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Junio del 2007


No soy digno, confío en Ti

(Mt 8,5-17):  En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído». Y en aquella hora sanó el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle. Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; Él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades».

 

Creían que venía solo para los judíos. Sus estrecheces de miras le hacían tener fronteras incluso en lo religioso. Por eso se llevan una sorpresa porque se acerca a pedirle algo un centurión, del grupo de los enemigos, de los romanos, y más sorpresa aún cuando escuchan la valoración de Jesús: No he encontrado en Israel una fe tan grande. Y además, para mayor énfasis, les dice que vendrán de oriente y occidente y que muchos serán elegidos con preferencia a los que la tradición designaba como los primeros en todo.

 

Y es que para Jesús no hay fronteras: no he encontrado en Israel una fe tan grande. No le importa que sea un centurión romano, y además valora la preocupación que tiene por un siervo suyo. Por eso, accede a su petición: hágase como tú has creído.

 

¿Qué esperamos que pueda hacer por nosotros Jesús”. “El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades”. Es verdad que sabemos lo que nos falta: unas veces será la salud del cuerpo, pero otras muchas, la mayoría, precisamos conformidad, paciencia, abnegación, entrega a los demás, generosidad. Y lo que es más importante: El espera de nosotros que cuando le presentemos nuestras necesidades, lo hagamos con la conciencia convencida de que El puede hacer algo por nosotros. Por eso le dice al centurión: “que se haga como tu has creído”.

 

Dos mensajes: los que aparecen como menos religiosos pueden ser más creyentes que los demás –caso del centurión- . La confianza y la fe del que parecía extraño: “No soy digno que entres en mi casa, basta una palabra tuya”

 

 

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Junio, 2007, 12:37, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Desde Pedro a nosotros

(Mt 16,13-19):   En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

 

Y así de unos a otros, de Pedro a sus compañeros, de estos a los otros, y de aquellos a los que han estado a nuestro lado nos ha ido llegando este testimonio acerca del Cristo, el Hijo de Dios vivo. Llegará a las siguientes generaciones dependiendo de que nosotros a su vez también seamos portadores del testigo. Por eso la pregunta hoy es para nosotros. ¿Quién es para nosotros? Es Dios, es Padre, es hermano, es amigo. Casi tenemos más experiencia que Pedro, pues le hemos conocidos desde el principio.

 

Y El, que es el Cristo , el hijo del Dios vivo, hoy es para nosotros también la fuerza que necesitamos, la esperanza que a veces nos falta, la ilusión para continuar, la alegría cuando sufrimos, el fuego que reaviva continuamente nuestras cenizas haciéndonos luz para ayudar, compartir, consolar y ser eco de su mensaje entre los que nos rodean.

 

Porque nosotros, como Pedro, también somos un trocito de esa piedra donde se edifica la hermandad de los que seguimos a Jesús en todo el mundo. Es reconfortante ver cómo encarga precisamente a Pedro, cuya fiesta hoy celebramos, de esa tarea: sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Se la encarga a un hombre atrevido y temeroso, a un hombre dudoso y creyente, a un hombre impetuoso y dócil, a un hombre pecador y santo, a un hombre con aciertos y fallos. Así también somos nosotros, así es la comunidad cristiana esparcida por el mundo con dudas y con seguridades, con fallos y aciertos, santa y pecadora, todo ello a un tiempo, en la historia pasada y en la historia actual.

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Junio, 2007, 10:40, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Construyendo sobre roca

(Mt 7,21-29):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’.

»Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.

 

Solo los que hacen la voluntad de Dios entrarán en el Reino de los Cielos. No los que alaban a Dios con sus palabras, ni los que predican o escriben cosas preciosas, ni los que saben más, ni siquiera los que hablan en su nombre, tampoco los que expulsan demonios y hacen prodigios. A ellos les puede decir: “Nunca les conocí”. Solamente los que hacen su voluntad, los que la conocen, y viven tratando de conocerla para seguirlo. Es como una búsqueda continua en la vida. Se trata de tener los oídos interiores siempre abiertos. Hoy nos puede decir cosas que ayer no se plantearon. Porque las circunstancias y los problemas de la vida cambian, y en ellos resuena la palabra del Maestro explicándonos como concretarla en nuestras vidas.

 

Y Dios va hablando a través también de los acontecimientos de cada día, sean sociales, políticos, económicos o culturales; en las diversas circunstancias por las que pasamos: salud, enfermedad, dificultades económicas, falta de trabajo, incomprensiones que tanto hacen sufrir a unos como a otros; en las noticias que nos llegan de guerras, injusticias, desgracias o necesidades; en los acontecimientos positivos de la vida de cosas que se arreglan, de realidades que se armonizan, de proyectos que se ejecutan.

