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Enero del 2008


La ley del boomerang

(Mc 4,21-25):   En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».

 

¿Necesita explicación? Sinceramente, pensamos que cualquier comentario puede hacer disminuir el hondo significado del texto para un creyente. Estamos para alumbrar a los demás y a la sociedad, no para escondernos detrás de la puerta de casa. Y la vida es como un boomerang: de lo que sembremos, así cosecharemos. Son como los dos mensajes claros e intensos del dia de hoy. No se puede decir menos en tan poco texto.

 

Resultaría contradictorio un cristiano con la luz apagada, o escondida debajo de la mesa. Sería como un círculo cuadrado. Lo que tenemos es para darlo y entregarlo. En esa misma medida, nuestro gozo será colmado. Lo que sabemos, lo que hemos experimentado, lo que vivimos no podemos callarlo, sino que hemos de pregonarlo no solo o no tanto a veces con nuestras palabras, sino con nuestros hechos y acciones. Y encender iluminando el mundo y ambiente familiar, laboral, amistades, ambientes.

 

Y la famosa ley del boomerang, lo que hagas te revierte, siempre lo hemos entendido en negativo. Es hora de que lo consideremos positivamente: Cuanto más das, más tienes.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 31 de Enero, 2008, 9:46, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Somos terreno de siembra y sembradores a la vez

Mc 4,1-20):   En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».

 

Enseñaba en parábolas, con ejemplos, para que todos le pudieran entender. Como nosotros a nuestros niños. Es un lenguaje universal. Por eso muchas veces dirá: “Quien quiera entender, que entienda”. No es cuestión de ciencia de libros lo que nos propone, es sabiduría interior de la gente sencilla. Muchas veces, cuestiones de sentido común. En este caso, El mismo la explica: la semilla es la Palabra; los sembradores son El mismo, sus discípulos, nosotros hoy; el terreno donde ha de crecer la semilla nosotros mismos, las personas, y nuestros ambientes, la sociedad y el mundo en general.

En todo el mundo, en todos los países, casi no queda un pueblo pequeño en el mundo donde esta semilla no haya sido sembrada a lo largo de los tiempos, desde la época de Jesús hasta la nuestra que vivimos actualmente. Y con todos los medios, la palabra oral, la escrita, los medios de comunicación mas sofisticados, la red digital, los correos electrónicos, las películas, diapositivas, imágenes y esculturas de todo tipo y un largo etcétera que ahora mismo se nos olvidan. Hasta en mp3. Pero por muchos medios técnicos que pongamos para la siembra, hasta los de última generación, todo va a depender del terreno. Y hoy como ayer siguen estando los pedregosos, los llenos de aristas, los secanos, los abrojos, las seducciones del mundo, las dificultades, las comodidades, los respetos humanos… Hoy como ayer depende de la libre voluntad de cada uno de nosotros que esa semilla, siempre presente, dé fruto. Y eso es también lo que la hace débil y al mismo tiempo vigorosa: que dé fruto depende de nuestra disponibilidad, es un regalo que se nos da pero que libremente podemos aceptar o no. Lo más interior y grande que Dios nos ha dado cual es la libertad personal no queda aquí menguada. La semilla no se impone, el terreno ha de ser fértil y bien regado. Y solo nosotros tenemos la regadera.

Por otra parte, hoy somos también nosotros sembradores que tenemos en nuestras manos la semilla fecunda de la Palabra. Todo lo que sea sembrar otra cosa, es un fraude. Habremos, pues, de poner cuidado en no adulterarla, no somos los protagonistas de su Palabra, solo somos su eco, como altavoces de la misma. Por eso la debemos sembrar también con los medios que El mismo ponía: sembrando solidaridad, amor sin reservas, dedicación sin diferencias, acogida, comprensión, y dedicando tiempo.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Enero, 2008, 11:08, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Parecen de la misma familia

 (Mc 3,31-35):   En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

 

Su familia le busca y le llama, lo mandan a buscar. Lo normal entre nosotros, sobre todo cuando hace tiempo que no vemos a los nuestros, es dejar lo que tenemos entre manos y salir corriendo a abrazar a los parientes. Jesús sigue en lo suyo, en lo que debía hacer, no rechaza a los suyos, pero sí que antepone el proyecto de Dios a su propia familia, y todavía más: extiende su cercanía familiar y su trato como familia a todos los que secundan su proyecto. “Mi madre y mis hermanos son los que cumplen la voluntad de Dios”. La suya no es una familia cerrada en la parentela genética. La suya es una familia abierta. No consta el enfado de los suyos por esa actitud.

 

Una doble lectura tiene esta historia: Por una parte, sentirnos, como constructores del Reino, familiares de Jesús. En torno a Jesús se ha ido formando un grupo que crecerá hasta nuestros tiempos y que ha conducido a la formación de la fraternidad cristiana, creando, entre los que escuchan la Palabra de Dios e intentan practicarla, un parentesco nuevo. No es un parentesco genético o físico, sino como un parentesco espiritual que convierte a las personas en almas gemelas. No importa tanto parecernos en los rasgos físicos, sino en la unidad de espíritu. “Miren cómo se aman”, “es que parecen de la misma familia”. Nosotros oírle, le oímos. Todos los días su Evangelio nos habla y le escuchamos. Intentamos penetrar en el sentido de su mensaje. Nos arranca propósitos nuevos, descubrimos exigencias que se nos habían pasado por alto. Comparamos nuestras vidas con lo que ese trozo del Evangelio nos muestra. Pero después hay que vivirlo y realizarlo. Y en eso estamos, con la ayuda del Maestro a quien pedimos luz, fuerza y valentía para cumplir lo que hemos entendido, y que cuando El nos mire pueda decirnos, señalando para nosotros: “Ahí están mi madre y mis hermanos”

 

Por otra, una llamada a que hagamos de nuestras propias familias no unos hogares cerrados sino abiertos a la problemática de los demás, a la solidaridad con los que más lo necesitan. Se nos ocurre un ejemplo sencillo, que no es la panacea de todo lo que debemos hacer familiarmente. Es eso, solo un ejemplo. En la sociedad todas las personas de buena voluntad reclamamos de nuestros gobiernos que dediquen como mínimo el 0,7% de sus ingresos a acciones de cooperación con países en vías de desarrollo. Muchísimos no llegan al 0,3% aún. ¿Y en nuestras familias? ¿Cuántas familias dedicamos el 0,7% de nuestros ingresos a colaborar con alguna asociación humanitaria que lleve proyectos de cooperación en los países empobrecidos?. Estamos hablando de que una familia que ingrese mil euros al mes, dedique siete a una acción humanitaria; o de que otra que ingrese 1.500 euros mensuales colabore con 10,5 euros. ¿No nos gastamos más de eso en cerveza, cigarros, cine o comer fuera de casa?. Haciendo eso no podemos decir ya que lo hacemos todo. Pero es un gesto, un signo, de que somos una familia abierta, y que lo que exigimos a los demás lo hacemos también nosotros. Muchos otros ejemplos pudiéramos traer a colación hoy. Mejor que los vayamos poniendo cada uno de nosotros en la práctica diaria.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Enero, 2008, 11:16, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Mas allá de intereses particulares

(Mc 3,22-30):   En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Está poseído por Beelzebul» y «por el príncipe de los demonios expulsa los demonios». Entonces Jesús, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno». Es que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo».

