantar hasta el final? ¿Serán capaces de negarse a si mismos hasta dar la vida si preciso fuera?. Aun así, arriesgándose, no solo es fruto de nuestro esfuerzo, sino que es una gracia de Dios. Siempre la combinación en buena armonía de los dos elementos: nuestro trabajo y el de Dios, la oración y la acción.

 

Pero la lección más importante es la de siempre. El amor a los demás concretado en la actitud de servicio. No se trata de mandar, dar órdenes y figurar sino de servir, donarse. Es otra manera de ver las cosas a los valores de nuestro mundo. Su Reino no es de tipo político y estratégico ni temporal, sino un orden nuevo donde las normativas están centradas en el servicio, la entrega a los demás y el sacrificio hasta la muerte. No hay otro código ni civil ni penal. No hay más leyes. Y nos invita a entender así la vida. E insiste en ello: No he venido para que me sirvan, sino para servir. Años, muchos años más tarde, nos lo recordará el sabio hindú R. Tagore cuando afirmaba: “Me dormí, y soñé que la vida era alegría; desperté y descubrí que la vida era servicio. Me puse a servir, y descubrí que el servicio es alegría”. Y en esa actitud hemos de pensar que los demás son siempre lo más importante, enfocarlo así con actitud positiva y constructiva nos hará mejores obreros del Reino.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Febrero, 2008, 8:26, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El milagro de la fraternidad

(Mt 23,1-12):  En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame "Rabbí".

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "Rabbí", porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie "Padre" vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar "Doctores", porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

No actuaban de acuerdo a lo que pensaban. Por eso no había que fijarse en sus acciones. Es al revés de lo normal: Actuar como se piensa. Y a partir de esa advertencia el Maestro nos da una lección de búsqueda de la sencillez frente a la prepotencia, de búsqueda de lo fundamental que está en el interior frente a las pequeñeces y apariencias que nos hacen solamente presumir.

 

Coherencia, consecuencia, ser rectos. Es una de las llamadas de hoy. Vale más callarse, si no actuamos. Y hay que hacer las cosas porque hay que hacerlas, no para ser vistos por todos los demás, ni mucho menos para medrar y subir en los escalafones sociales. Eso es un antitestimonio. Y ya sabemos lo que dice el adagio, que “una imagen vale más que mil palabras”.

 

A los que hacen las cosas de esa manera torcida Jesús hoy les desenmascara, pronunciando contra ellos unas palabras muy duras que leemos en el texto. No busca un levantamiento del pueblo contra ellos. Sino pretende la práctica contraria: el milagro de la fraternidad, recordándonos que no nos hagamos llamar maestros de nadie, pues todos somos hermanos, ya que el mayor entre ustedes, será el servidor de los demás. Eso, a la larga, provocó la revolución de las primeras comunidades cristianas, de las que decían: “Miren cómo se aman”. Todos iguales, aprendiendo los demás de lo que hacían y cómo se comportaban, y no de lo que decían.

 

Una de las formas que tenemos de seguir adelante con este proyecto es tomar el rumbo que nos señalaba el Vaticano II en sus reflexiones sobre la iglesia y el mundo, cuando nos decía: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. Una forma de hacer fraternidad.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Febrero, 2008, 10:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sean compasivos

(Lc 6,36-38):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

Tener compasión de los demás, no somos jueces de nadie, hay que aprender a perdonar, debemos ser generosos. Si así somos, así también lo serán con nosotros. Cinco máximas en tan poco espacio. Condensadas casi en lo de “sean compasivos”; lo cual no es que los otros nos den pena, sino padecer con los demás.

 

Sabe el Maestro qué rápidos somos en calificar a los demás, en encasillarles según nuestro criterio que, en ocasiones, lo hacemos al primer golpe de vista. Ver cómo viste, cómo opina con un criterio diferente al nuestro, conocer sus amistades que nos parecen indeseables, saber donde vive, en qué trabaja, qué lugares frecuenta, son motivos o hechos para juzgarle definitivamente en nuestro interior, calificándole a nuestro modo, por la apariencia externa o por la disonancia con nuestro modo de estar, vestir u opinar. Si eso lo hacen con nosotros nos parece injusto. Y recordamos enseguida lo del “no juzguen, si no quieren ser juzgados”.

