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Noviembre del 2007


Les haré pescadores

(Mt 4,18-22):  En aquel tiempo, caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.

Es El quien llama. Siempre suele hacerlo así. Unas veces directa, otras indirectamente a través de otras personas, de algún acontecimiento. ¿Recordamos cómo fue nuestra llamada? ¿Cuándo accedimos a un conocimiento más consciente del Maestro?

 

Seguirle supone un cambio. De pescadores normales a pescadores extraordinarios. Ahora se trata de algo más complejo: pescar hombres. Un lenguaje simbólico, claro está. A nadie se le obliga ni se le pone un cebo. Como ellos, como nosotros hemos sido pescados, así hemos de pescar a los demás. Con propuestas, con testimonio, con signos. Nunca la imposición. Gratis se nos ha dado, gratis lo damos. Eso sí, hay que dejar cosas, aquellos dejaron la barca y a su padre. Nosotros otras costumbres, otros negocios, otros puntos de vista, otras maneras de pensar, actitudes insolidarias y egoístas. Son las barcas que hay que dejar hundir.

 

Andrés, cuya fiesta hoy celebramos, es uno de estos jóvenes discípulos. En otros textos aparece solo el mismo como llamado. Y entonces es el propio Andrés quien va a buscar a su hermano Pedro y lo invita para que conozca a Jesús. Algo que siempre ha seguido ocurriendo a lo largo del caminar de la historia. De voz en voz, al sonido del tambor como en las aldeas africanas.

 

No saben bien a dónde van ni para qué les llama. Probablemente ni entendieron lo que les promete cuando les dijo que les haría pescadores de hombres. Pero se fiaron de El. Confiaron enteramente, y dejaron todo. Lo poco que tenían, unas redes viejas y su barca de toda la vida. Nosotros hoy al menos tenemos ventajas sobre ellos, conocemos ya al Maestro, sabemos lo que El quiere. La cuestión es preguntarnos si seguimos fiándonos de El, si confiamos enteramente. Pues, la verdad es esa y hay que reconocerla, con frecuencia nos sorprendemos regateando con El y con los suyos, que son nuestros hermanos.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Noviembre, 2007, 12:29, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El fuego de la ilusión

(Lc 21,20-28):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».

Es un mensaje que se repite continuamente a lo largo del final del Año Litúrgico. Y nos presenta un cuadro que no parece ningún futurible, sino muchas de las cosas que vemos en la realidad actual. Sin embargo, no es el mensaje catastrofista lo central, sino que subyace siempre un mensaje de esperanza. Hoy, por ejemplo, se nos recuerda: cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación. Es una esperanza activa, que nos llama a trabajar en medio de los desastres o problemas para mantener vivo el fuego de la ilusión y del cambio tanto personal como social.

 

Y es que la vida creada por Dios ni se acaba ni se destruye ni desaparece. Se recrea, es decir se crea de nuevo. Y es importante tener en cuenta que la liberación de la que nos habla el Maestro se va realizando en las liberaciones tanto personales como sociales que se llevan a cabo. A trabajar, pues, en liberarnos de cuanto nos ata y en ayudar a liberar a los demás también de sus ataduras.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Noviembre, 2007, 10:17, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Contra corriente

 

            (Lc 21,12-19):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

No nos espera un camino mejor que el del Maestro. Pruebas y dificultades habrán. Dolor y sufrimiento también. Y un montón de incomprensiones que a veces rallarán en la persecución, calumnia o difamación. Son las consecuencias del seguimiento de Jesús en una sociedad que no admite todos sus valores o que preconiza otros diferentes. Pero por encima de eso está la llamada a la confianza y a tener en cuenta que nunca estaremos solos. Tenemos quien nos defienda y ni un cabello de nuestra cabeza caerá sin su consentimiento.

Por eso la virtud importante a desarrollar es la perseverancia, ya que no hay rosas sin espinas ni tampoco el triunfo del deportista sin el esfuerzo diario del entrenamiento y el saberse mantener en forma. Buscar las herramientas para ese saber estar en forma es tarea nuestra. Es fácil encontrarlas, las va desgranando una a una el Evangelio. Solo su Palabra es fuente de salvación, también los sacramentos, los demás, la oración o plegaria, el mirar a lo alto.