 

Le llamaban de todo, hasta endemoniado. Era tanta la envidia, que intentaban desprestigiarlo en todos los sitios y momentos, hiciera lo que hiciera, por muy buenas que fueran sus acciones y propuestas. Y El les explica la falta de veracidad de sus críticas con un razonamiento sencillo: Satanás no puede estar contra sí mismo, como nadie lo está. Por otra parte no tiene sentido lo que dicen: lo único que hace Jesús es el bien, libera a la gente de su mal, pero basta que la acción y la propuesta salga de Jesús para que les parezca a ellos mal. Es algo parecido, comparaciones aparte, a lo que pasa hoy en nuestra sociedad en las instituciones públicas: puede aparecer una buena propuesta, pero basta que la haga alguien de otro grupo ideológico para que los demás se pongan en contra. Una buena lección que nos invita a ser diferentes a ellos, a los escribas de antes y a los partidistas de ahora, lo importante, en una sociedad tan dispar, es el bien general, y si la propuesta, por ejemplo, viene de un testigo de Jehová pero es buena para los demás no debemos rechazarla. No importa que ellos sean más o menos protagonistas, el protagonismo siempre será para el bien de los demás. Y eso es lo que les molestaba a los escribas: el protagonismo de Jesús, sin importarle la salud de los otros. Interpretaciones perversas y llenas de mentira las que hacen. Cosas que no nos sorprenden en nuestra sociedad actual: no solo en nuestras relaciones interpersonales, sino en la forma de organización de nuestra sociedad.

 

Llama la atención que estas situaciones se repitan en los textos evangélicos. Nunca aprenden la lección. Pero también es reconfortante ver la paciencia y constancia de Jesús. No se desanima porque otros le pongan zancadillas en el camino. Con las dificultades no se pacta, se afrontan. Y eso es lo que El hace.

 

Pero en ocasiones, como en ésta, no se calla. Con una delicada ironía ataca el contrasentido de su acusación, y posteriormente les echa en cara su mala voluntad y también su blasfemia. No puede permitir la confusión en el anuncio del Reino. Hablar para defender la verdad, también nos toca a nosotros hoy. Siempre. Escuchar para aceptar la verdad que nos dicen los otros aunque no sean de nuestra cuerda, también. Siempre. Lo que importa es el bien de los demás

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Enero, 2008, 10:06, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Síganme, en el hoy de nuestra sociedad

(Mt 4,12-23):   Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado».

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

 

Gran parte de este texto lo hemos comentado ya el pasado siete de Enero. Si vas al blog “Buscando la luz”, lo encontrarás en ese día, donde insistíamos en la lucha contra el mal, contra la enfermedad, como uno de los signos mas indicativos de la presencia del Reino de Dios entre nosotros.

 

Hoy el texto le da otra vertiente complementaria. Jesús llama persona por persona, sigue llamando hoy, ellos dejaron sus redes, nosotros hemos de buscar aquello que nos está enredando de alguna manera, y nos impide seguirle a tope.  Sin cobardías, pero con audacia. Con prisas, pero con prudencia, pues también Jesús sabiendo que en aquellos momentos Juan había sido preso, se retira a Galilea. No por huida, sino para poder hacer su labor bien hecha, pues todavía casi no había empezado con su tarea.

 

Llamada general a la conversión, al cambio. Llamada insistente que se repite a lo largo del Evangelio. Llamada personal a cada uno a seguirle. Llamada que también se repite hoy. A dejar lo que nos enreda y estorbe, como decíamos. Muchas veces hemos entendido este “síganme” como algo especializado dirigido a las vocaciones sacerdotales y religiosas, y en algunos casos lo es, pero en la mayoría de las situaciones nos llama a todos y cada uno. También ahora, en este justo momento en que nosotros escribimos la reflexión, en este justo momento en que tú la estás leyendo. Deja lo que te estorba, pues nos ha dejado trabajo preparado. Nos mostró lo que El hacía, para que hagamos lo mismo y continuemos su labor. De hecho ha quedado claro quienes acudían a El: los tristes; los que necesitaban ser escuchados, comprendidos o alentados; los despreciados y marginados , entonces los leprosos, ahora igual los que tienen otro color, vienen de fuera o tienen otra religión; los olvidados, los que viven solos, los ancianos; los perseguidos, que por serlo tienen que vivir escondidos, sin ayuda; los pobres, en una palabra. Estos a quienes El se dirigía y se acercaba y tenía en cuenta de una manera especial, tienen mucho que ver con nuestro seguimiento a Jesús. No podemos seguirle si nos olvidamos de ellos. Ese seguimiento es parte también de la conversión que nos pide.

 

Vivimos en una sociedad diferente a la de Jesús. Una sociedad con valores enfrentados, con proyectos distintos, con organizaciones variadas. Es necesario, pues, adaptarnos a los tiempos nuevos, revisar nuestros enfoques y referencias, nuestras maneras de estar presentes en la sociedad. Hace poco el mismo Evangelio nos lo recordaba: expresarnos con esa sed y con esa ansia de buscar vino nuevo en odres viejos que ya no sirven. Hemos de vivir la fiesta de la vida que nos toca en esta sociedad, sin lamentos, llantos o tristezas. Porque creemos en Alguien que la vivió en plenitud. Seguirle a El hoy no es encerrarnos en casa, o ir al templo todos los días mas tiempo. Hemos de saber afrontar los retos de nuestro tiempo, y con libertad personal, intentar resolverlos. Buscar aquellas cosas, cada uno debe descubrirlas en sus lugares, sus culturas, sus labores, que construyen los elementos de nuestra identidad cristiana para seguir la causa de Jesús con otras perspectivas, métodos y maneras. Los criterios de fondo están claros, las maneras de expresarlo y los métodos a seguir pueden variar y cada uno, en sus grupos o comunidades, debemos buscarlos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Enero, 2008, 12:16, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Dicen que...

