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Agosto del 2007


Centrados en lo importante

Mt 25,1-13):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’. Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora

 

 

Era el mensaje de ayer que vuelve a repetirse. Permanezcan despiertos. En el fondo todos queremos que nos presten atención. Como aquel niño que quería ser televisor para que sus padres le tuvieran más en cuenta. Así nosotros. Así también el Maestro: no se despisten, en cualquier momento paso por sus vidas, de hecho estoy pasando a continuo y andan despistados mirando el televisor. Centrados en lo secundario. Olvidándose de lo importante. Sigue siendo verdad aquello de que “lo esencial es invisible a los ojos”. Y las vírgenes prudentes así lo entendieron, por eso tenían siempre aceite para sus alcuzas.

 

Queremos no adormecernos mientras esperamos su llegada, que no se apague la luz de nuestras ilusiones, y permanecer prontos a tu venida y despiertos a tus llamadas, Señor. Eso si, sin miedos y angustias, con toda responsabilidad y sintiéndonos libres. Vivir cada momento como si fuera el más importante de nuestra vida. De tal manera que también podamos compartir nuestro aceite con aquellos que no lo tienen y que lo puedan necesitar.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 31 de Agosto, 2007, 14:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Permanezcan despiertos

(Mt 24,42-51):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda’, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».

 

 

Permanezcan despiertos. Es otra de las consignas permanentes del Evangelio. Como las de la literatura positiva de nuestros tiempos: Los sueños pueden hacerse posibles. Solo hay que intentarlos, pensar en ellos, no mirar las cosas negativamente. El sueño del creyente es, entre otras cosas, el cielo nuevo y la tierra nueva, y si podemos adelantarlo con pequeñas acciones, con algunos cambios, con las transformaciones que podamos en este mundo, mejor que mejor. Pero para ello hay que estar despiertos. Este tipo de sueños no se consigue durmiendo, sino vigilando.

Estamos, cada uno a su nivel, al frente de su hacienda, y sabiendo que, más tarde o más temprano, vendrá el Dueño de la misma para rematar la faena. No sabemos el día que será, solo sabemos que no será la víspera, ni un minuto antes ni uno después. Y la faena concluirá, pero habrá que haberla comenzado. Mientras solo sabemos que está como quien está a la puerta, llamando. Será cuando menos lo esperemos.

 

Y no estamos hablando solo del momento final, del encuentro definitivo, del triunfo glorioso, del Templo definitivo. También podemos entenderlas así. Pero infinidad de veces, cada día, en cada acontecimiento, en cada problema con el que tropezamos, en cada amistad nueva, en un artículo que leemos ocasionalmente, en el niño que nos hace gracia con sus juegos y divertimentos en el parque o en el autobús, en mil ocasiones a El le gusta hacerse el encontradizo, salir a nuestro paso, y gozar descubriendo que estamos en alerta, siempre dispuestos, como una especie de salvamento marítimo.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Agosto, 2007, 18:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Valientes con la verdad

 

 

(Mc 6,17-29):  En aquel tiempo, Herodes había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

A nadie le gusta que le digan las verdades, reza un viejo adagio popular. A veces preferimos vivir en la comodidad de nuestras mentiras y en el provecho que podemos sacarle a ellas. Era algo que odiaba Juan el Bautista, una figura que no tiene sentido en si misma, sino siempre hablaba y actuaba en relación a otra persona, al Mesías, a Jesús de Nazaret. Por eso se le reconoce como el Precursor, cuyo martirio hoy recordamos, precisamente por eso: por ser fiel a la verdad.

 

Siempre ha sido para nosotros como un testimonio de valentía. La voz que clama en el desierto, pero que no por eso se calla. Su mensaje no lo guarda para si mismo. Hasta las piedras le escuchaban. Y Herodes no tuvo otro remedio, sabía que decía la verdad, por eso se entristece ante la petición que le hace aquella con quien convivía. Ella se deja llevar por la venganza y la rabia. Su vanidad y su capricho pueden más que la coherencia con la verdad que tenía que escuchar de parte de Juan.

 

Es también la verdad que a cada uno de nosotros se nos ha dado para que la compartamos con los demás, como un eco que repite una y otra vez lo mismo, denunciando la injusticia y opresión allá donde estuvieren presentes, trabajando por los que puedan sufrir la opresión de cualquier signo, grande o pequeña siempre es opresión. Al igual que no hay discriminaciones mayores o menores. Lo que está mal, está mal. Lo que es egoísmo, aunque se vista de ostentación y brillo, siempre es egoísmo. Y, hoy como ayer, necesitamos otros Juan el Bautista que sigan siendo precursores del mensaje del Nazareno

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Agosto, 2007, 23:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No a las apariencias

 

Mt 23, 23-26: ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!
¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro, y así también quedará limpia por fuera.

 

 

Solo se fijan en lo que aparece por fuera, lo importante no es el ser sino el tener, lucir ante los demás. Todo lo que es externo y no se corresponde con lo interno es un lucimiento desmedido que no conduce al crecimiento interior y que colabora al desenfreno de la hipocresía en nuestro mundo. Bodas, primeras comuniones, comparaciones con los vecinos, pomposas declaraciones en congresos internacionales y en asambleas continentales o mundiales de países y un largo etcétera son un ejemplo de tantas cosas que se dicen y no se hacen, que parecen ser y no lo son, que dan importancia a los melindres de las leyes y no a su espíritu, y que entran por tanto en la categoría del fariseísmo y la hipocresía que el Evangelio condena.