Para la inmensa mayoría de nosotros no será cuestión de cárceles ni de grandes persecuciones. Solo es cosa de aprovechar siempre la oportunidad de dar testimonio suyo, sobre todo con nuestras acciones. Es pasar por la vida siendo su testigo, lo cual en ocasiones comporta nadar contra corriente, caminar cuesta arriba, casi vivir al revés. Solo que en momentos concretos la dificultad se hará presente y ese es justo el momento de demostrar nuestra fidelidad, con la noble virtud de la perseverancia. La experiencia creyente nos dice que en esos momentos hemos sabido tener la palabra justa en nuestros labios o la postura correcta en nuestra actitud.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Noviembre, 2007, 12:33, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hoy y ahora

(Lc 21,5-11):  En aquel tiempo, como dijeran algunos acerca del Templo que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».

Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Estad alerta, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato». Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo».

 

¿Cuántos anuncios hemos recibido de los días que faltan para que acabe el mundo? Es raro el año que no aparece algún agorero vaticinándonos el final de los tiempos. Ya nos lo advirtió Jesús. Aunque hay señales que El nos aporta que aparecen ya desde hace mucho tiempo en la historia y realidad actual de nuestra humanidad. Cosas espantosas están ocurriendo todos los días. Sin embargo, sigue vigente aquello de “como ladrón que no avisa”, o lo de la sabiduría popular “nunca será la víspera”.

 

Igual lo que tenemos que subrayar hoy es lo de “el fin no es inmediato”, “estén alertas, no se dejen engañar”.

 

Realmente son textos difíciles de entender y más aún de comentar. Pensamos que deberíamos entenderlos como llamadas de Dios a vivir el hoy, el momento presente, poniendo en ello toda la intensidad de nuestra fe. En definitiva, somos peregrinos que vamos andando no con miedo y desilusión, sino con la esperanza bien ceñida y el horizonte de la liberación. Eso es lo único que tenemos en nuestras manos: el hoy el ahora. Una respuesta a lo que hoy está ocurriendo en nuestro pensamiento e interior, a nuestro lado en la familia y vecinos, en nuestro entorno como el trabajo o en la gran realidad de nuestro mundo y sociedad. Todavía no es el fin, es también que todavía estamos a tiempo de seguir construyendo el Reino de Dios

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Noviembre, 2007, 10:29, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Dar de lo que se necesita

(Lc 21,1-4):  En aquel tiempo, alzando la mirada, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir».

 

Lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Lo importante no es el tener, sino el ser. Lo importante no son las apariencias, sino el corazón. Y es que lo esencial sigue siendo invisible a los ojos. Y lo esencial es el saber estar en una permanente actitud de dar, de compartir, de solidaridad, de amor, de caridad. Palabras que tanto hemos utilizado que las podemos desgastar y vaciar de contenido. El ejemplo que hoy nos pone el texto evangélico nos revitaliza lo esencial del mensaje evangélico. Eso fue lo que hizo Jesús. Eso es lo que nos recomienda a nosotros.

 

Las cosas pequeñas de cada día siguen teniendo su sentido. No es cuestión de excentricidades, o de cosas fastuosas. Cada día hacemos mil y una cosas que nosotros mismos ni valoramos. Solo es cosa de hacerlas conscientes en nuestro actuar y en nuestro corazón, para que no sean fruto de la rutina sino que respondan a una actitud interior.

 

Eso es lo que debe predominar en cualquier ofrenda, no tanto el dar sino el darse. Y vale no solo para unas monedas, para el dinero, vale también para nuestro tiempo con el que acompañamos, consolamos o escuchamos a alguien, vale también para movernos visitando a un enfermo o acompañando durante un rato al anciano que vive a nuestro lado, vale también para nuestras pequeñas acciones defendiendo o dando la cara por quien lo necesita, vale también para ese saber dar de cada día un gesto de amistad, un saludo, una sonrisa, una palabra de aliento o nuestra solidaridad ante el sufrimiento.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Noviembre, 2007, 10:37, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Rey del Universo

(Lc 23,35-43):  En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!». Había encima de él una inscripción: «Éste es el Rey de los judíos».

Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

 

Casi 30.000 personas viven y duermen en la calle en España, es lo que nos recuerda hoy Cáritas en el Día de los sin Techo. Piden para ellos también la atención en la salud, pues bastantes por no tener no tienen ni cartilla sanitaria. Nos recuerdan que cuando están hospitalizados la peor noticia que se les puede dar es el alta médica, pues pasan de dormir en una cama con sábanas blancas a hacerlo sobre cartones en cualquier esquina de una ciudad. Y nos piden que no pensemos simplemente en que están así porque se lo han buscado o porque no hacen nada constructivo, que cada persona es una historia y una causa diferente, y que el resto tenemos la suerte de tener trabajo, salud, familia que nos quiere y una casa.

 

Todo ello en un día que celebramos a Jesucristo, como Rey del Universo. Y el Evangelio nos recuerda que reina desde una cruz, con los brazos abiertos, abrazando solidariamente a toda la humanidad. Sin medios ostentosos, hecho una piltrafa, roto y humillado, con una pobreza absoluta, pero dando su vida. Unos se ríen y burlan de El, otros piden correr la misma suerte en su Reino. Y solo en la medida que nosotros también abracemos a nuestro mundo y nuestra realidad, y la hagamos como propia, El seguirá reinando desde nuestros corazones a nuestro alrededor.

 

Un último apunte. Hoy es el último domingo no solo del Año Litúrgico, porque empieza pronto el Adviento, sino también la última semana de Noviembre, mes que solemos dedicar al recuerdo de nuestros difuntos. Un buen día, el del Reinado de Jesucristo, para recordar a aquellos que nos han precedido en el camino de la vida y han cuidado de nosotros en diferentes aspectos de la vida –padres, abuelos, maestros, familiares, conocidos íntimos que han influido en nuestra vida. Todos ellos de alguna manera han marcado nuestro camino y seguimos sus huellas. Han cometido errores pero nos han dando las pautas del sendero a seguir. Recordarlos a ellos es pedir también que con Jesús estén desde hace tiempo en el Paraíso.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Noviembre, 2007, 11:15, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Tienes derecho

TIENES DERECHO

Tienes derecho a enfadarte, pero no debes pisotear la dignidad del otro.
Tienes derecho a sentir celos del triunfo de los demás, pero no debes desearles mal.
Tienes derecho a caer, pero no debes quedarte tirado.
Tienes derecho a fracasar, pero no debes sentirte derrotado.
Tienes derecho a equivocarte, pero no debes sentir lástima de ti mismo.
Tienes derecho a regañar a tus hijos, pero no debes romper sus ilusiones.
Tienes derecho a tener un mal día, pero no debes permitir que se convierta en costumbre.
Tienes derecho a ser feliz, pero no debes olvidar ser agradecido.
Tienes derecho a pensar en el futuro, pero no debes olvidar el presente.
Tienes derecho a buscar tu superación, pero no debes olvidar tus valores.
Tienes derecho a triunfar, pero no debe ser a costa de otros.
Tienes derecho a inventar, pero no debes olvidar a Dios.
Tienes derecho a vivir en paz, pero no debes confundir ese derecho con ser mediocre o conformista.
Tienes derecho a vivir en la opulencia, pero no debes olvidar compartir con los menos afortunados.
Tienes derecho a desanimarte, pero no debes perder la esperanza. 

ViT@MiNaS PaRa eL AlmA®

Por Vitaminas para el alma - 24 de Noviembre, 2007, 11:52, Categoría: Textos
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Templos vivos

(Lc 19,45-48):  En aquel tiempo, entrando Jesús en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: ‘Mi Casa será Casa de oración’. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!». Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

 

Pues sí, también sabía enfadarse cuando tenía motivo y en algo que afectaba a lo esencial de su mensaje: la gratuidad con la que Dios se da, y el uso mercantilista que algunos hacían de sus signos y enseñanzas. Algo que a día de hoy también deberíamos revisar muchos grupos y comunidades creyentes. Como dice el refranero popular “con las cosas de comer no se juega”. Su casa lo es de oración y a Dios hay que adorarlo en espíritu y en verdad. No vale quedarnos en lo externo de una vela, de una promesa andando de rodillas y cosas por el estilo. Si por dentro no funcionamos, lo de fuera no vale para nada.

 

Ello no es motivo para paralizar su acción. Continúa con su tarea y todos los días seguía enseñando en el Templo, a pesar de que le estaban buscando para intentar pillarle por algún sitio y acabar con su vida.

