Buscando la luz
Reflexiones creyentes


Inicio
Enviar artículo

Acerca de
Suscríbete al blog

Categorías
General [4] Sindicar categoría
Comentarios al Evangelio [747] Sindicar categoría
Reflexiones creyentes [42] Sindicar categoría
Testimonios [6] Sindicar categoría
Textos [8] Sindicar categoría

Archivos
Mayo 2010 [5]
Abril 2010 [5]
Marzo 2010 [7]
Febrero 2010 [6]
Enero 2010 [16]
Diciembre 2009 [22]
Noviembre 2009 [19]
Octubre 2009 [19]
Septiembre 2009 [6]
Agosto 2009 [8]
Julio 2009 [4]
Junio 2009 [15]
Mayo 2009 [20]
Abril 2009 [25]
Marzo 2009 [24]
Febrero 2009 [22]
Enero 2009 [24]
Diciembre 2008 [27]
Noviembre 2008 [24]
Octubre 2008 [26]
Septiembre 2008 [17]
Agosto 2008 [24]
Julio 2008 [23]
Junio 2008 [30]
Mayo 2008 [30]
Abril 2008 [30]
Marzo 2008 [31]
Febrero 2008 [29]
Enero 2008 [31]
Diciembre 2007 [31]
Noviembre 2007 [29]
Octubre 2007 [31]
Septiembre 2007 [25]
Agosto 2007 [20]
Julio 2007 [30]
Junio 2007 [31]
Mayo 2007 [29]
Abril 2007 [12]

Sindicación (RSS)
Artículos
Comentarios

 


Julio del 2007


Crecen juntos

Mt 13,36-43):  En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo». Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

»De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

 

La buena semilla no la explica como su Palabra o su Mensaje, sino que nos la aplica a los hijos del Reino, a nosotros, haciéndonos portadores de su mensaje y de su Reino. Es a nosotros a quienes ha sembrado por las diferentes partes del mundo para que extendamos los valores de su mensaje. Y además con un mensaje de esperanza, de fruto y de aliento: los obradores del mal son los que serán exterminados. Los hijos del Reino seguirán adelante. Compromiso, confianza y ánimo. Mensajes importantes a recibir hoy en una sociedad dislocada, centrada en si misma, y llena de malas noticias.

 

Pero la confianza no nos excusa del realismo. Vivimos para sembrar el bien pero instalados en un sistema donde existe también el mal. Ambos coexisten, van casi de la mano, sin darnos cuenta. Es necesario estar atentos, para que los segadores no nos confundan con los sembradores de la injusticia y de la maldad. Ojo avizor, pues. Estado de alerta. Sin perder la confianza, sin perder el ánimo, pero con realismo.

 

Crecen juntos y a veces lo injusto y lo malo se esconde bajo la apariencia de lo justo y de lo bueno, pero son diferentes. Hay que saber apreciarlos. Nuestra conciencia y nuestro interior serán el sexto sentido que nos ayude a ello, si están avalados por esos encuentros personales, por esa conexión interior con el Maestro que se llama oración, contemplación, ratos de silencio con el Amigo, con uno mismo. En definitiva es actuar buscando el impulso del Reino de Dios en la sociedad, buscando la mayor gloria de Dios, que era el lema de Ignacio de Loyola, cuya fiesta celebramos hoy. Y es que trabajamos para Otro y para otros, no para nosotros mismos. Como nos queremos a nosotros mismos, pero queriendo al tiempo a los demás. Semilla y cizaña, flores y malas hierbas, todo crece al tiempo. A veces no se nota la diferencia. Pero explotemos interiormente ese sexto sentido que hemos mencionado. Nos ayudará a buscar la diferencia.

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 31 de Julio, 2007, 9:50, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Como levadura en la masa

Mt 13,31-35):   En aquel tiempo, Jesús propuso todavía otra parábola a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas».

Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo». Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: ‘Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo’.

Son cosas insignificantes la mayoría de las veces. Como el trabajo de una hormiguita. Pero con constancia en el quehacer puede dar, y de hecho ocurre, un fruto abundante. Se hace árbol o fermenta en un gran pan que sirve de alimento. Lo que nos hace crecer espiritualmente tiene que ver con lo pequeño, con los detalles de cada día, con la sencillez y la pobreza de medios. Es todo lo contrario de la ostentación y de la vanagloria. Pero se convierte en una gran obra, poco a poco, a veces de repente, da lo mismo, lo importante es que la constancia en ese quehacer da sus resultados, y desde adentro se forja un templo interior que puede dar sombra al cansado como el árbol o fermentar la masa social como la levadura al pan.

 

Son llamadas continuas, como un repiqueteo de campanitas pequeñas que no cesan a nuestro oído. Hoy de una manera, mañana de otra, pero siempre recordándonos que estamos en el mundo para eso: para ser luz, para ser sal, para hacer de sembradores, para ser árbol frondoso, para ser levadura, semilla que crece, fermento social. Con estas pequeñas cosas repasemos nuestro existir actual. Demos gracias por lo que ya hay de todo ello, y hagamos un pequeño compromiso en reforzar lo que ya existe.

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Julio, 2007, 10:27, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Busquen y encontrarán

(Lc 11,1-13):  Un día que Jesús estaba en oración, en cierto lugar, cuando hubo terminado, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan lo enseñó a sus discípulos». Les dijo: «Cuando oráis, decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos todos los que nos han ofendido. Y no nos expongas a la tentación’».

También les dijo Jesús: «Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo, y que a medianoche va a su casa y le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa y no tengo nada que ofrecerle’. Sin duda, aquel le contestará desde dentro: ‘¡No me molestes! La puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a darte nada’. Pues bien, os digo que aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, se levantará por serle importuno y le dará cuanto necesite. Por esto os digo: Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama a la puerta, se le abre. ¿Acaso algún padre entre vosotros sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado? ¿O de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!».