 

Porque una cosa es predicar y otra diferente dar trigo, como nos recuerda el adagio popular, por eso lo que se nos pide es coherencia entre el interior y el exterior, entre lo que se piensa y lo que se hace, entre lo que creemos y lo que practicamos, entre el ser y el obrar. Esa coherencia es justamente una de las medidas de nuestra calidad en el seguimiento de Jesús. Lo importante no es como vamos vestidos, lo fundamental no son los trapos ni los tratos, lo esencial es la verdad. Y aunque pueda parecer escandaloso el ejemplo vale más una boda por lo civil, si no hay fe por medio, que una boda por la Iglesia, y si es posible en la Catedral, porque con esa ceremonia se luce mejor el traje, tanto de los novios como de los invitados. Seguimos limpiando por fuera la copa y por dentro están llenos de codicia y desenfreno.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Agosto, 2007, 23:07, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ecología interior

 

 

 

Ecología interior

 

Frei Betto

religioso dominico

 

Olvida por un minuto la polución del aire y del mar, la química que contamina la tierra y envenena los alimentos, y medita:  ¿Cómo anda tu equilibrio ecobiológico?  ¿Has dialogado con tus órganos internos?  ¿Has acariciado tu corazón?  ¿Respetas la delicadeza de tu estómago? ¿Acompañas mentalmente a tu flujo sanguíneo?

 

¿Están contaminados tus pensamientos?  ¿Son ácidas tus palabras?  ¿Agresivos tus gestos?  ¿Cuántas cloacas fétidas corren por tu alma?  ¿Cuántos escombros -pesares, ira, envidia- se amontonan en tu espíritu?

 

Examina tu mente.  ¿Está descontaminada de ambiciones desmedidas, de pereza intelectual y de intenciones inconfesables?  ¿Manchan de lodo tus pasos los caminos, dejando un rastro de tristeza y desaliento?  ¿Se intoxica tu humor de rabia y de arrogancia?  ¿Dónde están las flores de tu bienamar, los pájaros posados en tu mirada, las aguas cristalinas de tus palabras?  ¿Por qué tu temperamento hierve con frecuencia y expele tanto hollín por las chimeneas de tu intolerancia?

 

No desperdicies la vida quemando tu lengua con las manchas de tus comentarios infundados sobre la vida ajena.  Preserva tu ambiente, avanza en tu calidad de vida, purifica el espacio por donde transitas.  Limpia tus ojos de las ilusiones de poder, fama y riqueza, antes de que quedes ciego y tus pasos se desvíen del camino no señalizado de los rumbos de la ética.  Ella está llena de agujeros y puedes enterrar tu camino en uno de ellos.

 

Tú eres, como yo, un ser frágil, aunque tengas por fuertes a los semejantes que merecen tu pleitesía.  Todos estamos hechos de barro y soplo.  Finos vasos de cristal que se rompen al menor roce: una palabra descuidada, un gesto que golpea, una desconfianza que perdura.

 

Gracias al Espíritu que moldea y anima tu ser, el vaso quebrado se reconstruye, entero, si fueras capaz de amar.  Primero a ti mismo, impidiendo que tu subjetividad se ahogue en las mareas negativas.  Después a tus semejantes, ejercitando la tolerancia y el perdón, sin sacrificar nunca el respeto y la justicia.

 

Libera tu vida de tanta basura acumulada.  Tira por la ventana las cajas que guardan pesares y tantas fichas de tu contabilidad con los supuestos débitos del otro.  Vive tu día como si fuese la fecha de tu renacer a lo mejor de ti mismo, y los otros te recibirán como don de amor.

 

Practica el difícil arte del silencio.  Deslígate de las preocupaciones inútiles, de los recuerdos amargos, de las inquietudes que trascienden tu poder.  Recógete en lo más íntimo de ti mismo, sumérgete en tu océano de misterio y descubre, allá en el fondo, el Ser Vivo que da fundamento a tu identidad.  Conserva esta enseñanza: a veces es necesario cerrar los ojos para ver mejor.

 

Acoge tu vida como es: una dádiva involuntaria.  No pediste nacer, y ahora no deseas morir.  Haz de esa gratuidad una aventura amorosa.  No sufras dando valor a lo que no tiene importancia.  Trata a todos como iguales, aunque estén revestidos ilusoriamente de nobleza o se muestren realmente como seres carcomidos por la miseria.

 

Haz de la justicia tu modo de ser y no te avergüences nunca de tu pobreza, de tu falta de conocimientos o de poder.  Nadie es más culto que otro.  Lo que existen son culturas distintas y socialmente complementarias.  ¿Qué sería del erudito sin el arte culinaria de la cocinera analfabeta?  Tu riqueza y tu poder residen en tu moral y dignidad, que no tiene precio y te atraen aprecio.

 

Pero ármate de indignación y de esperanza.  Lucha para que todos los caminos sean aplanados, hasta que la especie humana se descubra como una sola familia, en la que todos, a pesar de las diferencias, tengan iguales derechos y oportunidades.  Y convéncete de que todos convergimos hacia Aquel que, supremo Tópico, nos impregnó de esa energía que nos permite conocer la abismal diferencia que hay entre la opresión y la liberación.

 

Convierte cada segundo de tu existir en una oración.  Y tendrás fuerza para expulsar a los vendedores del templo, para obrar milagros y diseminar la ternura como plenitud de todos los derechos humanos.

 

Aunque estés rodeado de adversidades, si preservas tu ecobiología interior serás feliz, porque tendrás en tu corazón tesoros inexpugnables.