(Mc 3,20-21):  En aquel tiempo, Jesús volvió a casa y se aglomeró otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: «Está fuera de sí».

Hasta sus parientes más cercanos lo tratan como si estuviera loco. Adoptan la misma actitud que los fariseos. Es de suponer que estamos hablando de primos, vecinos, gente cercana a la familia o al pueblo. No de María, su madre, que siempre apoyó a su hijo, incluso cuando de pequeño se perdió en el templo, conservando todas esas cosas en su corazón. Los parientes se hacen eco de aquello de “¿puede salir algo bueno de Nazaret?”. En el fondo su autoestima la tienen muy baja, y miden con ese rasero al Maestro, que es su paisano.

Nos puede pasar también a nosotros con gente con las que nos tropezamos todos los días tanto en la familia, como en la calle, en el barrio, en el trabajo o a través de la red de Internet. Que como los vemos todos los días no los valoramos, y no nos damos cuenta de las cosas positivas que tienen. Y también puede pasar al revés: de los demás que nos ven y se codean con nosotros todos los días, que no se den cuenta de nuestras cosas positivas. Si Jesús no hizo caso ni a unos ni a otros, nosotros hemos de seguir adelante con nuestra acción y potenciando las actitudes que sabemos, lo reconozcan o no.

Exaltado, fuera de si, loco, no anda en sus cabales, endemoniado. De todo le dijeron, pero “fuera de sí”, encierra como un tono despectivo diferente, más humillante, como un desprecio a su comportamiento. Aunque también hoy y antes en la sociedad llaman locos a los son capaces de sacrificarse por los demás, a los que se enfrentan a la injusticia, a los que no tienen miedo a los poderosos, a los que defienden al perseguido, a los que ayudan a los desvalidos, a los que invierten tiempo en colaborar con los otros. Por eso no importa como nos llamen, importa lo que hacemos. Y eso lo tenía muy claro el Maestro. ¿Lo tenemos nosotros?

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Enero, 2008, 12:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Anunciar, convertir, cambiar

(Mc 16,15-18):  En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

 

Les envía a anunciar la Buena Nueva no a todas las personas, sino a toda la creación. Lo cual quiere decir que el Evangelio y, consiguientemente la acción de los cristianos, tiene que ver no solo con el cambio de las personas sino también con el cambio de la sociedad, del mundo, del medio ambiente … Y todos los signos que les acompañarán en su quehacer tienen que ver con acciones que transforman las realidades personales y sociales.

 

No será una cosa mágica y automática. Requerirá la disposición de las personas para el cambio. Por eso “el que crea y se bautice, se salvará”. Nunca mejor recordarlo que un día como hoy que se celebra la conversión de Saulo de Tarso. De perseguidor de la causa, se convertirá en Pablo, el apóstol, anunciador y luchador a favor de la causa. Se hizo testigo de la verdad y defensor de Jesucristo.

 

En unos y otros, en los apóstoles iniciales, en Pablo, en nosotros hoy las condiciones siguen iguales: conocemos a Jesús, vamos entendiendo poco a poco su mensaje, sentimos en nuestro interior el fuego que al tiempo que nos atrae a El nos impulsa a los demás, y queremos contagiar a nuestro lado con nuestras buenas maneras y nuestro correcto sentir. Desde la experiencia del encuentro con el Maestro, nos lanzamos a proclamar lo bien que se vive a su lado.

 

Y si bien en las relaciones personales tenemos las cosas más claras, en nuestra relación social y con la sociedad o con los ambientes donde vivimos unos cuantos criterios asumidos por los movimientos cristianos desde hace tiempo nos pueden servir de referencia. Un primer paso es saber VER, analizar la realidad, conocerla, saber lo que pasa –dicen los entendidos, aunque no sea nuestro caso, que el conocimiento da el poder-. Un segundo paso es intentar JUZGAR, intentar comprender por qué pasan esas cosas, por qué se dan esas situaciones en la sociedad, no quedándonos en la superficie ni tampoco en lo que escuchamos en un medio de comunicación que muy posiblemente puede ser diferente a lo que nos dice el otro; y en ese JUZGAR tendremos, desde nuestras convicciones, que ver las causas también desde el Evangelio, intentar reflexionar qué opina Jesús o cómo se situaba ante hechos similares. Y un tercer paso es ACTUAR, plantearnos qué podemos hacer, qué pasito podríamos dar, con quién podríamos contar. Y todo eso es un proceso de evangelización de nuestros ambientes, porque en la medida en que la organización social se va conformando más a los criterios del Evangelio, mejor anunciado quedará éste, aunque explícitamente ni siquiera lo hayamos mencionado. Tendremos ocasión siempre cuando tengamos que explicar los motivos de nuestra esperanza y de nuestro trabajo constante.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Enero, 2008, 10:18, Categoría: Comentarios al Evangelio
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De muchos lugares e ideas

(Mc 3,7-12):   En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.

Le seguían en muchedumbres y de todos los lugares y sitios de diferentes costumbres, culturas y hasta prácticas religiosas. Eran tanto que no tenía ni sitio en tierra para poderles hablar, y tiene que hacerlo desde el mar. La escena se repite: habla y enseña, atiende a los problemas de los demás, se preocupa de los desamparados, la gente le reconoce por lo que hace.

Es también como un sueño y un reto para nuestros días. Intentar convivir gente de diferentes culturas, ideas, opiniones, religiones, sin fanatismos de ningún tipo, sin considerarse nadie superior a nadie, buscando lo que nos une y no lo que nos separa, sumando esfuerzos y no restando diferencias. Tenemos gente así en nuestro pueblo o barrio, en nuestra comunidad de vecinos, en nuestro país. Aprovechemos las circunstancias que nos da la vida, para caminar en pie de igualdad. Y para defender la igualdad de los seres humanos –todos, creamos u opinemos lo que sea, somos hijos de Dios- en todos los foros cívicos, sociales, religiosos o políticos donde podamos encontrarnos. Apoyemos a quienes defienden estas ideas y prácticas.