 

Nos insiste también en perdonar y en saber dar, en la generosidad, en el amor, en la entrega de nosotros mismos, y sin esperar nada a cambio, sin que el otro se entere, sin que se note. Dar en trocitos la propia vida, en compañía, en tiempo, en comprensión, en defensa de lo justo. Y, cierto, con la misma medida que empleemos con los demás seremos medidos nosotros.

 

Y todo ello se resume como empieza el texto: Sean compasivos. Es decir tengamos la capacidad de sentirnos próximos al dolor de los demás y la voluntad de aliviar sus sufrimientos y males, llevando a la práctica lo que nos proponemos, pues la verdadera compasión sería luchar para que los demás estén libres de sufrimiento, y la felicidad viva en y con todas las personas.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Febrero, 2008, 13:06, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Subiendo a la montaña

(Mt 17,1-9):  En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

 

Los problemas y dificultades siempre nos rodean. Dicen que no nos dan vacaciones. Cuando tenemos resuelto uno que nos preocupaba y comenzamos a tomar respiración, enseguida surge el otro. Hoy es el problema con este hijo, mañana el no entendimiento con el vecino, luego un problema en el trabajo de algo que no salió bien, o que el jefe se quejó o el compañero nos puso una zancadilla. Las cosas a nuestro lado tampoco funcionan bien del todo y nos incomodan: tensiones en nuestro ambiente, el grupo de amigos tiene un problema, las próximas elecciones nos dejan al aire, los políticos se pelean unos con otros, el hambre sigue presente en el mundo. A Jesús le pasaban también estas cosas, sabía que más tarde o más temprano iban a por El; intuía que la cruz podría ser un destino suyo, o al menos la condena y la prisión; no siempre los discípulos le comprenden del todo; hay quienes le siguen por intereses personales; otros están intentando pillarle en una frase para condenarle; los prejuicios le rodean. Los problemas, al igual que a nosotros, no desaparecen de su vida. Quiso ser hombre y afrontar todo lo humano con todas sus consecuencias.

 

Por eso sube a la montaña, y allí busca el silencio y el encuentro con su Padre. A veces, como en esta ocasión, las cosas se le clarifican y sale profundamente reforzado. En ocasiones solo la paz interior de intentar la búsqueda. Como nosotros que también entre problema y problema debemos preguntarnos: ¿Por qué no subir a la montaña? Igual allí, y seguro que sí, encontramos algo de luz para saber seguir afrontando los problemas que vengan después. Una voz en nuestro interior, como en aquel entonces en lo alto de la montaña, dice: Escúchenle. Le hemos oído estos días enseñándonos el Padre Nuestro, le hemos escuchado proclamar las Bienaventuranzas, le hemos oído hablar del amor a todos sin distinciones, le escuchamos esa llamada permanente a la conversión. Y hoy nos recuerda, que hemos de enterarnos mejor de aquello que oímos. Hay que escucharle. Ser tierra fértil, bien abonada, donde cale su semilla y fructifique. Pero para ello, de vez en cuando hay que subir a la montaña.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Febrero, 2008, 11:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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También a los enemigos

(Mt 5,43-48):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

 

Los mensajes evangélicos se repiten. Lo hemos comentado en días pasados: Dios es Padre de todos, de los que nos caen bien y de los que no, de los que son amigos y de los que no. Consiguientemente no podemos hacer excepciones en nuestros deberes para con los demás. Con los otros mi compromiso creyente llega hasta éstos, con aquellos no. Si amamos a los que nos quieren, no tenemos mérito. El texto está clarísimo. Sugerimos volver a leerlo. Es el Amor quien nos ha llamado y elegido, es el mismo Amor de Dios quien nos impulsa a extenderlo a nuestro alrededor, sea quien fuese. No hay nada nuevo bajo el sol.

 

Ciertamente es algo difícil de vivir, y en ocasiones se nos puede antojar un precepto injusto. Si difícil es perdonar al que ha destrozado nuestra vida, al que nos ha quitado la fama, a quien nos ha puesto la zancadilla en nuestro caminar, hoy además se nos dice que debemos amarles. Pero es que cuando rezamos, lo hemos recordado días anteriores, ellos y nosotros decimos: PADRE NUESTRO. Amar es estar libres de odio, y además hoy se nos dice que también es tener deseos de bien hacia los demás. Igual no se puede tener o sentir el mismo afecto entrañable por todos, porque los sentimientos están ahí adentro, pero al menos liberar nuestro interior de odio, de rencores es preceptivo. Y, dicen los psicólogos, que también es sano y colabora a nuestra armonía interior.