 

Por Frei Betto - 27 de Agosto, 2007, 19:00, Categoría: Reflexiones creyentes
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Los últimos serán los primeros

(Lc 13,22-30):  En aquel tiempo, Jesús atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo: "¡Señor, ábrenos!". Y os responderá: "No sé de dónde sois". Entonces empezaréis a decir: "Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas"; y os volverá a decir: "No sé de dónde sois. ¡Retiraos de mí, todos los agentes de injusticia!". Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras a vosotros os echan fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. Y hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos».

Todos los días a través de las noticias la humanidad entera, sobre todo la sufriente, se mete en nuestras casas y familias, como torpedeándonos, pero tanto nos hemos acostumbrado a ver el dolor ajeno en tormentas, huracanes, asesinatos, guerras que es como si hubiéramos sintonizado y comido juntos, pero la solidaridad y la cercanía no se hubieran hecho presente. Algo similar a lo que Jesús reprocha a algunos en el texto de hoy: "Hemos comido y bebido contigo en nuestras plazas", le dicen, pero a pesar de ello se les responde "no sé de dónde son ustedes, aléjense, agentes de injusticia". Pasaron por su lado pero no lo descubrieron, estuvimos junto a ellos, entraron en nuestras casas pero no nos dimos cuenta. Vendrán otros, sin tantos medios técnicos, que serán primeros que ustedes.

No sabemos si serán muchos o pocos los que se salvan. Jesús no da respuesta directa a la pregunta en cuestión. Solo que hay que hacer un esfuerzo por conservar y hacer crecer el regalo que se nos ha dado. Que muchos querrán entrar y no podrán. Y que algunos que parecían los últimos, tendrán mucha mas suerte pues serán los primeros. Eso sí, deja bien claro que la puerta está siempre abierta, pero entrar por ella implica la tensión positiva del seguimiento, para que cuando llegue el momento El nos reconozca como suyos. No se precisan recomendaciones ni títulos especiales. No nos bastará decir que leímos su evangelio, que hicimos comentarios al mismo, que los compartimos con los demás, que pertenecemos a grupos cristianos. A veces, por cosas similares, nos hemos creído estar por delante de otros, dado que hemos tenido más posibilidades, mas suerte, hemos nacido en un sitio y no en otro, hemos tenido la suerte de estudiar, de estar mas preparados, y por todo ello igual hasta hemos pensando que éramos los primeros de la fila. Sin embargo, nuestros clichés y categorías de pensamiento con frecuencia no son iguales que los de Jesús. Vendrán otros, que eran considerados como los últimos, y serán los primeros. Tal vez porque dejaron quedarse en casa a aquellos que nosotros solo permitimos entrar con un sentimiento de pena sin dejarnos llevar por el compromiso y sin darnos cuenta de que Jesús no solo pasó por el mundo, sino que sigue pasando.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Agosto, 2007, 12:21, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Quién es el más importante?

(Mt 18,1-5.10.12-14):  En una ocasión, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».

 

 

Siguen con la matraquilla de siempre. Preocupados por cuál es el mayor, el primero, el más importante, el que más manda, el que más tiene. A pesar de que las respuestas de Jesús siempre han sido claras, vuelven a lo mismo. Como nosotros hoy, que en el fondo queremos aparentar más que los otros. Y las respuestas de Jesús siempre son sorprendentes, y cambian todos los esquemas y formas de pensar. Pone como ejemplo a un niño. Será más de todo quien se haga como este niño. Y viene a la mente un poema que hemos leído hace pocos días:

 

Sé que al cielo

Se le pide un deseo

Y todos quisieran

A el ir a dar

Pero solo volviendo

A ser niño en la vida

Se puede con el padre

Llegar a estar.

 

Hay un jardín

A lo largo del cielo

Rodeado de rosas

Cual bella al pasar

Y en su fondo se miran

Jugando los niños

Que en la tierra jamás

Pudiesen estar

 

Es un tesoro

Que Dios en los cielos

Que nadie en la vida

Lo puede tocar

Pero vive en nosotros

La viva esperanza

Pensando que un día

Nos pueda llamar

(Miguel Angel Eduardo Villena R.- aporte de Licy)

 

Y nos advierte que nos guardemos de menospreciar a uno de estos pequeños porque sus ángeles en el cielo ven siempre en ellos el rostro del Padre Celestial. Y también nos viene a la mente tantos y tantos menosprecios actuales, puestos de actualidad estos días pasados que en muchos sitios se ha celebrado el Día del niño: los niños esclavos, los niños que trabajan, los niños soldados, los niños que se venden, los niños torturados, los niños cambiados por mercancías, los niños que sufren, los niños que mueren de hambre, los niños maltratados incluso por sus propios padres, los niños matados por los suyos propios, etcétera… Menosprecios a la infancia que siguen siendo una dramática realidad en nuestro mundo, y que prueban la poca sensibilidad social también de los que dirigen y orquestan la realidad mundial que no siempre son los políticos de turno, aunque a ellos les toque su cuota de responsabilidad.

 

A pesar de todo ello, a pesar de esa predilección por los niños y la invitación a que nos hagamos como ellos de corazón, todos y cada uno seguimos siendo importantes para Dios, pues en muchas ocasiones hemos pertenecido a esa una especial que se ha descarriado, y en ese momento lo importante era recuperarnos. Y la acción de Dios trabaja y sigue viva en todo instante. Todos también iguales en nuestro trato a los demás. No solo mis amigos y los que me quieren, sino todos y cada uno. Si hay alguna predilección debería ser por los más pequeños, los más pobres, los que más necesitan de los otros, los que no van a devolver nada porque nada tienen, los que son tratados injustamente por la sociedad de la que formamos parte.

