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Septiembre del 2007


Pueblos ricos y pueblos pobres

(Lc 16,19-31):  En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».

Personas ricas, personas pobres. Pueblos ricos, pueblos pobres. Hoy todos los informes mundiales nos hablan de que la diferencia entre unos y otros es cada día más abismal. Y que la causa de muchos y grandísimos males que amenazan a a nuestra sociedad está en esa brutal diferencia a la que hay que poner remedio.

Diferencia que ya existía en tiempos de Jesús, y frente a la cual hoy nos pone en alerta con el texto del hombre rico y del hombre pobre. Diferencias sociales que no parecen precisamente gustarle, pues fundamentalmente nadie como El sabe que todos somos hijos del mismo Padre, y que entre hermanos no deben existir estas sangrientas realidades. El relato evangélico de hoy es un símbolo de nuestra sociedad actual, y, como tal, son una llamada a nuestra conciencia.

A gran parte de nosotros nos ha tocado vivir en la parte cómoda o rica de nuestra sociedad, y no podemos aceptar con la misma comodidad esa realidad asistiendo impasibles a la misma, como si de un espectáculo televisivo se tratase.

Personal e individualmente podemos no ser ricos, pero ¿somos conscientes de que existe otro mundo diferente al que nos movemos? Un mundo de escasez, de privaciones, de miseria, de hambre, de enfermedad. Un mundo que igual no está tan lejos de nosotros, puede que en el barrio extremo de nuestra ciudad, o en la casita de la calle de más abajo o detrás de esa puerta donde vive una familia cuyos miembros están en el paro laboral. Y un mundo más allá de nuestras fronteras donde sólo se da la explotación de las personas y de los pueblos, donde algunos optan por escapar y flotan sobre las aguas en busca de comida y de un dinero para mandar a los suyos, y donde muchos de ellos mueren en el camino, o son mal recibidos o no se les recibe, a veces por miedo a que coman parte de lo nuestro que igual es de ellos por justicia. De estas cosas y algunas más puede que nos hable el Evangelio de hoy, si queremos abrir los oídos de nuestro espíritu y hacer algo, aunque solo sea decir estas verdades ante los conocidos para despertar las conciencias, firmar documentos de solidaridad con las víctimas de estos problemas y arrimar nuestro hombro cuando fuere necesario.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Septiembre, 2007, 11:59, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Mensajeros, de siempre

(Jn 1,47-51):   En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

 

Sabe valorar a las personas, mirando a su corazón, no por lo que tienen sino por lo que son. Refiriéndose a Natanael, les dice: Ahí tienen alguien en quien no hay engaño.

 

Y les habla, ante la fe manifestada por aquel israelita, de los ángeles que suben y bajan. Con frecuencia habla Jesús de ellos, y hoy lo trae el texto a colación pues es la fiesta de Miguel, Gabriel y Rafael, los tres arcángeles más famosos y citados. Suben y bajan, como mensajeros, trayendo noticias, dando informaciones, comunicando mensajes. Siguen bajando y subiendo trayéndonos mensajes, comunicándonos cosas. No les vemos con alas, como en los cuadros o en las películas. Los notamos en algún amigo que se acerca, en aquel acontecimiento que surge o en aquella noticia que se produce, en ocasiones en aquello que brota del silencio de nuestro interior y parece hablar a nuestra conciencia.

 

Por otra parte, el evangelista nos narra en un corto espacio de tiempo el intenso encuentro de Natanael con Jesús. Y nosotros, tanto tiempo llamándonos discípulos de Jesús, apareciendo ante todos como de los suyos, sintiéndonos elegidos por El, e igual no hemos sabido dar ante los demás, como lo hizo Natanael, y ante la sociedad que vivimos una definición o explicación tan exacta de quien es: tú eres el hijo de Dios. Pues mensajeros ha habido siempre, y siempre los van a haber. Lo importante en este caso es sentirnos mensajeros de Dios, los ángeles de hoy

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Septiembre, 2007, 12:01, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Quién dice la gente que soy yo?