 

 

Las palabras mueven, los ejemplos arrastran. Lo ven orar, y le piden les enseñe a hacerlo. Y lo hace con la oración conocida por todos nosotros del Padre Nuestro. Ya comentamos un día diferentes contenidos a tener en cuenta en esta oración tradicional de los cristianos que a veces repetimos sin darnos cuenta de lo que decimos. Es, pues, una invitación hoy a que volvamos a hacerla, despacito, con conciencia de las consecuencias de lo que damos gracias, invocamos o pedimos.

 

Por otra parte, Jesús nos insiste en el poder de la oración. Siempre, más tarde o más temprano, y en el momento más adecuado, es escuchada. Pero exige constancia por nuestra parte, no solo en aquel momento de agobio y de aprieto, sino en todo lugar y momento.

 

Con frecuencia aparece en los relatos del Evangelio la persona de Jesús dedicando ratos al encuentro personal con su Padre. Esto es la oración. Hablar con El de todo lo hablable, escucharle a El de todo lo que uno puede escuchar de la vida en general. Es un encuentro entre personas. Es, pues, un diálogo. No podemos considerarla ni experimentarla como un simple monólogo. Como habitualmente ocurre entre un padre y un hijo, y el mismo Jesús nos pone ese ejemplo.

 

Suponemos que los discípulos estaban acostumbrados a hablar con Jesús, sin ser conscientes de que eso era la oración. Al convivir con el Maestro, en más de una ocasión le hablarían de sus cosas, de si mismos, de sus miedos; le harían preguntan, le pedían lo que necesitaban y, en su sencillez, estaban haciendo la mejor de sus oraciones. Pero no eran conscientes de ello, por eso, al ver como la hace Jesús, le piden que les enseñen.

 

Es, pues, hoy una llamada a la confianza plena en el Padre: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. La oración, como decía San Agustín, es la fuerza del hombre y la debilidad de  Dios. Y, para acabar, cuando nos enseña el PADRE NUESTRO no olvidemos que nos enseña a rezarlo plural: nuestro, venga a nosotros, danos hoy, perdónanos, no nos dejes caer, líbranos. Por algo será. Los demás aparecen en todos los mensajes de Jesús, también en la oración

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Julio, 2007, 10:36, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

El trigo y la cizaña

(Mt 13,24-30):   En aquel tiempo, Jesús propuso a las gentes otra parábola, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’. Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto’. Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’. Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero’».

 

 

La vida no está exenta de dificultades, problemas o tropiezos. Hemos de estar alerta a lo que pueda suceder. Y aprender a actuar a tiempo. Muchas veces cuando el problema surge y está todavía “en caliente”, hay que esperar a que las situaciones se enfríen tanto por la parte agraviante como por la agraviada para no arrepentirnos luego de tomar decisiones que por su precipitación han sido desacertadas. Seguro que todos tenemos esa experiencia de haber fallado alguna vez por acelerarnos, y de haber acertado las más por tomarnos las cosas con calma y esperar el tiempo oportuno.

 

Por otra parte el mundo no tiene una raya divisoria clara entre lo bueno y lo malo, los buenos y los malos. En muchas ocasiones unas cosas y otras se mezclan en la misma realidad y en las mismas personas. Por eso se dice que todos somos santos y pecadores al tiempo. No podemos pues juzgar intolerantemente al que falla, en más de una ocasión nos habrá pasado también a nosotros en otras circunstancias pero con la misma actitud negativa. Además no somos jueces de nadie. Y es la misma vida en muchas ocasiones la que actúa de juez, como la naturaleza cuando hace crecer al tiempo la cizaña y el trigo para que sepan distinguirse con claridad.

 

Eso es también ser buena tierra y sembradores al tiempo. Sembrando semillas de generosidad, de amor desinteresado, de gratitud, de paz, de concordia, de acogida, no habrá problemas en que en algún momento surjan otros brotes, en nuestra misma tierra, de incomprensiones, envidias, maledicencias. Es la cizaña que también crece en nuestro propio terreno. Ya se encargará alguien, igual nosotros mismos, de cortar a su tiempo el mal fruto. Habrá momentos en que sentiremos el afán de terminar con aquello que nos estorba, pero será el dueño de la mies quien pondrá su mano para separar y diferenciar con cuidado. Y si nuestra intención ha sido correcta, no habrá grandes problemas.

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Julio, 2007, 11:25, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Comentarios 1 | Referencias (0)

Cumpleaños de Consuelo: celebramos la vida

Hoy es el cumpleaños de María Consuelo,

Una de las dos personas que hacemos a diario estos comentarios.

Por eso hoy las reflexiones son hechas por un solo autor

Tienen que ver con el mensaje del Evangelio en general, pero no se refieren a ningún texto concreto, sino que es una acción de gracias por los 82 años de vida que Consuelo celebra hoy.

Con mi agradecimiento a esa vida y a la aportación que a diario nos hace y atreviéndome a poner en su boca la plegaria que sigue.

Armando

Celebrar un cumpleaños es una ocasión para darse uno cuenta de la vida que he vivido y de la que está por delante. He estado en las manos de Dios y sigo estando, pero somos cada uno de nosotros sus gestores o gerentes. Por eso es una ocasión para, siendo consciente de los propios errores y fallos, dar gracias a la vida y celebrar la Vida que Dios me ha dado y que he administrado.

 

Gracias porque siempre me has dado el don de preguntarme y preguntar a la vida, de no conformarme con las cosas como vienen sino de intentar buscarle el sentido evitando la rutina en mi vida.