 

P.D.: Estaremos ausentes de este espacio unos doce días. Es tiempo también para descansar, y eso lleva en ocasiones no tener a mano un ordenador ni conexión a Internet. María Consuelo tiene esa posibilidad en el lugar donde está intentando descansar en el verano aunque solo en tiempos parciales, pero Armando va a estar en la montaña o a la orilla del mar, disfrutando de ambas cosas como los niños, para cargar las pilas y volver al trabajo normal de cada día. Así que nos despedimos hasta los últimos días del Agosto de este año, si Dios quiere.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Agosto, 2007, 10:23, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Relaciones de confianza

 

 

(Mt 17,22-27):   En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho.

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice Él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar Él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».

 

Jesús manifiesta su cercanía y amistad con sus discípulos: van juntos por el camino, le confía lo que sabe y vislumbra acerca de su final, y con confianza les da su opinión sobre el pago de los tributos y la manera de solucionarlo.

 

La misma cercanía y confianza se nota desde los discípulos a Jesús, pues enseguida se ponen tristes, les cuesta aceptar que su gran amigo sea objeto de que le maten, aunque sea por causas nobles. Es su amigo, y se entristecen. Al fin de cuentas es un hombre que se porta bien con la gente, que hace cosas buenas con los demás. Por eso, y no solo por su amistad, no entienden el por qué de su muerte. Es su forma de creer en El, a su modo. Como cada uno de nosotros en el hoy de nuestras vidas: cada uno tiene su manera y lo expresa de diferentes formas. ¿A quién le gusta el dolor, el sufrimiento? Ni a ellos ni a nosotros. Tampoco lo quieren para su Maestro.

 

Por eso, también, a su manera, dan la cara por El, y cuando el recaudador pregunta a Pedro si el Maestro paga los impuestos para el templo contesta rápidamente que sí. Y Jesús, que no quiere escandalizar a los suyos ni buscarle más problemas por ese día, después de explicarles cómo no está obligado, se somete a esa ley que no le atañe y busca el modo de pagar por el mismo y por Pedro. También nosotros, ciudadanos de cada país, cada uno con sus leyes, tenemos nuestras obligaciones a las que sujetarnos. Somos sujetos de derechos pero también de deberes. Es posible que con algunos no estemos del todo de acuerdos, pero ante la ley, aunque tengamos el derecho a manifestar nuestra disconformidad, todos debemos ser iguales en las obligaciones, independientemente a nuestro estado o profesión, religión o ideas.

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Agosto, 2007, 9:41, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Estén vigilantes

(Lc 12,32-48):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

 

 

El Reino de Dios, sus valores, su mensaje es un regalo que se nos ha dado. “Le ha parecido bien darles el Reino”, dice el Maestro. Por eso, hemos de cuidarlo, poniendo el acento y el énfasis en lo verdaderamente importante: no acomodarnos, no acostumbrarnos, no vender nuestro corazón a otras propagandas, ceñirnos el cinturón para andar siempre vigilantes en como hacemos las cosas mas que en las que hacemos, no vivir en el consumo ni en la competencia, estar siempre con la lámpara encendida no solo para alumbrar a los demás sino para alumbrarnos a nosotros mismos, de modo que cuando vuelva el señor de la boda nos encuentre bien despiertos y cada uno en su labor. Somos simples administradores del don del Reino, de la gracia de Dios, de la vida en definitiva, y si la cuidamos con corrección y con buena actitud esa vida dará mucho fruto, si no seremos merecedores de unos buenos azotes como los niños traviesos que siempre se portan mal.

Pues entre mas se nos ha dado, más se nos pedirá. Es, pues, una llamada a seguir viviendo libres, pero con responsabilidad. No podemos ser lo primero sin lo segundo.

 

Es, como hemos comentado en otra ocasión, estar vigilantes, ser responsables sabiendo donde tenemos puesto nuestro corazón. En los valores del Reino, y no en los valores del sistema de nuestro mundo. Una llamada a estar vigilantes, insistimos, que no debemos entenderla para el último momento de nuestra vida cuando Dios nos llame a ese encuentro definitivo con El. No, porque muchas veces pasa el Señor cerca, en la vida de cada día en cada uno de nosotros. Y hemos de estar atentos para que no pase sin que le veamos, sin que lo descubramos. Gusta de venir disfrazado de los más triviales acontecimientos, de las personas donde menos esperábamos verle, a veces en la llegada de un e-mail de alguien desconocido hasta entonces; otras, en un problema que nos sorprende por inesperado; en ocasiones, está escondido detrás del rostro amigo de siempre o de la buena noticia de cada día, sobre todo de esa buena noticia que nos hace estar sanos y vivos y colaborando en la sociedad.

 

Pero si este texto es una llamada a la responsabilidad, es sobre todo una llamada a la gratitud por todo lo que hemos ido recibiendo y estamos recibiendo en este instante, pues al que mucho se nos ha dado, también se nos pedirá mucho. Pero eso es consecuencia de lo mucho que hemos recibido; por eso, la gratitud ha de ser una actitud constante en nuestras vidas

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Agosto, 2007, 12:07, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sabemos de quien nos hemos fiado

(Mt 17,14-20):   En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, arrodillándose ante Él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle». Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!». Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento.

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible

¿Por qué si se acerca con fe a Jesús pidiendo para su hijo lo que no pudieron hacer sus discípulos, le responde el Maestro de esta forma? Suponemos que se referirá a que la fe de sus apóstoles todavía no está suficientemente cimentada, con la confianza plena puesta en Dios, para poder atender a todos los colectivos, y que la recriminación va más a los discípulos. Y así es, porque Jesús se lo explica después a sus propios amigos: por la poca fe no pudieron atender a su petición. Y al final tampoco es tanto lo que nos pide, solo como un grano de mostaza, un poquito no más de fe y de confianza. Tampoco nos exige ser como El mismo, sino como un grano de mostaza. Sabe que somos débiles y pequeños, y por eso su exigencia es calculable y proporcional a nuestras fuerzas. Como un grano de mostaza, no más.