¿Qué tenía aquella muchedumbre que seguía a Jesús? ¿Es una actitud de fe o de curiosidad? ¿Agradecimiento por haber sido curados o que su hambre fuera saciada? ¿Han descubierto en el Maestro a la persona compasiva que les ama? ¿Han entendido el mensaje del Reino? Muchas preguntas para encontrar respuestas en aquel momento en que todo se iniciaba. Pocas cuestiones para poder encontrar muchas respuestas por parte nuestra siglos después de que el Mensaje haya llegado a nuestras comunidades.

“Gracias, Señor, porque a pesar de los años transcurridos, podemos seguir viniendo a tu presencia con confianza y con audacia. Danos hoy a conocer una vez más las cosas que necesitamos saber y comprender, que nos ayuden no solo a orar sino también a actuar con más efectividad. Purifica nuestro corazón para que podamos pedir con la motivación correcta, y con la confianza de que Tú deseas seguir hablándonos y respondiendo a nuestras inquietudes. Gracias porque podemos seguir teniendo el privilegio de nuestra conversación y reflexión contigo, que no es otra cosa sino la oración” (inspirado en Mis momentos íntimos con Dios 3, de Gabriela Baquerizo)

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Enero, 2008, 13:12, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No es fácil

(Mc 3,1-6):   En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.

Aprovecha todos los lugares para enseñar y dar testimonio de lo que lleva dentro. También la sinagoga. A pesar de que sabía que en su interior se va a encontrar con gente que le hace la oposición por sistema. Por eso desde el principio están al acecho para pillarle en un fallo contra sus normas, contra el orden establecido. Pero ya vimos ayer que Jesús pone estas cosas al servicio de las personas, y no se pliega a ningún orden hecho. Por eso, ante sus críticas, iras y enojos, Jesús cura la mano seca de aquel hombre devolviéndole la vida. A los otros poco les importaba la salud de aquella persona y su vida, lo único que les preocupaba era el cumplimiento de las normas. No estaría de mal que revisáramos nuestras actitudes en estas cosas, pues a veces en pequeños detalles ponemos por delante la ley, no importándonos tanto las personas. A los que en algún momento somos así, aparte de caer en el fanatismo, recordemos que Jesús nos llamó “fariseos hipócritas, que dejamos fuera lo pequeño y nos tragamos lo más grande”.

 

Jesús, por otra parte, y conviene destacarlo –que nos perdonen los especialistas en Derecho de todo tipo- hace siempre una interpretación amplia y abierta de las leyes, y nunca desde una perspectiva estrecha y al pie de la letra. Es un hombre de mente amplia. No nos cansaremos de repetirlo: le preocupa la persona, las personas. Da lo mismo hombres que mujeres, niños que adultos, jóvenes que ancianos, de una raza u otra: la persona.

 

Es una lección importante para nosotros que nos acobardamos ante las críticas o faltas de entendimientos de los demás. A veces nos importa más la opinión de los otros, sobre todo si tienen poder en el mundo, que hacer el bien a tope.

 

Y es que el Evangelio no es nada fácil. Bien nos lo recordaban hacen pocos días en una reunión en la que uno de nosotros participó con este texto que comentamos de Michel Quoist: 

Esta tarde, Señor, tengo miedo.

Tengo miedo, por que sé que tu Evangelio es terrible;

es fácil oirlo predicar,

es todavía relativamente fácil no escandalizarse de él;

pero vivirlo ...  ¡vivirlo es bien difícil !

 

 

Tengo miedo de estarme equivocando, Señor.

Tengo miedo de estar satisfecho con mi "vidita" decorosa.

Tengo miedo de las buenas costumbres

que yo tomo  por  virtudes.

Tengo miedo de mis pequeños esfuerzos.

que me dan la impresión de avanzar.

 

Tengo miedo de mis actividades

que me hacen creer que me entrego.

Tengo miedo de mis sabias organizaciones

que yo tomo por éxitos.

Tengo miedo de mi influencia:

me imagino que transforma las vidas-

Tengo miedo de lo que doy,

pues me esconde lo que no doy.

 

Tengo miedo por que hay gente

que es mas pobre que yo;

los hay peor instruidos que yo,

peor desarrollados,

peor albergados,

peor abrigados.

peor pagados, 

peor alimentados,

menos acariciados,

menos amados...

 

Yo tengo miedo, Señor,

pues no hago bastante por ellos,

no hago  t o d o   por ellos.

 

Pues a pesar del miedo que podamos tener, y de que no sea nada fácil, uno de los criterios del Evangelio nos lo ha dictado Jesús entre ayer y hoy: la persona es lo más importante. Los otros, los demás. El amor.

                                                                                                

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Enero, 2008, 13:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Las normas, al servicio de las personas

(Mc 2,23-28):  Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?». Él les dice: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?». Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado».

 

Hay leyes o costumbres en la vida que no tienen sentido, o más bien que pudieron tenerlo cuando se instauraron debido a la cultura vigente pero que con el cambio del tiempo han caducado, pues otros valores humanos imperan sobre los anteriores. Pensemos por ejemplo en el papel de la mujer antes y ahora. Hace mucho tiempo no podía ni firmar papeles de compra venta. Todo lo que hacía estaba en función de la autorización del hombre que tenía a su lado: su padre, su esposo o su hermano mayor. Otros valores, la conciencia de la dignidad de la persona, han irrumpido detrás haciéndonos ver que aquello era algo de un tiempo, y que no estaba al servicio de las personas. Lo mismo advierte Jesús con el sábado. Por eso es hasta provocativo, y sus discípulos arrancan espigas en ese día. Y deja bien claro que el sábado es para las personas y no al revés. O sea, que las normas, las costumbres, las leyes –de cualquier índole y de cualquier institución- están para el bien y el servicio del colectivo de los seres humanos, y no al revés. ¡Cuántas cosas tendríamos que revisar a la luz de este criterio en nuestra sociedad, en nuestras organizaciones e instituciones y en nuestras propias comunidades cristianas¡

 

Jesús es señor del sábado, también de la ley y de las normas. Nosotros, seguidores de Jesús, hemos de tener el mismo criterio y la misma actitud. No vale decir: “siempre se ha hecho así”. Si por ese criterio fuere hoy las mujeres no tendrían voz en esta sociedad.

 

Por otra parte, y pensamos es también una llamada del texto de hoy, las cosas que hemos o debemos de hacer, desde nuestra fe y conciencia creyente, las debemos hacer no porque estén mandadas y sin necesidad de que estén en ley alguna –no nos hacen falta leyes civiles para hacer aquello que en conciencia creemos-, sino porque debemos hacerlas y queremos hacerlas y nos gusta hacerlas y las hacemos por amor.