(Lc 9,18-22):   Sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado». Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contestó: «El Cristo de Dios». Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie. Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día».

 

 

Como de cualquier encuesta sociológica realizada en el día de hoy, así se interesa Jesús por el estado de opinión que la gente tiene acerca de El mismo. Pero lo que más le preocupa es cómo lo perciben sus amigos, los más cercanos, aquellos a quienes El está dedicando su tiempo personal. Y queda maravillado de la respuesta que le dan, que en definitiva es una adhesión personal a su causa: “Tú eres el Cristo de Dios”.

 

Es una cuestión personal que también hoy se dirige a nosotros. Una respuesta que ha de surgir del corazón, y que inevitablemente ha de diferenciarse un tanto del común de los mortales que no tiene una relación personal con el Maestro. No le basta una respuesta de catecismo, de doctrina, de conocimiento intelectual; en el fondo quiere saber quien es El para nosotros y qué puede esperar de cada uno: hermano, amigo, redentor, guía, compañero, alguien que nos fascina y motiva, alguien que nos empuja e impulsa, alguien que ha cambiado nuestras vidas,…

 

Lo que sí nos preguntamos es por qué no decírselo a nadie. Es lo que les manda a los suyos, hasta que sea levantado en la cruz y resucitado. Teólogos y maestros tiene la Iglesia que podrían explicarnoslo.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Septiembre, 2007, 10:37, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Quería verle

 

(Lc 9,7-9):  En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle

 

Al menos Herodes, en un principio, duda y se interroga. Es una buena manera de ponerse en el camino de buscar la verdad. Otra cosa serán los métodos posteriores, sus asesores, de quienes se deja aconsejar, cuáles son sus intereses, qué es lo que primará si lo personal – más bien, lo privado- o lo colectivo. Pero como manera de comenzar, el dudar e interrogarse no está nada mal. La curiosidad puede ser un primer paso positivo si se sabe aprovechar. Y si el trasfondo de todo lo que andamos buscando está en la órbita del bien, o en la de la ambición, la mentira, el interés privado, el negocio particular.

 

Y buscaba verle, nos cuenta el relato evangélico. Es una buena ocasión para preguntarnos si eso es lo que seguimos buscando nosotros hoy. Y, sobre todo, para analizar si no es posible que en nuestra sociedad de hoy pueda haber mucha más gente interesada también en querer encontrarse con Jesús y conocerle; gente, que como Herodes, quiera verle y toparse con El. No lo van a poder hacer físicamente, tropezándose con El a la vuelta de una esquina en cualquier ciudad. Pero sí que podrían verle a través nuestro. Nuestras palabras, acciones, gestos, expresiones de cualquier tipo podrían ser hoy el modo y manera de que los que deseen puedan verle. Igual es bueno que lo reflexionemos.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Septiembre, 2007, 10:10, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Nos da una misión

(Lc 9,1-6):  En aquel tiempo, convocando Jesús a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos». Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

 

 

Los medios e instrumentos principales son la confianza en la misión para la que se les ha designado. Tienen el encargo del Maestro y su apoyo. Y como contenido fundamental lo que El había sembrado en sus corazones. Eso es lo fundamental. Por eso, ni bastón ni alforjas. Y así, cumplían su tarea, con autoridad y poder sobre los demonios y con la posibilidad de curar enfermedades.

 

La cuestión hoy está en saber quienes son los demonios y con qué enfermedades nos toca lidiar. Necesitamos conocer las inquietudes de aquellos que nos rodean y lo que les atormenta, necesitamos unos mínimos sencillos de analizar la realidad para saber como cambiarla desde el mensaje del Evangelio.

