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Abril del 2007


Nos conoce por nuestro nombre

 

(Jn 10,1-10):   En aquel tiempo, Jesús habló así: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.

Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Son reconfortantes las palabras de Jesús: "el pastor llama a cada oveja por su nombre", luego añade que las ovejas reconocen su voz.  Sí, pero más llama la atención que El distinga a cada una en particular, que no sean un rebaño, sino esta y esa y la otra y las de más allá.

Y esto llama la atención de un modo especial ahora, en que para la sociedad estamos señalados por ser de este grupo o del otro, de derechas o de izquierdas, de letras o de ciencias, de Brasil o de Nigeria, de color ó  sin él, de izquierdas o de derechas ... ¡da lo mismo

Formamos parte de uno de esos muchos colectivos, como ovejas de un rebaño, pero no precisamente del que pastorea Jesús. El nos conoce, para El todos somos únicos, cada uno con su particularidad, con sus problemas, con sus deseos, con sus miedos, con sus fracasos .Somos algo más que un grupo, somos cada uno distinto de todos los demás.

El nos conoce por nuestro nombre, y nosotros le seguimos, por que conocemos su voz, y podemos decir, como el apóstol: ES EL SEÑOR.

Todas estas acciones gratuitas por su parte tienen también un compromiso por la nuestra: entrar por la puerta, de frente, no rodeando ni saltando la cerca. Y para ello hay que conocer su voz, lo que siempre decimos de escuchar su Palabra. Y una vez más lo deja claro: la puerta es el mismo Jesús.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 30 de Abril, 2007, 9:49, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Como un buen pastor

 

(Jn 10,27-30): En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

 

El pastor habla de sus ovejas, de todas, no distingue entre buenas y malas, con más o menos lana, las que siguen su voz o las descarriadas. Habla de todas, pues se le ha encargado la misión de conducirlas a todas. “No perecerán para siempre, y mi Padre que puede más que nadie, me ayudará, y nadie podrá arrebatarlas de su mano”.

 

El pastor es Jesús, nosotros sus ovejas. El nos conoce, nosotros le seguimos. Y a pesar de nuestros fallos, de nuestras debilidades nos dice que nos da la vida eterna, y que nadie nos quitará de su cuidado.

 

Y, como buen pastor, nos conoce individualmente, uno a uno, con nuestro nombre y apellidos, con nuestra historia, con nuestras vicisitudes, las de cada uno. No de forma general. Y además, dispuesto a defendernos. “Nadie las arrebatará de mis manos”.

 

A pesar de eso, cada oveja, cada uno de nosotros tiene que poner de su parte. Hay que seguirle. Y seguirle es eso: hacer realidad su Palabra en medio de la sociedad, y no solo en el interior de cada uno. También en cada uno. Ambas cosas: en uno mismo y en la sociedad, con quien uno se relaciona y donde uno trabaje, viva y se desarrolle

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 29 de Abril, 2007, 11:11, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Ser creyente es un regalo

 

 

(Jn 6,60-69):   En aquel tiempo, muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?». Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?. El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen». Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre».

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

 

 

No cabe duda que la fe es toda una aventura. Aquellos que estaban cerca, que le conocían físicamente, que sabían de corrido todas sus enseñanzas y, sobre todo, los hechos que avalaban la Revelación de Vida, son los primeros que dudan y se mueven dando pasos adelante y atrás. ¡Cuánta mayor dificultad podremos tener nosotros mismos, siglos más tarde¡

 

No había escatimado Jesús ni enseñanzas, ni ejemplos, ni amor con los suyos. Desde que comenzaron a seguirle habían recibido de Jesús un derroche de atenciones, detalles, delicadezas sin número. Les había demostrado constantemente su predilección. Y así y todo, surgen entre ellos los comentarios, las críticas – “su enseñanza es difícil de aceptar”, “¿quién puede hacerle caso? “.

 

Ante estos problemas y dificultades, Jesús mismo nos da la solución: “Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre”. Y es que la fe, siempre se nos ha dicho, es un regalo que se nos concede, sabiendo que los regalos siempre se pueden aceptar o rechazar. Por eso, muchos de sus discípulos se vuelven para atrás, y otros dicen “¿a quien vamos a ir?, solo Tu tienes palabras de vida eterna”.