 

El choque con otras normativas por otra parte puede ser frecuente. La fe cristiana lleva en sí un peligroso germen de rebeldía que no se puede abortar por los poderes de este mundo. Porque en la conciencia de cada cual, solo manda uno mismo. Santo Tomás decía algo así como que en las cosas de conciencia, ni la Iglesia. Y , al contrario, si hubiere alguna norma o ley civil que nos obligara a todos y a cada uno a hacer lo que está legislado en contra del criterio evangélico, hemos de seguir primero a este que a la norma.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Enero, 2008, 12:50, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Vino nuevo en odres nuevos

(Mc 2,18-22):   Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen a Jesús: «¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día.

»Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos.

Algo muy frecuente en la práctica religiosa judía era el ayuno o cualquier otra práctica que incidiera en la mortificación de los sentidos, para recordar la otra dimensión espiritual de la vida. A Jesús, sin embargo, dicha cuestión no parece verla como el centro de la practica espiritual: ha llegado la plenitud de los tiempos con la cercanía histórica de Dios a nuestras vidas a través de Jesús, ¿qué necesidad hay de centrar la práctica religiosa en la mortificación? ¡Vivimos la alegría del encuentro y de la relación interpersonal con el Salvador¡ Por eso llama a sus discípulos “los amigos del esposo”. Vivir conociéndolo y siguiendo sus pasos es como vivir una fiesta de bodas, algo entusiasmante. No es que en momentos concretos no sea necesario una práctica de mortificación de nosotros mismos, o de renuncia a muchas otras cuestiones, pero todo ello ha de hacerse en la alegría de estar celebrando como una fiesta de bodas. Sin la búsqueda del sacrificio por el sacrificio, del sufrimiento por el sufrimiento en si mismo. Es una vida nueva, una mentalidad nueva la que trae Jesús.

 

Es una mentalidad renovadora lo que nos trae el texto evangélico de hoy. No se trata de despreciar lo antiguo, sino de vivirlo a la luz del mensaje del Reino que ha instaurado la llegada de Jesús. El ayuno se entendía como una situación que mantenía la espera del Mesías, por eso lo guardaban los discípulos de Juan. Por eso les dice Jesús que los suyos no ayunan, la fase que se vive ahora con su llegada es como una boda y la relación entre el novio y los amigos. Ayunarán cuando les falte el novio, pero no ahora. Ya no somos siervos, sino hijos. Ya no será el Templo el único lugar de oración, porque Dios está entre ellos y en el corazón de sus seguidores. Es el nuevo vino, el nuevo Reino. Cambiarán los odres, pero también nosotros, empezando por nuestra propia mentalidad: vino nuevo en nuestros odres viejos para transformarlos en nuevos.

 

Hoy también nosotros, fieles al ejemplo de Jesús, hemos de seguir esa misma dinámica poniendo vino nuevo en nuestras propias e históricas comunidades cristianas: comunidades más fraternales, universales e integradoras, con compromisos fuertes en los Derechos Humanos y en la Defensa de la naturaleza, con un ambiente comunitario donde la participación, tolerancia e igualdad sean nuestros distintivos, creciendo en la libertad creyente dentro de la Iglesia, aprendiendo a convivir dentro de nosotros sensibilidades, culturas y funciones diversas hoy mas necesarias que nunca con la mezcla de pueblos y culturas que vivimos en todas las realidades sociales. Son algunos ejemplos del vino nuevo en odres nuevos que tanto necesitamos para vivir en la realidad que nos ha tocado en pleno 2008.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Enero, 2008, 9:59, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El que quita el pecado del mundo

(Jn 1,29-34):  En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».

 

Es el testimonio de Juan el Bautista que sabe disminuir para que el otro crezca, que sabe apartarse para que el otro aparezca, que sabe morir para que el otro renazca. La humildad y generosidad del Bautista son rasgos que siempre nos han llamado la atención a todos. Igual conviene recordar que nosotros también somos precursores del Mesías en esta sociedad, nos dedicamos, como creyentes, a preparar el camino de Jesús. En esta línea, Juan nos da una importante lección para nuestra conducta. Dar a conocer a Jesús es una de nuestras tareas, unos lo harán hablando, otros escribiendo, unos desde los grandes medios de comunicación otros desde los despachos donde dirigen sus empresas, unos en el trabajo humilde y sencillo de un jornalero, otros en la coordinación de actividades educativas, unos en la vida real de contacto físico a diario, otros en el contacto globalizado con gente de todo el planeta a través de la red de redes. Cualquier medio, lugar o acción es buena. Lo importante es tener en claro nuestra tarea.

 

Es el que quita el pecado del mundo. A quien reconocemos como tal cada vez que en la Eucaristía repetimos “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros”. Es cordero como símil judío, para que todos lo entendieran. El cordero era la víctima sacrificada por ellos en sus fiestas. Jesús es el Cordero que se inmola, que muere también para dar vida. Y así quita el pecado del mundo. Después todo depende de lo que nosotros entendamos por pecado.

 

El pecado del mundo va más allá de los malos pensamientos, de las mentiras piadosas, de los enfados o nerviosismos momentáneos. El pecado del mundo y consiguientemente el de las personas es todo lo que huela a egoísmo, a injusticia, a desigualdad, a falta de fraternidad y de libertad, tanto en nuestro interior, como en nuestras relaciones interpersonales como en la organización social. Es algo más que dejar de ir a Misa un domingo. Es algo más radical. Es algo más que lo meramente individual, aunque también incluya a esto. Ese es el pecado que viene a quitar del mundo. Y lo hace con la fuerza del Espíritu Santo. Los cristianos, la Iglesia está en el mundo, y estamos como signos de salvación, por tanto estamos contra todo lo que condena, que es el pecado en sus diferentes manifestaciones. Solidarios con el mundo hemos de descubrir y saber analizar en cada momento el lado oscuro de este mundo, los abismos de maldad y desigualdades que se esconden en el mismo y están también a la vista de todos, todo aquello que hace fracasar al hombre y no le deja crecer en su condición humana y en su dignidad como persona. Todo lo que de alguna forma degrada y deshumaniza a cualquier ser humano en cualquier parte del mundo es consecuencia de una actitud pecaminosa de organizar la sociedad y tener en cuenta a los demás. Ese pecado hace que la historia de nuestro mundo no sea una auténtica historia de salvación, y Dios ha venido en Jesús a traer esa salvación y salud. No solo la vida individual sino también la colectiva es a la que viene a dar respuesta “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Es un acto individual el pecado, sí, pero siempre, de una forma menos o más notoria, tiene consecuencias sociales a las que los creyentes debemos estar atentos para que no colaboren en generar una historia de maldad sino una historia de salvación. Porque al igual que aquel Cordero, nosotros hoy también tenemos que luchar contra el pecado en sus diferentes acepciones y manifestaciones.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Enero, 2008, 10:30, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Qué hacemos con los marginados?

