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Octubre del 2007


Por la puerta estrecha

 

(Lc 13,22-30):  En aquel tiempo, Jesús atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». El les dijo: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’. Y os responderá: ‘No sé de dónde sois’. Entonces empezaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas’, y os volverá a decir: ‘No sé de dónde sois. ¡Retiraos de mí, todos los agentes de injusticia!’. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras a vosotros os echan fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. Y hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos”

 

El mensaje de Jesús no se puede vivir al capricho de cada uno, hoy sopla el viento por aquí, mañana por allá. Tiene unos criterios que el Evangelio va desglosando, y a veces rozan con comodidades e intereses personales, pidiéndonos un esfuerzo que en definitiva es como entrar por la puerta estrecha.

 

Nos dice que la puerta es estrecha, y esa puerta es el amor, el olvido de si mismo, la entrega a los demás. ¡No hay otra puerta...!

El amor, que se realiza en todas sus manifestaciones: 

en la amistad, 

en la fraternidad,

en la comunidad,

en el perdón, 

en la ayuda al necesitado, 

en la compasión,

en la comprensión,

en el compromiso por la justicia,

en el servicio al pobre y al desvalido ...

Esa es la puerta, por que no podemos olvidar, que el cielo, no es lugar, sino un modo de existir, y ese modo es exclusivamente el amor.

 

No importa tampoco el momento que empecemos ni la categoría social que tengamos. Vendrán de todos los lados, y habrán últimos que serán primeros y viceversa

Por arquina - 31 de Octubre, 2007, 10:58, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como el grano de mostaza

 

Lc 13,18-21):  En aquel tiempo, Jesús decía: «¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas». Dijo también: «¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo».

 

Como una semilla, como algo pequeño, como algo imperceptible. No se necesitan día a día cosas grandiosas. Lo normal y elemental de cada momento en el trabajo, en casa, con los amigos, en la vecindad o en la diversión. Y desde esas cosas pequeñas, con la actitud interior que pongamos en ellas, va creciendo el Reino. Como el grano de mostaza que termina siendo un árbol frondoso. Como la levadura que hace fermentar. El edificio siempre se construye por los cimientos, no se empieza por la torre de las catedrales. No es necesario rompernos la cabeza para pensar qué podemos hacer para construir el Reino de Dios. Esto mismo que estamos haciendo ahora, nosotros escribiendo lo reflexionado, ustedes leyéndolo y compartiéndolo con otros…, algo tan sencillo como darle a un teclado, a un reenviar, poner una dirección y de esa forma podemos construir el Reino.

 

Pero esa semilla que va creciendo tiene que ser regada y alimentada. Como cualquier semilla. Y, en nuestro caso, su abono ya lo conocemos: la Palabra de Dios y los Sacramentos, dentro de los cuales la Eucaristía brilla por excelencia.

 

El resto es cuestión de saber esperar, de contemplar la vida, dejando que Dios impulse su crecimiento, poco a poco, a su medida y a su estilo. Igual estamos esperando hacer o ver cosas espectaculares. Y no, las cosas de Dios nacen pequeñas, casi insignificantes. Todo es importante. Nada ni nadie es despreciable. Y nos equivocamos cuando valoramos las cosas y las personas de otro modo. De esta guisa, veamos a quienes dejó Jesús para que le siguieran anunciando: un grupo de hombres rudos, pobres, sin mucha cultura, un tanto cobardes…, si juzgamos por las apariencias poco iba a salir de ese grupo, y, sin embargo, creció con ellos el Reino y ha llegado a nosotros. Fueron una levadura que realmente fermentó la masa.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Octubre, 2007, 11:00, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Leyes, normas, reglamentos

(Lc 13,10-17):  En aquel tiempo, estaba Jesús un sábado enseñando en una sinagoga, y había una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada, y no podía en modo alguno enderezarse. Al verla Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: «Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado». Le replicó el Señor: «¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? Y a ésta, que es hija de Abraham, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?». Y cuando decía estas cosas, sus adversarios quedaban confundidos, mientras que toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía.