 

Hay demonios y enfermedades que siguen siendo los mismos: el egoísmo, la injusticia, la falta de libertad, todo lo que caracteriza al hombre viejo. Pero el traje o molde con el que se presentan es diferente, no solo para las personas sino también en las estructuras sociales. Y también suele ser dispar en cada comunidad, región o país. Pero es fácil reconocer: todo lo que tenga un tufillo a falta de libertad, de decisiones personales, a desigualdad entre las personas y colectivos, a falta de amor, cariño y fraternidad y un sin fin de valores ya conocidos por todos nosotros, todo lo que tenga un tufillo de ese tipo es un demonio a expulsar o una enfermedad a curar. Y seguro que así, basados en la confianza y entrenados en la fe, seguiremos recorriendo los pueblos anunciando la Buena Nueva y aportando curación.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Septiembre, 2007, 10:12, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Un doble piropo

(Lc 8,19-21):  En aquel tiempo, se presentaron la madre y los hermanos de Jesús donde Él estaba, pero no podían llegar hasta Él a causa de la gente. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Pero Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen».

 

 

Así lo entendemos hoy, como un doble piropo que hace Jesús. Un piropo a su madre y hermanos porque se fían de Dios, y siguen su Palabra. Un piropo a nosotros porque, siguiendo la Palabra de Dios, somos de su familia, como su madre y sus hermanos. Fue el objetivo de ella: hágase en mí según tu Palabra. Es el objetivo nuestro: seguirle.

 

La cuestión es hacerlo en todo momento, en las cosas agradables y en las que no lo son tanto. En todo momento y circunstancia. Escuchando su mensaje y guardándolo, somos de su familia. Es un auténtico piropo hacia nosotros y nuestro esfuerzo cotidiano.

 

Eso sí, oírle y conocer su mensaje lo oyen todos: las multitudes que se agolpan a su paso, los maestros de la Ley que le escuchan para poder acusarle. Pero de su familia, solo seremos si, escuchándolo, lo ponemos en práctica.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Septiembre, 2007, 10:40, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para iluminar

(Lc 8,16-18):  En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará».

 

No hay nada nuevo. Todo va con el sentido común, como hemos planteado muchísimas veces. Es lo que Jesús utilizar para explicar su mensaje. La luz está para ser encendida, para iluminar, y por lo tanto ha de ser vista, no puede estar escondida. Como El mismo, que es la luz del mundo. Como nosotros que también lo hemos de ser. No se trata de lucirnos, no es cuestión de sobresalir, ni mucho menos la cosa va por aparentar. Ser normales, vivir lo que se vive en coherencia cabeza con corazón, intentando ser consecuentes con nuestra fe. Sin renunciar a lo que sentimos y creemos. Y de esta forma, simplemente con nuestro comportamiento, estamos iluminando el camino de nuestro mundo. En ocasiones hará falta nuestra palabra, una explicación. La vida misma nos lo dirá, sin grandes palabreríos, sin fanatismos y sin dogmatismos. Siendo luz que oscila, pero que ilumina. Siendo luz que aguanta y no se apaga. De la forma más humana, más solidaria, más sencilla posible. Eso sí, sin complejos, sin timidez. Con valentía. Hay que iluminar. Y normalmente sin buscarlo. Dejándose llevar por el sentido común de la coherencia.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Septiembre, 2007, 9:07, Categoría: Comentarios al Evangelio
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En la vida hay que tomar opciones

(Lc 16,1-13):  En aquel tiempo, Jesús decía también a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda; le llamó y le dijo: ‘¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando’. Se dijo a sí mismo el administrador: ‘¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas’.

»Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. Respondió: ‘Cien medidas de aceite’. El le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’. Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Dícele: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’.

»El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz. Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero».

Dos enseñanzas podríamos resumir hoy del trozo evangélico de este domingo: Hay que darle importancia a las cosas pequeñas de cada día y en la vida todo es cuestión de opciones.

“El que es fiel en lo mínimo, también lo es en lo mucho”. No podemos despreciar los detalles de la vida cotidiana, en ellos se juega nuestra fidelidad a nuestra propia conciencia y, consecuentemente, nuestra fidelidad como creyentes. No hay que esperar a realizar actos de heroísmo. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos la vida está llena de pequeños detalles que, vividos con intensidad, pueden hacernos crecer por dentro y consecuentemente hacemos que nuestro mundo crezca también.