 

Gracias porque aunque espero un mundo mejor donde no exista el llanto, el luto, el dolor ni la muerte, he querido colaborar para que los que estén a mi lado vivan algo más felices en este mundo haciendo de el un pequeño paraíso en medio de las dificultades.

 

Gracias, porque a pesar de las tentaciones a las que he estado expuesta, he luchado para no dejarme vender y seguir adelante con los criterios y valores que hace tiempo aprendí en tu Evangelio.

 

Gracias porque a medida que he ido creciendo en años he ido aprendiendo también cosas nuevas, acostumbrándome a no dejar ningún libro por cerrado sino a abrir capítulos nuevos.

 

Gracias porque muchas veces he vencido mi orgullo, porque otras tantas he procurado no vivir de los recuerdos sino actualizar mi día a día con los acontecimientos nuevos que van llegando. Gracias porque, aunque a veces me cuesta y me sacan de mi comodidad, he aprendido que no todo tiempo pasado fue mejor, que los jóvenes y sus sueños me pueden enseñar cosas nuevas, que la tecnología y el progreso son buenos compañeros de viaje y ellos me han enseñado a contactar con nueva gente, nuevas amistades y ampliar mi visión de la Iglesia y de la fraternidad.

 

Gracias porque mirando para atrás entiendo mi vida, pero solo mirando hacia delante puedo y podré seguirla viviendo.

 

Gracias por haberme dado la oportunidad de estudiar en unos tiempos difíciles para ello, por haber enseñado a defenderse en la vida a mucha gente joven aunque fuera con los números y las cuatro reglas de las matemáticas, porque a muchas me las he encontrado después ya adultas y han sabido agradecer lo que les enseñé.

 

Gracias por la familia que me diste, por los tiempos difíciles que viví de joven, por los tiempos nuevos sociales y políticos que estoy viviendo ahora, y enseña a los más jóvenes a valorar todo lo bueno que tenemos en nuestro país y que antes solo soñábamos con ello.

 

Gracias por darme la oportunidad en los últimos años de colaborar estrechamente con una amiga, como una hermana para mí, y echarle una mano en su enfermedad haciéndosela más llevadera y olvidándome de mis achaques. Pero enséñame, porque antes no lo hacían con los que somos ahora mayores, a querernos un poco a nosotros mismos para así poder amar a los demás, como Tú nos enseñaste: como a nosotros mismos.

 

Gracias porque, como se dicen en http://www.dugraty.com.ar/celebrar_la_vida.htm/

Hay que celebrar la vida… porque todo ser humano nace para ser feliz,

…porque la vida no es lucha ni sufrimiento sino una alegre caminata,

…porque el paraíso existe y está dentro de cada uno,

…porque la sonrisa contagia,

…porque el bien es más fuerte que el mal,

…porque el amor es como el sol, que ilumina y energiza,

…y porque la vida es una fiesta. Por eso trataré los días que la vida me siga regalando

. De amanecer creyendo que este es el mejor día de mi vida

. De sonreír muchas veces y tratar de que otros lo hagan

. De pensar, hablar, desear y hacer el bien

. De ver el lado bueno de las cosas

. De mantener la calma, pero estando atenta

. De ser luz en toda oscuridad

. De decirme silenciosamente, que, para mí, soy la persona más importante del mundo, pero, esencialmente, trataré de ser yo misma, amándome y amando a Dios y a los demás, porque el Amor ha sido, es y seguirá siendo mi ley.

 

Son muchas las cosas que se me quedan en el tintero. Gracias, Padre, por todo. No te pido nada para mí. Tú me conoces mejor que nadie, y sabes bien lo que necesito. En tus manos y en tus proyectos lo dejo.

 

 

Por Armando Quintana - 27 de Julio, 2007, 7:14, Categoría: Reflexiones creyentes
Enlace Permanente | Comentarios 5 | Referencias (0)

Gratitud

(Mt 13,10-17):   En aquel tiempo, acercándose los discípulos dijeron a Jesús: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’.

»¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

 

Lo nuestro es diferente. No son nuestras manos las que tocan, nuestros ojos los que ven o nuestros oídos los que escuchan. Hacemos todo eso, como los que vivían en tiempos de Jesús, pero con un sexto sentido que solo nos lo da la fe, y que solo es una experiencia personal, no catalogable en archivos o bibliotecas.

 

El habla y sigue hablando a los suyos para que lo entiendan, con parábolas, con comparaciones, con hechos, con signos, con acontecimientos. Es su voz que de una u otra forma se dirige a nosotros a lo largo del día. Y lo hace buscando ser entendido. Por eso, hoy como ayer, tiene sentido aquello de “muchos desearon oír y ver lo que ustedes ven y oyen”.

 

Son los misterios de la economía divina: ¿por qué a nosotros? ¿por qué a mí? Es una elección. Pero también supone una actitud de agradecimiento. Interiorizar y que salga muy desde adentro ese “Gracias, Señor” podría ser un buen compromiso para el día de hoy. Porque a quien tiene se le dará, por eso también tiene sentido lo de cuanto mas doy, mas tengo.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Julio, 2007, 9:16, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

A servir, no a ser servido

 

 

(Mt 20,20-28):   En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

 

 

¿Qué madre no ha pedido un favor para sus hijos? No podía ser menos la de los Zebedeo. Jesús hace favores, sí, pero exige siempre estar a la altura. Y además es consciente de que las cosas son un regalo del Padre, que hay que merecerlo. El premio siempre lleva un esfuerzo. Lo saben bien los deportistas, los modelos, los bailarines de todos los tiempos. En la vida hay que trabajar y esforzarse. No todo es gratis. Casi nada es gratis. Salvo la fe, que es un don.