 

También es verdad, y debemos recordarlo siempre, que Jesús nos enseña otra concepción del templo, cuando, refiriéndose a nosotros, en mas de una ocasión nos recuerda que somos templos vivos de Dios. O cuando nos enseña que al orar juntos o reunirnos para comentar cosas suyas, “donde hay dos o más en mi nombre, allí estoy Yo”. Es la comunidad signo vivo de la presencia de Dios. Un templo amplio porque admite a todos los seres vivos de la ideología que fuesen, del color que tengan, de la nacionalidad que sean: todos somos templos vivos de Dios. Con mucho tiempo de adelanto Jesús se adelantó a las ideas y prácticas de lo que hoy llamamos la globalización. Juan Pablo II nos lo recordaba en el año del Jubileo cuando lo celebró con inmigrantes y refugiados y advirtió a todos que “para Dios no hay extranjeros”.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Noviembre, 2007, 9:43, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Llora por la ciudad

(Lc 19,41-44):  En aquel tiempo, Jesús, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».

 

Lloró por la ciudad de Jerusalén y las empalizadas que las rodearían. Llora también hoy por un mundo dividido, por los muros que seguimos empeñados en construir, por los que ya derribados vuelven a levantarse, y aboga por una sociedad, por un mundo, por una Iglesia abierta sin separaciones, sin fronteras, sin estrecheces, pues estas cosas lo que harán será apretarnos por todas partes y destruirnos poco a poco.

 

Llora porque igual no hemos entendido que puede darnos la paz y que viene para ello. Llora porque lamenta que se le rechace, después de estar tanto tiempo esperándole. Y nos recuerda que si lo dejamos pasar es como perder el tren de la oportunidad que es nuestra salvación. Está preocupado porque lo suyo es la paz, la unidad, y no la división ni separaciones entre pueblos o seres humanos de ningún tipo. Por eso construir la paz a ayudar a la concordia entre las partes separadas y no contribuir a hacer mayor las diferencias. Solo esa bandera blanca de la paz puede acabar con esas lágrimas y esa pena, una paz que en ocasiones es una sonrisa, un saludo, una mirada de comprensión, un hacerse cargo de la situación.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Noviembre, 2007, 9:45, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No valen los perezosos

(Lc 19,11-28):  En aquel tiempo, Jesús estaba cerca de Jerusalén y añadió una parábola, pues los que le acompañaban creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: ‘Negociad hasta que vuelva’. Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: ‘No queremos que ése reine sobre nosotros’.

»Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: ‘Señor, tu mina ha producido diez minas’. Le respondió: ‘¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades’. Vino el segundo y dijo: ‘Tu mina, Señor, ha producido cinco minas’. Dijo a éste: ‘Ponte tú también al mando de cinco ciudades’. Vino el otro y dijo: ‘Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste’. Dícele: ‘Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues, ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses’.

»Y dijo a los presentes: ‘Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas’. Dijéronle: ‘Señor, tiene ya diez minas’. ‘Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí’».

A quienes Jesús amonesta en este texto es a los perezosos, a los que no rinden y negocian con aquello que se les ha dado, a los que solo se miran el ombligo propio y van por la vida olvidándose de los demás, a los que les gusta recibir pero son reacios al dar. Es más, a los que dan, a los que invierten sus talentos, a los que los ponen en acción, se les da más. Sigue siendo verdad aquello que comentamos en una ocasión: Cuanto más das, más tienes. A la inversa de lo que preconizan los valores de nuestra sociedad.

Por otra parte tiene palabras duras para con sus enemigos. Sorprende el lenguaje, acostumbrados como estamos a que hable de los amigos. Nos deleitamos oyéndole hablar en lenguaje de amistad, de que no somos siervos, sino hijos, y que haciendo su voluntad nos hacemos fuertes, imposibles de deshacer. Pues si vamos por la vida intentando multiplicar los dones que tenemos, uno de ellos es la capacidad de la amistad, el aceptar a los demás en fraternidad, luchando entre todos por conseguir una vida justa para todos. Es la mejor inversión que podemos hacer cada uno con los dones y cualidades recibidos: ponerlos siempre al servicio de los demás.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Noviembre, 2007, 9:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ayúdame, Señor

Ayúdame Señor, a creer que detrás de las nubes está el Sol; que los desnudos árboles de otoño volverán a vestirse de hojas, si tengo la paciencia de esperar.

 

Ayúdame Señor, a comprender que para alcanzar la cima de la montaña hay que atravesar el largo valle.