(Mc 2,13-17):  En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a Él, y Él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Al ver los escribas de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?». Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

 

Llama persona a persona, son personales sus elecciones, y elige a los que menos fama tienen, a los que la sociedad considera como pecadores. Por eso se extrañan los que habían hecho de la religión un lugar de apariencias y de formalidades. Jesús huye de eso, ayer y hoy, pues también en la actualidad pecamos de muchas formalidades, o, siendo convenientes en algunas ocasiones, las damos por esenciales. Y eso, lo externo, lo ritual, lo que aparece, la vestimenta no es lo importante. Y por entrar en lo que la gente vive participa también de aquella cena fastuosa que le ofrece Leví. Eso sí, no se queda simplemente con aprovechar la cena, sino que utiliza cualquier sitio o medio para dejar clara su postura: “no he venido por los justos, sino por los pecadores”. Sin embargo, deja que los justos, o en este caso los que se creen así y presumen de ello, se le acerquen. Igual se les pega algo bueno. Aunque los invitados más importantes, y de eso es lo que hace notar el texto son los publicanos y pecadores, aquellos que en el ambiente judío eran personas despreciadas, impuras, pecadoras, y de las que había que alejarse, porque eran unos marginados que contaminaban. No resulta del todo extraño esta lectura pues hoy en nuestra sociedad para muchos, incluso para los poderes establecidos, los marginados siguen contaminando y se realizan acciones públicas que en lugar de luchar contra la marginación y sus causas, parece que actúan contra los propios marginados.

 

Este acercamiento a los alejados sociales es justo uno de los retos que el Maestro nos lanza en este pasaje. Y lo hace en unos momentos históricos en los que nuestra sociedad organizada, de la que cada uno de nosotros formamos parte, desterramos a unos, no recibimos a otros, condenamos sin escuchar, levantamos barreras, marginamos a los que no nos gustan y nos dejamos llevar por muchos prejuicios. Jesús nos recuerda que ha venido para todos, pues todos somos iguales a los ojos de Dios, y si hay alguien privilegiado son los más débiles. La ética de Jesús es accesible a los marginados y excluidos de su época histórica, intentando la integración de los mismos en aquella sociedad, y de hecho la respuesta de estos sectores al mensaje de Jesús fue mas positiva y activa que la de los sectores acomodados y de aquellos que se consideraban a si mismos como religiosos.

 

Por último conviene destacar, aunque solo sea mencionándolo, que  Leví, o sea Mateo, deja muchas cosas. Deja, sobre todo, sus negocios como recaudador que le dejaban pingües beneficios. Elementos todos ellos que nos pueden venir bien para nuestra reflexión personal y nuestro compromiso en los ambientes donde estamos insertados.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Enero, 2008, 13:07, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como los camilleros

(Mc 2,1-12):  Entró de nuevo en Cafarnaum; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra.

Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?». Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’ Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’».

Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida».

 

La gente sigue agolpándose alrededor suyo, y buscan todos los inventos posibles para acercarle sus problemas, necesidades y enfermedades: abrieron el techo y descolgaron en la camilla al paralítico. ¿Tenemos nosotros esa misma necesidad de acercarnos a Jesús que buscamos la forma que fuere, el momento que sea?. Es una manera de demostrar nuestra confianza en su persona. Por eso al ver su fe, Jesús actúa. Al igual que con nosotros. En este caso, le buscan. ¿Le buscamos nosotros? ¿Lo necesitamos? ¿Para qué? Son preguntas importantes a hacernos de vez en cuando.

 

Y da una lección a aquellos mal pensados que siempre están poniendo tropiezos en el caminar de la gente de buena voluntad, entre otras cosas porque ellos no hacen nada para mejorar el mundo y les molesta que otros, con sus acciones, se lo pongan en evidencia. Era la postura de los escribas, cuya actitud y acción era estar sentados cavilando contra los demás. Pues al que no quiere caldo, se le dan dos tazas, como dice el adagio popular: le perdona sus pecados y además lo hace andar. Rehace al paralítico por fuera, pero primero por dentro. Unas piernas nuevas, pero sobre todo un corazón nuevo y diferente.

 

Por otra parte, aquel paralítico llega a Jesús, porque unos camilleros le ayudan. Sin éstos, ni por la puerta ni mucho menos por el techo. Son ellos quienes propician el encuentro con el Maestro. ¿Nos imaginamos nosotros de camilleros? Pues es también nuestra tarea: acercar a los demás a Jesús. Unas veces hablando de El, otras más haciendo lo que El hacía: el bien. No solo cuando nos viene la ocasión, sino buscando también nosotros las ocasiones de hacerlo. Por eso el texto dice que Jesús elogia la fe que tenían, en plural. Ser camilleros del paralítico hoy es hacerlo con la libertad del paralítico. Sin imponer. Jesús nos hace libres y suave en las formas, sabiendo aceptar a los diferentes a nosotros. No somos menos creyentes por eso: por no imponer nuestra visión a los demás. Al contrario. No necesitamos leyes cristianas para toda la sociedad, que cada pueblo se rija por aquellos a quienes elija. Lo que creemos en conciencia podemos seguirlo haciendo sin necesidad de que ninguna ley civil obligue a todos a hacer lo mismo que nosotros. No somos tampoco una comunidad monolítica, sino abierta a todas las culturas y maneras de pensar, abiertas a lo diferente, y cada uno ha de cultivar los talentos que Dios ha sembrado en cada pueblo y en cada colectivo. Dios tiene muchas maneras de comunicarse con la gente, y no ha dejado reservada en exclusividad esa comunicación a ninguna institución. Era el problema que tenían los escribas, mientras permanecían sentados, criticando lo que hacían los demás. Por intransigentes e intolerantes, más tarde a ellos y a los fariseos Jesús les llamará “sepulcros blanqueados”. Camilleros de los demás, sí, pero no a la fuerza ni los únicos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Enero, 2008, 11:13, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Señor, si quieres puedes limpiarnos

(Mc 1,40-45):   En aquel tiempo, vino a Jesús un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio».

Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes.

También Tú, Señor, si quieres puedes limpiarnos por dentro de nuestras interioridades negativas, de aquellas lepras que aún nos quedan y que en ocasiones hasta cultivamos.