 

Y el esfuerzo principal que hay que hacer, el trabajo primero que hay que realizar es ponerse en actitud de servicio. Acabar con las dominaciones, con las imposiciones, tanto de fuerza, de acciones como de criterios y pensamientos. Con la fuerza de la razón, y no con la razón de la fuerza. Así es como hay que actuar, tanto en las relaciones personales como en las mundiales. Eso implica la actitud de servicio, no a la dominación ni a la opresión. Lo dice bien claro Jesús, y pone ejemplos muy concretos, donde hoy todavía se observan esas actitudes.

 

Unos, pues, piden un buen puesto, y otros se enfadan porque aquellos tienen cuña. Han escuchado muchas veces a Jesús hablar de la importancia de lo sencillo, de lo humilde, pero vuelven a caer en la tentación de querer buscar puestos importantes. Mucho debieron cambiar después con la enseñanza de Jesús y con las responsabilidades adquiridas pues han sido declarados como santos, es decir como testigos de una buena conducta. Hoy precisamente recordamos a uno de ellos, Santiago Apóstol. Algunos incluso sufrieron el martirio. Porque así lo manifestaron, que estaba dispuestos a beber el cáliz del esfuerzo diario en cada momento. A través del servicio, de ponerse en el último lugar. Así lo hizo el Maestro, para que fuéramos libres

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Julio, 2007, 9:25, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Mi madre y mis hermanos

(Mt 12,46-50):   En aquel tiempo, mientras Jesús estaba hablando a la muchedumbre, su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con Él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte». Pero Él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

 

Su familia es importante, pero no menos que su misión. No la antepone. Le dedica su tiempo, pero en su justo momento. No es una actitud de dejadez y de abandono o descuido de su familia. Es valorar a su familia porque todos han sabido aceptar y cumplir el proyecto de Dios en la tierra y en su existencia. Por eso los pone como punto de comparación. Los que estén disponibles para seguir realizando el Reino de Dios son mi hermano, mi hermana y mi madre. Es el mejor piropo que podía echarles a los suyos. Y por otra parte da una visión amplia de la familia humana. Si alguien fue precursor de la globalización y de la ciudadanía mundial fue Jesús que antepuso el ideal de la fraternidad por encima de cualquier otro. No hay distinción entre las personas. No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombres y mujeres, todos son iguales ante los ojos de Dios. ¿No es eso lo que se está intentando hoy de nuevo desde otras perspectivas? Da lo mismo desde donde se haga, lo importante es seguir colaborando en realizarlo.

 

Por otra parte el mensaje nos insiste en que el secreto para ser cosa suya, de su familia es hacer el plan de Dios en la tierra. Eso lleva consigo primero conocerlo, lo cual no es complicado: lo leemos en el Evangelio, nos habla en la conciencia personal, nos habla en los acontecimientos de cada día, en las dificultades con las que nos tropezamos, en los buenos deseos que sentimos, en los propósitos que hacemos, en lo que hemos pensado leyendo aquel libro, en el email que hemos recibido y leído con atención, en las personas que caminan a nuestro lado tanto las que nos quieren como las que nos quieren menos, nos habla en la oración, nos habla en los sacramentos.

 

Y en segundo lugar no basta conocer su proyecto, sino que hay que realizarlo. Y esto es un poco mas difícil, hay que anteponerlo a los otros proyectos del sistema en que vivimos, lleva consigo algo de negación personal, implica en muchas ocasiones dejar nuestra comodidad personal. Pero la cuestión está en que solo los que realicen ese proyecto, cumplan su voluntad son de su familia, igual que la madre y los hermanos, con el mismo rango

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Julio, 2007, 12:23, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Señales, queremos señales

Mt 12,38-42):   En aquel tiempo, le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Mas Él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón».

 

Habían visto señales por doquier, desde siglos atrás, y todavía querían más. No les bastaba lo que veían, querían comprobaciones, demostraciones empíricas. Las habían tenido además en las curaciones y gestos de Jesús. Pero siempre tenían que poner algunas dificultades. No necesitaban señales, ya las habían tenido. Lo que necesitaban era un corazón abierto, generoso, pronto para recibir y dispuesto para dar. Solo se buscaban a si mismos.

 

Jesús aprovecha la ocasión para lanzarles una hondonada más intensa: les anuncia su resurrección. Algo en lo que nunca creerán, a lo que igualmente le pondrán trabas. Pero que es la prueba fundamental de la vida de Dios en la humanidad, ayer, hoy y siempre.

 

Lo importante no es lo espectacular de sus obras, lo significativo es el día a día, la constancia en el quehacer y en el sentir. En el fondo está pidiendo una fe diferente, una fe que no necesite de demostraciones ni de milagros. Y es que la fe es un don, un regalo que se acepta o no, que se recibe o se pasa del mismo, que puede interesar o no, dependiendo de la persona. Es la libertad que siempre hemos gozado y que Jesús no nos suprime ni elimina, sino que quiere que la reforcemos. No pidamos tampoco demostraciones a los demás, dejemos actuar a la gente, a los que están a nuestro lado, sembremos paz y tolerancia, y lo demás vendrá por añadidura. Cada uno optará libremente y escogerá su camino.

 

 

 

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Julio, 2007, 13:48, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Ora y trabaja

(Lc 10,38-42):  En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada».

 

 

Una cosa a destacar es la valoración que Jesús hace de la amistad. En todos los sitios tiene amigos con quienes poder sentirse a gusto. En este caso, en la casa de los hermanos Marta, María y Lázaro. Un aspecto importante a tener en cuenta en nuestra vida de cada día. Igual no pueden ser muchos, pero apreciar y darle valor a la amistad y al compartir lo que sentimos y somos es algo básico no solo como seres humanos sino también como creyentes, siguiendo el ejemplo del Maestro. Seguramente llegó al pueblo cansado, y se solaza dejándose atender por aquella familia, donde se sentía en confianza, pero sin descuidar su misión de anunciar la Palabra.