 Que la vela difunde su luz a base de consumirse poco a poco.

 

Ayúdame Amado Señor, a desprenderme de las pretendidas seguridades que no puedo tener y que me hacen tan inseguro; ayúdame a comprender que mis temores aumentan mi inquietud y mi impaciencia.

 

Ayúdame Señor, a aceptar mis limitaciones. Confío en ti como un niño que se siente seguro en brazos de su madre.

 

Ayúdame a caminar por donde no puedo ver sabiendo que tú estás ahí conmigo.

 

 

A. Pangrazzi

 

 

Por A. Pangrazzi - 20 de Noviembre, 2007, 13:11, Categoría: Reflexiones creyentes
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Ciego con ganas de ver

(Lc 18,35-43):  En aquel tiempo, sucedió que, al acercarse Jesús a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Él dijo: «¡Señor, que vea!». Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado». Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

 

Era ciego, pero no mudo. Por eso gritaba aún con más fuerza, utilizando los medios que tenía disponibles para su uso personal. Su objetivo era que lo escucharan y le hicieron caso. No importaba las dificultades de la multitud de gente que estaba a su alrededor. Y así fue. Le escucharon. Y lo que quería era ver, y vió porque su fe era grande e inmensa, tanto que siguió luego al Maestro, dando gracias a Dios. Puede ser un ejemplo de cómo hemos de orar, puede ser también un ejemplo de cómo hemos de tratar y comportarnos frente a toda aquella necesidad que se cruce en nuestro camino. Puede ser también un ejemplo de cómo dar testimonio de Jesús y que el pueblo, al vernos, alabe a Dios. Puede ser también un ejemplo para considerar como nosotros en cierta medida andamos ciegos por la vida, teniendo en cuenta también que hay ciegos que se sienten cómodos en su ceguera y no quieren ver y otros que se hacen los ciegos para no ver lo que hay a su alrededor, de tal forma que pasamos por la vida sin darnos cuenta del que está a nuestro lado y en que circunstancia se encuentra y, por tanto, ni le socorremos si lo necesita ni nos enteramos de ello. ¿Cuál de estos ejemplos puede servir para nosotros en el momento en que leemos este texto? Pueden ser muchas mas cosas, que también puedes compartir con los demás en el comentario de esta reflexión en nuestro blog.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Noviembre, 2007, 12:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Las señales del futuro

(Lc 21,5-19):  En aquel tiempo, como dijeran algunos, acerca del Templo, que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Él dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».

Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato».

Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo. Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

 

Cuentan que un día le preguntaron a un hombre sabio qué haría si le dijeran que faltaba solo un mes para terminar sus días, a lo que contestó: “Mañana me volvería a levantar a la hora de siempre y continuaría en mi trabajo, y atendiendo a mi familia y a mis amigos como siempre”. Puede que otros ante esa misma pregunta pensaran que lo mejor es vivir bien, aprovechar los días que faltan y holgazanear.

 

No sabemos el día ni la hora. Lo que sí sabemos es que terremotos, peste y hambre en diversos lugares existen ya. Que están pasando cosas espantosas y ha habido grandes señales en el cielo. ¿Señal de que todo está a punto de acabar? Parece que no, pues nos indican que no temamos que ni un solo cabello de nuestra cabeza perecerá. Señal de que hemos de hacer como aquel hombre sabio: seguir trabajando, y cada día, pues con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas. Enfermedades, epidemias, destrozos del medio ambiente, guerras existen desde hace tiempo porque los hombres nos hemos empeñado en echar fuego a las causas que alimentan estos desastres. Nos advierten del cambio climático y seguimos en las mismas. Y así un largo etcétera. El fin del mundo o el de los días de cada uno llegará cuando tenga que llegar; a nuestros abuelos le escuchamos decir que nadie se muere la víspera. Pero cuando llegue nos ha de encontrar trabajando. En activo. Haciendo algo por modelar nuestro interior y por cambiar nuestro entorno. Lo que sea, aunque solo fuese reciclar la basura en los contenedores apropiados para no contaminar más el ambiente. Aunque solo fuere pensando más en los miembros de nuestra familia que en nosotros mismo y haciendo cada día mas nuevo nuestro corazón. Pero trabajando, no de holgazanes. Porque las cosas se acabarán y no quedará piedra sobre piedra, pero nuestro templo interior se transformará. Con la confianza de que sabemos de quien nos hemos fiado, pues ni uno solo de nuestros cabellos desaparecerá. Trabajando, esa será la mejor señal de nuestra adhesión al Reino.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Noviembre, 2007, 11:55, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Orar sin cansarse

(Lc 18,1-8):  En aquel tiempo, Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’».