 

Habla, y va mostrando, a su modo, su voluntad. En el momento menos esperado, en pleno trabajo o en la vida familiar, en la relación de amistad o en la lectura de un libro, ante la tele o escuchando música. De mil maneras, pero siempre nos habla. También en el silencio de ese pequeño rato que hacemos para encontrarnos con El directamente en la oración, contemplación o plegaria. Y eso que vamos descubriendo que nos dice, es lo que tenemos que realizar y cumplir. Solo entonces estaremos edificando nuestra historia sobre roca, y no en la arena movediza.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Junio, 2007, 10:28, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Por sus frutos les conocerán

(Mt 7,15-20):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis».

 

 

Casi ni comentarios necesita este trozo evangélico de hoy. Habla por si solo. La fe sin obras, es fe muerta. No basta decir, hay que hacer. Todo árbol que no da frutos, no sirve para nada. Aunque uno de sus frutos, y bastante nutritivo, puede ser el dar sombra.

 

Jesús, como los maestros de aquella época, habla en símbolos, y así se hacía entender. A nosotros también. Con estos ejemplos de los árboles y de sus diferentes calidades nos está mostrando su enseñanza. A los primeros cristianos les conocían por su manera de actuar, porque entre ellos formaban como una sola familia. Es lo que nos viene a decir en el día de hoy: pasen por la vida de modo que por cómo vivan, actúen, hagan, así sepan quienes son.

 

La reflexión que se nos impone en el día de hoy es preguntarnos si vamos dejando a nuestro paso regueros de caridad, de amor fraterno, de justicia; si nuestra voz se escucha cuando tiene que escucharse reclamando para todos el pan de cada día, y cosas similares. Por sus frutos los conocerán. Recordemos a San Pablo cuando nos habla de los frutos del Espíritu y conectemos un mensaje con otro.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Junio, 2007, 10:25, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como a ti mismo

(Mt 7,6.12-14):  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen. Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran».

 

 

 

Dos mensajes básicos, a nuestro juicio, en el texto de hoy.

 

Lo primero, recordarnos, al igual que ayer, un principio básico de sentido común, propio de la ley natural que posteriormente todos los maestros de la Etica han subrayado, cual es el que los demás en relación con uno mismo sean la norma de nuestra conducta. Aquello tan famoso de “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti mismo”. Un buen criterio de calidad para revisar cada una de nuestras actuaciones con los otros cuando tengamos alguna duda. Jesús lo remarca en positivo: Hagan a los demás, lo que quieran que les hagan a ustedes. Ello nos pone en una actitud más dinámica y constructiva, de hacer más que de evitar. De acción más que de omisión.

 

Nos viene a decir, en definitiva, que el amor a los demás es algo más que un sentimiento, no basta no desearle mal. Aquí nos habla de hacer, no cualquier cosa sino aquello que nos gusta que nos hagan a nosotros: que nos busquen, que nos escuchen, que nos entiendan, que nos echen en falta, que nos tengan en cuenta, que nos quieran, que comprendan nuestros problemas, que nos ayuden a resolverlos. Todo eso y más cosas puesto en clave de acción sería nuestra tarea: buscar al otro, escucharle, entenderle, que se dé cuenta que le necesitamos, hacerle saber que nos importa su opinión y sentimiento, que sepa que puede contar con nosotros, y que además lo hacemos porque es importante para nosotros y le queremos.

 

Lo segundo, que todo lo bueno cuesta, que el premio lleva un esfuerzo, que para conseguir lo que vale hay que esforzarse. Entren por la puerta estrecha, el camino a la Vida no es fácil. Nos suele gustar la comodidad, el éxito, el vivir feliz, pero todo eso requiere un esfuerzo. Como el del deportista, para triunfar tiene que renunciar a muchas cosas. Es un ejemplo clave, pues la vida, la fe, la donación de uno mismo es también una carrera. Y lo que se nos pide es que seamos corredores de fondo.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Junio, 2007, 2:54, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No juzguen, y no serán juzgados

 

 

(Mt 5,38-42):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano».