 

Es, por otra parte, una historia clásica del Evangelio que nos recuerda dos modos de seguir a Jesús que tampoco hemos de diferenciar en extremos antagónicos, sino que pueden ser compatibles. Es verdad que existe la vida activa, que llevamos la mayoría de los cristianos, y la vida contemplativa, que lleva un grupo reducido de hombres y mujeres en el mundo. Pero nosotros, los activos, hemos de saber sintonizar la acción con la contemplación.

 

Marta, entregando su actividad al servicio del Maestro, preparando afanosamente todo para que se encuentre a gusto en su casa, para que no falte nada que pueda necesitar o que le haga más agradable su estancia en ella, con la comida más exquisita, la mejor vajilla, los manteles más relucientes. Solo piensa en El

 

María, sentada a sus pies, escuchándole. Con sus ojos fijos en sus labios, olvidada de todo lo demás, porque le interesaba saber lo que el Maestro piensa, lo que quiere de ella, lo que le pide. También solo piensa en El.

 

Y siempre hemos dicho una representa la vida contemplativa, otra la activa. Pero los que se dedican a la primera también trabajan, no tienen trabajadores domésticos, han de limpiar su casa, cuidar el jardín, cultivar los árboles frutales y las verduras, preparar los pasteles en el horno, hacer la comida… Y los que se dedican a la activa, deben también dedicar un tiempo a escuchar la Palabra, a orar…

 

Por eso los cristianos comprometidos hemos de conjugar ambas cosas. Trabajando como Marta tal como hemos comentado en anteriores reflexiones, pero con un trabajo que es fruto de nuestra interiorización de la Palabra, de nuestro trato íntimo y personal con el Maestro, como María. Una buena síntesis, porque los extremos siempre se tocan, y ahí está la virtud: Saber hacer la síntesis.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Julio, 2007, 11:38, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

En El ponemos nuestra esperanza

(Mt 12,14-21):   En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Él para ver cómo eliminarle. Jesús, al saberlo, se retiró de allí. Le siguieron muchos y los curó a todos. Y les mandó enérgicamente que no le descubrieran; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio: en su nombre pondrán las naciones su esperanza”

 

 

Siguen en las mismas. Lo intentan por activa y por pasiva para confabularse contra Jesús. Pero El elude la confrontación directa. Va a lo suyo: ha venido a hacer el bien. Una buena lección cuando ante problemas concretos que nos surgen con personas más o menos cercanas queremos dejar las cosas claras y terminamos gritando y enfrentados. A lo nuestro, y lo nuestro no es sembrar cizaña.

 

Quiere que le conozcan por sus acciones, por su ejemplo, y no tanto por lo que dicen otros de El. No es contradictorio. Otras veces dará importancia a la enseñanza. Pero le gusta que siempre vaya acompañada de acciones. No es de lo que vamos por la vida prometiendo cosas que luego se quedan en el baúl de los recuerdos. Por eso en su nombre pondrán las naciones su esperanza. Su actitud de servicio, de entrega, de generosidad sigue siendo un ejemplo para creyentes y no creyentes, para los que queremos seguirle conscientemente y para los que siguen sus valores sin darse cuenta que son los mismos que los de Jesús. No importa. Lo que importa es que sus valores se propaguen y que la caña cascada no se quiebre ni la mecha humeante se apague.

 

Por eso, mientras los poderosos le persiguen, muchos le siguen. A El no le importan que hablen mal de su persona, que le acosen, las dificultades con las que se encuentra, o cualquier tipo de incomprensiones. Así como nos dijo que fuéramos a El todos los que estuviéramos agobiados, El también tiene la confianza puesta en su Padre y por ello con frecuencia se retira a buscar el contacto directo con El en la intimidad de su corazón.

 

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Julio, 2007, 12:50, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Las leyes son para las personas

(Mt 12,1-8):   En aquel tiempo, Jesús cruzaba por los sembrados un sábado. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado». Pero Él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».

 

Vivimos en un mundo de normas, de regulación de comportamientos, de leyes. Y es normal. Somos tantos que necesitamos una regulación de convivencia, porque nuestros derechos terminan donde comienzan los de los demás. Pero las leyes han de ser siempre interpretadas a favor de las personas, y de manera especial a favor de los que puedan estar más necesitados, de los más excluidos de la sociedad, de los más marginados. Ese es el verdadero Templo, dice Jesús. No el de piedra y cemento o el sencillo de madera o chabola. No el edificio externo. El verdadero templo donde Dios está presente es la humanidad. Y aquel tiene sentido para recordarnos éste. Las leyes tienen sentido, sí, pero en función de las personas. Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado, y porque, en otro lugar, nos lo dirá el sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado. Es decir, las leyes son para las personas y no al revés. Por eso las leyes nacen por necesidades sociales, pero algunas o muchas de ellas no pueden ser perennes, pues cambiando las necesidades de la sociedad se hace imprescindible la elaboración de nuevas leyes, o la interpretación amplia de las antiguas. Por eso, Jesús renueva también muchas leyes: “Han oído que se dijo, pues yo les digo…”

 

 