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

El propósito está claro: enseñarnos a orar con constancia, continuamente, sin desánimos, a pesar de las dificultades y de los momentos amargos. Siempre. Todos los días. Si los injustos escuchan a los otros aunque solo sea para que no les molesten, ¿qué si no hará el Padre bueno?. Si un padre quiere a sus hijos, ¿cómo no el Padre de todos a cada uno?

 

Orar. Hablar con El, escucharle en silencio. Es conversar. Otras veces hacer silencio en nuestro interior. No basta el mero rezar de repetir oraciones ya hechas. Es necesario poner también de nuestro corazón, de nuestra parte. Con nuestras palabras. Con nuestros propios sentimientos. Pero no olvidándonos de que una conversación lleva consigo siempre como mínimo dos interlocutores. Y El sigue hablando a nuestros corazones, y habla también por su Palabra, o por el amigo, o a través del que nos encontramos y no conocíamos, o por una lectura de algo que tenemos entre manos.

 

Es reflexionar juntos, es pedirle, es darle gracias, es conversar, es plantearle nuestras dudas y desconfianzas, nuestros miedos e inseguridades, nuestra confianza y fe. En todo momento: en el templo, en el silencio de nuestra habitación, mientras caminamos por la calle, cuando vamos en el coche o en el bus. Siempre hay una oportunidad. No hace falta ni hablar en voz alta. Aunque también es posible. Como queramos, cuando se nos apetezca. No solo en los momentos de apuros y problemas, sino también cuando todo sale estupendamente. Sin desfallecer, nos dice. Y también comprometiéndonos con lo que decimos, no podemos pedir el pan nuestro de cada día y dejar que el hambre pase por el hermano que está cerca. No es correcto pedir paz y no protestar por las guerras o sembrar la concordia en nuestro ambiente. No es bueno pedir comprensión, si pensamos solo en nosotros mismos. “Venga a nosotros tu Reino”, decimos muchas. No podemos pedir a Dios lo que está en nuestras manos, también hay que pedir fuerza, capacidad y tesón para hacer en cada momento lo que debemos hacer. Pedir que llegue su Reino de justicia y paz, es también luchar porque llegue, sabiendo además que tenemos la promesa de Jesús: Dios hace justicia siempre a los suyos.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Noviembre, 2007, 11:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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En un lenguaje difícil de entender

(Lc 17,26-37):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste.

»Aquel día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada». Y le dijeron: «¿Dónde, Señor?». Él les respondió: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres».

 

Frente al consumo, el compartir. Frente a lo material, lo espiritual. Frente al individualismo, la comunitariedad. O igual ni lo uno sin lo otro. Nos hace falta consumir, necesitamos lo material, tenemos que cuidarnos, todo ello es necesario. El problema es que no entre en rivalidad con los valores evangélicos ya conocidos, y que éstos estén siempre en primera línea de batalla. Por eso quien intente guardar su vida, la perderá, y quien la pierda, la conservará. Es el lenguaje simbólico del Evangelio. No se trata de no alegrarnos ni valorar la vida. Se trata de vivirla para lo que es.

En un lenguaje a veces difícil de entender pues es en otro contexto cultural y con el uso de un lenguaje que utiliza mucho lo simbólico, parece como si nos viniera a decir a cada uno que aprovechemos el tiempo que tenemos, porque hay que estar preparados. Y que todo no es comer, casarnos, tener propiedades. Sino que es importante recordarnos la tarea que tenemos entre manos. Pues no se trata de no comer, sino de que todos puedan comer.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Noviembre, 2007, 13:12, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Está entre ustedes

(Lc 17,20-25):  En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús cuándo llegaría el Reino de Dios. Él les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Vedlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros».

Dijo a sus discípulos: «Días vendrán en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: ‘Vedlo aquí, vedlo allá’. No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero, antes, le es preciso padecer mucho y ser reprobado por esta generación».