Un sábado, enseñando y además curando a un enfermo. A pesar de que era algo bueno, a pesar de que los que se beneficiaban eran los demás, a pesar de que no lo estaba haciendo por lucro propio, a pesar de todos los razonamientos normales, aquello iba contra la ley. Era ilegal y condenable, porque el sábado no se podía trabajar, no se podía hacer esfuerzo alguno. Todavía hoy los ascensores están programados los sábados para que se abran y cierren solos en cada piso sin necesidad de realizar el esfuerzo de pulsar el botón de llamada con el dedo. La ley es la ley. Sin embargo, en aquellas cosas que consideraban necesarias para mantener su lucro, como llevar al buey a abrevar para que pudiera mantenerse luego en su trabajo sí que se podía negociar con la ley. Para ellos la religión consistía en el cumplimiento de unas normas. Por eso, Jesús les califica de hipócritas.

Es cierto que con Dios hemos de relacionarnos a través de medios, pero los medios, medios son y están solo y únicamente para llevarnos al final que es el encuentro con el Señor. Si existen caminos mas cortos que ese medio, es cuestión de no desaprovecharlos. Sobre todo, cuando no se buscan sino que surgen espontáneos.

En más de una ocasión saldrá este ejemplo y la controversia del sábado y de las normas. Y en todas ellas, Jesús nos viene a decir que la ley y las normas están al servicio de las personas, y que no tenemos que vivir siendo esclavos de las leyes. Hay que dar sentido a lo que hacemos, también al cumplimiento de la norma.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Octubre, 2007, 11:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Los famosos fariseos y publicanos

(Lc 18,9-14):  En aquel tiempo, a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano.

»El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’.

»En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

 

Todo un clásico en los textos evangélicos que de seguro nos sabemos de memoria desde pequeños. Por la fuerza y viveza de su contenido. Por su escalofriante denuncia de hechos y situaciones que se han vivido y vivimos a diario en la historia de la humanidad: el hecho de personas que teniéndose – teniéndonos- por justos, desprecian –despreciamos- a los demás. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Nosotros, desde luego, no nos atrevemos a tirarla.

 

Siempre hemos criticado esas actitudes, pero ¡cuántas veces hemos caído en esa tentación¡ Tantas cuantas nos hemos sentido poseedores de la verdad y menospreciamos o ridiculizamos a los que opinan de otra forma o tienen otra manera de sentir, enjuiciar y ver la vida. Es verdad que la tolerancia tiene un límite. No podemos tolerar la muerte injusta, la falta de libertad, el racismo, la violencia y entre ella las guerras organizadas, las actitudes en contra de los derechos de los demás. Pero viviendo en una actitud de sumo respeto hacia los derechos y libertades de los otros no podemos sentirnos superiores a nadie.

 

La actitud central a mantener en las relaciones con los demás nos la da el mismo Jesús cuando denuncia a aquellos que critican a los demás sin darse cuenta de la viga que tienen en el ojo propio. O cuando santifica un principio de la ley natural: No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Todos somos iguales, aunque diferentes, y todos nos parecemos en algo sustancial de donde debemos partir: somos débiles, tenemos fallos, cometemos pecados, y por eso lo importante es reconocerlos y saber pedir perdón. Por eso el publicano salió justificado, pero no el fariseo. Porque “ a los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos”. Revisemos, pues, nuestras riquezas, sobre todo de actitudes y comportamientos en los que nos sentimos mejores que los demás, y consideramos a éstos como pecadores, mal encaminados o cosas similares.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Octubre, 2007, 12:44, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La higuera seca

(Lc 13,1-9):  En aquel tiempo, llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Nos viene a decir Jesús que ni existe relación entre el pecado y el castigo, ni que el sufrimiento y las cruces sean signo de abandono de Dios. A veces pasamos por malos trances, por situaciones que no son de nuestro agrado y la cuestión no está en pensar, como solemos hacer a menudo: ¿qué he hecho yo para merecer esto?. Recordar aquello de “no se haga mi voluntad, sino la tuya”, nos puede venir bien, sobre todo cuando nos hemos empeñado en ser honrados y honestos.

 

De una u otra manera nuestra vida, nuestra conducta debe dar esos buenos frutos, como la higuera. Sabiendo, eso sí, que si la higuera está seca, y los frutos no aparecen, siempre tendremos una segunda y muchas más oportunidades de cavar y echar abono, pues siempre nos espera, y puede volver más tarde.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Octubre, 2007, 12:32, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Leer los signos de los tiempos

Lc 12,54-59):  En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: ‘Va a llover’, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: ‘Viene bochorno’, y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

 

De la naturaleza siempre tenemos que aprender pues es sabia, y a ella recurre Jesús en muchos de sus ejemplos y enseñanzas. Algo a tener en cuenta también para los momentos en que vivimos, donde sociedad, política, empresas parecen ir separados o en contra de la misma.