Frente a la rigorosa casuística que utilizaban los fariseos, Jesús plantea la generosidad de la misericordia. Jesús y sus discípulos caminamos con la libertad de los hijos de Dios. Frente a los legalismos vigentes, Jesús cura, sana, predica, camina, va de sitio en sitio los sábados. ¿Cuántas veces nosotros mismos por cumplir un precepto religioso en sus más mínimos detalles hemos olvidado de practicar la misericordia y fraternidad o la hemos relegado a un segundo plano? “Misericordia quiero y no sacrificios”, que equivale a decir también “Misericordia quiero y no culto”. Lo cual significa que el culto tiene sentido en función de la misericordia que realizamos. Es como la gasolina para el coche. No demuestra el coche su potencia en la gasolinera sino en la carretera, pero para ello necesita pasar por la gasolinera de vez en cuando. A veces suele ser más cómodo apoyarse en el cumplimiento de algunas leyes que obrar compasivamente con el prójimo. Y, sin embargo, hoy no dejan duda alguna la explicación de Jesús: la misericordia es un criterio más amplio a tener en cuenta que la misma ley, venga de donde venga.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Julio, 2007, 10:40, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

De agobios y depresiones

(Mt 11,28-30):   En aquel tiempo, Jesús dijo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

 

 

 

 

La realidad cruda y dura es esa: que el agobio y la fatiga están a la orden del día en los seres humanos. La vida de cada día produce estrés. Son muchos los problemas y dificultades o tropiezos a los que nos vemos obligados ir sorteando en nuestro camino. Unas veces vienen del exterior: de nuestro entorno más cercano como puede ser la familia, los amigos cuando se producen faltas de entendimiento, roces, desavenencias, incomprensiones. Otras del trabajo, donde se dan injusticias, faltas de estima, inconsideraciones, envidias, pequeñeces que de repetidas se hacen grandes y aprietan el espíritu interior de cada uno. Está también las enfermedades, la muerte, …

 

Otras veces vienen de nosotros mismos, donde también encontramos esos escollos que hacen que sostengamos una lucha interior por permanecer fieles a nuestras normas y criterios, por seguir con generosidad las llamadas interiores que implican negación y suponen verdaderas batallas.

 

Cada día la depresión, los estados de ansiedad causan más bajas laborales en el mundo del trabajo. Están a la orden del día. Y frente a ellos acudimos unas veces a la química, otras a la terapia psicológica. Y no están nada mal. Para eso son los profesionales de la medicina. Para el creyente además Jesús nos da una pequeña receta, sin compromiso y gratuita: que vayamos a El todos, sean cuales fueren nuestros cansancios y agobios, que El nos dará el descanso que necesitamos. Ahí está también la piedra de toque de nuestra condición creyente: comprobar qué significa Jesús para nosotros, en la realidad que cada momento nos toca vivir, pues no podemos nunca analizarlo ideológica o abstractamente, sino en el terreno experiencial. Porque habremos de comprobar que esos agobios y tropiezos no son una carga, sino piedras en el camino que nos permitirán, con su ayuda, experimentarlos como ligeros pues El nos hará descansar.

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Julio, 2007, 9:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

No a los sabios y entendidos

(Mt 11,25-27):   En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

 

 

 

Todas las cosas no se aprenden en libros ni se estudian en las Universidades. No por mucho estudiar se tiene más educación o comprensión de la realidad. Hay cosas que ni los sabios o eruditos entienden. Hace falta sencillez y humildad, tener el corazón abierto, para que puedan entrar en la mente y uno pueda no tanto entenderlas sino asumirlas y vivirlas poniéndolas en práctica. No es, pues, la ciencia humana, ni el poder, ni la riqueza lo que atrae la mirada divina sobre nosotros. Se da a conocer a los pequeños, lo cual no quiere decir que los sabios e inteligentes no lo puedan ser también. Al contrario, pueden darse ambas cualidades en la misma persona.

 

Choca un poco este mensaje con el afán de muchos en nuestra sociedad, tal vez nosotros mismos en ocasiones, de llamar la atención haciéndonos pasar por importantes, buscando protagonismos personales en el trabajo, queriendo aparecer como que sabemos más que los otros, intentando ser los preferidos y salir bien en la foto, y no digamos nada cuando, en ese afán desmedido, consideramos que los otros son más débiles y los miramos con cierto desprecio. Todo lo cual vale también para los que no piensan como nosotros y son diferentes. A veces incluso llegamos a decir de muchos ese calificativo de “pobre gente”, como mirándoles con pena, con esa pena que se mira por encima del propio hombro. Así estamos haciendo de sabios e inteligentes, y por tanto merecedores de que hayan cosas que se nos oculten por parte del Maestro. O al menos que no las hayamos entendido bien.

 

Es un mensaje el de hoy que nos ayuda a situarnos también  en la realidad social donde las diferencias están acentuadas cada vez más en creencias, culturas, razas, nacionalidades, posturas políticas u otras. Cuando somos  y nos sentimos pequeños estas diferencias no importan, porque bulle en nosotros el amor.

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Julio, 2007, 11:08, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Llamados a dar fruto

(Mt 11,20-24):   En aquel tiempo, Jesús se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti».

 

 

 

Es un texto un poquitín difícil de asumir. No nos imaginamos a Jesús maldiciendo. Al menos es la traducción que pone el texto. Lo vemos más como quejándose, haciendo reflexionar y descubrir qué hubiera pasado si aquel pueblo, si este pueblo, si nosotros hubiesen, hubiésemos tomado otros derroteros en la vida.

 

Todos hemos recibido múltiples dones desde el aire que respiramos hasta la mayor o menor salud que podemos disfrutar, desde la familia que tenemos hasta la casa que nos cobija, desde el trabajo que nos permite ganarnos nuestro sustento a los amigos con los que compartimos nuestros días, desde los estudios a los que hemos podido acceder a la inteligencia para afrontar determinadas situaciones, desde nuestra capacidad de alegrar a los demás hasta nuestras posibilidades para afrontar situaciones difíciles, desde la fe que se nos ha regalado hasta la capacidad de amar y de ser amados, desde el haber nacido en el país donde lo hemos hecho hasta poder disfrutar de parte de la riqueza mundial que otros no gozan, desde un largo sin fin de cosas hasta otro incontable número de ellas. Y todos son dones recibidos. También se nos puede preguntar hoy: ¿qué hubiera pasado si estos dones o regalos los hubiese recibido otra persona en otro lugar del mundo o al lado de nuestra casa?