 

Jesús sabe de las respuestas que podemos dar al regalo que nos ofrece. Por eso pregunta: “¿también ustedes quieren dejarme?”. Es la misma pregunta que a veces nos sigue haciendo hoy, en el fondo de nuestra conciencia, cuando intentamos compaginar su llamada con nuestra comodidad, cuando buscamos un camino intermedio entre Dios y el mundo en el que nos movemos, cuando hacemos piruetas para seguir aparentando lo que no somos. Ojalá que siempre la respuesta sincera a esa pregunta que nos viene a nuestro interior sea la sencillez y veracidad de Pedro: ¿A quién iremos, Señor?. Solo tú tienes palabras de vida eterna”.

 

 

 

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 28 de Abril, 2007, 11:52, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Mi Carne es verdadera comida

Jn 6,52-59):   En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí y decían: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?". Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm

Reflexionar sobre este texto del Evangelio es, sin lugar a dudas, hablar de la Eucaristia, es hablar del gran Misterio de Dios. Por eso las palabras de Cristo no son bien entendidas por sus propios discípulos, que se fijan sólo en la letra y no llegan a penetrar en el espíritu de las mismas:   "Comer su Carne, y beber su Sangre ", ¿cómo puede ser eso?

Los suyos no le entienden y se escandalizan de sus palabras, pero el Maestro insiste y recordándoles el maná, les dice que esta comida que les ofrece "no es como el maná que comieron sus antepasados y murieron ", y añade  "el que come este Pan, vivirá para siempre..."  No le entienden, No.  ¡No pueden creerlo...!

Eucaristía es una palabra griega que significa Acción de Gracias. Y de hecho se asocia a la Pascua, pues digamos que la primera vez se celebra en ese contexto, por tanto es una Acción de Gracias donde pasa el Señor como alimento de vida eterna con su Palabra y su Cuerpo, haciendo actual entre nosotros el Misterio Pascual que es la Muerte y Resurrección de Jesús.

Celebrar la Eucaristía es vivir también a la par que en una postura de acción de gracias en una de compromiso de realizar el paso del hombre viejo al hombre nuevo. Es la forma, entre otras, de hacer nuestra la Pascua. Es, aunque se presente así como lenguaje que nos lo hace visible, algo más que un rito.

Los suyos en aquel momento no le entendieron. Hoy es cuestión de revisar si lo hemos entendido nosotros. Nadie puede responder a esa pregunta sino cada uno de nosotros. ¿Valoramos nosotros la Eucaristía? ¿Celebramos la presencia de Jesús en la misma? A veces da la impresión de que participamos en ella más por norma recibida que por adhesión interior. Da que pensar en ocasiones la poca participación de los que nos llamamos creyentes y los pocos que nos vemos reunidos en torno a este acontecimiento de cada día, sobre todo en el día culmen de la semana para los creyentes, que es el domingo. Al igual que es bueno preguntarnos si cuando pasamos por delante de un templo se nos ocurre entrar, aunque sea un par de minutos, como quien pasa por delante de la casa de un amigo y se dice "voy a saludarle". Son todas preguntas muy sencillas, pero que de vez en cuando conviene hacernos. Porque, en definitiva, sigue siendo un misterio, el misterio del Amor.

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 27 de Abril, 2007, 9:43, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para la vida del mundo

Juan 6,44-51.

Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.
Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida.
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.
Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".

Haz venido para darnos a conocer al Padre. Gracias por mostrarnoslo.

Y nos traes su vida a través de la tuya. Nos la das como alimento. El Pan del que nos hablas no solo es la Eucaristía, bajo cuya apariencia te has quedado, sino, en el fondo, tu propia persona. Comemos de ese Pan cuando hablamos contigo, cuando escuchamos tu Palabra, cuando la vivimos y practicamos, cuando intentamos serte fieles, cuando nos comprometemos con ese mensaje.

No es un mero rito, el rito de la Eucaristía. Como sacramento es un símbolo, y los símbolos nos remiten a la realidad de cada día, a la vida. Quizá por eso nuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron, porque se quedaron en los ritos y en las letras, y no llegaron al simbolismo y al espíritu, que, en definitiva, es la propia vida.