“No se puede servir a dos señores. No podemos tener dos amos. Por tanto, no podemos servir a Dios y al dinero”. Es lo mismo que otras veces, donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. Preguntarnos cuáles son los valores que defendemos será una tarea importante en nuestra reflexión creyente de cada día. El dinero nos tienta, lo necesitamos para vivir. Pero una cosa es disponer del mismo para vivir nosotros y que puedan vivir los demás, y otra diferente es vivir para el dinero, para el consumo, para la competencia, para la ambición. En definitiva, lo que está en juego es una cuestión de opciones vitales entre el tener y el ser. Y no por tener más, somos más. Somos administradores de los bienes materiales que necesitamos para vivir y disfrutar, pero ellos no pueden los dueños de nuestra mente ni de nuestro espíritu. La medida en que sepamos compartir con los demás nos dará la medida también de valorar quien domina en nuestra vida. El Maestro viene a explicarnos cómo debemos servirnos de los bienes de este mundo para participar en la construcción de su Reino.

Lo cual debe aplicarse no solo a las personas individualmente, sino también a los pueblos y colectivos. Pensemos por ejemplo en la abismal diferencia entre los pueblos del Norte y los del Sur. En los intereses que mueven a aquellos a la hora de gobernar y cómo también se aprovechan de los bienes del Sur, sin que éstos puedan ser protagonistas de su historia y de su vida. De esta manera, el Norte está subvirtiendo los valores del Reino con los que debería gobernar para hacer un mundo más de iguales.

Y, para acabar nuestra reflexión de hoy, cuando Jesús habla de las riquezas, está hablando de todo aquello que poseemos, no solo bienes materiales. También está hablando del tiempo que tenemos con el que podemos negociar para ponerlo al servicio de los demás, para hablar, para escuchar, para consolar, para enseñar, para acompañar, para estudiar, para aprender, para orar, para escribir. Invertir nuestro tiempo de acuerdo a los intereses de nuestro único Señor es una forma de invertir en la construcción del Reino de Dios. Y para eso hay que ser sagaces, como el administrador de la finca.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Septiembre, 2007, 13:02, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Todos iguales, sin distincion

(Mt 9,9-13):   En aquel tiempo, cuando Jesús se iba de allí, al pasar vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?». Mas Él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores

 

Es una llamada personal, también lo es la respuesta. Llama a todos y a cada uno, no importa condición social, reputación o historia. Igual que los derechos humanos. También publicanos y pecadores. No solo los sanos, sino sobre todo los enfermos. No solo los que vivimos bien en el llamado Primer Mundo, sino también a los empobrecidos del planeta. Todos los mismos derechos. Todos y cada uno la misma llamada del Maestro. Sobre todo, los que más los necesitan: más los pecadores que los justos.

 

Mateo da testimonio de ello. Cobrador de impuestos. Sabría mucho de economía, pero no gozaba de buena reputación. Y un día le llaman, y él responde sobre la marcha. Y lo celebra con Jesús en una cena donde se sientan personas consideradas socialmente como impuras, y frente a las cuales hay un clima de rechazo. Sabe que lo criticarán, y eso hacen. Pero Jesús se mantiene impasible, y da como receta y norma, ante esa clase de problemas, la misericordia. Abrir de par en par nuestras puertas, las de cada uno y las de la Iglesia. Acoger y preocuparse por los que están más lejos, también por los que son más críticos, por los que parece que no caben. Sin distinciones, sin condiciones. ¿Por qué será que estas cosas nos parecen como repetidas? Pero es que no hay mas. Todo se resume en amar a Dios y al prójimo. Y cuando surgen personas de buena voluntad, la sociedad lo va releyendo e interpretando en cada momento de acuerdo a su organización. Como hicieron un día, en 1948, con los Derechos Humanos: la misma dignidad para todas las personas y todos los pueblos.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Septiembre, 2007, 12:34, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El amor, mas allá de las normas

(Lc 7,36-50):  En aquel tiempo, un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra».