Ya está aquí. No hay que ir muy lejos a buscarlo. Es como cuando nos hablan de la felicidad. Está dentro de nosotros. Se construye de dentro hacia fuera. Sin dejarse sentir. Y va creciendo, hemos de hacerlo crecer. Haciendo realidad lo que tenemos en nuestro interior, nuestros buenos deseos, nuestras buenas intenciones, nuestros proyectos. Exteriorizándolos poco a poco.

 

La culminación del mismo, el día final, eso será imprevisible. Nos lo ha dicho en todos los lenguajes: como relámpago fulgurante, como ladrón que no avisa. Pero eso no importa. Lo que importa es lo de cada día. Bástale a cada día con su afán. Los judíos, y los discípulos un tanto contagiados por esa idea, buscaban lo espectacular: como si el Reino de Dios viniera con una exhibición de fuegos artificiales. Y el Maestro siempre ayudándoles a aterrizar: “Está entre ustedes”. “Está dentro de nosotros”. Pero no lo comprendían mucho.

 

Y nosotros, ¿lo entendemos? Allí donde hacemos presente los valores humanos que son al mismo tiempo los divinos está el Reino. Está donde se practican las bienaventuranzas, donde existe la justicia, donde se siente la fraternidad, donde se vive el amor. Dándole entrada a estos valores en nuestra sociedad, haciéndolos presente desde nuestro interior, estamos instaurando su Reino.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Noviembre, 2007, 10:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Dónde están los otros nueve?

(Lc 17,11-19):  Un día, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes».

Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

 

Los pobres, desdichados, menesterosos, necesitados, en este caso los leprosos, ya saben que pueden confiar en Jesús, acercarse a El, que van a ser tenidos en cuenta. No esperan que El los encuentre. Ellos mismos salen para encontrarse con El de su propia iniciativa.

 

Confían tanto que ante la respuesta inusitada de Jesús –vayan y preséntense a los sacerdotes-, como desentendiéndose directamente del problema, y teniendo en cuenta que más de una vez aquella gente había acudido a dichos sacerdotes en busca de ayuda sin encontrarla, siguen confiando en El y se vuelven en camino a su búsqueda.

 

Justo esa inusitada fe y confianza hace que mientras iban, queden limpios. No necesitaron llegar a los sacerdotes. Pero la condición de pobre o necesitado no es un salvoconducto en si mismo, necesitan también tener una buena actitud interior. Y solo la tiene uno, que vuelve a dar gracias. Los otros nueve se perdieron. No supieron ni ser agradecidos. Y para mayor inri el que tiene una noble actitud es samaritano, extranjero, los que, según hemos visto en otros textos, eran despreciados por los judíos. Los extranjeros: siempre molestando en todos los sitios. Y, sin embargo, dando ejemplo de tesón, de constancia, de lucha, de esfuerzo, de gratitud.

 

Hoy los marginados siguen siendo los mismos de siempre: los inmigrantes, los drogadictos, los pobres. Nosotros, como Jesús, en el sistema actual ¿qué actitud tenemos ante ellos? Porque en muchas cosas somos nosotros los ricos.

 

Pero por otro lado, ¿hasta que punto nos sentimos necesitados del Maestro, pobres por dentro, y capaces de acudir a El y decir: Jesús, Maestro, ten compasión de mí?

 

Y además con todo lo que tenemos y nos ha sido dado, ¿somos agradecidos? ¿a diario? ¿O somos como los otros nueve, que parecemos estar salvados porque cumplimos los ritos, andamos sin lepra aparente, parecemos buenas personas, pero seguimos siendo igual que los judíos de antes, sujetos a las mismas costumbres, a las mismas leyes, atados a las mismas pequeñeces de la vida?

 

Para pensar. Desde diferentes perspectivas el texto evangélico de hoy nos da muchas pistas para pensar y repensar.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Noviembre, 2007, 10:47, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hijos agradecidos

(Lc 17,7-10):  En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

 