 

En la mente de Jesús está el que nosotros llamamos criticón, el que todo lo enjuicia, el que no es capaz de mirar sus propios defectos, el que se cree superior a los demás, el que se siente con la capacidad de ser juez y discernir sobre lo bueno y lo malo, el que de alguna forma se siente perfecto, el que desde dentro de su corazón anida malas intenciones sobre el resto de las personas. Y a ellos les dice: No juzguen. Y lanza ese principio natural y de sentido común que debería presidir la relación entre los humanos: No hagas con los demás, lo que no quieras que hagan contigo.

 

Otra cosa es la corrección fraterna, el advertir, el reflexionar juntos sobre errores y aciertos, el hacer ver a los más pequeños sobre todo el camino a seguir, pero siempre dejando en libertad a la otra persona, y nunca mirando por encima del hombro propio, ni tampoco centrándose en las apariencias que casi siempre nos engañan.

 

Porque el único que tiene los ojos limpios, la mirada abierta y el corazón lleno de amor es Dios. Por eso dejemos que sea El quien juzgue. Pues El conoce a cada uno, y no juzga por las apariencias, y sabemos que ama tanto al otro como a nosotros mismos. Es, pues, una llamada a no dejarnos llevar por juicios o consideraciones rápidas, sin más elementos que lo vemos, oímos o suponemos. De esta forma lo estamos haciendo mal, con cierta crueldad, exigiendo cosas que nosotros mismos no cumplimos ni hacemos, sin darnos cuenta de las posibilidades que tiene la otra persona. Lo normal será acercarse, ante cualquier situación a analizar, con espíritu de diálogo, como hermano, como amigo, intentando enmendar situaciones donde todos podemos estar implicados. Ante situaciones así, lo normal siempre será aplicar el sentido común que Jesús nos recuerda: no hagas con los demás lo que no quieres que hagan contigo.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Junio, 2007, 14:19, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Qué opinan ustedes de mi?

Lc 9,18-24):  Y sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado». Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contestó: «El Cristo de Dios». Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará».

 

 

No se olvida Jesús de mantener esos ratos de encuentro personal con su Padre. Con frecuencia aparece esa expresión en el Evangelio: “estaba orando a solas”. Una actitud a reflexionar, un ejemplo a seguir. No importa el tiempo, no es cuestión de cantidad de minutos. Es saber que hay un momento para quien se lo merece. Porque se lo merece, y también por puro egoísmo: porque lo necesitamos.

 

Y como ser humano gusta de saber lo que piensan y opinan acerca de El. Por eso pregunta a sus amigos lo que la gente dice de El mismo. Pero lo que más le importa es personalizar la pregunta y la respuesta en aquellos que le siguen, en los que decimos que somos sus seguidores. ¿Y ustedes, quién dicen que soy Yo?. Pedro, el más avispado, respondió en nombre de todos. Nosotros ¿qué responderíamos? ¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? Una pregunta que podría ser como un test, que daría lugar a que expresáramos lo que cada uno tiene en su interior. Intentemoslo cada uno, y si lo ponemos por escrito mejor, aunque no es lo fundamental.

 

A ellos y a nosotros nos advierte. Es como si agradeciera que le estimamos, pero nos advierte. No será sencillo. Si tienen de Mí esa opinión tan acendrada, es bueno que se den cuenta que eso les va a costar renunciar a cosas de ustedes mismos, tendrán que negarse a si mismos, dejar atrás su orgullo, saber dar la vida, vivir la generosidad, no estar mirándose siempre el ombligo, centrados en si mismos. Si me siguen por interés, perderán. Pero si quieren perder sus intereses, entonces salvarán sus vidas. Ese fue también el testimonio de Juan el Bautista, cuya festividad es hoy: perdiendo su vida por el Mesías, la salvó.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Junio, 2007, 5:43, Categoría: Comentarios al Evangelio
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No se puede servir a dos señores

Mt 6,24-34:   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?

»Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal».

 

 

No se puede tener el corazón en dos sitios. Por eso, lo de ayer: donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Por eso la separación de las cosas políticas de las religiosas: Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios. Hemos de centrarnos, y que el espíritu domine al cuerpo, que la razón domine a la pasión, que los valores del Evangelio dominen a los del sistema y estilo de esta sociedad de la competición y del dominio.

 

No se trata de vivir mirando al cielo esperando que de allí nos caiga el maná. Habrá que trabajar, y si no se tiene buscarlo, y luchar para que todos trabajando puedan tener su sustento; para que todos puedan tener acceso al mundo del trabajo de donde poder comer cada día. De lo que se trata no es de vivir del aire, sino de no vivir de la competición, de la ambición, del interés meramente personal olvidando el de los demás, del egoísmo interesado prescindiendo del amor y la solidaridad. Cada día tiene su propio afán, y hay que ganárselo. El problema es cuando la ambición nos lleva a querer tener asegurados bien los mañanas que nos queden olvidándonos que vivimos en sociedad, en pueblo, en comunidad. Por eso, esto es lo central: no se puede servir a Dios y al dinero. A Dios y al interés desmedido, egoísta y calculado.