 

En este contexto suena con energía el NO MATARÁS. Cierto, cada uno de nosotros, los que leemos este comentario, no hemos tomado un arma y hemos matado a alguien. Pero en el mundo se sigue matando, y algunos provocan las guerras sin haber negado su identidad cristiana o religiosa, sea la religión que fuere. Y contra esto sí que no solo la humanidad, sino los cristianos, de manera especial hemos de estar en contra. No se puede justificar de ninguna forma la guerra, la matanza entre los humanos. Si se nos manda no tener sentimientos de odio hacia los demás, muchísimo mas si está por medio una guerra, que siempre es una matanza. Desde el amor al que nos impulsa el Evangelio el “no más guerras” tiene que ser un grito que salga de nuestro interior y una exigencia continua a nuestros gobernantes. La paz es el primer fruto del amor, y a su vez, obra de la justicia.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Febrero, 2008, 12:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La dignidad de las personas

 (Mt 5,20-26):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

Viene a perfeccionar y dar un cambio a toda la normativa vigente. No basta con la buena acción de NO MATAR. Es también necesario no enfadarse, no insultar, no levantar calumnias, no juzgar. Pues todo ello son maneras de matar a los demás, de acabar con su fama, con su prestigio, con su manera de ser ante los otros. Matamos a los demás también cuando hablamos mal de los otros, y criticamos sin fundamento. Es más, si el otro hace algo malo, algo con lo que no estamos de acuerdo tenemos una forma muy sencilla de convertir esa diferencia en vida: la corrección fraterna, hablar con el interesado; lo que vulgarmente llamamos decir las cosas en la cara.

 

No bastan los ritos para ser buena persona. No basta hacer las cosas porque siempre se hayan hecho así. No basta cumplir las normas legales. No basta con ir a misa. La advertencia es muy clara: si tienes algo contra tu hermano, deja la ofrenda sobre el altar, deja el rito. Y cuando te reconcilies, te aclares, hayas dialogado con sencillez aunque no hayas llegado a un acuerdo, entonces vuelve al rito, y a depositar tu ofrenda sobre el ara. Es como si Jesús nos dijera que una sola cosa nos hace impuros a los ojos de Dios y es la falta de amor y de respeto al hermano.

 

Igual no albergamos en nuestro corazón resentimientos, rencores u odios hacia otras personas en estos momentos, pero, si somos sinceros, igual habremos de reconocer que somos en cierto modo cómplices de injusticias que atañen a otros con nuestro silencio, con un cómodo no darnos por enterados de las necesidades ajenas, con encontrar normal que otros habiten en chabolas, no tengan trabajo o sustituyan el estar desocupados por el vicio o la droga. En el fondo el Evangelio de hoy es algo más que hablar con una persona particular con la que estamos mal –es eso también, pero sobre todo es una invitación a respetar la dignidad de las otras personas, tanto de pensamiento, palabra como de obra. Tiempos más tardes gente preocupada por esa misma dignidad tradujeron todo esto en el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que nos recuerda que todos los seres humanos somos iguales en dignidad, gozamos de la misma libertad y tenemos los mismos derechos sin excepción de ninguna clase y sin discriminación por motivos de raza, religión o sexo.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Febrero, 2008, 11:53, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Busquen y hallarán

(Mt 7,7-12):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas».

 

Dos mensajes importantes en el texto de hoy: la necesidad de orar, y la necesidad de un comportamiento ético con los demás basado en un principio natural de sentido común “haz con los demás, lo que quieras que hagan contigo”.

 

Y por otra parte: pidan, busquen, llamen y se les dará, hallarán y se les abrirá. Y el ejemplo para rubricarlo: si nosotros lo hacemos con nuestros hijos, como no lo va a hacer El con todos nosotros. Fundamentalmente, porque tiene un corazón más grande que nosotros.