 

Tú que dijiste que “no es lo que entra de fuera para adentro lo que mancha el corazón del hombre sino lo que sale de dentro para fuera”. Limpia, pues, el egoísmo, la maledicencia, la pereza, la discordia, la crítica sin fundamento, las desavenencias que muchas veces anidan en nuestro corazón. Si tú quieres, puedes limpiar esas cosas. Nosotros estamos disponibles para dejarte actuar. Límpianos por dentro, Señor, para que realmente vayamos siendo cada días mas conformes a la imagen y semejanza del que nos ha creado.

 

Haz, Señor, que con esa limpieza, vayamos, como Tu, dejando trocitos de compasión por los caminos de nuestra vida. Cambia nuestra mentalidad y haz que comprendamos que por encima de las normas y de las leyes está el servicio a las personas, como lo hiciste Tú con aquel leproso a quien las leyes impedían acercarse a donde hubiera gente y se llevó la sorpresa de que Tú le tocaste con tus manos.

 

Sigue pasando, Señor, por nuestras vidas. Camina con nosotros y haznos así mas fuertes sabiendo que Tú estás a nuestro lado en nuestros proyectos, trabajo, casa, familia y donde quieran que andemos.

 

Que con esta limpieza interior que nos haces, Señor, podamos caminar de acuerdo a nuestra conciencia, atravesando las barreras o muros que nos impidan seguir tus normas, aunque en algunos casos no seamos entendidos y en otros nos tachen de rebeldes o revolucionarios, estando siempre cercanos de los más marginados, como Tú lo estuviste de aquel leproso.

 

Báñanos, pues, por dentro de tu Espíritu como lo fuiste tú en el día de tu Bautismo. Que nos inunde tu Espíritu de vida y de verdad, sabiendo tener conciencia siempre de nuestra identidad creyente. Que nos dejemos poseer de tu Espíritu de amor dando cada día más pasos a la solidaridad, la gratuidad y la compasión. Que venga sobre nosotros tu Espíritu de conversión, dejándonos renacer a una nueva mentalidad.

 

Señor, si tu quieres, puedes limpiarnos y darnos un corazón nuevo. Lo queremos y lo deseamos de verdad.

 

 

Por Maria Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Enero, 2008, 10:21, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hay tiempo para todo

(Mc 1,29-39):   En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Curó a muchos, expulsó el mal, luchaba contra el sufrimiento de las personas. Y se retiraba para recuperar fuerzas y orar. Pero no se limita a un sitio donde ya ha estado: “vayamos a los pueblos vecinos que para eso también he venido”. No busca que los que ya le conocen le alaben y le hagan homenajes. Tiene prisa por llegar a otros sitios. Contemplación y acción. Lo hemos comentado recientemente en otro texto evangélico de hace pocos días.

 

Para todo debe haber tiempo. No valen las excusas. La noche anterior ha sido larga, rodeado de gente que venía a buscar remedio a sus males, agolpándose en su puerta. Pero se levanta de madrugada para orar.

 

Es como si estuviera en todas partes. En íntima conexión con el dolor de la gente, en íntima conexión con su Padre.

 

Y es que bajo el sol hay un tiempo para todo y un momento para hacer cada cosa. Tiempo para nacer y tiempo para morir. Tiempo para plantar y tiempo para arrancar lo plantado. Tiempo para enfermar y tiempo para curar. Tiempo para demoler y tiempo para edificar. Tiempo para llorar y tiempo para reir. Tiempo para gemir y tiempo para bailar. Tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas. Tiempo para los abrazos y tiempo para retenerse a ellos. Tiempo para buscar y tiempo para perder. Tiempo para conservar y tiempo para tirar fuera. Tiempo para rasgar y tiempo para coser. Tiempo para callarse y tiempo para hablar. Tiempo para amar y tiempo para sufrir. Al final ¿qué provecho saca uno de su afán? Siempre hay tiempo para todo. Como Jesús, para actuar y para contemplar.

 

Como nos lo recuerda el Eclesiastés 3,1-8:


Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa

bajo del cielo: un tiempo para reír y un tiempo para llorar;

un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado.

Un tiempo para bailar y un tiempo para lamentarse;

un tiempo para hablar y un tiempo para callar;

un tiempo para dar y un tiempo para recibir...

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Enero, 2008, 13:48, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Enseñaba con autoridad

(Mc 1,21-28):  Llegó Jesús a Cafarnaum y el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él.

Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea.

Enseñar con autoridad es enseñar sin dobleces, con el ejemplo, acompañando lo que se dice a lo que se hace, y mostrando con su actitud como está lleno de Dios. Eso es tener autoridad moral. Daba de lo que tenía y hacía lo que predicaba. Eso es lo que tenía Jesús. Y además en una sinagoga, que se había convertido en lugar de costumbres que no se vivían ni los que la enseñaban. No era un tele-predicador. Por eso los autores del mal no lo podían ver en pintura –“¿has venido a destruirnos?”-. Sabían que Jesús era un luchador contra todo lo que encarnara la figura del mal y estuviera poseído del egoísmo, el miedo y la tiranía, oprimiendo a las personas, como simboliza el espíritu inmundo del Evangelio de hoy. Solo El, con esa moral, podía romper las cadenas. Por eso, se extendió su fama por toda la región, porque era una doctrina expuesta con autoridad. Tenía autoridad no porque gritara mucho o diera muchas voces o ridiculizara a sus oponentes. No imponía nunca –“el que tenga oídos para oír, que escuche”. “el que quiera seguirme que me siga”- ni atemoriza o mete miedo con sutiles y posibles condenas. En definitiva, enseña sin crear dependencia, sino dejándonos personas libres. Es el convencimiento de que está transmitiendo la voluntad de Dios, un Padre que quiere lo mejor para sus hijos, lo que también le da fuerza. Y por eso, lo hace sin coaccionar. Son propuestas para el camino lo que va trazando a lo largo de sus enseñanzas y acciones.

 

La fuerza de su Palabra sigue llegando hoy a nosotros y en la lectura de este trozo se actualiza en nuestras vidas. ¿La solemos recibir con la fuerza de su autoridad? ¿Nos da ello capacidad para desatar otras cadenas que nos encontramos en nuestro caminar de cada día? ¿Creamos dependencia a nuestro lado o generamos libertad en las personas que nos rodean?

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Enero, 2008, 10:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Cambiar de mentalidad

 (Mc 1,14-20):  Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.