 

Es una llamada a nuestro esfuerzo personal y realista, pero también a la plena confianza en Dios. Jesús hoy nos habla, con un lenguaje amable, de los pájaros del cielo y de las flores del campo, de todo lo que es el medio ambiente, y que, siendo importante, nosotros lo somos más. Se trata de no vivir obsesionados por el mañana, por el futuro, por un seguro de vida, por si nos pasa algo. Se trata de vivir cada día en la confianza del hoy que nos da el sabernos fiar del Maestro.

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Junio, 2007, 5:26, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Donde está tu tesoro, está tu corazón

(Mt 6,19-23):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

»La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!».

 

         Tener cosas, poseer, consumir, igualarnos o parecernos al vecino que compró tal producto, poner el acento más en el tener que el ser, son valores del sistema de nuestro mundo en el que vivimos. Por eso dice Jesús que su Reino no es de este mundo: nuestro tesoro debe estar en lo esencial, el tener radica en el corazón, y lo importante es la perspectiva desde donde nos situamos para mirar la realidad, la vida, la historia. Si tu ojo está sano, si tu vista está limpia, si tu mirada viene desde la luz interior donde todos somos iguales, donde el amor resplandece, donde la soberbia no impera, donde la igualdad es un horizonte a acercar, todo tu cuerpo estará luminoso y emprenderá iniciativas de luz y de sabiduría. La recta intención siempre produce justas acciones, las cuales no van a estar presididas en su valoración por el tener tanto o más que el vecino, sino por el impulso de la fraternidad en el mundo, que es el mensaje central de Jesús, y ayer nos recordaba enseñándonos el Padre Nuestro.

 

         Por otra parte, una pregunta importante, a la luz de este texto, que hemos de hacernos es dónde tenemos puesto nuestro corazón para saber qué es lo que valoramos, qué buscamos, qué deseamos, por qué luchamos, cuáles son nuestros planes en la vida, con qué soñamos. En la sinceridad de nuestras respuestas a estas preguntas encontraremos también el saber donde estamos acumulando nuestras riquezas.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Junio, 2007, 3:02, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Padre Nuestro

Mt 6,7-15):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

 

 

Cuantas veces habremos repetido la oración del Padre Nuestro, sin caer en la cuenta de que fue el mismo Jesús quien nos la enseñó, después de una pequeña introducción en la que nos dice que nuestro Padre sabe nuestras necesidades antes de que las pidamos nosotros, dando a entender que sobran muchas palabras, que para orar basta sentirse hijo y ponerse delante del Padre, y llamarle así “Padre nuestro”.

 

De todas maneras, cuántas cosas decimos en una oración tan sencilla que al tiempo no está comprometiendo mucho más de lo que pensamos. Padre nuestro, decimos, con lo cual nos estamos confesando hermanos de todos los seres humanos, sin excepción alguna, no importan sus credos, ideologías, opciones de vida, estilos y maneras, colores y procedencia, si viven con nuestras mismas costumbres o no. Padre nuestro, no padre mío, porque todos somos hermanos. Si no lo sentimos así, vale mas no llamarle como nos enseñó.

 

Estamos deseando que venga su Reino, que no tiene los valores del sistema de este mundo como son la competencia, el poder, los negocios o cosas similares. Un Reino de verdad y de vida, de justicia, de paz, de amor y de libertad. Que nos comprometemos a hacer su voluntad, es decir su proyecto de fraternidad en el mundo. Que sabemos que el pan que comemos es para todos, el pan nuestro, no el pan mío, y que entre todos hemos de hacer posible que llegue a todos. Y nos liamos más mientras lo rezamos, porque además decimos que estamos dispuestos a perdonar. Eso sí, admitimos que somos débiles, por eso suplicamos no ceder ante la tentación y pedimos que nos libre del mal que nos rodea por dentro y por fuera, pero porque al tiempo hacemos posible su Reino.