Aprender también de los signos de la historia, saber leerla desde los criterios evangélicos. Es lo que se nos ha explicado como los signos de los tiempos. Intentar comprender el mundo que vivimos, sus rasgos culturales son muy diferentes a los de otro tiempo, no solo a los de nuestra infancia sino también a los mismos tiempos históricos de Jesús. Y hay que leer sus cosas positivas, discernir en las entrañas de la historia. No podemos ser agoreros de malos tiempos. En la evolución social hay también la semilla y la fuerza del progreso del Reino de Dios. A juzgar por nosotros mismos lo que es justo, nos invita el Evangelio de hoy. Como el labrador que ve venir la lluvia cuando las nubes se oscurecen.

 Aunque hay hechos negativos que se repiten siempre, como el racismo que recién hechos desagradables lo han vuelto a poner de nuevo en la reflexión y juicio de la sociedad.

Tercera lección del mensaje de hoy: hablemos y conversemos en directo nuestros problemas y con aquellos con los que podamos tenerlo. Siempre mejor arreglar las cosas personalmente. El diálogo es la llave que soluciona muchas cuestiones pendientes en nuestra vida. Y si no, el tiempo que nos ayuda a olvidar. Mejor que pleitear con el compañero de viaje, que en definitiva es un hermano más.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Octubre, 2007, 10:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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He venido a traer fuego

(Lc 12,49-53):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo. ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

 

Aparentemente el mensaje del Evangelio de hoy parece contradictorio con todo su sentir general: paz, unidad familiar, unidad entre las personas, etcétera. Pero eso sí, con una gran ilusión y un gran proyecto: traer fuego al mundo y que prenda de verdad.

 

Pero su paz y su justicia pasan por el bautismo a través del cual muere el hombre viejo y comienza el hombre nuevo. Eso supone una ruptura, una muerte, una división con los planes y deseos viejos, que han vivido calados de egoísmo y de desajustes personales y colectivos. Y en ese sentido la aparente paz que vivíamos desaparece. Porque la verdadera, tiene que ver mucho con la justicia, con la libertad, y consiguientemente con el romper moldes. Es una ruptura o división con los moldes establecidos anteriormente en nuestra conducta, y con los modelos establecidos por el molde dominante de nuestra sociedad. Todo ello genera división interna en nosotros, hasta que hagamos una opción personal.

 

Consecuentemente a ello nos vendrá la paz verdadera de Jesús, la del corazón, la que no se queda en el interior sino que se expresa hacia fuera pidiendo pan y vida humana y digna para todos, luchando contra la opresión y las ataduras de cualquier clase. Por eso ha venido a traer fuego, pero fuego de verdad, del que quema, y hace desaparecer lo viejo para que pueda surgir lo nuevo.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Octubre, 2007, 10:13, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La vida se nos ha dado

(Lc 12,39-48):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.

»Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

 

Siempre se nos ha dicho que somos administradores de la vida que se nos ha dado. Que la vida es un regalo recibido para que nosotros lo administremos. De ese administrador fiel y prudente habla hoy el Evangelio. La vida está para hacerla crecer, todo lo que tiene vida crece. Y si se queda estancado, retrocede o se muere. Como las plantas en el jardín, como la hierba en el campo, como los cultivos en la cosecha. Lo vivo, lo vital no puede estar quieto, inerme, parado. Es para hacerlo fructificar. Es propio de la naturaleza, que Jesús tanto utiliza para explicarnos las cosas. Repasemos por ejemplo lo de los talentos. No se nos ha dado para que los guardemos.

 

A quien mucho se le da también se le pedirá mucho, a quien mucho se le confía también se le exigirá mucho más. Son igualmente máximas que hemos recibido en nuestra vida, y que de alguna forma quedan recogidas en la parábola de hoy. La del administrador fiel y prudente. Es hora por tanto de revisar qué es lo que se nos ha dado, qué es lo que se nos ha confiado. Primero dar gracias por ello, como comentábamos hace poco de la necesidad de aprender a dar gracias. Segundo darnos cuenta que eso que se nos ha confiado –vida, familia, escuela, mundo, ambiente, trabajo, amistades, país… - tiene como consecuencia que se nos exija. Y es la única forma, así parece decirlo el texto de hoy, de estar preparados y vigilantes.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Octubre, 2007, 11:51, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Preparados y despiertos

(Lc 12,35-38):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!».