 

 

Trasladando esta situación al hoy igual nos puede pasar. No vemos lo bueno que está ocurriendo, la acción de Dios que sigue realizándose en nuestro mundo porque nos falta ese poquito de confianza. Si lo tuviéramos nada nos sería imposible. Es, pues, hoy una invitación y una llamada a revisar nuestra fe y confianza. Que podamos decir bien claro: sabemos de quién nos hemos fiado. A veces somos capaces de decirlo de alguna persona cercana, un hermano, amigo, esposa, esposo. De poca gente, tal vez. Pero entre todos ellos, la primacía para nosotros debería estar en el Maestro y en el Dios que nos ha dado la vida para que sepamos administrarla. Por eso podremos afirmar que cuando las personas nos fallan, cuando los problemas económicos aumentan, cuando se quiebra la salud en nosotros o en los nuestros, cuando sentimos la soledad, cuando no llegamos a alcanzar las metas que nos habíamos trazado, cuando conocemos necesidades o problemas ajenos y no podemos solucionarlos, cuando nos pasan estas cosas podremos seguir afirmando:”sabemos de quien nos ha fiado”. Si así es, si así son nuestras reacciones, pase lo que pase, estamos en buen camino. Demos, pues, gracias por el don recibido.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Agosto, 2007, 11:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Si muere, da mucho fruto

(Jn 12,24-26):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».

 

Lo dice el refranero popular: “El que quiere celeste, que le cueste”. Nuestros padres nos lo decían desde pequeñitos: para conseguir lo que se desea, hay que esforzarse y muchas veces renunciar a gustos propios. Lo saben bien los deportistas, atletas, bailarines, vedettes, y un largo etcétera de profesiones similares: si no se entrenan, si no vencen sus caprichos, si no se esfuerza, si no mueren a sus gustos personales por conquistar agilidad, fortaleza no tendrán porvenir alguno en su profesión. Para poder aprobar un examen, primero hay que romperse los codos estudiando y vuelta a estudiar. Jesús eleva a rango superior estas máximas de sabiduría natural, y lo deja bien claro: “El que ama su vida, la pierde”. Y pone el ejemplo de la semilla de trigo, de cualquier semilla, de cualquier producto de la naturaleza, tiene que ser enterrado para dar fruto. Morir y vivir. Morir y dar fruto. Renunciar y ganar. Esforzarse y tener resultado. Es siempre un doble juego, que vale para todo. También para la vida interior: si no morimos a nosotros mismos, a nuestro hombre viejo del capricho, del egoísmo, de la injusticia no podemos nacer al hombre nuevo del amor, de la justicia, de la solidaridad, del don.

 

Hoy la fiesta de un mártir, San Lorenzo, nos da testimonio de ello. Fue capaz de dar su vida. Y el martirio no solo es dar la sangre y dejar la vida. Es ese ir dejando la vida poco a poco con nuestros caprichos, nuestras comodidades, nuestros flirteos con el sistema de los valores de este mundo.

 

Si alguno quiere seguirme, que me siga. Es una invitación, pero tiene condiciones. No podemos seguirle sin salir de nuestro camino, nuestra rutina o comodidad. Hemos de hacerlo como el grano de trigo que muriendo, da fruto abundante. Sonreír aunque estemos con una pena interior, tender la mano a aquel que nos cae estrecho, olvidar perdonando como si no nos quedara herida alguna, dar sin esperar devolución, acompañar aunque nos sintamos solos; son cosas en que las muriendo un poco hacemos florecer algo más.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 10 de Agosto, 2007, 10:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para tí, ¿quién es Jesús?

(Mt 16,13-23):   En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!». Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!».

 

Siempre ha estado presente el interés por las encuestas, por conocer la opinión de los demás, y en este caso el tema brilla por luz propia. Jesús lleva un tiempo cercano de su grupo de amigos que le han visto actuar, que observan sus actitudes, que han escuchado sus enseñanzas. Es lógico que les pregunte sobre las opiniones acerca de El mismo, las que perciben en la gente, y, sobre todo, las que tenían ellos mismos. No cabe duda que muchos andaban aún despistados, pero Pedro parece que lo tiene muy claro. Y ¿tú y nosotros, qué opinamos? ¡Con sinceridad? ¿Quién es Jesús hoy, en estas circunstancias de la vida, para nosotros? Con esta pregunta bastaría, a nuestro juicio, para reflexionar sobre el mensaje de hoy. Implica sentarnos, buscar un rato de silencio y responder cada uno en su interior.

 

Unos le veremos como Dios, otros como Padre, algunos como Amigo, puede que como Juez, Maestro o médico. Para otros Salvador, Redentor, Perdonador. En muchos casos alguien presente cuando estamos apurados y en dificultades. Se le podrá ver también como alimento, consuelo, esperanza, fuente de ánimo ante las dificultades. Puede haber muchas respuestas. ¿La más importante? La de cada uno de nosotros. Por eso lo importante es hacernos la pregunta e intentar responder a la misma.