 

Cuantas veces lo hemos dicho, rezado, repetido, a veces como un sonsonete o un guineo, sin darnos cuenta que en la vida de cada día luego hacemos cosas distintas a las que rezamos. Y eso no vale. Hay que saber lo que se dice, y decir lo que se sabe. Pues siempre estamos empezando. Volvamos de nuevo a ello y digamos: Padre nuestro…, vaya solo con eso todas las consecuencias que hay por detrás de compromiso contra el racismo, las discriminaciones a las minorías étnicas, ideológicas o de estilos de vida… Vale mas no seguir, nos detenemos en el “nuestro” de Padre, sacamos un par de conclusiones, y le pedimos no caer en la tentación de las discriminaciones y cosas por el estilo. Sabiendo, eso sí, que su Reino es obra de nuestro trabajo pero sobre todo es consecuencia de su regalo.

 

Algo para acabar. Todo ello es poniéndonos a rezar el Padre Nuestro como personas particulares, pero si lo rezamos como comunidad, como institución, como Iglesia, ¡cuántas reflexiones y conclusiones también¡. Porque como, comunidad cristiana, hemos de defender las minorías, condenar los racismos, hacer posible un reino de paz, condenar las guerras, abominar de cualquier discriminación por el motivo que fuese y un largo etcétera que la historia siempre nos enseña que al final, también como comunidad, como Iglesia, hemos de terminar pidiendo que no la deje caer en la tentación.

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Junio, 2007, 7:08, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hemos hecho lo que teníamos que hacer

(Mt 6,1-6.16-18):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

 

Las cosas hay que hacerlas porque se deben hacer. No para figurar ni aparentar ni para que a uno se lo agradezcan. “Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”, es otra máxima evangélica frente a los que buscan ser siempre adulados o bien considerados. No. Tampoco se trata de hacer las cosas a escondidas. Se trata de hacerlas con el corazón, desde dentro, donde fuese necesario, en el interior de una casa o en el aforo de una plaza pública, pero con la recta intención de hacerlo por convicción personal, y no para ser visto y objeto de propaganda.

 

Por otra parte hemos sido puestos en la realidad social para ser sal y luz del mundo, y no se enciende una luz para ponerla debajo de la mesa, sino donde ilumine bien a todos. Lo que critica Jesús no es que nos vean o hagamos las cosas inmersos en la realidad, sino que presumamos de ello, buscando el aplauso y el elogio de los demos. De muchas maneras, Jesús nos ha advertido de ello: “los últimos serán los primeros”, estar entre los demás como el que sirve y no como el que es servido. No aprovecharse de los demás, sino ser provecho para los otros. Es una actitud interior a vivir, y, como tal actitud, siempre se manifiesta de forma sencilla y espontánea

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Junio, 2007, 9:55, Categoría: Comentarios al Evangelio
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También a los enemigos

(Mt 5,43-48):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

 

 

Casi podríamos titular esta reflexión del Nazareno como de “más difícil todavía”. El listón que se nos pone es bien alto. Rogar por los enemigos, por aquellos que te hacen daño, por los que no te pueden ver en pintura, por los que te ponen zancadillas, por los que no darían un euro por ti, todavía se puede pedir. Pero pedirnos que les amemos, que nos demos a ellos, que seamos generosos, ¿no es pedir demasiado? Bastaría con olvidarnos, con no guardar rencor, con no desearle mal. No. Parece que no basta: “Si aman a los que les aman, ¿qué recompensa van a tener?”. En algo habrá que distinguirse de los que no son seguidores de Jesús. Pues eso, que hay que apuntar a la perfección: “Sean perfectos como lo es el Padre”. El listón nos lo han puesto bastante alto. Amar sin medida.

 

Quiere renovarlo todo. Ya no vale lo que antes se hacía. No basta con ser bueno con quien es amable con nosotros, con quien tiene nuestras ideas u opiniones, con quien nos comprende. No. También hay que amar lo que no es amable. Con pequeñas heroicidades, como saludar en la escalera al vecino que nos resulta insoportable, sonreír al que no me ha entendido cuando he querido explicarle algo, pedirle un favor a aquel con el que me resulta difícil hablar y le tengo como un algo por dentro, acortar distancias con el que estamos desunidos… Es que lo otro, amar al que nos ama, ser amigo de los amigos, eso es fácil y sencillo. Lo hace todo el mundo, hasta los publicanos. Nosotros tenemos que distinguirnos en algo más. Pues ahí nos queda el reto: también a los enemigos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Junio, 2007, 12:55, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Superado el "ojo por ojo"

(Mt 5,38-42):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda».