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

Fariseos, mujeres pecadoras y cualquier otro grupo no bien visto. Unos criticaban a los otros y los otros a los unos. Pero Jesús se acerca a todos con tal de dejar bien claro su mensaje e intentar cambiar en algo el curso de las relaciones entre los grupos humanos. Intenta valorar las intenciones de las personas, lo que sale de dentro del corazón, a fin de que en eso no veamos diferencias unos con otros, y vayamos a lo esencial. A eso, que muchas veces, como dice el escritor, es invisible a los ojos, pero donde radica la bondad de la persona, independientemente a su condición. La pecadora estaba demostrando su amor. El fariseo estaba denotando despecho. Por eso a ella le salvó su fe.

Una cosa es condenar a las personas y otra sus hechos. Jesús marca la diferencia, y nos enseña a que hagamos lo mismo en nuestras relaciones con los demás. No tenemos la misión de ser jueces de nadie. No conocemos del todo el corazón y el interior de las personas, y ahí es donde radica las motivaciones más profundas. En la buena intención, en el amor que se pone en las cosas, por eso recibió el perdón la mujer en cuestión. Los fariseos solo ven las leyes, algo similar a muchas instituciones de variado signo que en el mundo de hoy intentan orientar a la gente y a los pueblos basándose en preceptos y normativas más allá incluso de las costumbres de cada lugar y hasta de los propios derechos y deberes de los pueblos y personas.

Y, sin embargo, la mujer pecadora, con sus gestos sencillos –las lágrimas, el perfume- utiliza un lenguaje más elocuente que todas las normativas fariseos y es lo que Jesús valora. Como aquella mujer también hoy nosotros tenemos mil y una oportunidades de manifestarnos así con el Maestro, dado que lo que hagamos con uno de los más pequeños que nos rodean, eso mismo lo estamos haciendo con El

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Septiembre, 2007, 11:18, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Son como niños

(Lc 7,31-35):  En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonando endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos».

 

 

Se parecen a chiquillos, que no piensan sino en jugar o divertirse. No han llegado a la sensatez, les falta madurez. Es lo que de una u otra forma les viene a decir Jesús. La Sabiduría pasa por su lado y no se enteran, como si no estuvieran preparados ni capacitados para ello.

 

Como si, volviendo a una comparación de adultos, todo lo criticaran, a nadie le hicieran caso, salvo a lo que sale de ellos mismos y de su grupo de opinión. Algo frecuente, por otra parte, en nuestra sociedad actual sobre todo en los círculos políticos, encargados de promover el bien común de los ciudadanos.

 

Son, viene a decir el Maestro, como niños que no saben bien lo que quieren. El Bautista no es bien visto porque no come, Jesús porque sí lo hace. Como nosotros a veces: Nos encandila el mensaje del Evangelio por lo que encierra de generosidad pero nos decimos que vivimos en otros tiempos. Vivir el amor con ilusión nos parece a veces una exageración. Escuchamos la palabra “renuncia” y nos parece fuera de lugar. Nos hablan de “entrega a los demás” y pensamos en una ingenuidad. Nos recuerdan aquello de la “acogida” y nosotros traemos a colación la prudencia. Eso sí, seguimos siendo comprometidos con nuestro cristianismo. También en ocasiones somos como niños, que no sabemos lo que queremos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Septiembre, 2007, 9:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Compadecerse

(Lc 7,11-17):  En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores». Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: «Joven, a ti te digo: levántate». El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

 

 

Era su hijo único y además viuda. El dolor de quien pierde a un hijo, máxime si no hay otros, solo lo puede entender quien lo ha sufrido. Todos somos testigos de la dolorosa experiencia de las madres que conocemos que han perdido un hijo. Y Jesús tuvo compasión de ella. Y, siendo portador de la vida, le dice, a quien acompaña a la muerte, que no llore. Más que el milagro en sí, nos gusta contemplar la actitud compasiva de Jesús. Eso es justamente más imitable por nosotros, sus seguidores.