 

En definitiva, es como una versión diferente de la parábola de los talentos. Se ha sembrado en nosotros para que se pueda recoger un fruto. Y el árbol se conoce por esos frutos.

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Julio, 2007, 10:15, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

En la fiesta del Carmen

Mt 12, 46-50¨”Estaba todavía hablando con el pueblo, cuando su madre y algunos parientes que estaban afuera trataron de hablar con él. Alguien dijo a Jesús: “Mira, tu madre y tus hermanos está afuera y preguntan por ti”.

Pero él respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. E indicando la mano a sus discípulos dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”

 

 

 

Son realmente madre e hijo, y como tales hay una corriente de empatía y de amor familiar. Como un hijo para con su madre. Como una madre para su hijo. Pero esa relación, esa complicidad familiar, hoy el Maestro la traslada a otra familia, diciendo que la suya, también de corazón, es más amplia, pues todo el que hace la voluntad del Padre es su madre y sus hermanos, es miembro de su familia, y entre ellos existe la misma empatía.

No es motivo de enojo ni de disgusto para su Madre. Es el papel que Ella siempre ha adoptado: “Hagan lo que El les diga”, “Hágase en mí según tu palabra”. Es consciente de que su maternidad es mucho más generosa, por eso mas complaciente y sufriente a la vez, pues tiene en cuenta no solo los problemas de un hijo sino de todos a la vez. Pues por encima de los sentires más nobles está el hacer la voluntad de Dios, que es la primera regla de un seguidor del Maestro. Nadie como María supo hacer su voluntad, nadie como Ella puede arrogarse el título de ser familiar cercano, de ser su Madre. Y lo recordamos hoy, el día que bajo la advocación del Carmelo, la recuerdan millones de personas en el mundo que viven en su trabajo una situación de desvalimiento, de necesidad, de zozobra, pues son víctimas en todo momento de las olas y vientos del mar, de cualquier maremoto. Y en cualquier lugar donde estén así, la figura de María resplandece como su madre. Por eso hoy todos los mares que nos rodean en cualquier sitio se visten y engalanan de fiesta paseando el recuerdo de la Madre en medio de las pequeñas olas de las orillas.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Julio, 2007, 11:24, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Del famoso samaritano

Lc 10,25-37):  En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y para poner a prueba a Jesús, le preguntó: «Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: ‘Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva’.

»¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».

 

 

De los ejemplos, comparaciones, parábolas mas grandilocuentes y famosos del Evangelio, el buen samaritano. ¿Quién no conoce su relato, sea creyente o no? Es el ejemplo básico y clásico de lo que significa amar al prójimo: verle, darse cuenta que existe, y pararse a escucharle, atenderle y actuar. Es además de los grandes milagros que necesita nuestra sociedad contemporánea.

 

En primer lugar ver la realidad que hay a nuestro lado, analizarla. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y eso es lo que muchas veces nos pasa. No queremos darnos cuenta. Ponemos el acento siempre en que la culpa la tienen los que padecen la situación. Si aquel no trabaja porque no busca empleo. Si el otro no consigue estabilidad, porque no tiene voluntad. Si aquel país es pobre, porque sus dirigentes son corruptos. Pero no somos capaces de analizar el fondo de las situaciones. NO queremos ver.

 

Y en segundo lugar no basta con ver sino que hay que parar, acercarse a la realidad, vendar sus heridas, echar aceite y vino y cuidar de la misma. Todavía ver es fácil. Pero nos gusta ver las cosas desde la comodidad del sofá de casa mientras vemos las noticias en la televisión o las leemos en los periódicos. Hay que dar un paso más, pararse y acercarse a la realidad para intentar transformarla. Una vez será una persona, un vecino, un familiar, un compañero, alguien que nos encontramos en la calle. Otra vez será un problema del barrio, del colegio de nuestros hijos, de la sociedad donde vivimos. Hacer de buen samaritano es algo más que realizar lo que llamamos una limosna o una obra de caridad. Es un ejercicio de justicia y de solidaridad que lleva consigo ver la realidad que nos rodea, enjuiciarla y actuar para cambiarla.

 

El Evangelio nos recuerda que estas tareas las hizo mejor el que era considerado como profano –el samaritano-, que los considerados como religiosos – el sacerdote o el levita, algo así como el catequista-. Y parece que hace especial énfasis en destacar este hecho. Como para indicarnos que no bastan las apariencias, que no basta el culto, que no basta rezar mucho si no va acompañado de buenas prácticas, de las obras. Sin obras, la fe está muerta, nos recordarán en otro sitio. Aunque para ello, como el samaritano, tengamos que cambiar de planes.

 

Y todo ello por un principio evangélico: hay que amar al prójimo, como a uno mismo. Como a uno mismo, eso es. Nos olvidamos de que nos hubiese gustado que nos atendieran si fuéramos nosotros los que nos encontráramos en la cuneta. Hagan a los demás lo que les gustaría que les hicieran a ustedes mismos. Una vez más, hasta un simple principio natural.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Julio, 2007, 12:26, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Sin miedos

(Mt 10,24-33):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!