 

 

Un cambio de sentido en las normativas vigentes en su momento, viene a traer Jesús. Ya lo hemos comentado en ocasiones anteriores: un cambio que se lee desde la nueva perspectiva del amor. Ya no hay lugar para los enfrentamientos, las venganzas. Ya no cabe el famoso “ojo por ojo, diente por diente”, “si te pegan, pégale”. La violencia engendra más violencia, y solo el diálogo y el razonamiento, fuerzas que impulsan el amor, podrán originar un cambio sosegado. Esto además es aplicable a la sociedad, a sus normas vigentes, tanto civiles como penales. Entre otras, a la pena de muerte aún viva en muchísimos países, incluso en aquellos que se declaran poseídos por Dios. Apertura dócil a la reconciliación, que no lleva parejo renuncia a los derechos humanos, a los de cada persona por ser ciudadano de un mundo común.

 

Todavía lo más común entre los mortales sigue siendo aquel feo adagio de que “el que la hace, la paga”. La propuesta de Jesús es diferente, y no significa cobardía, simpleza, falta de carácter ni debilidad. Nos enseña otra forma de encararnos a las situaciones, a las personas, a la realidad misma, que también pasa por percibir las necesidades de los demás sin que tengan que manifestarlas

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 18 de Junio, 2007, 10:02, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ante la exclusión social

(Lc 7,36-8,3):  Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora. Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra».

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

Y sucedió a continuación que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

 

 

Jesús no hace excepción a la hora de contactar con gente, a todos intenta llevar su mensaje y dialogar con ellos. Tanto al fariseo que le invita a su casa como a una mujer marginada por la sociedad que le obsequia con unos perfumes. Ese es el escándalo del fariseo que aprueba su propia conducta de doble moral –los fariseos eran famosos porque decían cosas y hacían otras-, y, sintiéndose superior a aquella mujer marginada, le echa en cara interiormente a Jesús que se pueda relacionar con ella.

 

Jesús, conociendo sus intenciones, le pone un ejemplo claro. Ama más aquel a quien más se le perdona, más se le comprende. Es el caso de aquella mujer. No solo es el hecho de perdonarle, sino de hacerlo con una mujer a quien los demás excluían. Algo por lo que siempre se caracterizaba Jesús, por su cercanía a los más pobres. A los que hoy llamamos excluidos sociales. Para darle mayor fuerza a esta tesis el texto nos recuerda que a Jesús le seguían también algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades. Y además, mujeres, que solo por el hecho de su condición femenina, eran como un cero a la izquierda en aquella sociedad de entonces -¿y de ahora, aún en muchos sitios y en muchas mentes?-. Puede también que nosotros en nuestras intenciones secretas que de vez en cuando aparecen a flor de piel sigamos cuidando de las apariencias en nuestras relaciones con los demás y utilizando nuestro fácil juzgar sobre aquellos que no parecen tener una buena estima social por su aparente indigencia.

 

Por otra parte en esta mujer podríamos vernos también reflejados cada uno de nosotros, pues todos tenemos fallos, pecados y motivos para que se nos pueda corregir de algo. A pesar de que sabe es mal mirada y la critican por su modo de vivir, sabe también que Jesús está en casa de aquel fariseo. Y para ella eso es lo importante: la presencia del Señor cerca de su vida. Y allí se acerca a obsequiarle con un perfume, sin palabras, sin pedir nada, pero, con su gesto, ella sale perdonada y la casa se inunda de buen olor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 17 de Junio, 2007, 11:51, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Aprender de los niños

(Lc 2,41-51):   Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

 

 

Una escena similar a la que puede ocurrir en cualquier familia. El niño que se pierde, los padres que, a la desesperada, andan buscándole. Se ha ido sin permiso paterno. Cuando lo encuentran, a su manera, le sueltan la reprimenda familiar normal en estos casos. Los padres andaban angustiados.

 

Pero no es un hijo cualquiera. Es Jesús de Nazaret, el Mesías, y de pequeño se atreve a dar lecciones a los mayores. De todas formas, casi siempre los pequeños son así, tienen una forma de pensar, de sentir y de actuar ajena al resentimiento, al rencor, a los enfados largos y duraderos, con capacidad para olvidar, para jugar con todos, para no hacer distinciones, para olvidarse rápidamente del fallo de sus amigos y volver de nuevo al juego compartido. Por ellos habla la inocencia, y dicen verdades como a puños.