 

Hay que estar siempre preparados. En cualquier momento, a cualquier hora, a través de esta palabra, de aquel amigo, o de determinado acontecimiento el Señor llama a nuestras puertas impulsándonos a realizar una tarea, a fomentar una actitud, a cambiar de rumbo. Estar en la puerta y con los ojos abiertos no solo es una tarea para el momento final de nuestra vida y nuestro encuentro definitivo con el Padre, sino para todas las circunstancias y quehaceres. No se trata de agobiarnos, se trata de  mantener una actitud normal de vigilia, lo mismo que hacemos ante las cosas de casa, ante las de la familia y los hijos, ante las situaciones laborales. No se nos piden milagros de conducta.

 

Es un simple aviso a que vivamos en tensión activa por su Reino. En la medida que lo hacemos cada día, en esa medida el encuentro definitivo al final de nuestros días será lo normal que se espera que sea. Con frecuencia habla Jesús de ello. Mantener las lámparas encendidas, nos dice en otra ocasión. No vivir dormidos y pasivos ante los hechos y situaciones que ocurren a nuestro alrededor. Lo que comentábamos antes, lo mismo que los padres lo están ante las cosas y situaciones de la familia, el cristiano ante la realidad de la vida, ante la sencilla y la que es más compleja, ante la que se da cerca de casa y ante la que ocurre lejos. Mantener los ojos despiertos, e intentar mirar la realidad con los ojos de Dios o con los criterios del Evangelio, como prefiramos llamarle. Preparados y despiertos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Octubre, 2007, 9:27, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ser ricos en orden a Dios

(Lc 12,13-21):  En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

 

Como siempre, el Maestro aprovecha cuantas ocasiones le salen al paso para enseñar. Esta vez lo hace sobre la riqueza y la avaricia y les cuenta una parábola, le pone un ejemplo para el caso, intentando abrirnos los ojos a los verdaderos valores. Eso sí, tengamos en cuenta que las riquezas o bienes de este mundo no son solo el dinero, sino también la fama, la posición social, el poder. La pregunta que en el fondo nos hace Jesús de cara a estos posibles deseos que podamos tener es :¿de qué nos sirve todo esto si está vacío por dentro?. Lo importante es ser rico, enriquecerse delante de Dios, en orden a Dios, en referencia a los valores que siempre ha tratado de impregnarnos. Hay un proverbio hindú que dice algo similar a que en tus manos muertas tendrás lo que diste con tus manos vivas. Seremos ricos ante Dios si nuestra vida se llena de sus valores que ya conocemos y que se resumen en amor y servicio. No tiene sentido nuestra vida si se encierra en si misma y solo andamos por ella como mirándonos al ombligo.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Octubre, 2007, 12:44, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Siguen gritando

(Lc 18,1-8):  En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’».

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

 

La insistencia es una pieza clave de la persona orante. No es cosa de un día, ni solo cuando estamos en apuros. Sino en todo momento. Es una de las enseñanzas que se puede desprender de lo que aquí aparece. Orar siempre sin desfallecer. Jesús da testimonio de ello: en múltiples pasajes del Evangelio lo vemos orando, dirigiéndose a su Padre, dando gracias o pidiendo fortaleza en momentos de debilidad o rogando por otros.

 

Por otra parte la parábola de hoy pone en comparación a un juez injusto con una viuda que pide justicia. Lo mismo que sigue pasando en la realidad compleja de nuestro mundo a través de aquellos que siguen sufriendo o muriendo aplastados por la injusticia. Hoy además la Iglesia celebra el Día Mundial de las Misiones. Un día que igual lo hemos asociado a la imagen de unas huchas y unos niños o niñas de colegio pidiendo unas monedas por los negritos. E igual nos hemos quedado con ese recuerdo y nos seguimos limitando a echar unas monedas en la bandeja del templo.

 

Pero el Domund es la llamada, el grito de millones de hermanos nuestros que claman, sin saberlo, justicia; que piden no solo pan, que también, sino reconocimiento de sus más elementales derechos, por los que están siendo explotados y en muchos sitios padeciendo unas guerras que no son provocadas por ellos mismos sino por los intereses especulativos de terceros países más desarrollados.