 

En efecto, nosotros no podemos ir por la vida resucitando a muertos, pero sí podemos pasar dando vida y manifestando compasión, no solo con palabras sino con hechos. No basta con decir “que Dios te ampare, hermano”, sino que es preciso compartir el pan. No basta con apenarnos de la soledad de los mayores, hace falta también compartir nuestro tiempo con ellos. No basta ver el telediario como una noticia más las injusticias, crueldades que se cometen en nuestro mundo, es necesario, como mínimo, expresarnos ante ellas, y si podemos, con otros, denunciarlas y protestar, pues también. No basta compadecerse y no hacer nada. Y en eso sí que podemos imitar la conducta del Maestro

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Septiembre, 2007, 9:32, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Una experiencia creyente

Lc 7,1-10):   En aquel tiempo, cuando Jesús hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm. Se encontraba mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste. Habiendo oído hablar de Jesús, envió donde Él unos ancianos de los judíos, para rogarle que viniera y salvara a su siervo. Éstos, llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga».

Jesús iba con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».

Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.

 

Dada su condición de centurión no es capaz en un primer momento de acercarse al Maestro y lo hace indirectamente, a través de unos amigos que interceden por él. A pesar de ello su fe es tan grande que cuando se entera que el Maestro ha accedido a su petición le insiste que basta su palabra, que no es necesario se moleste en llegar a su casa, que con solo su deseo podrá hacerse realidad la salud de su hijo, pues no es digno de convocar la presencia del Maestro. Ello provoca la admiración de Jesús, que valora dicha actitud sobre la de los hijos de Israel. Una vez más, un extranjero sirve de ejemplo. Algo que ha ocurrido en todos los tiempos, porque para seguir a Dios, para vivir su mensaje, para practicar los valores humanos la cuestión no está en la nacionalidad ni en las opciones política sino en la impronta del ser humano.

 

Nosotros, a veces, buscamos milagros, presencias, cosas extraordinarias. Y basta la fe, el querer, el estar abiertos a la experiencia divina que actúa más allá de las maneras de ser de los humanos.

 

La experiencia creyente del centurión ha quedado impresa en la historia y la Iglesia la recuerda en el momento de la comunión en toda celebración eucarística, dándonos así la ocasión de renovar con frecuencia esa actitud humilde del creyente que se fía por entero de su Salvador.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Septiembre, 2007, 9:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Una manera de proceder diferente

(Lc 15,1-32):  En aquel tiempo, todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

»O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Dijo: «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino…”

 

Lo decían como crítica y, sin darse cuenta, estaban haciendo el mejor elogio acerca del Nazareno: “acoge a los pecadores y come con ellos”. Y para ratificarselo les pone el ejemplo de la oveja perdida, de la mujer que pierde el dracma y el ya célebre del hijo pródigo. La alegría no es por los que están, sino por los que vuelven. Se celebra no al que ha seguido, sino al que ha cambiado de rumbo y ha rectificado. Ambos se lo merecen, pero hay un ramalazo más intenso de alegría por el que habiendo errado se da cuenta y rectifica. Quizá por eso la propia sabiduría popular ha dicho que esto es cuestión de sabios.

 

Nada está perdido para Dios. Todo puede ser reconducido y cambiado. Nada hay definitivo, salvo el amor de Dios que permanece inalterable, para unos y para otros, aunque en momentos concretos parezca expresarse con más fuerza o estallar con júbilo.

 

Nosotros no solo somos destinatarios de este mensaje sino protagonistas de repetir en el mundo la misma actitud de Jesús. ¿Acogemos también y nos alegramos de la vuelta del que se equivoca? Porque a veces nos sorprendemos no admitiendo en nuestro círculo de amistades al que no sabe expresarse, al que no es educado, al que está mal visto, al que va con malas compañías, al que trabaja en tareas humildes y, sin darnos cuenta, estamos además realizando una acción discriminatoria.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Septiembre, 2007, 11:14, Categoría: Comentarios al Evangelio
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La grandeza de María

Confía…

Ignacio Larrañaga

 

La grandeza de María no está

en imaginarse que ella nunca fue

asaltada por la confusión.