 

En el caso de Jesús otras enseñanzas e historias juegan hoy un papel especial que son las cosas de su Padre. En el caso de nuestros niños sigue siempre jugando la voz de Dios que habla por los más pequeños y nosotros no lo escuchamos. Es más, que, en contra de los intereses generales, normales y comunes, a veces les enseñamos con nuestro mal ejemplo actitudes contrarias a la verdad del Evangelio, que es la fraternidad. Aprendamos hoy de los niños. Y también aprendamos de las buenas madres que “saben guardar en su corazón” de forma cuidadosa todo lo que van aprendiendo de la vida, como hacía María y nos relata el texto de este día.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 16 de Junio, 2007, 12:31, Categoría: Comentarios al Evangelio
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He encontrado la oveja perdida

 

 

(Lc 15,3-7):  En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a los fariseos y maestros de la Ley: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, contento, la pone sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

 

 

La parábola en cuestión es un ejemplo de búsqueda del otro, de generosidad, de amor, de ir al encuentro de las personas, de que la persona es lo realmente importante. Normalmente localizamos en el corazón como el sitio donde radica la facultad de amar. Algo tendrá que ver este texto, aunque no sería nada difícil buscar muchos más en todo el Evangelio, con la fiesta de hoy dedicada al Corazón de Jesús.

 

En algún sitio uno de nosotros ha leído que “en el Corazón de Jesús encuentra el cristiano el agua que puede apagar su sed, el consuelo de la amistad, el amor del amante, la confianza en medio del caos, el alivio en la fatiga”. Es de lo que se habla en la parábola de hoy: de un amor personal a cada uno, individualizado, sabiendo ir en busca de una sola que se había perdido pues es la que necesitaba del cariño. Lo de menos es por qué se ha perdido –por mal uso de su libertad, por deseos de estar sola, por no hacer caso al silbo del pastor, por lo que fuera-, lo importante es que estaba perdida y había que buscarla hasta encontrarla. Es todo un detalle de un buen corazón, diríamos nosotros en conversación popular. Es, en el fondo, una preciosa imagen del Corazón de Jesús, cuya fiesta hoy celebramos. Eso sí, un corazón especial: ahí cabemos todos, pues en cualquier momento podemos andar perdidos y nos andará buscando. Y cuando estemos bien orientados, también estará ahí con nosotros. Y ello siempre es motivo de fiesta y de contento: Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 15 de Junio, 2007, 10:22, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Deja tu ofrenda sobre el altar

(Mt 5,20-26):   En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

 

 

No cabe duda que Jesús da un sentido nuevo a las leyes y normas vigentes en su momento –y aplicable también a las que podamos tener en cualquier sociedad en diferentes etapas históricas-, y ayer hacíamos referencia a ello. Las normas y leyes hay que entenderlas en el contexto del amor, que es la norma suprema. En otro lugar lo especificará de otra forma pero con el mismo sentido: “El sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado”.

 

Frente al matar o torpedear las relaciones por cualquier diferencia que surja entre las personas está el comprender, el dialogar, el hablar. No es otra cosa la corrección fraterna que nos propone Jesucristo. Y esa actitud está por encima de otro sentimiento e incluso de cualquier rito: si al presentar nuestra ofrenda en el altar nos acordamos de que hay algo por ahí escondido contra otras personas, nos dice en este texto las instrucciones concretas que hemos de seguir y, sobre todo, la actitud que hemos de tomar. Siendo importante el rito, los símbolos, el mayor sacramento es la reconciliación y el amor al prójimo. No tiene sentido aquel sin éste. Y, para mayor énfasis, nos advierte que eso lleva consigo también la práctica de la justicia, y que en su cumplimiento debemos mejorar y ser tan cuidadosos que hemos de vivirla mejor que lo que lo hacen los maestros de la ley. Condición para vivir siendo miembro del Reino de Dios.

 

Nuestro prójimo es el otro, sea cual fuere su cultura, sus ideas, su color, su condición social, sus opciones vitales. Independientemente incluso si nos cae mejor o peor. Con todos y cada uno, de los cercanos y lejanos, hemos de practicar este examen interior: el del amor y sus apellidos, entre ellos la justicia.

 

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 14 de Junio, 2007, 13:11, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para dar cumplimiento

(Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

 

 

¿Es Jesús una continuidad del Viejo Testamento o supone todo un cambio en la manera de concebir a Dios? Algo de las dos cosas puede haber, porque si bien en este texto nos habla de que no ha venido a abolir nada de nada, en otros nos dice “han oído que se dijo, sin embargo Yo les digo”. Digamos que viene a traer un cumplimiento en plenitud, una consumación de lo ya comenzado, pues, entre otras cosas, frente a la casi única concepción de Dios como el Todopoderoso, Jesús nos acerca la imagen de un Dios más cercano como Padre. Digamos que más que el cumplimiento de la ley, a Jesús le interesa que las interpretemos bien y le demos un buen sentido, porque las normas, por sí solas, carecen del sentido que El ha venido a darles, y que debe enmarcarse en la norma suprema que nos dio: “Amen a Dios. Amen al prójimo”.