 

El Evangelio de hoy nos dice que si ese juez injusto atiende a la viuda por librarse de ella, Dios, que es bueno, escuchará nuestra oración. Ojalá nosotros y nuestra sociedad organizado sea con el colectivo del que hemos hablado como el juez injusto, que a fuerza de escuchar las demandas del hambre y de la explotación acaben ya con ellas, que poder pueden.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Octubre, 2007, 11:45, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sus testigos

(Lc 12,8-12):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

»Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir».

 

Es como una especie de compromiso bilateral: tu por mi, yo por ti. Pero siempre con una garantía a nuestro favor, y es que cuando estemos en apuros o problemas o desmotivaciones fuertes el Espíritu del Señor nos enseñará en ese momento lo que conviene hacer o decir.

 

Es también una invitación a que hablemos de El, fundamentalmente con nuestras obras. Somos sus testigos. Una gran misión encomendada a personas débiles. El sabe que las cosas no van a ser fáciles, y que las consecuencias de tener fe en El no van a ser asumidas por todos ni personal ni socialmente. El sabe que en momentos concretos también a nosotros nos va a ser complicado dar la cara: No nos compromete tanto a decir que Cristo es Hijo de Dios, sino que todos lo somos, y esto puede comprometernos mas porque exige que todos seamos tratados con igualdad independientemente a nuestro origen o ideologías. No nos compromete a decir “amén” a todo lo que se nos sugiera, sino a cribar las cosas desde los criterios evangélicos. Pero siempre con una garantía a nuestro favor: el Espíritu del Señor nos enseñará en cada momento lo que debemos decir.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Octubre, 2007, 12:09, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No con las armas de la hipocresía o la mentira

(Lc 12,1-7):  En aquel tiempo, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros, Jesús se puso a decir primeramente a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados. Os digo a vosotros, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os mostraré a quién debéis temer: temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése. ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos».

 

 

Era una muchedumbre, miles y miles que le seguían. Despertaba y sigue despertando la admiración y escucha de muchísima gente en el mundo. Y les advierte de la hipocresía y de la mentira. Nada nuevo bajo el sol. Todo ello entra dentro del sentido común de la gente de bien cuando afirma que “se pilla mas pronto a un mentiroso que a un cojo corriendo”. Por eso debemos odiar la mentira, la que puede salir de nosotros y de otros y también la mentira que a veces se organiza en nuestro mundo y se cuela por los medios informativos, porque es la que mata el interior, el pensamiento y las buenas intenciones de la gente. Más que matar el cuerpo, mata el corazón.

 

 

Con la mentira, falsedad, corrupción no se consigue nada. No pretendamos subir en el escalafón ni quedar bien ante los demás con esas armas. Más tarde o más temprano ellas mismas nos hundirán. Es la confianza, y la confianza en Dios lo que ha de motivarnos. Valemos más que muchos pajarillos y ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Más claro, el agua.

 

Vivir en la apariencia es vivir en la mentira. Nada hay, pues, que temer. Importamos mucho ante Dios. Nos lo dice con un símil: hasta los cabellos de sus cabezas están contados. El sabe lo difícil que nos puede resultar buscar su Reino en esa tarea que como enviados suyos estamos llamados a realizar. A veces hay que remar contra corriente. Pero no tengamos miedo, está siempre a nuestro lado. Por eso no tenemos necesidad de mentir y andar con falsedades. La hipocresía hemos de señalarla con el dedo para que siendo denunciada podamos erradicarla.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Octubre, 2007, 10:06, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Enviados

(Lc 10,1-9):  En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Y les dijo: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.

»En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’».

 

El Reino de Dios está cerca de ustedes, tan cerca que en otro momento nos dirá que está en nuestro interior. Por eso, sus valores son los que nos han de guiar en nuestro caminar, y no los medios materiales, bolsa, ni alforja ni sandalias.

 

Ningún otro texto mejor para celebrar la fiesta de San Lucas, como estamos haciendo hoy. A otros setenta y dos. No solo a los doce primeros. Es, como si dijéramos, una llamada al apostolado seglar, aunque también, metidos como estamos en el mundo, somos enviados como corderos en medio de lobos. Con una misión: dejar la paz allí donde se tercie. Y a todos: judíos y no judíos, gente del pueblo y extranjeros, sin distinción alguna. Y si hubiere que hacer alguna elección ya sabemos la que nos plantea el Evangelio: los más necesitados, los que sufren, los que están rotos por cualquier motivo, los despreciados. Y fueron de dos en dos. Señal también de que no podemos ser individualistas en nuestro trabajo evangélico, sino que es preciso andar en comunidad, compartirlo y contrastarlo con otros que, como nosotros, intentan también hacer lo mismo. Sabiendo, eso sí, que nuestra vida, nuestra tarea, el quehacer de cada día está en las manos de Dios. Es la actitud de pobreza espiritual.