 

No debemos asustarnos si somos imprecisos, ambiguos o inseguros en nuestra respuesta personal. Aparentemente Pedro no lo fue. Pero al momento Jesús le llama la atención porque sus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres. Y es que, aunque creyentes, seguimos siendo seres humanos, intentando vivir el proyecto de Dios pero envueltos en la debilidad humana. Ser conscientes de nuestra fragilidad es también, en este caso, señal de fortaleza.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 9 de Agosto, 2007, 9:47, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para Dios no hay extranjeros

 (Mt 15,21-28):   En aquel tiempo, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada». Pero Él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros». Respondió Él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Ella, no obstante, vino a postrarse ante Él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». «Sí, Señor —repuso ella—, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y desde aquel momento quedó curada su hija.

 

Sorprende la primera reacción de Jesús rechazando la curación de la mujer cananea por su origen o nacionalidad diríamos ahora. Parece que quería buscar su actitud de fe en su persona, y no la búsqueda de su persona por la fama, pues al final la valora: “grande es tu fe, mujer”. Lo cual nos da a entender que la fe no es privilegio de unos pocos ni de los que poseemos determinadas culturas sino que es fruto de la acción de Dios que reparte por igual en todo el mundo sean cuales fueren sus ideologías y colores.

También en aquel momento existían prejuicios y separaciones que parecían insalvables en más de una ocasión. Jesús, viendo la actitud de aquella mujer, ignora esas actitudes negativas, pues, en definitiva, y nos lo recordará en muchas ocasiones, ha venido para todos. Así será también como lo entienden los apóstoles, tanto los testigos directos como los indirectos, tal cual es el caso de Pablo de Tarso con sus enseñanzas: “no hay judío ni griego, esclavo ni libre, de aquí o de allá, todos somos iguales a los ojos de Dios”.

Hoy, con el fenómeno de la globalización, tampoco existen fronteras. Prueba de ello es Internet y la comunicación que hacemos unos y otros a través de estos medios. Prueba de ello es que más que nunca las naciones necesitan coaligarse y unir sus fuerzas. Pero muchas veces más por las necesidades económicas y los intereses del dinero que por la fuerza del convencimiento personal. Decimos que no hay fronteras, y no las hay para los dineros que van y vienen, pero sí siguen existiendo para las personas. Decimos que no hay fronteras, pero nosotros mismos en nuestra vida cotidiana no vemos con los mismos ojos al que tiene color diferente de piel, costumbres distintas, idioma desconocido, o cree en otra forma de llamar a Dios o relacionarse con El, o, incluso, pueda pertenecer a otro partido político diferente al del gusto nuestro. A veces, en nuestras conversaciones y pareceres sobre estos temas, tendremos que reflexionar si dejamos caer las migajas de nuestra mesa y, sobre todo, si las dejamos comer.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 8 de Agosto, 2007, 11:29, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ante los vientos y tempestades

(Mt 14,22-36):   En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Es otra de las constantes de Jesús: buscar ratos a solas, en silencio, sin ruido, sin gente a su lado para orar. Es como su alimento para estar fuerte en el trabajo diario. Y además lo hace después de un trabajo intenso cuando el hecho de la multiplicación de los panes y peces que había tenido que conversar y atender a muchísima gente que quería escucharle y hablarle. Tanto después de acciones intensas como antes de ellas, Jesús saca fuerza interior en esos momentos de soledad acompañada.

 

La barca, la sociedad, nuestra familia, la gente que nos rodea es continuamente zarandeada por vientos y tempestades, por dificultades y problemas, por contrariedades y sufrimientos. Ha sido siempre así. Pero también ha sido siempre que en medio de las dificultades hay lugar y espacio para afrontarlas. Cada uno busca la manera. La forma y método del creyente es abordarlas, sin pasividad, pero poniéndolas en manos del Señor. Con El nos es más fácil afrontar las dificultades de la vida. A pesar de los miedos, a pesar de que existan momentos terriblemente difíciles, pues en todo podemos caer, pero de todo podemos salir. Al menos, es la confianza que nos debe sostener. La duda es normal, pero no el mantenimiento en ella durante mucho tiempo. Cuando la duda nos atenaza, el miedo nos vence y parece que estamos viendo fantasmas, como los discípulos en este relato. Cuando nuestro corazón está turbado necesitamos escuchar esas palabras de aliento: Animo, soy Yo, no teman. Así se fueron los fantasmas, desaparecieron los miedos y se les olvidó la tormenta. Era ya una cosa pasada.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 7 de Agosto, 2007, 9:54, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Qué bien se está aquí

(Mc 9,2-10):   En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» —pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados—.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos».

 

Tanto para los momentos más difíciles como para los más alegres y sublimes gusta de sentirse acompañado de aquellos amigos más íntimos como Pedro, Santiago y Juan. Sin dejar de ser amigo de los demás, tiene también sus amigos predilectos. Como todos los seres humanos. Como nosotros. Delante de ellos oró. Vieron el resplandor de su divinidad. Se sentían muy a gusto y querían quedarse allí mucho más tiempo. Hagamos una tienda de campaña. Aunque también estaban atemorizados.

 

Hombres como nosotros la proximidad de lo sobrenatural muchas veces nos sobrecoge e impresiona. Casi nos asusta. En más de una ocasión habremos dado un paso atrás por ese respeto temeroso. Ante una tarea comprometida nos habremos quedado dudando, pues nos parece demasiado grande para nosotros.