»No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

 

Todo el pasaje del Evangelio de hoy viene a ser como un resumen del de los días anteriores: una llamada a gozarnos de la realidad que vivimos de ser discípulos de Jesús, no exenta de dificultades como nos ha ido repitiendo. Por eso se nos invita a no tener miedo a la gente, lo que equivale a decirnos que pasemos por la vida, como portadores de nuestra fe, sin temer el que podamos ser rechazados o mal vistos por ella, o no entendiendo de nuestras actitudes y comportamientos. Pensemos en cosas tan sencillas como en el mismo trabajo las rencillas, envidias y comentarios entre compañeros unos con otros si nosotros adoptamos posturas constructivas ante esas situaciones o simplemente no entramos en el juego por nuestra coherencia con el mensaje de fraternidad que viene impulsado desde el Evangelio, posiblemente seamos criticados y se nos acuse de lo contrario de lo que queremos manifestar con nuestro testimonio.

 

Y si fuéramos rechazados por ese comportamiento coherente con nuestra fe, Jesús nos advierte que eso no debe hacernos sufrir ni temer, que hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados y que para El valemos mucho. “Si alguien se declara a favor mío delante de los hombres, yo también daré la cara por el ante mi Padre”. Sabemos bien que a veces es difícil actuar de acuerdo a nuestra conciencia, mantener nuestros criterios, ser consecuentes con lo que nos pide Dios. Es una llamada a la fortaleza, a la lealtad a nuestro compromiso creyente. Justo la coherencia y lealtad con la palabra dada que por regla general falta en nuestra sociedad, donde la palabra ya no vale y casi tampoco la firma.

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Julio, 2007, 12:34, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Como ovejas en medio de lobos

(Mt 10,16-23):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra. Yo os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre».

 

 

No es nada raro encontrarnos a nuestro lado con actitudes que comportan resentimiento, violencia, odio, en definitiva egoísmo. Hay ocasiones en que muchas de las cosas que vemos a nuestro lado están orquestadas con la misma música. Y no es la primera vez que si tenemos un comportamiento que entraña otras actitudes como p.e seguir saludando al que nos ha ofendido, siempre habrá otra gente que nos censure por ello y que nos diga estamos haciendo una tontería.

 

Puede que todas estas cosas, y muchas más, sean a las que se refiere Jesús cuando nos advierto que nos envía como ovejas en medio de lobos y que vamos a tener dificultades. No hemos de buscar medios de defensa, lo que tengamos que hablar se nos comunicará en ese momento. Pero las dificultades para realizar nuestra tarea existen y están ahí. Hay que contar con ellas e intentar superarlas. Lo que no podemos hacer es pactar con ellas y dejarnos llevar por actitudes pasivas dado que “no se puede hacer nada”. Nadie nos ha dicho que será tarea fácil vivir de acuerdo al Evangelio. Es gratificante, no simple.

 

Es más, si en nuestra vida pasamos como pasó el Maestro, siendo nosotros un eco suyo, si lo hacemos en nuestro ambiente, con la familia, en el trabajo, con las amistades, en el ocio, ante los problemas de los demás, ante los nuestros propios…, si pasamos haciendo el bien, hablando sin respeto humano, donde nos aceptan y donde no nos quieren, predicando con nuestros actos, entonces es normal que en ocasiones surja el vacío a nuestro alrededor, la incomprensión, la persecución. Esos son los lobos de que habla el Evangelio. Sabemos que no estamos solos, y por eso somos capaces de continuar en ese quehacer diario. A pesar de los lobos, que en cada época y en cada sitio y cultura son siempre diferentes y tienen distintos nombres.

 

 

 

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Julio, 2007, 11:57, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Gratis lo hemos recibido, gratis lo damos

Mt 10,7-15):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».

 

 

Se trata de que hablemos, de que anunciemos algo con palabras o con obras, siempre las cosas entran mejor con el ejemplo propio o con el testimonio personal como queramos llamarlo. Algo que es bueno y que trae la paz. Sin discusiones, sin altercados, sin echar en cara nada, sin amenazas, sin ridiculizar a nadie, sin creernos superiores. Aceptando la libertad de los otros: si les interesa y escuchan, estupendo; si no les interesa, que vayan a otro sitio, no se lo impongan. Será su responsabilidad, como será la nuestra hacerlo con tolerancia y con serenidad.

 

Además hay que hacer la tarea ligeros de equipaje. Con la confianza puesta en quien nos ha encargado la tarea. No es una responsabilidad para ocupar un puesto o un sillón, tampoco vamos a usar coches que nos lleven. Es algo diferente a los cargos públicos, cuyos gastos son pagados por la sociedad. Aquí los pagarán los demás con su gratitud cuando un día se den cuenta de lo que han recibido, lo pagará Dios en cada momento con la paz que siempre volverá a nosotros. Aquí los gastos son de cada uno. Es el gasto del tiempo dedicado, del esfuerzo puesto, frente al cual recibiremos la recompensa adecuada de haber hecho lo que teníamos que hacer.

 

Porque además nosotros también hemos recibido ese don, infinidad de dones, de forma gratuita, como un regalo que se nos ha dado y que hemos aceptado. No está en compra o en venta. De nosotros solo brota un sentimiento de gratitud a Quien nos lo ha dado. Y como gratis lo hemos recibido, gratis también hemos de darlo. No es otra cosa que compartir lo que somos y tenemos con los otros. Es una forma concreta del amor a los demás que se nos pide realicemos. Esos son nuestros poderes: hemos recibido el Amor de Dios, démoslo a los demás. Es el poder del amor que brilla en cada uno de manera especial, por eso mismo cada uno respondemos de modo diferente.

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Julio, 2007, 10:10, Categoría: Comentarios al Evangelio
Enlace Permanente | Referencias (0)

Artículos anteriores en Julio del 2007




<<   Julio 2007  >>
LMMiJVSD
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31      

Enlaces
eGrupos
ZoomBlog

Otros blogs
Para ser diferentes
Pequeñas semillitas
Restauración de lo alto
Testigos del Evangelio

 

Blog alojado en ZoomBlog.com