 

Por otra parte es la fiesta de San Lucas. Se le señala como el evangelista de la misericordia. También el evangelista de la Virgen, pues habla mucho de las cosas de María en sus narraciones.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Octubre, 2007, 10:11, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El sentido del humor

El sentido del humor es una de las cualidades

para destacarse en la vida.

Se consigue viendo todo desde un ángulo

muy especial: el ángulo de la alegría.

Cuando se tiene optimismo, esperanza y deseos de vivir,

se tiene entusiasmo, motivaciones y sociabilidad.

Además, si tú agregas sentido del humor, jocosidad

y agradabilidad, te permitirá convertirte en una mejor persona.

Cuando se tiene ese sentimiento especial por el cual se ve

el lado simpático y gracioso de las cosas y se ríe uno

sin ofender a nadie, sin destruir, sino simplemente por reír

y festejar un poco las situaciones que nos da la vida,

usamos nuestro sentido del humor.

 

El sentido del humor es un gran remedio para las tensiones;

uno es capaz de reír en medio de las preocupaciones,

del trabajo fuerte y del dolor que producen las espinas de la vida.

El sentido del humor es ver la vida no tan dramática,

no tan conflictiva, no tan tensa.

Reír es añadir a nuestro convivir, a nuestro existir,

un aire especial de alegría.

Reír es provocar un entusiasmo especial en el ambiente

y extraer de la vida su néctar de festividad.

Reír es hacer del mundo un lugar de convivencia pacífica,

de manifestar que somos pacíficos, que no queremos

ser agresivos, que no apretamos los dientes en señal

de cólera ni empuñamos las armas de la violencia.

Reír es demostrar al mundo que se puede

ser feliz con la paz y el amor.

 

El que ríe sanamente es un hombre bueno.

La sonrisa y la risa nos permiten demostrar

con nuestro rostro que somos amantes de la paz,

que no somos violentos y gustamos de la gente.

La risa nos permite, en medio de nuestras responsabilidades

y dolores, ver la vida no tan seriamente, no tomar todo

"tan a pecho", sino dentro del más sano juicio, relativizar todo

y darnos cuenta que sólo hay un absoluto: Dios.

 

Aprender a reír es aprender sabiduría.

Las personas sonrientes y de buen humor donde quiera

que van son un bálsamo que calma las heridas, son alegres,

entusiastas y en cualquier parte suavizan tensiones.

Son personas que provocan terapia emocional

comunitaria, en la que todos comienzan a sentirse

mucho mejor de lo que son.

 

Sonríe hasta que notes que la constante seriedad

     y sobriedad han desaparecido de tu vida.

Sonríe hasta producir en tu corazón alegría.

Irradia tu sonrisa a los demás hasta que

provoque la sonrisa en otros.

La sonrisa produce muchas veces el milagro de hacer

que el prójimo deje de llorar y de estar triste.

 

Sonríe y aprenda a estar feliz.

Sonreír aumenta el sentido del humor y mejora

este mundo en que vivimos.

Aprende a estar más alegre y tu vida va a cambiar.

Ánimo y confía que con Dios todo es posible, pues

CON ÉL... TÚ ERES ES ¡INVENCIBLE!

 

Mons. Rómulo Emiliani, cmf

 

Por Mons. Rómulo Emiliani,cmf - 17 de Octubre, 2007, 12:10, Categoría: Reflexiones creyentes
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No basta con lavarse las manos

 (Lc 11,37-41):  En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, pues, se puso a la mesa. Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer. Pero el Señor le dijo: «¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros».

 

No rehuye las relaciones personales con aquellos que no son de su corriente. Pero no sigue su juego ni sus tradiciones externas y ritualistas, pasando de lavarse las manos antes de comer. Porque lo importante en su mensaje,  y así lo hace ver, no es lo exterior, el aparentar, sino lo que sale de dentro del corazón. Es el interior lo que hay que limpiar, y entonces surgirán obras buenas, como la limosna, al exterior y teniendo en cuenta a los demás.