 

Esto es lo que da sentido a las normas, y muchos testigos en la historia ha habido que han sabido darle vida: Ama y haz lo que quieras, porque, en definitiva, el que ama ni leyes necesita. Vivirá de forma natural hasta el más pequeño de los mandamientos.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 13 de Junio, 2007, 10:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sal y luz del mundo

Mt 5,13-16):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

 

Una comida sosa y desabrida no tiene gusto, no sabe a nada, no se puede disfrutar, parecen iguales unas a otras. Una casa a oscuras y en noche cerrada, por mucho que uno la conozca, es andar a tientas, tropezando con todo, intentando evitar obstáculos sin dejar de darse uno con ellos. No hay nada como la sal que sazona y conserva los alimentos. No hay nada como la luz que alumbra nuestros pasos con seguridad y firmeza.

 

Hoy nos acercamos a Ti, Padre bueno, para darte gracias por hacernos sal que sazona, que da buen sabor, que cura y cicatriza. Gracias por hacernos luz que disipa las tinieblas, muestra caminos al andar, calienta a los que están con frío y conforta a los que tropiezan en el camino. Gracias por decirnos que “somos” y no “seremos”. Gracias porque has tenido la suficiente confianza para darnos tu testigo y que nosotros lo sigamos de esa manera.

 

Danos coraje y valor para no hacernos insípidos o velas mortecinas, pues para nada serviríamos y dejaríamos de iluminar. Gracias por esta misión que has puesto en nuestra vida, por fiarte de nosotros, por darnos fuerzas día a día para cumplir esa misión y no defraudar tus deseos. Gracias de verdad por ponernos en el mundo como un eco tuyo que vaya dando sabor y color a cuanto encontremos en nuestro camino. Es una forma de luchar contra el mal de nuestra sociedad, contra sus tinieblas y sus sopores, contra todo lo que pueda corromperse o esté corrupto, porque para eso nos has hecho así: sal y luz del mundo. Adviértenos cuando nos despistemos, de forma que al primer despiste volvamos a sazonar y dar luz.

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 12 de Junio, 2007, 9:59, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Cambiando la realidad

 

 

Mt. 10, 7-12: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: -«ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros

 

 

"Id y anunciad " con estas palabras manda a sus discípulos al apostolado

No es una invitación, es una orden, un mandato.  Pero no les manda solo a hablar, sino a que hagan cosas: " sanad a los enfermos", "resucitad a los muertos ", "limpiad a los leprosos",   "expulsad a los demonios", es decir, haced el bien, o lo que es lo mismo luchar contra el mal.   Un mensaje para todos los tiempos y para todos los que queramos seguirle: hay que pasar haciendo el bien, y luchando contra el mal: No basta hablar, sino también hay que actuar, y han de ser acciones transformadoras, que poco a poco vayan cambiando nuestro ambiente. Por eso es necesario no ir solos por la vida, para eso está la comunidad cristiana, para eso están también los grupos humanos y sociales donde hemos de insertarnos, porque no es tarea individual la de transformar nuestra realidad en un mundo tan complicado como el que tenemos hoy. Sobran las individualidades

El Señor nos conoce, sabe bien lo que podemos y hasta donde llegan nuestras fuerzas y por tanto somos conscientes de nuestra debilidad.  Por si tenemos duda, por si nos llega el desaliento, o esa falsa humildad de no creernos capaces, nos recuerda que antes de enviarnos a dar, nos ha regalado El, y nos dice: "Gratis lo han recibido, hay que darlo también gratis". Y no es que hayamos pensando en cobrarnos lo que damos, pero sin embargo, a veces, reclamamos gratitud, un reconocimiento por lo menos de nuestra labor, olvidando que hemos recibido gratis. Es bueno que lo agradezcamos, para también alguna vez recibir agradecimiento que nos motive a seguir trabajando. Como dice el texto colgado de este blog y titulado “¿Dónde está Dios?”: “sin importar tu situación, problemas, necesidades o angustias, aunque no veas claro y no sientas a dios, de una cosa puedes estar firmemente convencido: ahí está Dios, a tu lado sosteniéndote”, y mucho más cuando hacemos cosas para que en la realidad vaya desapareciendo el mal

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 11 de Junio, 2007, 12:35, Categoría: Comentarios al Evangelio
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