Está en que cuando no entiende algo,

ella no reacciona angustiada,

impaciente, irritada, ansiosa o asustada;

Ella confía en el Señor…

la fe es eso,

adhesión a Dios mismo;

es un entregarse a su voluntad…

 

"Hágase en mi según tu palabra, Señor

 

En la fiesta de Ntra Sra de los Dolores

Por Ignacio Larrañaga - 15 de Septiembre, 2007, 20:43, Categoría: Textos
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No a condenar y a juzgar, sino a salvar

(Jn 3,13-17):   En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

 

 

En pocas palabras, Jesús deja bien claro cual es el proyecto de su Padre con respecto a nosotros – las personas y los pueblos: Tanto nos quiere que ha enviado a su Hijo para que nadie se pierda, sino que todos tengamos vida y en abundancia. No ha venido a condenar sino a salvar, no a pedir sino a dar, no ha venido a aprovecharse sino a regalar.

 

Pero para ello tiene que ser levantado. Una forma de hablar, un simbolismo que señala sin género de dudas a la Cruz. Tendrá que ser puesto en la cruz, y dar su vida. Es el gran misterio de la Cruz que tanto cuesta entender y que por otra a muchos escandaliza. Y es que más que un derecho a la vida eterna, es un regalo que se nos ha dado.

 

Por eso, optar por este camino lleva consigo el camino de la cruz, que no es del sufrimiento por el sufrimiento, que no significa cuanto más sufras mas consigues, sino que es el esfuerzo personal, la renuncia al egoísmo, el renunciar a decisiones e intereses tanto personales como de los pueblos que conlleve injusticias, guerras y falta de libertades. Aunque tengamos algo que perder tanto personal como colectivamente, primero está la paz tanto personal como estructural.

 

La fiesta de hoy se nos presenta como la Exaltación de la Santa Cruz, y no nos presenta a nadie doliente ni sufriente, sino triunfante. Alguien que consiguió su objetivo. Al igual hoy nosotros: nuestras pequeñas cruces serían el sufrimiento a mitigar, el hacer el bien, el devolver la paz a nuestros corazones y a este mundo, aunque para ello tengamos también que ser levantados.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Septiembre, 2007, 12:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Instrucciones de vida

(Lc 6,27-38):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos.

»Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

¿Cómo comentar lo que se comenta por sí solo? Son instrucciones, reglas de vida muy concretas, que resumen el pensar y el sentir del Maestro sobre cómo ha de ser nuestra conducta: los otros como Norte de nuestra vida. El sentido común imperando las relaciones mutuas: No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti mismo. La misericordia, comprensión, solidaridad, como reglas básicas de convivencia. Algo sencillo de entender para quien tenga los oídos abiertos. Algo, sin embargo, difícil de comprender en un mundo donde su sistema de valores está regido por la competencia y el sobresalir. ¿Para qué comentar repitiendo lo dicho? Volvamos de nuevo a la lectura evangélica en si misma, una y otra vez, y dejemos que empape nuestro espíritu. Pongamos una marca en nuestro libro del Evangelio, abrámoslo de vez en cuando y volvamos a leer. Aquí está el sentir esencial de la vida creyente.

 

Porque ya no basta el no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros mismos. Ahora hay un salto cualitativo: Hagamos con los demás lo que quieras que ellos hagan con ustedes. No es una lectura en negativo, sino en positivo. Y además, con la misma medida que midamos, Dios nos medirá a nosotros. En definitiva, es preguntarnos: ¿qué espero de los demás? Pues eso es lo que tengo que dar. Que me perdonen y comprendan, que me disculpen o den la cara por mí, que me crean o hablen siempre con la verdad por delante… Pues eso es lo que me toca hacer con los otros, y con esa medida seré medido

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Septiembre, 2007, 10:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ayúdame, Señor

Ayúdame Señor…

  A. Pangrazzi

 

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Ayúdame Señor, a creer que detrás de las nubes está el Sol; que los desnudos árboles de otoño volverán a vestirse de hojas, si tengo la paciencia de esperar.