 

A veces nosotros también pretendemos convertir en esencial ritos y costumbres de cosas externas, olvidando lo más importante que nace del corazón cual es el amor, y, sobre todo, el amor a los demás. Cosas de éstas hemos de revisar. ¡Menudo lío hicimos cuando comenzó a quitarse la costumbre del velo de la mujer en el templo¡ Le dábamos más importancia a eso que a la práctica de la solidaridad. ¿Nos quedan aún detalles parecidos? Sería bueno revisar cuánto puede haber en nuestra religiosidad, en nuestro vivir la fe, de fijarnos en las normas, en las costumbres, en la legalidad de lo pequeño, quedándonos con la conciencia tranquila por nuestros rezos bien hechos o nuestros ritos vacíos. Estas cosas no pueden ser compatibles con el cerrar los ojos a los problemas a nuestro alrededor, o con las posturas cómodas o cobardía para afrontar la realidad. Porque eso sí que sería lavarse las manos antes de comer, y cumplir la ley, olvidándonos de limpiar el interior.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Octubre, 2007, 10:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Fiarse de Jesús

Lc 11,29-32):  En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente alrededor de Jesús, Él comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás».

 

 

Es una generación malvada no tanto por pedir señales, que es algo muy humano, sino porque, habiéndoseles dado una y mil veces, no creen en lo que está detrás de las mismas. Y, siendo todavía más exigente, no es cuestión de poner condiciones para creer. Dejaría de ser fe. Vivir la fe no es un espectáculo multimedia, algo para seguir en directo, sino en vivo, desde uno mismo, y desde las opciones personales: y esa ha de ser el Hijo del hombre para esta generación y las que hayan de seguir.

 

Jesús no ofrece portentos o milagros. Solo su Palabra. Y ante ella podemos tener los oídos abiertos o cerrados. Es un acto de confianza lo que se nos pide. Sí, eso que llamamos fiarnos del otro. Fiarnos sin dudar porque cada día vamos descubriendo su presencia en cada esquina de la vida.

 

Testimonio de ello es Teresa de Jesús, monja andariega, mística y fundadora, a quien la Iglesia ha proclamado como doctora, tal vez por ese conocimiento interior y vivencia tan profunda que tenía de su fe que le hacía decir: “Quien a Dios tiene, nada le falta: Solo Dios basta”. Eso es confiar.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Octubre, 2007, 11:08, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Aprender a dar las gracias

(Lc 17,11-19):  Un día, sucedió que, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

 

¿Dónde están los otros nueve? Solo uno ha vuelto a dar las gracias. Nos cuesta hacerlo. Algunas veces se lo hemos escuchado a algunas personas: No tengo que dar gracias a nadie, todo lo he conseguido con mi esfuerzo. Pero su fuerza de voluntad, su interés vital, su vida, su salud, su ánimo, ¿de dónde han venido? En otras ocasiones nos ha parecido que los problemas, dificultades, desánimos, contratiempos, dificultades han sido mayores en nuestra vida que las cosas buenas y positivas que nos han pasado. Soy persona de mala suerte, escuchamos decir a algunos. Y ¿de dónde hemos sacado las fuerzas para resistir los embistes de la vida sino de las cosas positivas que nos han venido y que hemos disfrutado, la mayor parte de las veces sin darnos cuenta?

 

Aprender a dar gracias, a ser agradecidos, a agradecer, es la llamada del Evangelio de hoy. Repasemos nuestra historia: estamos aquí no por iniciativa propia, nuestros padres un día lo decidieron. La vida toda es un misterio que siempre se nos escapan las últimas preguntas sobre el de dónde aparecimos. Gracias a la vida, a nuestros padres, a tener una familia, un techo, un maestro que nos enseñó las primeras letras, unos amigos con quienes jugamos y compartimos buenos momentos en la infancia. Gracias a aquellos en los que pudimos confiar para salir delante de nuestras dudas e inquietudes adolescentes. Gracias por haber podido estudiar, por conocer tantos sitios, por haber nacido en el país que nos tocó, por la historia que hay detrás de nosotros, porque delante de cada uno ha habido hombres y mujeres cuya huella hemos seguido. Gracias por el don de la fe, por el ánimo que recibimos de ella, por aquellos que nos la infundieron, por los grandes testimonios que hemos recibido. Gracias por Jesús de Nazaret, por el Dios Padre que siempre ha estado al lado nuestro, como escondido, pero acompañándonos y guiándonos. Gracias por la gente que conocemos en este momento, por los emails que recibimos, por los amigos/as, hermanos/as que hemos ido haciendo a lo largo de la vida. Gracias también por nuestros errores, por nuestros fallos, por nuestras equivocaciones, por las dificultades de la vida, por los problemas que hemos tenido, de todo ello también hemos aprendido a dar otros pasos con más prudencia, con más serenidad, con mayor realismo. Gracias. Gracias. Gracias. Que cada uno enumere las cosas por las que tiene que dar gracias y seguramente se queda corto, siempre serán más en la vida que lo negativo.