 

Pero hay algo más en el mensaje de hoy. En medio de su asombro escuchan la voz de Dios que les recuerda que aquel es su Hijo y deben escucharle. Es tanto como decirle que se fíen de El. Y eso, como es lógico, les llegan de confianza, aunque siguen sin entender bien lo que les dice Jesús

 

Para acabar: ¡Qué bien se está aquí! ¿Ha sido alguna o muchas veces nuestro sentimiento, nuestra reacción después de pasar un rato a solas con el Maestro? Intentemos repetir esa experiencia.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 6 de Agosto, 2007, 10:46, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Lo que debemos ambicionar

(Lc 12,13-21):  En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre!, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

 

 

“El poder y el dinero no dan por sí mismos la felicidad”, acabo de leerlo en una revista dominical que se distribuye con la prensa y en boca de uno de los mayores empresarios de Canarias y que controlan una buena cantidad de poder económico, y que recientemente ha tenido que rehacer su vida, y sigue en ello, tras la pérdida de su esposa que era su sostén. Sin ella, para qué quiere el dinero. De alguna forma es un testimonio concreto en vida de lo que Jesús advierte hoy en el Evangelio. El empresario en cuestión, en edad de jubilarse, y de disfrutar de lo que tiene, con la pérdida de su esposa y para seguir activamente vivo, se sigue refugiando en su trabajo, teniendo, sin embargo, personas a su lado que pueden llevarlo. Algo le falta que no le da el dinero, las pólizas de seguro o de jubilación. No, no hablaba de memoria Jesús cuando lo explicaba claramente a través de una parábola, pues así es el que atesora riquezas para si, y no se enriquece en orden a Dios.

 

Nuestra preocupación, nos advierte, debería estar en atesorar otros bienes y mejorar nuestro crecimiento interior. Somos un templo por dentro que hemos de construir. Somos como piedras que hemos de pulir interiormente. Y en la medida que estemos pulidos podremos también ornamentar mejor el ambiente que nos rodea.

 

Eso sería hacerse rico ante Dios. No es buena compañera la avaricia, porque la vida, nos advierte el Maestro, no depende de poseer muchas cosas. Y no es mas importante el que más tiene sino quien es mas persona. No ambicionemos la casa, el coche, la nevera, los trajes de los otros que vemos. Ambicionemos las cualidades interiores que expresan aquellos que vamos conociendo en el camino de nuestra vida. Además, lo sabemos ya por experiencia personal, porque cuando verdaderamente hemos encontrado ratos de mayor felicidad es cuando nos hemos dado a los demás, cuando hemos hecho algo más felices a otros, cuando hemos compartido lo que teníamos, incluso nuestra propia pobreza. Brindar nuestra sonrisa, apoyo, amistad; aceptar la sonrisa, el apoyo, la amistad de los otros, son maneras también de vivir una riqueza de alto contenido espiritual.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 5 de Agosto, 2007, 11:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Contra los miedos y prejuicios, la verdad

(Mt 14,1-12):   En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, y dijo a sus criados: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas».

Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta.

Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, «dame aquí, dijo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre. Llegando después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; y fueron a informar a Jesús.

 

Los miedos y los prejuicios falsean la realidad. Eso le pasaba a Herodes que había mandado matar a Juan El Bautista. En el fondo era consciente de que algo había hecho mal. Una buena ocasión también para que nosotros analicemos los miedos y prejuicios personales y sociales que existen entre nosotros y a nuestro alrededor. El miedo a lo desconocido nos hace actuar en muchísimas ocasiones poniendo hincapié en los prejuicios con las personas más que en los razonamientos y en el análisis de la realidad. De ahí actitudes como intolerancia, racismo y similares.

 

Por otra parte Juan el Bautista no se amilana ante las posibles venganzas o represiones del poder. Con toda valentía denuncia la situación de pareja que vivía Herodes. Y, a pesar del respeto que en el fondo Herodes tenía al más allá, hace caso a la envidia y a la venganza de una tercera persona, dejándose llevar por esos sentimientos. Juan no muere sin más, como más tarde Jesús. A Juan lo matan, lo sentencian injustamente, por aliarse al lado de la verdad. Toda una llamada a que sigamos en nuestra vida la voz de la conciencia, esa voz interior que nunca falla, y cuya realización produce paz y serenidad, no miedos ni prejuicios. Aunque para ello hayamos de ser voces que claman en el desierto. Tiempo vendrá que del mismo pueda crecer un pequeño vergel que sirva de oasis y descanso en el camino para los que en la vida andamos. Jesús, el de Nazaret, seguirá luego el camino que le inició Juan y nos orientará en el nuestro. Un camino que en ocasiones podrá ser molesto para otros, que llevará consigo no ser del todo aceptados, aunque en silencio y con la acción pregonemos la verdad y el bien frente al prejuicio y el miedo, tanto a nuestro amigo, al que, precisamente por serlo, debemos la verdad, como al que está en el poder, y que puede iniciar acciones represivas o al que está abajo, al pobre y humilde, al que queremos llegar para poder ayudar

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 4 de Agosto, 2007, 11:30, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Valemos por lo que somos

(Mt 13,54-58):   En aquel tiempo, Jesús viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?». Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.”

 

 

 

¿De dónde da éste lecciones si nisiquiera tiene el Bachiller? Mucha gente cree todavía que solo pueden tener opiniones serias sobre la vida y sus acontecimientos aquellos que hemos estudiado o poseemos estudios universitarios. La reflexión vital, la sabiduría interior, la lectura de la vida, la misma educación no depende de titulaciones. Jesús siempre valoró aquello que venía de lo más pobre y sencillo, de lo humilde y consciente de sus limitaciones. El engreimiento y la soberbia son malos compañeros de camino en el viaje de crecimiento interior y de un mundo más noble. También podemos ser tenidos en cuenta los hijos de los carpinteros, de los albañiles, de los tenderos, de las limpiadoras; los hermanos de cualquier empleado y nombre. Muchas veces porque nos conocemos de toda la vida, porque somos vecinos, porque sabemos de las costumbres del otro no somos capaces de valorarnos. Y, sin embargo, viene alguien de fuera de nuestro ambiente y además con una titulación y nos quitamos el sombrero. Cuando realmente lo que hacen falta entre nosotros son precisamente muchos hijos del carpintero que desde su entender compartan su reflexión sobre los hechos de la vida. Y es justamente desde los más sencillos y más pobres de donde nos vienen las llamadas de Dios hoy en la realidad de cada día. Los pobres siguen siendo portadores de la Buena Noticia. Y no les escuchamos a causa de nuestra falta de fe.