Tú nos lo has dicho: tu pan es para la Vida del mundo, no para las apariencias, ni para las formas. No basta ir a la Eucaristía, no basta repetir lo que nos has enseñado, es necesario pasar todo eso poco a poco a la vida, porque Tú eres la Vida del mundo.

Gracias, Señor, por recordarnoslo de nuevo

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 26 de Abril, 2007, 11:29, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Para toda la creación

 

Mc 16,15-20):   En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban».

El texto empieza con una llamada: “”Vayan por todo el mundo a anunciar la Buena Nueva”, y termina con una respuesta: “Ellos salieron a predicar por todas partes”. Un encargo recibido, un encargo cumplido.

 

Llama la atención este texto porque parece una invitación no solo al cambio de las personas, como personas individuales, sino al cambio de la creación, como estructura social, como ambientes organizados, como realidad institucionalizada.

 

Es una llamada a proclamar la Buena Nueva no solo a todas las personas sino a toda la creación. Y la creación es una realidad algo más amplia que las personas: medio ambiente, estructura mundial, instituciones, organización del mundo, etc… Todo está llamado a una renovación de acuerdo a los criterios del Evangelio.

 

Y los encargados de ir realizando este cambio somos las personas. “El que crea y se bautice se salvará”. Y le acompañarán una serie de señales que indican todas acciones en la lucha contra el mal sea donde quiere que éste estuviere.

 

Y así ha sido en la historia de la humanidad. “Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban”. Es notoria la participación de la Iglesia y de innumerables cristianos en el cambio social de la historia de la humanidad. Es verdad que también institucionalmente y como personas hemos tenido fallos, sobre todo de cosas que hemos dejado de hacer. Pero no es menos cierta la contribución histórica de las comunidades cristianas en la lucha contra el mal, contra la pobreza, contra la violencia entre otras realidades enfermas de nuestro mundo.

 

Por último, hay otro aspecto a destacar en el texto de hoy y que debemos tener en cuenta. La respuesta de los discípulos fue positiva, ha sido positiva a lo largo de la historia, lo está siendo hoy también en muchas personas y en muchos ambientes, pero “y el Señor les ayudaba”. Por eso, si bien la tarea sigue ahí delante de nosotros por seguir realizándose no debemos tener miedo. Hay ocasiones en que nos callamos, nos quedamos parados, no actuamos, por cobardía, por comodidad, por respeto humano, por falsa humildad, pues nos hemos olvidado de algo fundamental y que el Evangelio de hoy también nos lo recuerda: contamos con la colaboración del Señor que nos ayuda en esta tarea.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 25 de Abril, 2007, 9:20, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Sin hambre y sin sed

 

Juan 6,30-35.

Y volvieron a preguntarle: "¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo".
Jesús respondió: "Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo;
porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo".
Ellos le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan".
Jesús les respondió: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

 

Señor, seguimos en las mismas. Desde antes de que vinieras a habitar con nosotros, ya estábamos acostumbrados a signos y milagros. Venía Moisés o algunos profetas posteriores, veíamos cosas extraordinarias y creíamos. Desde siempre tenemos esa mala costumbre, confundir evidencia con creencia. ¿Cuándo comprenderemos que son dos cosas diferentes?

 

Otra vez hoy volvemos a preguntarte sobre qué haces Tú para que nosotros podamos creer en Ti, mientras nos acordamos que nuestros padres comían maná del cielo.

 

Haznos tomar conciencia de la realidad, y los hechos son que hasta ahora, hasta que Tu llegaras, comíamos hoy para tener hambre mañana, pues siempre estábamos pendiente de señales. Haznos comprender que tu alimento y tu manjar es un pan bajado del cielo y que eres Tú mismo.

 

Abre nuestro corazón para aceptar la invitación que hoy nos haces: “El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá sed”. Déjanos entrar en la vida de tu Misterio, que es tu Eucaristía, tu sencillo símbolo del partir el pan, sin necesidad de pedirte obras portentosas. Ya nos das el milagro de la vida cada día, ya nos das el milagro de saber compartir, como Tú te has compartido con nosotros y lo sigues haciendo.