 

Y un último apunte. El único que vuelve a dar las gracias era extranjero, un samaritano. No es la primera vez que el Evangelio subraya este hecho. Aquellos que despreciamos o ignoramos y que consideramos inferiores e incluso a los que tenemos miedo van por delante de nosotros y nos dan ejemplo. Buen tema en estos momentos en que los extranjeros conviven con nosotros en España siendo un mismo pueblo. Porque ha sido un buen tema siempre, cuando los españoles hemos convivido con otros pueblos. Cuando desde toda la vida la historia de la humanidad, y el Evangelio así nos los pone de manifiesto, ha sido un ir y venir, un ir y volver.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Octubre, 2007, 15:04, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Manos que oran

Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa para tal prole, el padre, y jefe de la familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro, y en cualquier otra cosa que se presentara. A pesar de las condiciones tan pobres en que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su padre jamas podría enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia.

 Después de muchas noches de conversaciones calladas entre los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa, con las ventas de sus obras, o como fuera necesario. Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia.

Albretch Durer gano y se fue a estudiar a Nuremberg. Albert comenzó entonces el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció por los próximos cuatro años, para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia.

Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor.

 Al finalizar la memorable velada, Albretch se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer sus estudios una realidad. Sus palabras finales fueron: "Y ahora, Albert, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti." Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien tenia el rostro empapado en lagrimas, y movía de lado a lado la cabeza mientras murmuraba una y otra vez "no... no... no...".

 Finalmente, Albert se puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en la mejilla de aquel le dijo suavemente, "No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Mira. Mira lo que cuatro años de trabajo en las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al menos una vez, y últimamente la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis... Mucho menos podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, hermano, para mí ya es tarde".

Más de 450 años han pasado desde ese día. Hoy en día los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente tú, como la mayoría de las personas, solo recuerdas uno.

Un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albretch Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamo a esta poderosa obra simplemente "manos", pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a su obra de arte y se le cambió el nombre a la obra por el de "Manos que oran".

 La próxima vez que vea una copia de esa creación, mírela bien. Permita que le sirva de recordatorio, si es que lo necesita, de que nunca nadie triunfa solo.

Por Autor desconocido - 13 de Octubre, 2007, 10:09, Categoría: Testimonios
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La Virgen del Pilar

Lucas 11, 27-28: Mientras Jesús estaba hablando una mujer levantó la voz en medio de la multitud y dijo: -Feliz la que te dio a luz y te amamantó. Pero El contestó: - Felices sobre todo los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”

 

 

Es el texto que corresponde con la festividad en España de su patrona: La Virgen del Pilar. Es tradición la que dice que la Virgen se le presentó a Santiago en carne mortal cuando el apóstol estaba triste y desanimado, pues no estaba teniendo resultados con su misión apostólica, y el abatimiento le hundía en el pesimismo y la tristeza.

 

La aparición de la Virgen le infundió de nuevo la ilusión, le renovó la ge y volvió la alegría a su interior. Y le dejó como regalo un pilar. ¿Símbolo de fortaleza? ¿de fe? ¿simple recuerdo de su visita. Es una tradición que se remonta a veinte siglos, y ese Pilar, hoy con mayúsculas, ha recibido tantos besos, incluidos los de los dos autores de este comentario, que han dejado señal en la piedra.

 

El Evangelio por otra parte nos elogia a María. Más que por ser la que amamantó a Jesús, por escuchar la Palabra de Dios y cumplirla. De esta forma y manera hoy sigue siendo para nosotros el pilar donde apoyarnos, donde descansar, sin dejar de ser nuestra madre. La de todos, y en concreto –déjennos subrayarlo hoy- los que hemos nacido y vivido en España, que celebramos hoy una fiesta nacional, bajo el aparente signo de la división política. Que María nos recuerde que todo reino dividido es síntoma de desaparición, y que no hagamos de la fiesta común lema de un grupo o ideología.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Octubre, 2007, 11:09, Categoría: Comentarios al Evangelio
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