 

Un profeta sólo en su patria carece de prestigio. De aquellos que nos rodean observamos y nos damos cuenta más de sus fallos y errores que de la multitud de cosas buenas que les rodean. Tenemos el mismo vicio que los medios de comunicación para quienes son noticias los sucesos desgraciados, pero no interesa destacar lo positivo que existe en nuestra sociedad.

 

Es más, en el caso de Jesús de Nazareth venía avalado por toda la serie de cosas extraordinarias que había realizado, y ni aún así creían en El. A veces, como simples espectadores del mundo, nos lamentamos al ver situaciones de injusticia en nuestra sociedad, al contemplar esas vidas tan desiguales de unas personas con otras, al conocer el hambre que padece más de medio mundo, al saber de la opresión en que viven muchos. Nos desconcierta ver cómo aparentemente triunfa el mal. Y no llegamos a confiar en que podríamos hacer cosas, desde el orar para que se dé con una solución a las causas de esas situaciones hasta el opinar sobre ello en cualquier ambiente donde podamos tener la ocasión de brindar nuestra palabra, nuestro aporte, nuestro testimonio (en la casa, con los amigos, tomándonos una cerveza con otros, en la peluquería, cuando tenemos una tertulia con los compañeros de trabajo, etc). Sembrar conciencia sobre lo que pasa a nuestro lado es poner las bases a soluciones futuras. Y para ello no hace falta tener títulos ni haber sido elegidos para tal o cual gobierno. Basta con, siendo hijos del carpintero o del tendero, tener conciencia de las situaciones y ayudar a que otros también la lean. Tener fe en nuestra debilidad es también tener fe y confianza en el poder que nos ha dado el Señor Jesús.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 3 de Agosto, 2007, 9:27, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como una red donde se pesca de todo

(Mt 13,47-53):   En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.

 

 

Así somos las personas, las instituciones, las organizaciones, las empresas, las familias. Como una red donde se va mezclando de todo. Como una casa donde se van acumulando tantas cosas que cuando llega el tiempo de una mudanza, de un descanso largo, de unas vacaciones o de un no saber qué hacer, son muchas las cosas que tenemos que tirar porque ya no sirven ni para nosotros ni para nadie, y otras porque acumulan recuerdos que pueden no ser gratos. La vida es una mezcla de tantas cosas, que de vez en cuando necesita un cribador, alguien que separe los peces buenos de los malos, lo nuevo de lo viejo. Así también quiere Jesús que sea el Reino, metido de lleno en el hondón de la historia y de los problemas y vicisitudes de la gente y sus circunstancias.

 

El Reino del que nos habla Jesús ya está aquí entre nosotros. A veces lo confundimos o lo reducimos solo a la otra vida, al cielo o paraíso. Ya somos parte de ese Reino, tanto receptores como constructores. Con muchos ejemplos y comparaciones, Jesús nos ha ido recordando y repitiendo nuestro papel en esta tarea de hacer presente su Reino, con nuestra entrega a los demás, sin regateos, sin egoísmos, sin limitaciones ni cobardías, con alegría y verdad, y también haciéndolo crecer en nuestro interior, en nosotros mismos, porque nadie da lo que no tiene. Y si no somos nosotros o los que nos acompañan en esta tarea quienes nos ayuden a cribar, a separar la paja del trigo, al final vendrán otros y serán ellos quienes se encarguen. Mejor ir empezando ya.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 2 de Agosto, 2007, 11:00, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El Reino, cosa de todos

(Mt 13,44-46):   En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.

»También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra».

 

 

Habla con frecuencia del Reino. Es algo colectivo, no meramente íntimo. Es justicia, fraternidad, gozo, libertad, paz, solidaridad… Valores a vivir en unión con otros. Imposible vivir cada uno por su lado, sin contar con los otros. Con necesidad de interiorizarlo, sí, de hacerlo propio. Pero para expandirlo. Eso, de tipo colectivo y comunitario, es lo que anuncia y por lo cual se es capaz de vender todo lo que se tiene para comprarlo. O sea, que requiere también un esfuerzo y una disposición personal para el trabajo personal a fin de poder realizarlo. Puede empezar como algo pequeño, cuyo valor no se aprecia en la cantidad sino en la calidad: una perla, un tesoro escondido, tal vez dentro de uno mismo muchas veces.

 

Porque también se dice que donde esté nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón. Conviene pues preguntarnos a la ver dónde tenemos realmente nuestro corazón.  Entre lo que se tiene y lo que se ofrece, el hombre del texto evangélico lo tiene claro: cambia todo lo que tiene por alcanzar un sueño, igual lo que sueñan otros. No dudaron en dar lo que fuera a cambio de lo que querían. ¿Qué tenemos que vender nosotros? ¿opiniones personales, perdonar injurias, aceptar contrariedades, trabajar hoy y mañana también sin llegar a ver el fruto? Todo va a depender de dónde tengamos o queramos tener nuestro corazón.

 

 

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 1 de Agosto, 2007, 9:48, Categoría: Comentarios al Evangelio
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