Jesús se fija hoy más en la actitud del siervo que en la del amo. No valora la actitud de éste, sino que se fija en la conducta normal del trabajador. Hace lo que tiene que hacer, y no por eso le va a dar gracias el dueño de la empresa. Algo normal y ordinario. Y lo está comparando con nosotros, cuando somos buena gente o lo intentamos. No es que para que nos lo agradezcan o para que devolvamos el favor, sino estamos cumpliendo con nuestro deber. Es una parábola, como tantas de Jesús, que no intenta justificar clases o condiciones sociales de explotación laboral. De la misma forma que el siervo recibe su salario y por eso el amo no le debe gratitud, lo mismo nos pasa en nuestra relación con Dios: El no es nuestro deudor, nosotros somos simplemente eso: siervos inútiles que hacemos lo que tenemos que hacer. Pero es más, nosotros somos más que siervos, en otros sitios nos dirá que no nos llama siervos sino amigos, y nos deja bien claro en todo su mensaje que somos hijos de Dios. Los hijos somos deudores de nuestros padres. Los amigos, somos eso: amigos, que hacemos las cosas por el otro sin esperar devolución. No es un préstamo, con intereses, nuestro trabajo por el Reino de Dios. Somos hijos y amigos, pero además agradecidos

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Noviembre, 2007, 10:50, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Aumenta nuestra fe, Señor

(Lc 17,1-6):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos.

»Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás.

Dijeron los apóstoles al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido».

 

Mirarnos al espejo, descubrir nuestros propios fallos, comportamiento y testimonio ante los niños, saber corregir y, sobre todo, saber perdonar y olvidar, tener fe, creer, confiar. Son cosas de las que hoy nos habla el Maestro, como queriendo hacer un compendio de actitudes fundamentales del creyente. Y también, cuídense de ustedes mismos. Ténganse en cuenta, no solo para los fallos sino también para lo positivo, para saber crecer en virtud, y en autoestima. “Como a ustedes mismos”, dirá en otra ocasión referido a la medida del amor al prójimo. Son actitudes, disposiciones interiores que luego se reflejarán en hechos. Pero lo importante es la actitud interior, que anida en nuestro corazón y sale de dentro hacia fuera.

 

Ante tantas cosas podemos vernos abrumados y por eso necesitamos suplicar: “Aumenta nuestra fe”. Es como decirle, no podemos con todo. Creer en alguien. Fiarse de quien sabemos nos ama y es de fiar. Ver a Dios en los acontecimientos de la vida. Todo eso y mas cosas es tener fe. Tener fe es también, sabiéndonos débiles, sentirnos capaces de la voluntad de Dios, como lo hizo María. Es lo que nos hace posible algunas veces, sentir hermano al que nos hace sufrir y nos trata mal. Es verdad que la tenemos, pero, como jaculatoria permanente, hay que pedirle a Dios insistentemente que acreciente nuestra fe y la hagamos vida.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Noviembre, 2007, 11:07, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hechos para la vida

(Lc 20,27-38):  En aquel tiempo, acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven».

 

Frente al galimatías que le presentan los saduceos, Jesús no se entretiene en logísticas, ni se deja llevar de las aparentes astucias de aquellos. Anuncia la Vida, porque anuncia a Dios. Y Dios es un Dios de vida, no de muerte. Por eso, su mensaje trasciende el más acá, y testifica de múltiples maneras, sobre todo con su propia vida, el hecho de la Resurrección. Un cambio de vida, que de alguna manera hemos de simbolizar ya en esta, muriendo cada día al hombre viejo y dando vida o resucitando al hombre nuevo.

 

No sabemos como será, pero será. No hay una explicación del cómo de la vida en el más allá. Solo aquello de un lugar donde no habrá muerte, ni llanto, ni luto, ni dolor que dirá el Apóstol. Lo importante es que estamos hechos para la vida, y esa vida es la que tenemos que compartir, dar y crear a nuestro alrededor, en todo lo que pueda estar muerto, no solo en las personas sino en las estructuras. Hoy que tanto se habla del medio ambiente y del cambio climático hay un mensaje latente de la muerte de la vida en el ambiente que nos rodea y que nosotros hemos de poner de nuestra parte para devolverla con las acciones que sean necesarias. También eso, favorecer mejores condiciones para nuestro medio ambiente, es luchar a favor de la vida y generarla a nuestro alrededor. Eso es lo que importa: el vivir el aquí y el ahora con intensidad, conscientemente, sabiendo que estamos labrando la otra vida, la que anuncia el Maestro, pero, y esto es importante, no solo en las relaciones personales sino también en el cambio social. Y esto es lo que perdurará, pues la vida no se acaba sino que se transforma. Pero es eso: vida.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Noviembre, 2007, 12:43, Categoría: Comentarios al Evangelio
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