 

Gracias también, Señor, porque tu nos ofreces la posibilidad de llenar nuestro corazón, sin más hambre ni más sed y para siempre.

 

Y discúlpanos una vez más, porque aún diciéndote todo lo anterior, en el fondo seguimos con nuestras dudas, buscando algo que nos llene, en medio de nuestros vacíos de momentos o de días, sin caer en la cuenta que ya te tenemos a Ti.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 24 de Abril, 2007, 11:39, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Qué debemos hacer?

Juan 6,22-29.

Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.
Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias.
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo llegaste?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse.
Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello".
Ellos le preguntaron: "¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?".
Jesús les respondió: "La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado".

 

 

Otra vez querían fiesta y jolgorio, reunirse y comer juntos. Lo habían pasado bien. No habían descubierto del todo lo que había detrás de aquella simbología que Jesús utiliza en sus apariciones. Por eso no lo encontraron, no estaban allí ni Jesús ni sus discípulos.

 

Pero las muchedumbres siguieron buscando a Jesús hasta encontrarlo.

En el fondo algo veían en El, cuando con una sola mirada y el “sígueme” que en su momento escucharon, aquellos hombres sencillos, pero rudos, dejan sus barcas, sus redes, sus mesas de cambio..., todo lo que tenían, y van en su busca. Sí, en el fondo era algo más que pasárselo bien juntos.

 

El gentío que le sigue, en el Evangelio de hoy, ha visto además prodigios, y van tras El, andando si hay que andar, y en barca cuando está en la otra orilla.

 

Jesús no busca la simple amistad y que la gente esté a gusto con El, sin más compromisos. Por eso aprovechas las oportunidades para hacerles reflexionar, y, leyendo sus corazones, sabe que aún tienen el regusto de la comida milagrosa del otro día, de la que salieron hartos.  Y se lo dice, pero con unas palabras misteriosas en las que nosotros, ahora, podemos ver el anuncio de otro manjar, el que "permanece y da la vida eterna".

 

Se establece un diálogo entre la multitud y Jesús: ¿qué debemos hacer...?. Y la respuesta del Maestro es sencilla y clara: les invita a creer en Aquel que Dios ha enviado, a creer en El, dando por hecho, que si creemos "nuestras obras serán las obras de Dios"

 

La pregunta de hoy no puede ser otra que la de si es así como creemos, si nuestra fe nos lleva a obrar de tal modo. Y es muy posible que descubramos una vez más que mucho nos falta aún en esa búsqueda de la luz que es nuestra fe de creyentes.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 23 de Abril, 2007, 9:58, Categoría: Comentarios al Evangelio
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¿Me amas más que estos?

Juan 21,1-19.

Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así:
estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él.
Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No".
El les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla.
El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.
Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan.
Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar".
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.
Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". El le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".
Le volvió a decir por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". El le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas".
Le preguntó por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?". Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas.
Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras".
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: "Sígueme".

 

Juan 21,1-19:

 

De nuevo escenas similares a las narradas por los evangelistas después de la Resurrección: estando todos juntos, mientras estaban trabajando, con problemas y dificultades pues no habían pescado nada. En la vida normal, con las cosas de cada día y con las dificultades más o menos intensas, Jesús se hace presente. Y lo hace queriendo acompañarnos en lo ordinario de cada día: “¿Tienen algo que comer?”

 

Sin embargo ellos le reconocen no en la normalidad de la vida, sino en lo extraordinario. Cuando la barca se llenó de peces fue cuando dijeron: “Es el Señor”. Jesús no le da importancia al tema, y sigue situado en la normalidad de la vida. Les tiene preparado el fuego para la comida, y se sienta con ellos a comer. Es la tercera vez que lo hacía, y todavía tardan en entenderlo.

 

Algo especial es en este texto el diálogo entre Jesús y Simón Pedro. Como una especie de pacto de amistad y de compromiso entre los dos para siempre. -¿Me amas más que éstos?. Pues entonces, y solo entonces, te encargo la tarea de apacentar mis corderos. De nada valdrá tu compromiso y tu trabajo si no está fundamentado en el amor a Dios, y en el ser seguidor de su Hijo.