 

Ayúdame Señor, a comprender que para alcanzar la cima de la montaña hay que atravesar el largo valle. Que la vela difunde su luz a base de consumirse poco a poco.

 

Ayúdame Amado Señor, a desprenderme de las pretendidas seguridades que no puedo tener y que me hacen tan inseguro; ayúdame a comprender que mis temores aumentan mi inquietud y mi impaciencia.

 

Ayúdame Señor, a aceptar mis limitaciones. Confío en ti como un niño que se siente seguro en brazos de su madre. Ayúdame a caminar por donde no puedo ver sabiendo que tú estás ahí conmigo.

- es un aporte de Ninfa Duarte-

Por A. Pangrazzy - 12 de Septiembre, 2007, 21:04, Categoría: Textos
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Es bueno consultar

 

(Lc 6, 12-19) En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

 

 

Ya lo sabíamos. No solo dedica tiempos largos a estar con su Padre, sino que las decisiones importantes toma asesoramiento con el mismo. En este caso antes de elegir a sus discípulos se pasa la noche consultando con su Padre. Porque la oración también es esto: consultar. Y escuchar en silencio, en ese silencio elocuente que habla dentro de nosotros mismos. Es pedir, agradecer, escuchar; es un montón de cosas más, pero también es consultar. Al fin de cuentas, buscaba hacer la voluntad de su Padre.

 

Dos gustos del Nazareno: estar a solas con su Padre y estar con la muchedumbre. Vivir la soledad y la compañía, el silencio y el tumulto, el estar a solas y el rodearse de gente. Ambas cosas son compatibles. Y casi diríamos que hasta necesarios. Los psicólogos hoy, con distintas palabras, lo recomiendan como métodos contra el estrés.

 

Dos lecciones en el día de hoy: recordarnos que también hemos de alejarnos de vez en cuando, subir al cerro y estar solos. Y lo segundo no quedarnos allá, sino bajar de la montaña, salir del silencio, y volver donde la multitud para hacer el bien. Ambas cosas son importantes, la una no puede caminar sin la otra. Lo que ocurre es que a veces tenemos el peligro de querer empezar por el final, pero no podemos olvidar que si no tenemos no podemos dar, y es necesario estar llenos de bondad para hacer el bien, y el depósito no suele llenarse solo entre y con la multitud.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Septiembre, 2007, 19:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Por encima de todo, la dignidad humana

(Lc 6,6-11):   Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca. Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero Él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte ahí en medio». Él, levantándose, se puso allí. Entonces Jesús les dijo: «Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla». Y mirando a todos ellos, le dijo: «Extiende tu mano». Él lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús

 

No solo hace un bien y se preocupa de alguien que lo necesita, sino que pone a los fariseos contra sus propias cuerdas. Sabía perfectamente sus leyes y , por tanto, que los sábados no se podía mover un dedo ni hacer el mas mínimo esfuerzo ni siquiera por los demás: no se podía trabajar, por tanto no se podía curar a los enfermos. Y El lo hace, y les pregunta directamente con mucha inteligencia si es lícito en sábado hacer el bien en vez de hacer el mal. No podían encontrar respuesta para una pregunta formulada de esa manera. Cualquier respuesta iba contra ellos mismos, porque tal , como Jesús había manifestado y ellos interiormente tenían que aceptar, las leyes son para las personas y no éstas para las leyes.

 

Actúa, pues, con libertad frente a los criterios establecidos en el momento. Es una forma también de enseñarnos a que nos situemos en la realidad que vivimos y necesita ser cambiada, a situarnos frente a los prejuicios sociales que atentan contra la dignidad de las personas. Por encima de todo ello, siempre está el otro, el ser humano, llámese como se llame y viva lo que viva.

 

De alguna manera Jesús no está diciéndonos que actuemos contra las normas establecidas, pero sí que sepamos situarnos ante ellas. Y las normas siempre son cambiantes. Lo que no cambia es el valor de la persona y de la dignidad humana, sea el momento histórico que fuere, sean los problemas que hubieren

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 10 de Septiembre, 2007, 10:25, Categoría: Comentarios al Evangelio
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