 

Si estos días anteriores se ha insistido en el compromiso, en la acción, en el cambio, hoy se nos dice que todo ello ha de ir acompañado de la oración, del agradecimiento, de la contemplación o/y de la súplica. Ambas cosas unidas. Lo hemos comentado ya en varias ocasiones. Y hace poco Jesús nos recordaba como hacerlo, si no sabíamos: con el Padre Nuestro en los labios y saliendo del corazón, sintiendo cada palabra y cada frase con todo su sentido e interpretación positiva. Es más en muchas ocasiones, en todas prácticamente, no necesitamos rompernos la cabeza para saber que pedir a Dios. Ya El sabe, con antelación, lo que más necesitamos, lo que nos hace falta. Y a veces es valor y motivación para hacer las cosas por nosotros mismos y con nuestras fuerzas. La llamada de Jesús hoy a esa oración es como darnos un pan para alimentarnos, pues es la comida más importante de nuestro espíritu para hacerlo fuerte ante los avatares de la vida.

 

Y ¿qué hemos de pedir o buscar? Cada uno ve en su interior. Pero hay algo que necesitamos cada uno y también nuestro mundo: la paz, la verdad, la justicia. Hay hambre de paz a nuestro lado, paz consigo mismo, paz con los demás, paz en los pueblos sobre todo en los que están en guerra. Puede haber quienes no le interese, puede haber incluso quienes se lucren con ella, y que no la buscan pues no les reporta nada para sus intereses comerciales. Pero la gente de buena voluntad, que somos la mayoría, la necesitamos. La paz para este mundo es como las gafas que necesitamos para ver. Cuando éstas se nos pierden, las buscamos a tientas para poder seguir observando y viendo la realidad. Lo mismo habríamos de hacer con la paz: la paz en nuestro interior, la paz con los demás, la paz entre los pueblos. Pidámosla, busquémosla, gritemos por ella y la encontraremos. Hace falta para ello tener confianza en nosotros, en los demás, y, sobre todo, en Dios.

 

Y también necesitamos verdad, y que nos liberen de mentiras que nos engañan y manipulan. Pero la paz puede ser la causa y consecuencia que nos lleve también a la verdad. Porque, no lo olvidemos, está también el principio natural que Jesús hace suyo: lo que quieras que hagan contigo, hazlo tú con los demás.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Febrero, 2008, 12:22, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Piden señales

(Lc 11,29-32):  En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente, comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás».

 

Así como Jonás volvió a la vida desde las fauces de la ballena, Jesús también lo hará desde su muerte. Es la gran señal de los creyentes, es el gran misterio: la nueva vida, la Resurrección, para la cual hay que pasar por la muerte. Es la señal de la Cuaresma que hemos comentado, ser personas nuevas, para lo cual también hemos de dar muerte al hombre viejo. Algo más que Salomón y Jonás, es Jesús y su nuevo estilo, su nueva vida. ¿Mejor señal queremos?. Aplicándolo a nosotros mismos hemos de recordar el comienzo de la Cuaresma: Conviértete, y cree en el Evangelio.

 

En ese corazón nuevo hemos comentado estos días,  leyendo las Bienaventuranzas, el trato preferencial hacia los desfavorecidos y el compromiso por una sociedad donde impere la justicia son buenas señales de conversión no solo a niveles personales sino también grupales o colectivas.

 

En nuestra sociedad persisten y se incrementan múltiples formas de dominación que no son conformes a la dignidad propia de los hijos de Dios. Es criterio central del Evangelio la prioridad de los desfavorecidos y de los últimos. Así lo dice el juicio a las naciones, "lo que hayáis hecho a cada uno de estos mis hermanos menores me lo hicisteis a mi" (Mt. 25, 40). Se han de priorizar acciones que favorezcan la integración social y laboral de los que viven en la exclusión social. Así podemos llamarnos todos hermanos y seguir llamado Padre nuestro al Dios que se nos ha dado a conocer en Jesús, de acuerdo al texto comentado ayer.