 

Si esas preguntas a Pedro se las hubiese hecho antes –cuando aún no estaba glorificado- podríamos haberlas entendido como salidas de un corazón que ama y busca correspondencia. Pero son preguntas hechas por Cristo ya glorificado. Jesús no necesita la respuesta. Ya sabe que Pedro le ama.

 

Eso sí, quiere hacerle tomar conciencia de su propio amor, porque solo, siendo consciente de ese amor, podrá servirle para sus planes. No habla ya el Maestro ni de negociaciones, ni de cobardías, ni de fracasos. Todo eso pertenece al pasado y está olvidado. Ahora lo que se necesita es saber hasta dónde se puede contar con Pedro, hasta qué punto está Pedro dispuesto. Y eso solo se mide con amor.

 

Aunque no deja uno muchas veces de preguntarse: ¿Es cuestión de amar más que los otros? ¿O simplemente amar? También es verdad que a Pedro se le iba a encargar una tarea mayor que a los demás. Y eso parecía que llevaba consigo una exigencia de mayor compromiso

 

También podríamos preguntarnos qué pasaría si se nos hiciera a nosotros esa pregunta. Para los que queremos llevar encendida la antorcha de su luz, solo cabe una respuesta: “Señor, tú lo sabes todo”.

 

Por otra parte, hoy también, Señor, todavía nosotros necesitamos de cosas extraordinarias, como si de milagros se tratase, para reconocerte presente en nuestras vidas. Todavía no hemos aprendido del todo a descubrirte en el día a día.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 22 de Abril, 2007, 0:06, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Habían embarcado sin El

 

 

(Jn 6,16-21): Al atardecer, los discípulos de Jesús bajaron a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero Él les dijo: «Soy yo. No temáis». Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.

 

Estaban trabajando en lo suyo, en la pesca. Con muchas dificultades. Había mucho viento y eso les impedía obtener producción. Y en medio de aquellos problemas, Jesús se les acerca.

 

No están del todo acostumbrados aún a esa manera de estar presente de Jesús. Y sienten miedo. Temen. Como para muchos de nosotros no deja de ser aún una incredulidad el que Jesús tenga algo que ver con nosotros en la vida diaria, en los problemas y en los momentos de conflicto.

 

En el fondo, y usando un lenguaje simbólico, los discípulos se habían embarcado sin El. Estaban muy seguros de sus posibilidades. Eran pescadores, conocían el lago y probablemente lo habían cruzado en miles de ocasiones y también en condiciones adversas. Sabían luchar contra las olas.

 

No es una parábola este texto. Es la narración de retazos de la presencia de Jesús entre los hombres. No es una parábola pero el texto adquiere los tonos propicios para que lo parezca y podamos, al contemplar la escena, analizar las enseñanzas que quiere que saquemos.

 

Y uno de los aspectos principales es que embarcan sin el, y cuando llegan las dificultades, sin esperar que le llamen Jesús se hace presenten. No le conocen y tienen miedo. Es El mismo quien tiene que advertirles: “Soy yo”.

 

Y es que, ante los contratiempos de la vida, el Señor muchas veces espera que le llamemos mientras El permanece en silencio, pero cerca y esperando.

 

Sin embargo, hay otras ocasiones, como ésta que se nos narra, en que El sale al encuentro, incluso en la vida laboral, y nos dice de mil maneras que allí está su presencia, que no tengamos miedo, que no importa que sea de noche ni que el viento arrecie fuerte o el mar esté revuelto.

 

Porque lo esencial era esto: habían embarcado sin El. Nos hemos metido en mil una historias, sin El.

 

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 21 de Abril, 2007, 10:44, Categoría: Comentarios al Evangelio
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Hubo comida para todos

Jn 6,1-15: En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.

 

 

 

Son muchos los que le siguen, y lo hacen porque ven sus obras. Habla en contra del mal, pero cura del mal, “pues veían las señales que realizaba en los enfermos”.

 

Se preocupa de las necesidades más vitales y elementales de la gente. No tenían que comer. Bien sabía lo que se podía hacer, pero pone a prueba a sus discípulos. Unos ven la solución en el dinero que no tienen para comprar tanto pan. Otros en poner en común lo que tenían: “aquí hay uno que tiene cinco panes y dos peces”. Lo cual no sería mala idea para hacer un milagro: el milagro de poner las cosas en común, y que todavía hoy está al alcance de la humanidad.