Para que el Reino llegue a la sociedad y a nosotros hace falta no solo creerlo sino demostrarlo con el cambio. Esto es, la conversión. Cambiar las mentes y actitudes personales. Cambiar el mal que existe en nuestra sociedad, esté donde esté, comenzando con aquello que nos rodea y es cercano a nosotros. Lo vemos también en Simón y Andrés y en los otros. Escuchan la llamada, y dejan lo que tienen, lo que les puede atar a una vida anterior.

 

Convertirse, cambiar de vida es revisar acciones, actitudes, pensamientos, dedicaciones, entretenimientos…, y que todo esté en la línea de los valores del Evangelio. Convertirse es aprender a discernir en todo momento. Sin volvernos fanáticos. En momentos puntuales, saber revisar lo que hacemos y con qué criterios. Con normalidad. Como se revisa el trabajo en la empresa donde trabajamos a ver si está dando resultados. Como se hace el inventario en cualquier industria para ver de lo que disponemos. Esas revisiones de calidad que hagamos de vez en cuando nos pondrán en la línea de cambiar de mentalidad.

 

Y también como padres, como adultos, como jóvenes donde quiera que estemos podemos hacer una tarea educativa con nuestras palabras, con nuestros diálogos, con la exposición de reflexiones. Es necesario que poco a poco vayamos educando a nuestro lado en un cambio de mentalidad, hacia una forma de ver las cosas más positiva, con más dinamismo, con actitud de participación solidaria. Esto es también cambiar de vida, convertirse, la llamada que hoy nos hace el Evangelio

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Enero, 2008, 12:29, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Bajo la luz del hermano mayor

 (Mt 3,13-17):  En aquel tiempo, Jesús vino de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Jesús le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre Él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».

 

La humildad de Juan y la disponibilidad de Jesús al plan de Dios se complementan y surge el Bautismo y, en consecuencia, el reconocimiento por parte de Dios de que es su Hijo muy amado. Como también en nuestro bautismo: reconocimiento oficial de que somos hijos de Dios. Creemos que todos los somos, pero el bautismo es como si fuera una legalización de lo que ya se nos ha dado. El ser hijo es algo así como que el Padre se complace en El. Al igual que se complace en nosotros, como todo buen padre con sus hijos. Los hijos son la niña de los ojos de sus padres. Es bueno revisar si somos conscientes también de que somos la niña de los ojos de nuestro Padre Dios, del Padre común.

 

Pasaje evangélico que nos es muy familiar y que hemos visto incluso reflejado en múltiples obras artísticas. No es nada nuevo para nosotros que el Espíritu de Dios se posa en su hijo predilecto. Es  como la investidura solemne de su divinidad, como la declaración oficial. Así tiene el espaldarazo para comenzar con toda autoridad su misión en la sociedad y entre las personas. El Reino ha llegado a nosotros en su persona como hombre y como Dios. Es la puerta que da entrada al Reino y en quien se cumplen todas las promesas. Es el primero entre los hijos, porque nosotros, y conviene insistirlo, también lo somos. Consecuentemente, hermanos unos de otros. Pero a la luz, y bajo la guía, del hermano mayor, Jesús de Nazaret.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Enero, 2008, 12:02, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un profeta de verdad

(Jn 3,22-30):  En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea, donde pasó algún tiempo con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, donde había mucha agua. La gente acudía y era bautizada. Esto sucedió antes que metieran a Juan en la cárcel.

Por entonces, algunos de los seguidores de Juan comenzaron a discutir con un judío sobre la cuestión de las purificaciones, y fueron a decirle a Juan: «Maestro, el que estaba contigo al oriente del Jordán, aquel de quien nos hablaste, ahora está bautizando y todos le siguen». Juan les dijo: «Nadie puede tener nada si Dios no se lo da. Vosotros mismos me habéis oído decir claramente que yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado por Dios delante de él. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; y el amigo del novio, que está allí y le escucha, se llena de alegría al oírle hablar. Por eso, también mi alegría es ahora completa. Él ha de ir aumentando en importancia, y yo, disminuyendo».

 

El comienzo de la actividad pública de Jesús va en paralelo con los avatares y sufrimientos de Juan el Bautista que, sufriendo la persecución de Herodes, pasa sus días en la cárcel. ¿Hay muchos profetas que antes, después o ahora no hayan pasado o estén pasando contratiempos y problemas con los poderes sociales o el ambiente social de su tiempo?

 

Juan es un profeta de verdad. Acepta las consecuencias de su misión. Y no es celoso de que venga Alguien detrás de si haciendo lo mismo y mejor que el mismo. Y así se lo aclara a sus discípulos que ven en Jesús un posible competidor. Al contrario, conviene, antes y ahora, que El crezca y el que anuncia disminuya. A veces nos contrariamos con el hecho de personas que habiéndose acercado al Evangelio a través nuestro no nos pongan en el centro de sus vidas y estén todos los días manifestando nuestra gratitud. Nos hemos olvidado que en nuestra acción como creyentes Jesús ha de aumentar en importancia y nosotros ir disminuyendo. Y es que siempre que se nos habla de Juan en el Evangelio deja tras de sí el aroma de una profunda humildad. Es consciente de que no es el novio, no es el que hace la fiesta, sino el amigo del novio, el que le ha ayudado a entregar unas cuantas invitaciones. Y dice claramente a los suyos una verdad incuestionable que se desprende de todo el mensaje revelado: “Nadie puede tener nada si Dios no se lo da”

 

Llamaban al Bautismo como una purificación. Y realmente es así, es como nacer un hombre nuevo. Prácticamente todos nosotros lo hemos sido de pequeños, cuando no nos dábamos cuenta.  En estos días es la ocasión de renovarlo como adultos, hacer consciente en nosotros lo que significa estar bautizado. Y renovar el “Sí, creo”. Que es como decir “sí, quiero”, “si, lo acepto”, “sí, lo sigo”. Es justamente a partir del Bautismo como Dios ha puesto a nuestra disposición una abundancia de dones para que los repartamos entre los hermanos. No son nuestros, es un regalo suyo, para que los hagamos fructificar y repartir con alegría. ¿Sabemos dónde están y tenemos nuestros dones?  Rebusquemos bien si no los encontramos, porque hay mucha gente necesitada de ellos, muchos que todavía andan tristes por la vida o pasan momentos de tristeza y angustia. Entre otras cosas nos ha dado comprensión y solidaridad para repartirla entre aquellos que no la encuentran en la sociedad, a veces ni siquiera en la familia.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Enero, 2008, 12:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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