 

Y el mismo evangelio nos recordaba hace poco que son bienaventurados los que trabajan por la paz y la justicia en el mundo. Algo que tiene que ver con el desarrollo económico y técnico que ha incrementado la riqueza de forma exponencial. La humanidad tiene al alcance de la mano la superación del hambre, de las grandes enfermedades vinculadas a la pobreza y de las carencias estructurales en educación, trabajo y vivienda. Sin embargo, la desigualdad no sólo persiste sino que se acrecienta. Dicen los cálculos estadísticos que con los que gastamos en helados en toda Europa durante un año, se podría solucionar el problema del hambre en el mundo. ¿Dónde estamos los cristianos? Un corazón nuevo para personas nuevas que hagan un mundo nuevo: esa es la señal que trajo Jesús con su vida, muerte y resurrección. Esa es la señal que nos toca repetir en nuestra realidad personal y social de hoy.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Febrero, 2008, 12:05, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Padre Nuestro

 (Mt 6,7-15):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

El Padre ya sabe lo que necesitamos antes de pedírselo. Basta decir: “Padre nuestro que…”. Pero no con rutina, ni monótonamente, sino con sentido, despacio, saboreándolo. No solo nos dice que oremos, sino que nos enseña cómo hacerlo. No hace falta palabras muy complicadas. Igual bastaría con las dos primeras: Padre Nuestro. Lo dice todo. Implica sentimientos y actitudes de confianza, disponibilidad, fiarse, igualdad, fraternidad –se lo está diciendo al mismo tiempo también otra persona en Nigeria, en China o en Ecuador-, y todos decimos lo mismo: Padre nuestro. Ninguno afirma: Padre mío, sino nuestro. Nuestro, porque con el nigeriano, el chino, el ecuatoriano, el vecino de al lado de casa, la anciana vestida de negro que cruza por delante de casa todos los días para ir a comprar el pan, el chófer del autobús, con todos y cada uno, sean de la edad que fueren, de la condición que sean, o de la nacionalidad que tuvieren, somos hermanos. Padre nuestro, no padre mío. Padre, le decimos, por eso nos acercamos con seguridad, porque aunque otros te rechazen y te condenen, tu padre nunca lo hará, presto a la corrección y a que a nos superemos está igual de presto para el abrazo de acogida. Padre nuestro, con lo cual los otros dejan de ser los otros, los diferentes, y pasan a ser hermanos. Padre nuestro, decirlo es abrir el corazón, ampliarlo, con una capacidad nueva, porque en él tienen ya cabida todos: los que viven conmigo y los que quieren vivir, los que han nacido en mi tierra y los que vienen de fuera, los que adoran a Dios de un modo y los que lo hacen de otro, los que tienen mis mismas ideas en relación con la sociedad, la política o la moral y los que no, los que me caen bien y los que me caen mal, los que se han portado bien conmigo y los que me han puesto zancadillas. Todos decimos: Padre Nuestro. Todos, pues, somos hermanos. Padre Nuestro, no hacen falta leyes para que confiemos en El y sigamos sus indicaciones, estilos de vida o palabras. Padre Nuestro, tampoco hacen falta leyes para indicarnos cómo hemos de tratar a los diferentes. Es nuestro Padre, estamos seguros con El, nos fiamos como los hijos de sus padres. Es Padre nuestro, a todos, sin distinción, hemos de tratar como hermanos. Y nunca mejor dicho, antes de que se hablara de la globalización, Jesús nos enseñó a practicar la fraternidad con todo hijo de cualquier vecino, de cualquier persona vecina, de cualquier pueblo vecino.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Febrero, 2008, 10:37, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Era forastero, y me acogieron

(Mt 25,31-46):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme". Entonces los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?". Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis".

»Entonces dirá también a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis". Entonces dirán también éstos: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?". Y él entonces les responderá: "En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo". E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

Un clásico del Evangelio que explica, como lo ha hecho en otros textos, lo esencial de la conducta creyente: la preocupación, solidaridad y amor por los otros, especialmente por los que más sufren y por los que más necesidad tienen. No solo por las personas, sino también por los pueblos con hambre, con sed, o víctimas de cualquier guerra o persecución ideológica o política que les hace ser, con frecuencia, forasteros en otras tierras. Lo que hemos hecho por cada uno de ellos, sean personas o colectivos, lo hemos hecho directamente a Jesús. No nos quepa la menor duda. Un buen programa creyente, y diríamos que también un buen programa social a tener en cuenta por aquellos políticos que se autodefinen como creyentes y pronuncian el nombre de Dios o de la Iglesia en sus alocuciones y declaraciones.