 

Y se produjo la señal de Jesús. Los panes y los peces se multiplicaron. Delante de aquella misma gente el Maestro había hecho curaciones prodigiosas, resucitado muertos, expulsado demonios. Sus discípulos le habían visto calmar tempestades, y habían sido testigos de pescas milagrosas.

 

Pero éste de hoy es diferente: para hacer el milagro necesita de unos trozos de pan –poca cosa-, pero nos está indicando de la importancia de nuestra colaboración. Con ese gesto es como si nos estuviera diciendo que le somos necesarios, que le hacemos falta, que sin nosotros, sin esos cinco panes primeros, el milagro no se hubiera producido.

 

Nuestros panes hoy serán unas palabras, otras veces nuestro tiempo, muchas nuestro ejemplo. Pero siempre será posible el milagro de compartir con los demás. Sobre todo el milagro de que los que tienen, compartan con los que no tienen, no solo a niveles interpersonales, sino a niveles organizativos de nuestra sociedad. El gran milagro que, estando en nuestras manos, todavía está pendiente.

 

Y cuando ponemos de nuestra parte, con la acción de Dios por medio, siempre sobra para seguir compartiendo: “Recojan los trozos sobrantes”. Gracias, Señor, porque cuentas con nosotros y aún hoy seguimos siéndote útiles y necesarios.

 

Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 20 de Abril, 2007, 13:45, Categoría: Comentarios al Evangelio
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El misterio y lo tangible

 

Juan 3,31-36.

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo
da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio.
El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida.
El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos.
El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él"

Juan repite hoy los conceptos teológicos que ha venido desgranando en textos anteriores y que hacen referencia a esa íntima unión entre Jesús y su Padre. Identificación que les permite ser una sola realidad: la divina. "El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos"

Una vez más el misterio, lo trascendente, se envuelve con lo terrenal, con lo profano, con la vida de cada día y, por asomo, parece algo separado. "El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra".

Pero el contexto de todo el Evangelio nos ayuda a afirmar que Jesús viene para unir ambas realidades, para acercarlas, para hacer que nosotros mismos seamos partícipes de la naturaleza divina, de manera que Dios, a través de nosotros, se introduzca en la vida de cada día, haciendo la fe y la realidad, el misterio y lo tangible, la trascendencia y lo terreno algo que pueden caminar juntos, y ser transformada la una por la otra.

Es como si este trozo evangélico nos hablase de dos caminos o de dos enfoques de la vida. Uno, mirando desde arriba, y el otro, desde el polvo de la tierra. Pero es que las dos posturas interiores se dan a la vez en nosotros, que somos un conjunto de cielo y de barro. Es, como dice el dicho, que las cosas no se dividen en blanco y negro. Es como cuando nos dejamos invadir por el Espíritu y cuando no levantamos vuelo y seguimos a ras del suelo.

Y es que en el fondo, nuestra vida es eso: mitad ángeles, con deseos de Dios, de cumplir su voluntad, de ser generosos, de renunciar a nuestro egoísmo y entregarnos a El y a los demás; y la otra mitad tierra, con egoísmo y pequeñeces.

En ese mismo contexto nos cuesta entender las palabras del evangelista ya no tanto de que "el que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida", sino, sobre todo, aquello de "que la ira de Dios pesa sobre él". Y es que siempre nos ha sabido entender a Dios como Padre, e imaginarlo dando siempre segundas y variadas oportunidades.

Es una forma más de esas dualidades que a veces vivimos: entendemos y no entendemos, creemos y dudamos. Es, en definitiva, nuestra vida en la que vamos descubriendo que tiene sentido cuando prevalece la luz y el mensaje de Jesús, que nos ha ofrecido la suya para darnos esa luz, esa vida y esa salvación, y también para seguirnos ayudando en esa lucha de cada día.

María Consuelo Mas y Armando Quintana

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Por María Consuelo Mas y Armando Quintana - 19 de Abril, 2007, 12:29, Categoría: Comentarios al Evangelio
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