Es lo que decía San Juan de la Cruz: " Al atardecer de tu vida, te examinarán de amor". Es lo que nos recordaba el Vaticano II en su documento sobre las relaciones de la Iglesia con el mundo: «En nuestra época, especialmente urge la obligación de hacernos prójimo de cualquier hombre que sea y de servirlos con afecto, ya se trate de un anciano abandonado por todos, o de un niño nacido de ilegítima unión que se ve expuesto a pagar sin razón el pecado que él no ha cometido, o del hambriento que apela a nuestra conciencia trayéndonos a la memoria las palabras del Señor: "Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40)».

Son palabras que deben dar un giro a nuestra vida en el sentido de convencernos desde adentro de que la conversión de que nos habla la Cuaresma pasa por el amor al prójimo. Es lo que confesaba un prisionero siberiano: "Buscaba a mi Dios y El desaparecía. Buscaba mi alma y no era posible encontrarla. Busqué a mi hermano, y encontré a los tres". Los cristianos tenemos el gran privilegio de saber de antemano el tema de nuestro examen final. Podemos ir ya con las respuestas preparadas. Solo queda que nos "copiemos" en la práctica.

Para los cristianos que vivamos en España y otros que puedan estar en proceso electoral puede ser también una forma de examinar los proyectos que se nos presentan delante para nuestra votación en las elecciones. No tienen que estar redactados de esa manera, pero sí deben expresar claramente las acciones y proyectos que se van a ejecutar por los más pobres y desheredados no solo del país en cuestión, sino de otros pueblos de la tierra a quienes también nos debemos.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Febrero, 2008, 10:31, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No nos dejes caer en la tentación

(Mt 4,1-11):  En aquel tiempo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Mas Él respondió: «Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’».

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».

Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto’». Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Es hombre hasta lo más profundo. Por eso como nosotros experimenta el cansancio, las dificultades, los problemas y las propias tentaciones. Siente ganas de hacer lo que no está del todo bien y dejase llevar por el consumo y la ambición, por el poder y la egolatría, la soberbia de la vida o el propio orgullo. Semejante al hombre en todo, menos en el pecado. Es, como cualquier ser humano, zarandeado por un sitio y por otro a capricho del maligno que le tantea buscando su punto débil. Jesús, fuerte con la intensidad de la oración que ha convertido en su alimento, es capaz de resistirlo, dándonos así un nuevo ejemplo en nuestro caminar por la vida.

 

La tentación es una prueba, una dificultad, un sentimiento natural del ego que encontramos también nosotros en nuestro camino. Pero al igual que con las dificultades, hay que afrontarlas. No se puede pactar con ellas, o nos vencen o las vencemos. No hay otra alternativa. Están a la orden del día, las encontramos en cualquier esquina, y con cualquier vestidura. Jesús nos enseña hoy el poder de la oración para vencerlas. La referencia constante de nuestras vidas a la suya nos podrá dar algo de estímulos positivos. Superarlas será una gran prueba o examen en la vida, del que nunca vamos a estar exentos, pues superado uno nos enfrentaremos con el otro, dado que el propio sistema en que está asentado nuestro mundo organizado de hoy depende de unos valores que no nacen precisamente del bien. Tan normal ha sido y seguirá siendo esta prueba en nuestra vida que el Maestro nos enseñó lo que teníamos que repetir a diario: “No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal”.

 

Aunque también hay tentaciones que nosotros mismos las buscamos. Esas las tenemos más fáciles de resolver. Como dice el refrán: “Quien quita las ocasiones, quita los pecados”, o “el que se arrima al fuego, termina quemándose”. De este tipo de tentaciones ya sabemos mucho también en la vida. Dependerá de nosotros, pues más bien son buscadas.

 

Eso sí, es el Apóstol quien nos dará motivaciones y ánimo para seguir en nuestra lucha de cada día, pues “Dios no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas, pues con la tentación dispondrá del éxito para que puedan superarlos”. Una mirada positiva, pues, que nos sirve de motivación para seguir haciendo camino al andar

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 10 de Febrero, 2008, 12:21, Categoría: Comentarios al Evangelio
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